
Hernán Guajardo se entrenó en el Luna Park con glorias del ring como Víctor Galíndez y Horacio Saldaño y luego se convirtió en anticuario. Muchos años después volvió al cuadrilátero pero como réferi profesional. De Tito Lectoure y bolos en telenovelas a muebles Luis XV, una vida entre cuerdas y antigüedades.
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Por Miguel Prenz. Fotos de Javier Heinzmann
El negocio de antigüedades no es lugar para movimientos bruscos, corridas ni golpes, por la fragilidad de los cuerpos de vidrio, cerámica y porcelana –cosas de cierto valor, como alhajeros y platos franceses, y otras que valen casi nada, como viejas botellas de gasesosa–, y por la estrechez del pasillo, apenas un metro y medio, a la derecha y a la izquierda del cual se amontonan mesas, sillas y otros muebles de variados estilos: art déco, Luis XV y XVI, windsor, escandinavo. El lugar, del tamaño de un almacén mediano de este barrio, Barracas, parece imposible de limpiar, pero se ve bastante limpio; no son tantos los objetos que están cubiertos por una fina capa de polvo. En las paredes cuelgan cuadros, espejos y dos fotos en las que se ve al dueño de este local, Hernán Guajardo, cuarentón morocho, delgado, piel mate, en sendos rings, vestido como árbitro de box, su otra ocupación.
En una de las fotos, con camisa celeste, pantalón y moño negros –el uniforme del arbitraje profesional–, le levanta el brazo a Marcela “La Tigresa” Acuña, la máxima figura del boxeo femenino local. En la otra, con el mismo moño negro, pero pantalón y camisa blancos –la indumentaria del circuito amateur–, en cuclillas, también levanta un brazo en gesto consagratorio, pero no el de un boxeador, sino el del dominicano Nelson de la Rosa, el hombre más bajo del mundo, 54 centímetros desde la lona, que lleva puesta la remera de Boca.
–Nelson había venido al programa de Susana Giménez –dice Guajardo, sentado en el fondo del negocio–. Lo habían llevado a un campeonato amateur y lo habían dejado un poco solo, así que me seguía a todas partes. Me pedía que lo alzara y yo no sabía cómo levantarlo. Entonces le dije de subir al ring y lo presentamos. Él se puso recontento y la gente estaba enloquecida.
Cerca de las fotos cuelgan diplomas que certifican que Hernán Guajardo no solo es árbitro de la Federación Argentina de Boxeo (FAB), sino también del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) y la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), dos de los cuatro organismos que manejan el deporte profesional a nivel internacional; los otros son la Federación Internacional de Boxeo (FIB) y la Organización Mundial de Boxeo (OMB). Un multimillonario entramado de siglas.

Guajardo camina hacia la parte trasera del negocio y regresa con una carpeta de recortes periodísticos y tres álbumes de fotos que apoya sobre la pequeña tabla rectangular de la mesa alta que está al lado de su silla. Tiene recuerdos de sus cinco años como árbitro amateur, pero muchos más de su carrera profesional, iniciada en 2003. Se lo ve –en peleas en Japón, México y Tailandia, en convenciones en Panamá y Las Vegas, en reuniones sociales en Buenos Aires y el Conurbano– junto a campeones argentinos como Horacio “Roquiño” Accavallo, Jorge “Locomotora” Castro, Rodrigo “La Hiena” Barrios, Sergio “Maravilla” Martínez y Marcos “El Chino” Maidana, y de otros países, como Ray “Sugar” Leonard y Roberto “Mano de Piedra” Durán. Incluso con el célebre productor Don King, con sus canas peinadas hacia arriba.
–A Mano de Piedra lo conocí en Panamá, en una convención de la AMB. El chabón es de ahí y lo invitaron con su orquesta de salsa a tocar en el hotel donde se hacía la convención. Él toca el rayador y canta, rebién, se lo toma muy en serio.
