
A 20 años de su estreno, y con Ewan McGregor encabezando el elenco original, Danny Boyle entrega la secuela de Trainspotting, uno de los films más emblemáticos de los 90.
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Por Leonardo M. D’Espósito
El Reino Unido está lleno de criaturas inexistentes: el dragón, el monstruo del lago Ness y la película mala de Danny Boyle. No, no tiene. Revisen su filmografía y notarán films menores (Tumbas al ras de la tierra, Trance) y geniales (Sunshine, Exterminio, ¿Quién quiere ser millonario?, 127 días, Steve Jobs), pero ninguno definitivamente malo. Por otro lado, es quizás el único realizador británico que –como dijo Quintín en El Amante cuando se estrenó Trainspotting– entendió y rescató el espíritu del Free Cinema de los 60. Eso es una verdad evidente: así como Scorsese, Coppola, De Palma, Bogdanovich y Spielberg “tradujeron” el lenguaje del Hollywood clásico a la sensibilidad de los 70, así hizo Boyle con el espíritu anárquico de los 12 angry- young-men para el nuevo siglo. La piedra de toque fue, justamente, esa película, Trainspotting, que en uno de los gestos más idiotas del menemismo, casi se prohíbe por estos pagos y despertó una agria polémica porque la gente no solo se drogaba, sino que lo hacía sin culpa. Es que así son las cosas, también, en el mundo de Irvine Welsh, el autor de la novela original. Trainspotting era –es– una película cuyo hiperrealismo es tan grande que ingresa en ese otro realismo al cubo, el surrealismo, por la vía del absurdo. Nadie puede olvidar a Renton (Ewan McGregor antes de volverse Jedi) buscando droga tras zambullirse en el más asqueroso de los inodoros.
Pues bien: esa película, esa que decía lo que nadie se atrevía sobre las drogas (que la heroína era el mejor de los orgasmos, que la gente se droga porque le gusta; ahí tienen, Male y Fleco), fue un ícono intelectual y popular ineludible para dos generaciones británicas. Su influencia en el mundo anglosajón es notable; no tanto más allá, aunque cuántas cosas le han robado los entonces nuevos cineastas latinos (Are you there, Iñárritu?) a Boyle. La película describe perfectamente a los que fueron jóvenes en los 90, a quienes quedaron huérfanos de punk, les disolvieron el grunge y ya estaban saturados de cinismo. Begbie (Robert Carlyle), Sick Boy (Jonny Lee Miller), Spud (Ewen Bremner: esta película hizo por las caras del cine inglés lo que la Nouvelle Vague por las del francés) y Renton fueron D’Artagnan y los tres mosqueteros de la merca (y la gráfica de Trainspotting, en repetida tendencia en Palermo Soho incluso ahora). Desde el estreno se pensó en una secuela, pero primero se pelearon Boyle y McGregor, después Boyle y Welsh, etcétera. Así que Trainspotting 2 (o T2, broma cinéfila aparte) bien podría llamarse, a lo Dumas, Veinte años después.
El regreso de Renton, que de eso se trata: volver a casa y reencontrarse con los amigos de entonces (y eludir a alguno, también, porque Begbie –Robert Carlyle– recién sale de la cárcel y nunca fue la persona más recomendable del mundo) y tratar de ver qué pasó y qué pasa. Hay mucho que ya no puede suceder: que la película deje la marca que dejó la primera porque, caramba, ya existe Trainspotting y eso cambió un poco el mundo. Ya nadie va a horrorizarse por ver gente drogándose (después de la primera hubo una especie de invasión gratuita de jeringas en el cine) o borracha, o dedicándose al sexo. Pero sí, probablemente, por seguir haciéndolo cuando ya se atravesó la barrera de los 40. Y en ese punto es que el nuevo collage pospsicodélico de Boyle cobra sentido: como Charles Trenet, pero con la furia de Iggy Pop, se pregunta qué queda de nuestros amores o, mejor, de nuestros horrores o, mejor aún, de los horrores que amamos. Técnicamente, el realizador usa las que fueron novedades a modo de catálogo irónico: aquella toma hoy se hace igual, pero lo que muestra es –el tema real de la película en todo sentido– el paso del tiempo. Y vista así, esta no es una continuación de Trainspotting, sino una película sobre Trainspotting y lo que hizo y nos hizo. Porque, recuerden, el truco de Danny Boyle siempre fue tomar un género o un fenómeno del cine y darlo vuelta con actitud punk: la ciencia ficción en Sunshine, los zombis en Exterminio, Steve Jobs y el “guión de Aaron Sorkin” en Steve Jobs, todo Dickens y Bollywood en ¿Quién quiere ser millonario? Así que, dado que la primera T se volvió ícono, tendencia, moda, influencer audiovisual, ¿por qué no hacerla estallar en pedazos a través de la ironía, la melancolía y la fatalidad incluso cómica? Nada más coherente para un film cuyo logo recuerda a Terminator.
Ewan McGregor, cantante
Una cosa que se ha dicho poco de Mr. McGregor es que quizás sea el actor que mejor canta en el cine. Vidas sin reglas, Abajo el amor y Moulin Rouge! lo demuestran. Así que después de hacer al adicto Renton una vez más, el hombre pasó del hiperrealismo lisérgico de Boyle al mundo no menos lisérgico, aunque en sordina, de Disney para poner la voz y algo más al candelabro Lumière en la versión “con actores” de la obra maestra animada La bella y la bestia. Sí, bueno, pueden temer, pero seguro él va a cantar bien.






