
La frivolidad ya no es lo que era
1 minuto de lectura'
Cincuenta años atrás, la palabra "frívolo" tenía connotaciones pecaminosas relacionadas directamente con los desnudos femeninos. "Espectáculo frívolo" era la denominación que recibían las revistas porteñas y venía a reemplazar términos tales como "picaresco", "verde" o "subido de tono", que habían decorado con su promesa de romper tabúes las marquesinas de los más variados lugares de diversión. Así, en el Florida, delicioso teatrito rococó de la Galería Güemes, vedettes y cómicos protagonizaban espectáculos de burlesque con títulos al borde de la prohibición, en pleno Parque Retiro, donde hoy está el Sheraton; el teatro Babilonia ostentaba nombres más suaves, pero igualmente tentadores, como "En el Babilonia está la paponia", y el Maipo o El Nacional que representaban la más alta calidad y el mayor lujo como catedrales del "género frívolo".
También se calificaban de frívolas las comedias de situaciones, los vodeviles de enredos ingenuos o pícaros que hacían las delicias de los espectadores cinematográficos del centro y de los barrios, que gozaban con la distinción de Cary Grant, la elegancia de Fred Astaire y Ginger Rogers, la dulce ingenuidad de las Legrand, los candombes de Alberto Castillo, las muecas talentosas de Danny Kaye y las rumbas de Amelita Vargas y Blanquita Amaro.
O sea, desde la libido hasta la pureza y desde las piernas de una vedette hasta la sonrisa de un galán mundano con dientes resplandecientes y vaso de whisky and soda en mano, la frivolidad brillaba en todo su esplendor y era la bienvenida pausa en medio del ajetreado ritmo de vida que, comparado con nuestro atribulados tiempos actuales, parece mucho más tranquilo, aunque también tenía lo suyo.
Claro, también existían las personas frívolas, gente que por tontería, incultura o decisión optaba por la pavada como norma de vida; en su afán de pasar por la vida sin hacerse problema, no gastaban su cerebro en pensamientos trascendentes que los pusieran en el brete de tener que adoptar decisiones importantes. Pasaban su existencia en medio de conversaciones que iban del chimento al comentario sobre la temperatura; sus secciones preferidas de los diarios eran el horóscopo, para saber a qué atenerse, y los avisos fúnebres, para sentirse felices por el hecho de estar "del lado de acá".
No hacían mucho daño los frívolos, a menos que, en un ataque de trascendencia, se les diera por lanzar opiniones políticas sobre la actualidad nacional o mundial. Ahí sí podían ser irritantes. "Los pobres viven mal porque quieren"; "los maestros trabajan menos que nadie y quieren ganar más que otros"; "algo habrá hecho, porque a mí nunca me ha pasado nada de eso"; esas y otras "joyas" decoraban el discurso frívolo con exasperante frecuencia.
Hoy la frivolidad no es característica exclusiva de la charla de café o de tontos de peluquería. Hoy, el comentario frívolo se puede oír en los discursos del poder. Claro, no tiene el alegre morbo del Babilonia ni la sonrisa de Cary Grant; ni siquiera, la justificación que puede caberle a algún torpe iletrado o a una doña sin información.
Hoy, la frivolidad es mucho más nociva y peligrosa, cuando desde los estamentos mas altos del poder se escuchan amenazas de guerra nuclear como " una de las posibilidades sobre la mesa"; cuando se comprueba que por impericia, falta de prevención y desprolijidades de ambas partes se lleva a nivel de "conflicto internacional" el tema de las papeleras; cuando destacados dirigentes argentinos dicen que la contaminación del Riachuelo es peor que la de miles de papeleras, como si una contaminación antigua justificara una nueva; cuando Berlusconi califica de coglioni a los que no lo votan y los "acusados" se defienden con un siamo tutti coglioni, en lugar de hacerle notar su falta de ética democrática contestándole: "Más coglioni sos vos".
La frivolidad ya no es lo que era. La licuadora cerebral que hacen funcionar los medios no da tregua. Los mismos que votaron (aquí y en el mundo) propuestas que desarticularon industrias, y por lo tanto produjeron la falta de trabajo, y con ella la de la dignidad, hoy dan clases de cómo salir de la crisis desde la mesa del café, la peluquería o, lo que es peor, desde despachos oficiales, bancas del Congreso o tronos reales de Oriente u Occidente.
¡Volvé Babilonia, te perdonamos!
* El autor es actor y escritor