Entre tantos boxeadores hay tres actores: Luciano Castro, Joaquín Furriel y Rodrigo De La Serna. La fama de Hernán Guajardo trascendió fugazmente el ámbito del pugilismo hace algunos años. Como era reconocido en lo suyo y daba bien en cámara en las peleas televisadas, fue contratado para interpretar a un árbitro de box, con letra restringida a los tecnicismos de su oficio, como “prohibidos los golpes bajos” o “sepárense”, en dos telenovelas, Sos mi hombre y Contra las cuerdas, en las cuales esos actores interpretaban a boxeadores.
–Cobré como actor, no como extra, porque tenía letra. Como tenía que hacer lo mío, no me puse nervioso ni nada. Los árbitros estamos acostumbrados a las cámaras. Pensá que casi todas las peleas se transmiten por televisión.
Suena la alarma de un reloj que Guajardo –se distrae en contar– compró dentro de un lote de muebles, y objetos varios, y decidió dejar en el local porque no tenía uno. Después de un canto de gallo, robótico, se escucha la voz de una mujer, robótica, que dice “son las 10 horas, cero minutos”.
–Me gustan las antigüedades, me gusta buscarlas. Soy ciruja. De chico, acompañaba a mi papá cuando salía con el carro a buscar metales y vidrio para vender. Mi viejo era muy inteligente, muy trabajador. Fue albañil, tuvo una verdulería, se la rebuscaba de cualquier manera. Pero tenía un problema serio con el alcohol. Cuando tomaba, la cosa se ponía complicada para todos, para mi vieja, para mis seis hermanos y para mí.
En 1976, mientras el boxeo atravesaba una época dorada con ídolos populares como Muhammad “The Greatest” Ali y Carlos “Escopeta” Monzón, Hernán Guajardo, que era fanático del deporte y de ambos boxeadores, tenía 9 años y se fue de la casa paterna con lo puesto –zapatillas, pantalón, remera y saco–, escapando de los castigos. Haciendo dedo llegó al centro de la provincia de Buenos Aires, desde donde siguió viaje como polizón en un tren de carga que, luego de tres meses de idas y vueltas, lo dejó en una estación del interior de San Luis, cerca de la cual había un campamento gitano.

Guajardo se acercó a las carpas y cuando vieron a ese niño que necesitaba comida y un baño, los gitanos le dieron comida, un baño y un grupo de pertenencia. Con ellos vivió hasta la adolescencia, viajando de un lugar a otro, hablando algo de romaní, la lengua gitana, y aprendiendo a hacer negocios con la compra-venta de autos. Podría haberse quedado con ellos en Mar del Plata, trabajando en el negocio familiar, porque el patriarca siempre le decía que lo quería como a un hijo, pero él regresó a Buenos Aires y se instaló en un cuarto de un conventillo de San Cristóbal: su sueño era ser boxeador.
La primera vez que se calzó los guantes fue en el Club Social y Deportivo Unidos, de Pompeya, la meca del boxeo amateur. En el Unidos, adonde iba de lunes a viernes después de trabajar como cadete en un almacén, empezó a saltar la soga, vendarse, pararse en el ring, defenderse, golpear y recibir golpes. Ese era, y él lo sabía, el primer paso para llegar al templo del box, el Luna Park, donde entrenaban los púgiles famosos.
El Luna Park estaba custodiado entonces por un canoso de traje, bajo y gordito, que no sonreía nunca, ni siquiera cuando saludaba a Tito Lectoure, el productor deportivo más importante de la Argentina y dueño del estadio. Hernán Guajardo estudió los movimientos y los gestos del portero, porque iba seguido a la puerta del gimnasio, sobre la calle Lavalle, con la intención de ver a algún boxeador, hasta que un mediodía se animó a encararlo.
–Yo soy boxeador y voy a empezar a entrenar acá porque Tito Lectoure me está esperando –dijo Guajardo, con la ropa de entrenamiento en un bolsito–. Tito me dijo que venga porque me va a probar.
El portero miró al chico en silencio, dudando de su palabra, y le respondió:
–Si Tito te dijo, esperalo en el gimnasio.
