La cuarentena y la lección de la fábula

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22 de agosto de 2020  • 16:35

Sabrina Corio vive en las afueras de Bariloche. El domingo a la tarde dejó a sus hijos en casa para sacar brevemente a pasear a su perro. Cinco policías la detuvieron a pocas cuadras de su vivienda porque no tenía permiso de circulación y las salidas en la ciudad, que está en fase 3, no están permitidas los domingos.

La detención de Sabrina quedó registrada en un celular y las imágenes se viralizaron: en el video se ve cómo primero se le acerca un policía y luego es interceptada por una camioneta de la que descienden cuatro efectivos que forcejean con ella hasta reducirla. Fue la presión en las redes, donde #LiberenASabrina fue Trending Topic, lo que hizo que no quedara privada de su libertad hasta este martes por el extraño delito de caminar junto a su perro.

El caso llegó al intendente de Bariloche, Gustavo Genusso, que tuvo que pedir que las acciones policiales se den en forma respetuosa: "Nadie tiene que ser maltratado. [...] Es necesario que la disuasión sea en un marco de respeto y amabilidad. Nada debe hacernos olvidar que todos somos vecinos que estamos pasando un momento difícil".

Genusso reconoció así uno de los mayores problemas que hoy atravesamos los ciudadanos de todo el país: el peligroso empoderamiento de las policías provinciales mientras rige un decreto que restringe libertades a lo largo y a lo ancho de la Argentina.

Y es que lo que ocurrió con Sabrina es la última muestra del creciente aumento de denuncias sobre distinto tipo de abusos policiales en la cuarentena. La Secretaría de Derechos Humanos registra 531 denuncias por hechos represivos desde que comenzó el aislamiento, contra 71 recibidas entre el 10 de diciembre y el 20 de marzo. Y un informe publicado por la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional señala que, desde el comienzo de la cuarentena, se registraron 92 muertes en manos de integrantes de las fuerzas de seguridad.

El mismo día en que Sabrina era detenida en Bariloche, Cristina Castro reconoció la zapatilla de su hijo, Facundo, desaparecido desde el 30 abril, a treinta metros del sitio donde se encontró un cuerpo que podría ser de su hijo.

A todos se nos heló la sangre al ver a esa mujer custodiando el esqueleto que podría ser de Facundo en un cangrejal cercano a Bahía Blanca. Hacia esa ciudad había salido el joven de 22 años para ver a su novia en las primeras semanas de la cuarentena. No tenía permiso de circulación y fue detenido por un control policial. Desde entonces nadie supo más de él.

Cristina Castro seguramente no ha tenido tiempo, en su desesperada búsqueda, de escuchar al Presidente afirmar que la cuarentena no existe. Le sumaría más incomprensión a su drama. ¿En nombre de qué, entonces, a lo largo del país policías detienen a ciudadanos que solo ejercen su derecho básico a circular? Si se la niega, no ocurre, parece querer que entendamos el Gobierno, amparado en el consejo de su nuevo equipo de asesores psicológicos, aunque la premisa resulte más bien patológica.

Una de las consignas contra los abusos policiales que conmovieron las calles de los Estados Unidos en los últimos meses fue mencionar por su nombre y apellido a las víctimas, darles visibilidad a esas historias de injusticia que contradicen, tan a menudo, los relatos oficiales. Era una forma también de denunciar los intentos de invisibilizar lo que no funciona bien, lo que está mal.

Llamar las cosas por su nombre se vuelve un arma poderosa cuando se intenta usar el lenguaje para distorsionar la realidad. Lo sabía aquel niño del cuento de Andersen que incomodó al rey de su traje invisible pronunciando en voz alta lo que nadie quería decir. Es la lección de la fábula: cuando se intenta silenciar lo evidente, cuando se pretende callar la incómoda verdad, es porque el rey se encuentra desnudo.

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