
La fetichización de los libros
SOUTHAMPTON, EE.UU.- Las temidas vacaciones de los niños. Una semana seguida de lluvia. Pero ningún padre se queja porque todo el mundo tiene niños genios que se pasan, encantados, horas en la biblioteca pública del pueblo, aunque tengan 3 años.
En encuentros en cualquier café se comparan cantidad de libros devorados por los chicos y las noches en vela pasadas porque éstos exigían que se les leyese una historia ilustrada tras otra. En las librerías se les reparten prendedores con frases como Reading saves lives (Leer salva vidas). Y en las colonias de vacaciones les gritan: "¿Eres un lector? "¡¡¡Sííí, un aplauso, eres lector!!!" Todos los días se escuchan argumentos sobre cómo los libros alejan a los adolescentes de las drogas, a los pandilleros de la prisión y, en síntesis, nos hacen mejores personas.
Todo esto es fantástico, naturalmente. Pero por alguna razón, el ratón de biblioteca como el nuevo modelo de virtud me hacen sentir terriblemente incómoda. Aclaro que a esto lo está escribiendo un ratón de biblioteca por excelencia, alguien que de chica elegía los libros más por gordos que por tema. Y, obviamente, prefiero infinitamente que mis chicos pasen más tiempo con un libro que con el iPad o la tele. Pero la fetichización del libro per se, sin tomar al menos en cuenta lo que después uno hace con lo que ha absorbido (si es que algo se ha absorbido), suena un poco superficial y exagerado. Se puede absorber mucha cultura de los libros, pero después debería considerarse importante también cómo ésta se metaboliza.
Además, no sé si los buenos lectores esperan palmadas en la espalda por los textos que consumieron. Más bien parecería entrar en la categoría de placeres privados, o de la parte de un trabajo que no tiene por qué hacerse tan público.
The New York Times recientemente llevó, en sus páginas, un gran debate sobre los efectos de los libros. Pero mucho más interesante fue un artículo que publicaron años atrás, donde recordaban como de Séneca, en el siglo I, a Montaigne, en el XVI, Samuel Johnson en el XXIII y Emerson en el XIX, muchos grandes pensadores afirmaban que se puede leer y leer sin que nada quede, y que una avalancha de palabras sin ninguna reflexión autogenerada es nada más que una avalancha de palabras.
Emerson escribió que los seres pensantes no deberían quedar a merced de sus instrumentos, en su época, básicamente la biblioteca. Muy por el contrario, deberían ser los amos de ésta. Deberían comparar las ideas del libro con las propias, y alternar la atención a las páginas con una atención –aun mayor– al mundo. Emerson llegó hasta el punto de escribir que "los libros son para los momentos de ocio del académico", y eso que aquella no era una época donde existieran los journals electrónicos con las últimas novedades del tema que se investiga, disponibles con sólo tocar una pantalla, como ahora.
El matutino neoyorquino mismo reconocía que las palabras de Emerson podían sonar escandalosas. Pero cuando hay tanta charla sobre los libros que consumen chicos y grandes –y la charla queda, tantas veces, sólo en eso–, las reflexiones de Emerson parecerían un pensamiento alternativo para tener en cuenta.
Al menos, la próxima semana de lluvia. Porque aquí, de a poco, parece que finalmente salió el sol.