Alrededor de los tres rings para guanteo, marcados sobre el suelo, sin lona, unos 20 boxeadores con trajes de entrenamiento negros, amarillos, azules, rojos y botas de cuero saltaban la soga, golpeaban la hilera de bolsas y punching balls y hacían sombra, es decir, tiraban piñas al aire intentando golpear la propia sombra, un ejercicio para mejorar la postura, para estilizarla. El aire olía a transpiración, cuero, y una mezcla de alcohol alcanforado, vaselina líquida y aceite verde que todos usaban para los dolores musculares. Guajardo caminó hasta el fondo del gimnasio, ocupado por la escudería del entrenador Juan Carlos Cuello, integrada por figuras como Víctor Galíndez y Horacio Saldaño, ambos con apodos de felinos: el primero, El Leopardo de Morón y el segundo, La Pantera Tucumana. Se acercó a un hombre morocho que tenía –pensó– cara de boxeador con muchas batallas, la nariz chata, los pómulos prominentes, las cejas atravesadas por cicatrices. Cuando se presentó ante él con la misma mentira con la que había convencido al portero, que estaba ahí para probarse ante Tito Lectoure, supo quién era ese hombre: Ramón “El Matador” La Cruz, ex campeón argentino y sudamericano de la categoría welter, que ahora era entrenador en el equipo de Juan Carlos Cuello.
–¿Cuántas peleas amateurs tenés, pibe? –le preguntó Ramón
La Cruz, chaqueño.
–Siete, en Unidos de Pompeya, y gané todas –respondió él, quien, a los 15 años tenía, en verdad, cero peleas en su historial.
–Andá a vestirte y vení a verme.
Guajardo fue al vestuario, se puso un short, se dejó las zapatillas de lona –el único calzado que tenía– y se plantó frente a Ramón La Cruz, quien le dijo que hiciera sombra.
–¡No, no, no, pibe! –interrumpió enseguida el entrenador, al ver los movimientos imprecisos de un chico de 15 años que, por su baja talla, arañando los 54 kilos, parecía menor–. ¡Vos estás para vender café! Si querés boxear, tenés que aprender. Seguí a ese muchacho –y señaló a uno de los boxeadores, no uno famoso, seguramente un sparring, al que le pidió que le enseñara al pibe nuevo a hacer gimnasia.
Al rato entró en el gimnasio Tito Lectoure, alto, el porte elegante de siempre, pero no de traje y zapatos lustrados, como salía en las revistas, sino de jogging azul y zapatillas. De pie y con los brazos cruzados, como todos los días, apuntó mentalmente a los ausentes y observó el trabajo de los presentes. Vio en el fondo a un morocho flaquito que no conocía, con el pelo no muy largo, pero sí desprolijo, y se acercó a Ramón La Cruz para preguntarle quién era.
“Cagué”, pensó Guajardo, mientras Tito Lectoure caminaba hacia él. Cuando el empresario le preguntó quién era, quién le había dicho que fuera a entrenar ahí, Guajardo ya se había quedado sin mentira, así que no le quedó otra que decirle que se había animado a entrar porque quería prepararse en el Luna Park para ser boxeador. Tito Lectoure lo abrazó por los hombros y lo condujo hasta la vereda de Lavalle, donde le dijo:
–Te vas a la peluquería de Juancito, acá sobre la avenida Alem, y le decís que yo te mandé para que te corte el pelo. Y después venís a verme. Porque mis boxeadores, pibe, no usan el pelo largo.

Guajardo regresó al Luna Park con un corte que ya le había parecido raro en el espejo: a los costados, muy corto, casi rapado, y arriba, un poco más largo y con la raya al medio. Ramón La Cruz lo llamó Calculín, su apodo de ahí en más. A Tito Lectoure le debe haber parecido un buen corte, porque le ofreció un puesto de cadete y asistente en el gimnasio a cambio de entrenar ahí.
