
La cocina como refugio afectivo
Tres fenómenos culturales recientes tienen un eje común: el "nesting" (anidar), o hacer del espacio doméstico un lugar apto para desarrollar las actividades vitales y al que da placer regresar; la "magia del orden", gracias a la best seller Marie Kondo y su método, proponía convertir la casa en un reflejo de la armonía interior; y el "hygge" nórdico, o la idea de realizar múltiples actividades amenas: crear un ambiente confortable. Más explícitamente, ya en los 80, los expertos en comportamientos definieron como "cocooning" a crear en el hogar un ambiente reparado de las exigencias y peligros de la vida social moderna.
Son tendencias que, a contramano de la digitalización y la vida urbana, crecieron en las dos primeras décadas del siglo y que se desarrollan, mayormente, puertas adentro del hogar convertido en refugio y en fuente de placer. El aislamiento social obligatorio y el temor al coronavirus las convirtieron casi en una exigencia, en uno de los escasos recursos para el bienestar y, también, terapéuticos. Y a la cocina en el epicentro de crecientes actividades afectivas, manuales, reconfortantes, cotidianas.
Desde antes que se decretara la cuarentena en la Argentina y la pandemia global, sábado 7 de marzo, las páginas de este suplemento vienen dando cuenta de ello: el cuestionado hábito de compartir el mate en el trabajo, el furor por la masamadre y los fermentados, la reconversión vía delivery de los grandes restaurantes, la compra futura para el local del barrio o la cocina de resistencia con lo que se tiene a mano, fueron algunas de las expresiones de cómo en los últimos meses aprenidmos a barrenar las vicisitudes económicas y a su vez nos reconvertimos, forzadamente, en "domonautas": expertos en navegar (¿o naufragar?) en el inexplorado territorio de nuestro propio hogar. Un fenómeno íntimo, pero multiplicado por un tercio de la humanidad recluida casi en simultáneo en sus casas.
Rescatar el sabor de una receta familiar, comprarle al local de la esquina del que somos parroquianos y hasta la propina a los repartidores, miles de preparaciones registradas en Instagram y decenas de cocineros que aumentaron su popularidad compartiendo tips o detalles fueron en definitiva el reverso de las comunicaciones por Zoom: placeres y contacto físico en una cuarentena en la que nos recordaremos, literalmente, con las manos en la masa.






