
La epidemia de los perfeccionistas
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El afán ansioso de perfección es una epidemia. Se inmiscuye en todos los ámbitos de la vida, desvirtuando los mejores momentos, sobre todo por aquello de que "lo mejor es enemigo de lo bueno".
Uno lo nota ya en el clima emocional del perfeccionista militante: está nervioso, insatisfecho, nunca relajado. Su tensión lleva a que ofrezca a cada instante el máximo de sus recursos, en todo momento comparando lo que es con lo que debiera ser según el modelo de turno. En esa comparación, por supuesto, siempre pierde lo que existe, y gana "lo que debiera haber sido", según aquel modelo mencionado.
Si el hijo saca 8, pide 10. Si el proyecto laboral arriba a su final tras enormes dificultades, pide también que salga lindo y con inmaculada presentación estética. Si el novio es alto, debiera ser además fuerte, y si la novia es linda, debiera tener un máster y hacer ricas milanesas? convengamos que así no se puede vivir, estimados perfeccionistas.
A la perfección nunca se llega, y muchos creen que es ese afán perfeccionista el que mueve el mundo? pero no es así. Lo que mueve al mundo es el deseo, las ganas, el amor, pero no la ansiedad de la que el perfeccionista hace culto. Se sabe que la ansiedad se nutre del miedo a no llegar a rendir de manera satisfactoria (¿para quién?). Esa ansiedad surge de haber (mal) aprendido que el amor y el reconocimiento se consiguen solamente si se llenan los requisitos del perfeccionismo y, si no se llega, se cae en el pozo oscuro de la existencia.
Exactamente en este punto los filósofos defensores del perfeccionismo acusarán al pensamiento acá expresado de conformista, mediocre, resignado? Ante estas acusaciones, todo aquel que no sea perfeccionista se asustará y callará, resignadamente, frente al culto del perfeccionista de turno, que hablará de "darlo todo" y competir contra la realidad de manera permanente, en vez de alimentar y colaborar con esa realidad con eficacia, arte, entusiasmo y, digámoslo a riesgo de parecer edulcorados, algo de amor.
Es verdad que gustar de hacer bien lo que se hace o aspirar, por ejemplo, a tener un cuerpo lindo o acorde con la estética que se profese no transforma a nadie en militante del perfeccionismo, sino todo lo contrario. Es lindo hacer las cosas bien hechas, verse armónico frente al espejo y obtener los mejores resultados producto de las mejores acciones. No es ésta una apología de la mediocridad y la dejadez, a no confundirse.
Ocurre que, si rascamos la superficie psicológica del perfeccionista, vemos que no es tanto el gozo, sino su miedo a nunca tener paz lo que lo lleva a buscar lo absoluto del resultado. Y sabemos: lo que se hace por miedo, nunca genera algo realmente saludable. Cuando no hay problemas, el perfeccionista los busca, porque es como un soldado que, en tiempo de paz, no sabe cómo transformar su espada en arado y se angustia de ese "vacío" que le da la serenidad? y la de los otros. Hay que aflojar con el perfeccionismo y honrar lo que es por lo que debiera ser. Y dejar de lado la idea de que, si valoramos las cosas por lo que son, esas cosas se quedarán cristalizadas para siempre porque nadie las "presiona". A modo de ejemplo, digamos que la mejor manera de que un hijo crezca es quererlo por lo que es, valorarlo, sabiendo que crecerá, pero que su infancia no es "imperfección", sino que es un estadio determinado de la vida que tiende a irse desplegando hacia su plenitud. Cuando hacemos las cosas con gusto, responsabilidad y entusiasmo, suelen salir bien. Por eso, más que buscar lo perfecto, hay que buscar el entusiasmo por lo que se hace y el amor por lo que se es. No se trata de colonizar la realidad con un ideal que la aplaste, tal como pasa con los cuerpos de quienes no se parecen a los de las modelos de turno, sino de ponerle onda a todo, que lo perfecto es justamente alcanzar lo mejor, pero desde la alegría de poder ser quien uno es y hacer lo que uno desea desde el corazón.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta @MiguelEspeche