Así empezó a tener trato diario con los boxeadores que veía en El Gráfico, pero con el que llegó a establecer un vínculo de mayor confianza fue con Víctor Galíndez, campeón argentino y mundial de los semipesados. Era ritual: Galíndez llegaba, le decía “¿qué hacés, Calculín?” y, antes de cambiarse para entrenar, le daba su reloj, sus anillos, sus cadenitas, sus pulseras, todo de oro, y las llaves de la cupé Taunus negra que dejaba estacionada –siempre en infracción– sobre Lavalle. Una tarde, Guajardo salió a la vereda para hacer un mandado y vio que una grúa estaba levantando la cupé Taunus negra. Entró corriendo para avisarle a Galíndez, que estaba haciendo punching ball. Galíndez, con la ropa de entrenamiento, corrió hacia la calle. Como la grúa se alejaba y ya no le daban las piernas, subió a un colectivo que estaba por salir de su parada y le pidió al chofer que siguiera la Taunus remolcada. Cuando los agentes de tránsito se dieron cuenta de quién era el infractor, le devolvieron el auto.
Como iba bien en los entrenamientos y lograba mantenerse en sus 54 kilos, un buen peso para su metro sesenta y ocho, Hernán Guajardo recibió su licencia para pelear en la categoría gallo y fue incorporado a la selección amateur del Luna Park. Él sabía que no era el peor ni tampoco el mejor; en el futuro, sonriendo, dirá “eran todos buenos menos yo” y “todos llegaron menos yo”, al recordar que algunos de sus compañeros de seleccionado fueron Roberto “Chapulín Colorado” Ruiz y Juan Martín “Látigo” Coggi, futuros campeones argentino y sudamericano de los pesados, y campeón mundial de los welter junior, respectivamente. Lo suyo era el esfuerzo y por eso de lunes a viernes, además de trabajar en el Luna Park y en changas, entrenaba y los fines de semana peleaba –y cuando no, el sábado y el domingo eran una amargura en el cuarto del conventillo en San Cristóbal, un estorbo hasta el lunes–. Desde su primera pelea, a comienzos de la década de 1980, supo que si quería hacer carrera debía ser un boxeador pensante que apostara no por un talento excepcional que sabía que no tenía, sino por una estrategia. Entonces apostó por una estrategia previsible, golpear a su contrincante e impedirle hacer lo mismo con él, cuyo pilar era un deseo: que no le lastimaran la cara porque a él siempre le había parecido linda. Así ganó 49 de sus 57 peleas amateurs.
El historial era prometedor, pero no dejaba dinero. Y Guajardo, con 17 años, necesitaba dinero para mantenerse y mantener a su novia –y futura esposa–, Telma, que estaba embarazada. Un día estaba en la puerta del Luna Park y un hombre le pidió por favor que le consiguiera para su hijo un autógrafo de Víctor Galíndez. Entró y se lo consiguió. Cuando el hombre le dijo que no sabía cómo agradecerle, Guajardo le preguntó si tenía algún trabajo para ofrecerle. El hombre, que era encargado de un edificio en Lafinur y Libertador, le preguntó si podía ayudarlo a vaciar la baulera del lugar, que estaba abarrotada de cosas que los propietarios querían sacarse de encima. Al día siguiente fue y se encontró con que la baulera estaba llena de objetos que solo había visto en revistas, como un reloj cucú y una escafandra de buzo forjada en bronce y cobre. Metió todo lo que pudo en una camioneta que le habían prestado y se lo vendió a un anticuario de San Telmo, que luego le enseñaría algunos secretos del oficio. Tan prolijo había sido el trabajo que el encargado del edificio lo comentó con otros colegas de Palermo y así, entre otras changas, Guajardo empezó a recorrer los edificios de la zona para comprar a bajo precio las cosas viejas que sus dueños ya no querían, las cuales vendía después a anticuarios minoristas.
