Juguetes "sorpresa": por qué se pasa de la expectativa a la desilusión

Fuente: LA NACION - Crédito: Gentileza
Laura Reina
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31 de agosto de 2019  

El último Día del Niño empezó con llanto y enojo. A pesar de las promesas de que iba a intentar intercambiarla e incluso, si eso no pudiera suceder, comprar una nueva, Natalia Ferro no logró sacarle una sonrisa a Clara, su pequeña hija de cinco años, a pesar de que acababa de recibir el regalo que tanto había esperado: una L.O.L Surprise, la muñequita que viene en una bola de plástico recubierta por capas que hay que ir sacando para descubrir cuál de las cientos que hay para coleccionar tocó. El problema, y por eso el llanto desconsolado de Clara, es que le tocó una repetida. "Mirá, una hermanita gemela", intentó consolarla su mamá, aunque sin éxito.

"Fue mucha mala suerte, Clara tampoco es que tiene tantas. Pero lamentablemente le tocó una que ya tenía, puede pasar con estos juguetes, a otras amiguitas les pasó", se lamentó Natalia, que unos días más tarde cumplió su promesa y volvió con una L.O.L nueva y, para su alivio, no repetida. Sin quererlo, ella y Clara fueron víctimas del unboxing, la acción de abrir paquetes de los que en general se ignora el contenido con la intención de generar un efecto sorpresa. A esto se le suma la pata coleccionista: mediante una larga lista, las distintas muñequitas de cada serie invitan a las niñas (y a sus padres) a seguir comprando para completar la colección.

De una lógica parecida a los paquetes de figuritas o al chocolate Jack (y, más cerca en el tiempo, al huevo Kinder) los juguetes L.O.L Surprise responden a la tendencia de generar expectativa ante lo desconocido. El factor sorpresa, la emoción de encontrar algo largamente esperado pero que no se sabe qué ('¡cuál me tocará!', es la frase que suelen decir las nenas mientras se lanzan a la aventura de abrir una de estas bolas), es uno de los secretos del éxito. El otro, sin dudas, son las redes sociales, donde abundan videos de unboxing donde una nena o un par de manos (porque a veces ni siquiera se muestra a la persona) se dedica a mostrar las reacciones bastante exageradas ante lo que se acaba de desempaquetar. Los videos de personas abriendo bolas de L.O.L son otro furor.

Estas muñequitas de ojos grandes, peinados y looks sofisticados, no miden más de 10 centímetros, vienen con accesorios que también hay que descubrir desenvolviendo uno por uno y tienen hasta mascotas, hermanas bebés (llamadas LIL Sisters) y hasta mayores, del tamaño de una Barbie (llamadas OMG). También hay L.O.L Boys, en un intento de ampliar la gran familia (o el público que los consume). El precio no es un detalle menor: cuestan entre 1000 y 4000 pesos y más, según la serie y el formato. Un costo demasiado alto ante el riesgo de que toque una muñequita repetida. "Amanda tiene varias y por ahora no le tocó una que ya tenía, pero el riesgo existe, sobre todo cuando ya tiene varias. Por eso cada vez que me pide una ruego que no sea una que ya tenga", reconoce Gabriela Dayán, que calcula -aunque no está segura- que su hija tiene unas veinte, entre originales y réplicas, porque debido al elevado precio, las imitaciones, que cuestan menos de la mitad, suelen ser la solución elegida para bajar gastos. El problema es que las nenas detectan las fakes al instante, ya que hay videos que también se dedican a comparar las verdaderas con las imitaciones.

Grupos de intercambio

No todas las madres lograron burlar la mala suerte. De hecho, en Facebook son habituales las publicaciones donde ofrecen intercambiar o vender aquellas muñequitas que tocaron repetidas. Incluso hay un numeroso grupo llamado Intercambio L.O.L, donde recurren las víctimas del unboxing para tratar de reparar el daño generado por una muñequita repetida.

Lo más común es el intercambio con otra damnificada. Pero también otras buscan recuperar parte de la inversión y la ofrecen para la venta. El problema es que una L.O.L abierta pierde casi toda la magia y no es nada fácil venderla, salvo que interese especialmente a la niña en cuestión.

Pero las L.O.L Surprise no son los únicos juguetes que responden a esta lógica: hoy por hoy casi todos buscan el factor sorpresa y alimentar un nuevo (e interminable) consumo. Las Cry Babies (muñecas que son animalitos y vienen en pequeñas casitas), los Hatchimals (minianimalitos que están dentro de un huevo que hay que romper para descubrir cuál tocó), los Num Noms (peluchitos perfumados que se descubren al abrir un una especie de pote de yogur) y muchos más siguen la misma lógica.

