La escalofriante historia del asesino que bebía la sangre de sus víctimas
1 minuto de lectura'


Düsseldorf alteró su natural calma. Los paseos por la costa del Rin ya no eran un punto de encuentro apacible para los vecinos de la ciudad alemana que se vio manchada con sangre. Con la sangre de las víctimas de un vampiro humano: Peter Kürten, el asesino que no solo mataba sino que, para sumarle escabrosidad a su accionar, bebía la sangre de algunas de sus víctimas. Der vampir von Düsseldorf, así se lo conoció. Así cobró fama. Y se convirtió en uno de los monstruos de la historia del crimen universal.
Como muchos de los de su oscura estirpe, Kürten murió joven, guillotinado a los 48 años. Aquel 2 de julio de 1931 la población respiró aliviada. Las mujeres, víctimas escogidas por su accionar, volvieron a disfrutar de las calles de su ciudad. El Rin volvió a convertirse en un sosegado espacio de encuentro. Si no hubiese estado sostenida en hechos reales, la película M, de Fritz Lang, aquella joya de ficción del séptimo arte, hubiese encabezado las preferencias entre los amantes de la ciencia ficción. Sin embargo, la veracidad de buena parte de sus escenas la convierten en un icónico y trágico relato del mundo del policial. Sin un Bram Stoker detrás, aunque con mucho más morbo y crueldad, Peter Kürten escribió su propio guión.
Asesino precoz
Kürten nació en Mülheim. El 26 de mayo de 1883 no fue un día de celebración para la familia. El tercero de los trece hijos del matrimonio Kürten no fue bien recibido. Al igual que sus hermanos, el bebé llegaba a un ámbito donde reinaba la violencia física y psicológica. Y donde la extrema pobreza hacía del día a día un verdadero desafío para la subsistencia. El padre de Peter era alcohólico y poco dispuesto al trabajo. A las golpizas a su madre se les sumaban las vejaciones a las hijas de la pareja. Así de horrorosa era la vida dentro de esa casa humilde, habitada por ese monstruo y sus víctimas. El pequeño Peter lloraba ante las vejaciones a las que era sometida su madre y trataba de amparar a sus hermanas, pero su escasa corporalidad no le permitía enfrentarse a su padre, ese hombre al que todos temían allí dentro.
Con tan solo nueve años, Peter decidió escapar. No era para menos. El dolor, la tristeza, la violencia extrema, eran insoportables. Y aunque el pequeño sabía que no era normal lo que sucedía entre los suyos, algo se naturalizó en su esencia. Su destino fue Düsseldorf. Ni bien se independizó, si es que a esa edad se puede adquirir tal rango, Peter inició su prematuro camino hacia la delincuencia. Al poco tiempo de abandonar el seno familiar asesinó a dos amigos, ahogándolos en el río. Debido a su corta edad, su paso por la cárcel fue esporádico. Transcurrieron varios años hasta que volvió a matar.
Al poco tiempo de abandonar el seno familiar asesinó a dos amigos, ahogándolos en el río
Sin embargo, antes de regresar a sus prácticas criminales con humanos, Peter se dedicaría a experimentar con animales. Cuando se conocieron las aberraciones sucedidas con perros abandonados, la comunidad entera no pudo salir del estupor. Hallaba en la vía pública a esas mascotas perdidas a las que sometía a torturas, violaciones y muerte. En simultáneo, para subsistir, cometía arrebatos menores que lo conducían, una y otra vez, a prisión. Fueron tiempos de ir cultivando el placer por el dolor y la muerte ajena. Regocijo perverso por el sufrimiento provocado. Para disimular, y para subsistir, se ganaba la vida como perrero. Todo dicho.
El nacimiento del monstruo
Corría 1913. El 13 de mayo, Peter deambulaba en busca de posibilidades para cometer pequeños hurtos, tal era su hábito. Así fue como se topó con una casa que intuyó deshabitada. Una buena oportunidad para robar sin demasiadas complicaciones ni trabajo. Sin embargo, una vez dentro, pudo observar la presencia de una adolescente de trece años durmiendo. Su instinto pudo más y terminó por degollarla.
Como suele ser modalidad, Kürten llevaba una vida paralela que lo acercaba a cierta "normalidad". En 1921, unos años después de aquel acontecimiento, y mientras continuaba con su raid delictivo de pequeños robos, decidió mudarse a la ciudad de Altenburgo. Allí conoció a una mujer conservadora, de buena familia, como se decía en el poblado. La enamoró, aunque él no experimentó ese sentimiento. Se casaron. Peter trabajaba como chofer de camión, lo que le permitía ciertas libertades. Temibles libertades. Sin embargo, durante bastante tiempo su vida tomó un camino de cierta austeridad.