Mientras se convertía en mayorista de antigüedades, se mantuvo alejado del boxeo, porque entre el trabajo y la familia, ya tenía una hija y un hijo, no le quedaba tiempo para entrenar. Cuando volvió a ponerse los guantes, en 1987, sin descuidar su negocio, las cosas habían cambiado. El gimnasio del Luna Park había cerrado, y los boxeadores se preparaban ahora en otros gimnasios y en la Federación Argentina de Boxeo, en Almagro, donde le ofrecieron encarar una carrera profesional y aceptó. Con el apodo de Turco, por sus rasgos moriscos, porque Calculín no sonaba muy amenazante, Guajardo tuvo una carrera profesional; primero como súper pluma y luego como súper welter, de 12 peleas: 8 victorias, 2 empates y 2 derrotas, la última de las cuales, un knock-out técnico ocurrido en 1991 en la Federación Argentina Boxeo, tomó como señal de que era el momento del retiro.
A esa pelea llegué después de dos meses en los que casi no había entrenado, porque yo ya estaba con este negocio de las antigüedades y no lo podía descuidar –dice Guajardo, sentado en su negocio de Barracas–. El flaco con el que peleaba era más alto que yo y tenía unos brazos así –forma con sus manos un círculo casi del diámetro de su cabeza–. Él estaba bien entrenado, bien preparado. En el cuarto, quinto round, yo no daba más, me ahogaba. Como no quería perder, empecé a hacer todas las cosas sucias que pude: abrazos, golpes bajos, cabezazos. Hacía todo para que me descalificaran y no me decían nada. El público me gritaba “¡sucio!”, “¡hijo de puta!”. Le empecé a tirar con todo lo que tenía y el flaco ni se movía. Mi entrenador tiró la toalla en el séptimo round. Yo ya estaba abandonando, así que, después de esa pelea, dije “ya está, no entreno más, me puedo fumar un cigarrillo cuando quiero, no me tengo que cuidar el peso. Chau boxeo”.
A los 49 años, tiene el porte del gallo que fue hace más de dos décadas. Ya sea que esté de pie o sentado, mantiene erguida la espalda, desde la cintura hasta el cuello, el mentón apuntando al frente. En su cara, que no es la del boxeador con muchas batallas que él reconoció en Ramón La Cruz la primera vez que entró en el Luna Park, no hay cicatrices y son pocas las arrugas.

–Pero al año o a los dos años de mi última pelea me agarró nostalgia y empecé a pasar por la Federación. Un día paré en el bar que estaba en la esquina y me encontré con Francisco Oscar Seleme, que era árbitro, juez y director de la Escuela Argentina de Box. Él me conocía porque había sido juez de algunas de mis peleas profesionales. Yo lo saludé y él me dijo que tenía que hablar conmigo. Me preguntó por qué ya no pasaba por la Federación a saludar. Le dije que quería seguir en el boxeo, pero no como boxeador. Y me dijo que estaba por empezar el curso de arbitraje y que él me veía como árbitro. Y arranqué con el curso. Algunos árbitros que nos daban clase decían “nosotros somos la autoridad máxima arriba del ring”, “si los boxeadores cometen una sanción, se los sanciona sí o sí, porque son rebeldes, desobedientes”. “Así que así piensan estos”, decía yo, porque todavía me sentía boxeador. Pero después entendí que el árbitro tiene que pensar en muchas cosas que el boxeador no puede pensar porque solo está pensando en pelear.
El haber sido boxeador es para Hernán Guajardo una ventaja que pocos árbitros tienen. No lo destaca con pedantería, como rasgo distintivo de una elite, sino como una instancia de aprendizaje que le permitió experimentar lo que es estar en el papel de esos otros dos hombres con los que comparte escenario y drama.
–El boxeador solo mira al rival, y lo mira a los ojos para tratar de adivinarle los movimientos, para defenderse, para ver cómo puede meterle una piña. Si un árbitro no fue boxeador, no sabe lo que es recibir una piña en un ring. No sabe que los boxeadores muchas veces cometen algunas faltas, como abrazarse, porque recibieron una de esas piñas que te dejan la vista un poco nublada, medio sordo, que no sabés cómo mierda te llamás. Después, sí, hay faltas que son intencionales, que son avivadas, y las reconozco porque yo las hice cuando peleaba. El árbitro es la máxima autoridad en el ring para cuidar a los boxeadores durante la pelea, no para verduguearlos.