"Hace un tiempo, cuando éramos chicos, estaban los Jack, donde la expectativa estaba puesta en el muñequito que te iba a tocar y no tanto en el chocolate. En el factor sorpresa va más allá del producto. Está la adrenalina de vivir el momento. En el cuerpo pasan cosas cuando vas a abrir algo que no sabés qué es. El cerebro lo registra y busca repetir esa sensación", dice la psicopedagoga Rita Marini, especialista en juego y creadora de Atir Aprender Jugando, una línea de cartas donde el aprendizaje es el eje central.

Por su parte, Luciana Goldstein, psicóloga infantil y creadora del Ponchi Ponchi Comiditas, un emprendimiento que surgió de buscar juguetes adecuados con los que sus pequeños pacientes jugaran en la consulta, se centra en el coleccionismo que alientan estas piezas: "Desde el psicoanálisis coleccionar no es un tema menor -plantea-. Hay una expectativa de 'estar completos', que es una ilusión que como sujetos nos atraviesa a todos. Por eso, los juguetes que apuntan al coleccionismo y a 'completar' series, hacen eco en este importante aspecto de la constitución psíquica y es una de las razones por las cuales estos juguetes, que invitan a coleccionar, resultan tan exitosos -sostiene-. En los niños -al igual que en los adultos- la completitud aparece ligada a una experiencia de satisfacción y de placer. Imaginar 'tener todos' genera mucha expectativa. Todos queremos completarnos y desde estos juguetes se ofrece la ilusión de que vas a completar algo. Pero llenamos el álbum y confirmamos que no nos alcanza y seguimos pensando que necesito otras cosas para completarme y eso genera insatisfacción."

Por eso, para Goldstein, estos juguetes nos enfrentan al viejo y conocido binomio: placer- displacer: "El circuito que activa esta propuesta está enfocado en generar el placer de tener un ítem de la colección (placer-satisfacción), y a su vez el displacer por no tenerlos todos. Por eso no es casualidad que los juguetes incluyan en el packaging los ítems de la colección, o mejor dicho, de "todo lo que no tengo y podría tener" para satisfactoriamente completarme. Me compraste la L.O.L pero no estoy satisfecha porque en realidad quería la otra. Mi hija de 4 años me dijo: 'Mirá los otros que no me tocaron'. Desde la industria juegan con ese binomio", analiza Goldstein.

Algunas recomendaciones

Es cierto que parece difícil escapar de esta lógica planteada desde la industria del juguete, pero por lo pronto, ambas especialistas consultadas sostienen que el rol de los padres es fundamental para lidiar con estas cuestiones en torno al consumo. "Como mamá recomiendo medir la frecuencia de estímulos a los que están expuestos, como pueden ser las pantallas, para que justamente estos juguetes no se conviertan en el único objeto de deseo -advierte Goldstein-. Como padres siempre nos enfrentamos a esta paradoja del deseo de nuestros hijos: tener todos los muñecos de la colección no cancela la carta a Papá Noel la próxima Navidad".

Desde su rol de psicóloga, Goldstein también asegura que prohibir este tipo de propuestas no es la mejor idea. "Jugar a completar la serie es importante como operación, así como es positivo un proyecto de construir o completar algo -plantea-. El problema se da cuando es el único juguete o estímulo de juego ofertado. Existen muchísimos otros temas en la infancia que necesitan ser jugados. Por eso mi criterio suele ser ofrecer variedad y diversidad en los juguetes para ampliar los recursos de los más chicos".

En tanto, Marini, que tiene un posgrado en neuropsicología infantil, recomienda a los padres aplicar la estrategia de la anticipación: "Siempre hay alguna de estas muñequitas o juguetes que prefieren que les toque más que otros pero en general eso que desean es lo que no les toca. Muchos padres, con tal de que el chico no llore, le compran otra. Y otra, y otra. Por eso ayuda mucho anticiparse: hay que explicarles a los más chicos que con estos juguetes pueden pasar tres cosas: que no les guste la o el que le tocó, que ya lo tenga o la mejor opción que esté buenísimo y entonces el chico se ponga feliz -sostiene-. Está bueno que piensen antes y que no sea todo tan impulsivo porque estas maneras de consumo no te permiten transitar la situación. Y tratar de que se convierta en algo social y no individual. Ya a partir de los 5 años se pueden prestar, compartir y que no sea solo algo para acumular. Al ser tan populares, si tocó repetida, seguramente hay alguien o una amiga con quien intercambiarla. Es cuestión de encontrarle la vuelta".

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