Recién en 1925 su instinto perverso volvió a hacer de las suyas. Por alguna razón ilógica, la ciudad de Düsseldorf era el sitio que él encontraba para cometer las aberraciones más siniestras. Rosa Ohlijer tenía solo ocho años cuando fue apuñalada trece veces con una tijera. Como si el espanto no fuese suficiente, Peter bebió su sangre, roció el cuerpo de su víctima con gasolina y la incineró. Para una ficción sería demasiado.
Rosa Ohlijer tenía solo ocho años cuando fue apuñalada trece veces con una tijera
Cuatro años después se desató la furia de este hombre que se convirtió en el temido fantasma de la ciudad. Diez meses bastaron para sembrar y cometer el horror. El 13 de febrero continuó con su obsesión con las criaturas. Esta vez, su presa fue una pequeña de ocho años. En agosto, mató a una chiquita de cinco. Y, como si no le bastara, su morbo lo llevó a enviar a un periódico el plano para hallar la tumba de la víctima inocente. En septiembre, utilizó un martillo para matar a una mujer adulta. Antes de finales de año, dos hermanas de cinco y catorce años pasaron por sus garras letales. Estos son solo algunos de los crímenes cometidos. La mayoría jamás salió a la luz.
A medida que iban apareciendo las mujeres asesinadas, la ciudad de Düsseldorf se convertía en un espacio nada amigable para la vida en lugares públicos. Los vecinos dejaron de circular solos, las noches convertían las calles en un páramo y los padres protegían especialmente a sus pequeñas hijas, víctimas predilectas del monstruo criminal. La policía local llegó a evaluar una cifra sideral de posibles asesinos. La locura se había desatado en la gente de a pie y en las más altas esferas del gobierno y la policía. Había que dar con el asesino serial lo antes posible. Cada mañana, la población amanecía esperando encontrar una nueva víctima entre los titulares de los periódicos.
El final
En 1930, un error le costó la sentencia final. Como suele suceder, una falla en la estrategia de los criminales, por menor que sea, puede significar el fin. Una tarde, decidió llevar a un bosque a una empleada doméstica bajo un engaño. Allí la violó. Luego decidió escapar, convencido de que el estrangulamiento previo habría dejado sin vida a la mujer. No fue así. La víctima estaba viva y puedo recomponerse para dar pistas sobre el criminal. Tan minuciosos fueron los detalles de la mujer, que a las pocas horas todo el país tenía acceso al retrato del asesino.
Asustado por lo que se había generado, impotente ante su falla estratégica, Peter le propuso a su mujer que lo delatase con la finalidad de cobrar la recompensa. Finalmente, sin que esto sucediese, el 24 de mayo de 1930 fue detenido y arrestado. Su condena tuvo un sustento implacable, poderoso, aterrador: nueve asesinatos, siete intentos frustrados y no menos de 80 agresiones sexuales. El, seguramente ya desvariando, hablaba de más de 80 asesinatos.
En el proceso del juicio, se conocieron detalles que daban cuenta del hábito de beber la sangre de las víctimas. La Justicia decidió que debía morir guillotinado. Fue ejecutado en Colonia el 2 de julio de 1931.
La fama lo siguió acompañando luego de su fallecimiento. Su cabeza fue diseccionada dado que los médicos forenses querían investigar qué es lo que lo impulsaba a cometer los crímenes y a sentir ese atractivo colérico por la sangre, olerla y beberla. Ese cráneo, momificado, puede apreciarse en el Museo de Wisconsin Dells en Estados Unidos. Peter Kürten, el vampiro de Düsseldorf, sentía repulsión por la sociedad. Aquí reside buena parte de sus impulsos criminales e irracionales. Su objetivo, según sus palabras, era "aleccionar a una sociedad opresiva". Los psiquiatras y psicólogos que lo atendieron en el juicio determinaron que nada podría atenuar la pena capital. Sus últimas palabras pasaron a la historia: "Dígame, cuando me hayan decapitado, ¿podré oír siquiera un momento el ruido de mi propia sangre saliendo del cuello? Sería el mayor placer, para terminar todos mis placeres".
1Tras 25 años casada, se separó a los 47, se anotó en las app y a las 100 citas cuenta lo que vivió: “La idealización sube rápido”
2Cuál es la planta que hay que colocar en la entrada de la casa para atraer la prosperidad, según el Feng Shui
3Fue vendedor callejero, no terminó el secundario, pero fundó un imperio con un producto que fascina a los argentinos
4“Una vida llena de aventuras”. Murió Philippe Junot, el playboy que se convirtió en el primer marido de Carolina de Mónaco