Entra en el local una mujer baja, la tez morena y el pelo negro largo hasta la cintura, con un vestido floreado corto, delgada pero con curvas. Elvira: la empleada de Hernán Guajardo. Le dice al jefe que más temprano llamaron para ofrecerle un lote, o sea, todo lo que hay dentro de una casa o un departamento. Lo que pasa casi siempre en este trabajo, explica Hernán Guajardo, luego de decirle a Elvira que arregle un día para ir a ver ese lugar, es que un viejo se muere, su casa queda llena de cosas, sus hijos deciden vender todo para liberar el lugar y, entonces, lo llaman a él.
–Yo entro en la casa y calculo cuánto vale cada mueble, cada adorno, y pienso a cuánto lo puedo vender a los minoristas. Así calculo un precio por el lote que me permita ganar una buena diferencia. Para hacer eso hay que conocer de muebles y de arte, para poder diferenciar un estilo de otro, o sacar la antigüedad aproximada de una escultura o de un vitral.
Suena la alarma del reloj. Después del canto de gallo, robótico, la voz de la mujer, robótica, dice “son las 15 horas, cero minutos”.
Se anuncia una velada de cinco peleas, con dos coronas calientes, para este sábado a la noche en el club El Porvenir, en Quilmes. En el galpón donde está montado el ring y suena Metallica en los parlantes, hay unas 1.000 personas, entre las que se encuentra, en el sector vip, la cantante María Martha Serra Lima: el pelo corto amarillo con raya al costado, la piel de cama solar hasta en invierno, sentada en un tablón cubierto por un mantel blanco sobre el cual los mozos sirven pizza y empanadas con cerveza y vino tinto. La primera corona caliente, título sudamericano y latino mediopesado de la OMB, por la que se enfrentarán el colombiano Samuel “Miller” Mahiiz y el paraguayo Isidro “El Guerrero” Ranoni Prieto, no genera tanta expectativa como la segunda, el cinturón latino plata welter de la OMB, por la que chocarán el chaqueño Cristian “Chuña” Romero (31 años, 16 victorias, 7 derrotas, un empate y 8 knock-outs), su actual poseedor, y el santacruceño Adrián “Chucky” Verón (27 años, 15 victorias, una derrota y 10 knock-outs), campeón latino plata welter del CMB. La pelea entre el Chuña Romero y el Chucky Verón se publicita como revancha, porque hace menos de un año el primero noqueó al segundo en tres rounds y le marcó la primera derrota de su carrera profesional, así que será reñida, complicada, chiva, como le gusta decir al árbitro designado para dirigirla, Hernán Guajardo, quien entra en El Porvenir con un bolso de cuero marrón con el logotipo del CMB, dentro del cual lleva la camisa celeste, el pantalón y el moño negros. Hernán Guajardo saluda al promotor de las peleas y a las autoridades de la FAB, sigue hacia el fondo del galpón y sube la escalera que conduce al vestuario.
A diferencia de los otros árbitros de la velada, Hernán Guajardo se cambia en el vestuario –camisa blanca por celeste, pantalón negro por otro del mismo color, igual que el moño– al mismo tiempo que los boxeadores guantean con los entrenadores como precalentamiento para sus peleas. En el lugar, dos habitaciones conectadas por un pasillo en L, retumban los resoplidos y los golpes secos, duros, pero acolchados. Los entrenadores, los boxeadores que pelean esta noche y los colegas que pasan a saludarlos y a desearles suerte, casi todos, se alegran de encontrarse con Hernán Guajardo. Mientras lo abraza, en el pasillo, un treintañero más ancho y alto que él le dice:
–¡Vos me descalificaste una vez, Guajardo!
–Es que vos te habías mandado una macana, un golpe bajo fiero –le responde.
