
Protagonizada por Juan Palomino, Nico Vázquez y Pablo Rago, Nicanor Loreti lleva al cine Kryptonita, una novela de superhéroes ambientada en el Segundo Cordón del Gran Buenos Aires.
1 minuto de lectura'

Por Leonardo M. D’Espósito
Es probable que Kryptonita, la novela de Leonardo Oyola, se haya vuelto de culto por las razones equivocadas. Repasemos: un "nochero" del hospital Paroissien, Conurbano profundo, trata de sobrevivir a guardias ilegales a pura pastilla. Una noche, esa noche, le cae la banda del Nafta Súper con el jefe herido mortalmente. La banda lo obliga a curarlo; el hombre le quita un vidriecito verde que le hiere la espalda y luego logra ponerlo en coma con una descarga eléctrica monstruosa. Ahora hay que mantenerlo vivo hasta que salga el sol porque, dicen los cómplices, cuando amanezca el Súper revive. La cana de la provincia cerca el hospital y ahora la cosa es bancar o morir. Y, mientras tanto, descubrimos que a esa bandita la conocemos. Que la travesti Lady Di es la Mujer Maravilla, que el Ráfaga es Flash, que el Federico es Batman. Que Nafta Súper es Superman, ni más ni menos.
La idea es loca pero buena: no es Clark Kent sino el Pinino, y no terminó en Texas sino en el Segundo Cordón. Dado que la novela la narra ese nochero alucinado por la privación de sueño, el estrés, los pibes que llegan a morir, la desesperanza y las pastillas, todo puede ser tal cual se describe.
Por eso, es probable que el culto provenga de la intervención de una mitología querida. Y, por eso, quizás, las salas desbordantes en Mar del Plata para la première de la película que adapta la novela. O quizás porque está dirigida por un cinéfilo tan alucinado como el protagonista, Nicanor Loreti (Diablo, Socios por accidente). Loreti es un apasionado de la historieta, de la clase B, del cine de género, y dentro de un panorama tan adocenado como el argentino actual, es bueno que haya un director más cercano a la fantasía popular. El intento con Kryptonita consiste en romper la barrera del gueto, y es probable que se consiga. En todo caso, si la película se transforma en un film de culto, será por las correctas.
Porque esta película que juega con la mitología de las historietas es historietístico al cuadrado. No (no solo) por su tema y personajes, por la amable parodia que se vuelve entrañable homenaje, sino porque el verdadero espíritu que campea detrás de toda la puesta en escena es John Carpenter. Como en Asalto al precinto 13, la situación es la de un grupo heterogéneo encerrado en un lugar peligroso, amenazado por fuerzas que no puede controlar. Y Loreti utiliza el encuadre ancho de Carpenter, el montaje y la caracterización a veces grave de los actores, típico de los hombres de acción carpenterianos. Por ahí van los tiros, mucho más que por el lado de los superhéroes, aunque esa mitología aparece en todo el relato. Que, por otra parte, nunca pierde su aspecto de clase B. Puro relato y a los bifes.
Es interesante que el elenco esté en sintonía con lo que se ve (Nico Vázquez, Palomino, Pablo Rago, Lautaro Delgado, Diego Cremonesi, Diego Velázquez, Carca, Sofía Palomino, Susana Varela), y vaya narrando, cuando le toca, los cuentos de los orígenes con total convicción. Un punto aparte para Diego Capusotto, que apenas tiene dos o tres secuencias, pero cuando aparece demuestra que es de los pocos actores argentinos que trabaja todo el cuerpo de manera íntegra y que entiende a sus personajes. No hay un milímetro de comicidad en su Corona –que es, a los efectos de la traslación, el Guasón–, sino pura locura patológica, puro miedo. Porque, en general, ese es el tono de la película: se toma todo en serio y lo que intenta contar es un cuento de suspenso en un mundo de perdedores. El uso de la luz y los colores transforman ese universo gris, opresivo, de un hospital de la provincia pobre y caído, en un escenario onírico, con los colores contrastantes del film de terror, mucho más cerca de Roger Corman que de Darse cuenta. ¿Logró Loreti lo que quería? ¿Hace honor la película al potencial cinematográfico que provee la novela? Por estos días, la película tiene estreno comercial y tendrá la oportunidad de saber si, al final, esta locura cobra vuelo.
El señor género
Nicanor Loreti tiene 37 años y hace una quincena viene filmando películas, desde el corto Nathán, el peluche asesino hasta esta Kryptonita, su film más "grande", a la fecha, en términos de producción y distribución. En el medio, Loreti, que ama los géneros populares y es un cinéfilo desquiciado, fanático del Carpenter de los 70 y del Sam Raimi de los 80, es además un habitué de Mar del Plata, donde inició su camino de nombre de culto en 2011, cuando Diablo ganó la Competencia Argentina. Por ese camino de héroes y mitología suburbana va la cosa y presenta un promisorio "continuará".