El treintañero asiente con una sonrisa, le palmea la espalda y sale del vestuario. Hernán Guajardo entra en las habitaciones para fiscalizar los vendajes de los púgiles que dirigirá esta noche y entregarles los guantes azul marino. El Chucky Verón, callado, serio, escucha a su entrenador. El Chuña Romero también presta atención a las indicaciones del técnico, pero sonríe, porque su hijo, que debe tener unos 4 años, está trepado a su espalda tocándole la cara desde atrás, metiéndole los dedos en la nariz, en las orejas, en la boca.

Cuando solo le resta esperar, Guajardo se para en el vano de la puerta del vestuario, desde donde se ve el primer combate.
–El de short azul no va a aguantar mucho –dice, con la vista en el cuadrilátero, y a los dos minutos, ese peleador en el que él identificó cansancio y pocas ganas de pelear cae a la lona y pierde por knock-out técnico. Sus pronósticos también se cumplen en las otras peleas previas a la suya, a las cuales María Martha Serra Lima no presta demasiada atención.
Cuando el Chuña Romero y el Chucky Verón suben al ring, Hernán Guajardo ya los espera arriba y les dice, amable pero firme, que nada de golpes bajos ni otras infracciones, que tengan una pelea limpia. Algo de cierto había en la publicidad de revancha, porque Verón toma la iniciativa desde el primer minuto y lleva hasta las cuerdas a Romero, que mantiene la guardia, pero igual recibe golpes en el torso y en la cara. Hernán Guajardo camina alrededor de ellos, cuidando siempre de quedar en el punto medio entre ambos para observar cada movimiento. Su cara, empapada de sudor, está a menos de un metro de piñas que podrían noquearlo pero que, cuando impactan en un cuerpo, ni lo hacen pestañear. Por eso logra ver cada falta y reprender a tiempo al que la cometió con palabras precisas –“dije que nada de golpes bajos”– y gestos enérgicos –se señala la entrepierna con la mano derecha, luego con esta pega un puñetazo sobre la palma izquierda y, por último, agita ambas manos negativamente–. A medida que pasan los rounds, se concentra en mirar cada vez más a Romero, que lleva las de perder. Una piña de Verón le hace sangrar la nariz a Romero. Hernán Guajardo, que no usa guantes de látex porque siempre dice que eso hace sentir a los boxeadores como si fueran bichos raros, revisa a Romero y le pregunta si está bien, si está para seguir. Romero responde que sí y, sin poder dar vuelta la pelea ni siquiera con sus descargas más potentes, llega hasta el décimo y último round.
Mientras el presentador lee las tarjetas de los jueces, Hernán Guajardo está en el centro del ring con un boxeador a cada lado. Por puntos gana Verón. Hernán Guajardo le levanta el brazo y, luego de los flashes, le pregunta de nuevo a Romero cómo se siente.
–Yo sabía que iba a ser una pelea chiva y resultó un peleón –le dice Hernán Guajardo, sonriendo, a uno de los fotógrafos, de camino al vestuario–. Fijate que hasta María Martha Serra Lima vino a verla.
H ay que estar encima de los boxeadores para no dejar pasar ninguna infracción, para poder separarlos si se abrazan, y también para ver bien al que está cobrando más, al que está más lastimado, más sentido por los golpes.
Hernán Guajardo habla de pie mientras, cada tanto, mira a la distancia a una anticuaria minorista que camina ida y vuelta el estrecho pasillo del negocio observando muebles y objetos para comprar.
–Te das cuenta si un hombre está sentido porque, aunque esté de pie, las piernas no le responden y tiene la mirada perdida. Y hay que evaluar rápido, sin entorpecer la pelea, si está en condiciones de seguir peleando, porque la prioridad es cuidar la integridad física de los boxeadores. Como fui boxeador, yo entiendo que ellos no están jugando, están peleando. Para jugar al fútbol, al tenis, al básquet necesitás una pelota. Para boxear necesitás dos pelotas.
Sonríe mientras le echa una mirada a la mujer. Se pone serio de nuevo y dice:
–Vos sabés cómo subís al ring. No sabés cómo bajás.






