La humanidad: el origen y sus misterios
Darwin afirmó que el hombre desciende del mono, y fue un escándalo. Los nuevos descubrimientos demuestran algo más: el hombre es un mono
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La nuestra es la historia más vieja del mundo. Una saga iniciada en el fondo del tiempo, que sigue alimentando mitos y trastornando las creencias. Ahora, el universo inmutable creado por Dios, con su Eva pecadora y su Adán castigado, sólo existe para algunos creacionistas que toman el relato bíblico al pie de la letra. La ciencia, por su parte, nos propone una epopeya que emerge en el principio de los tiempos y que acaba con el nacimiento del hombre moderno, el Sapiens sapiens que es, en la actualidad, el amo del planeta. En el curso de los últimos años, nuestro árbol genealógico se enriqueció gracias a variados descubrimientos fósiles: desde Africa hasta la China, pasando por Georgia, los investigadores han desenterrado huesos que, gracias a las reconstrucciones, han poblado el pasado de siluetas extrañas, convirtiendo la historia de la humanidad en un recorrido lleno de desvíos, rotondas y caminos paralelos.
La búsqueda de los orígenes no ha concluido, sino que sigue movilizando paleoantropólogos e investigadores, que ahora se benefician con el empleo de tecnologías de última generación. Estas permiten el examen de cráneos y esqueletos, el establecimiento exacto de la antigüedad de un fósil, e incluso su estudio genético y molecular, con resultados que sirven para refutar o confirmar teorías de filiación o parentescos más lejanos.
Desde Darwin, cuya teoría afirmó hace más de un siglo que "el hombre desciende del mono", cada fósil exhumado ha sido considerado el famoso eslabón perdido entre ambas especies. Pero, según descubrimientos recientes, se ha llegado a comprobar que, en realidad, la cuestión es aún más escandalosa: el hombre no puede descender del mono porque él mismo es un mono. La genética moderna confirma la hipótesis: no hay más que un 1% de diferencias genéticas entre un hombre y un chimpancé, por lo cual morfológicamente somos humanos, pero genéticamente, monos. ¿Podremos acostumbrarnos a la idea de que sólo somos una especie más entre otras, una especie sin duda dominante, pero que comparte muchas características de otra? Los fósiles así lo demuestran. Los más antiguos, encontrados en Etiopía poco tiempo atrás por el profesor californiano Tim White, se remontan a 5,2 millones de años . En 1994, White ya había desenterrado restos del Ardipitecus ramidus, de 4,4 millones de años, es decir, 1,25 millón de años más que la célebre Lucy, un australopitecos que había sido presentado hasta entonces como la abuela de la especie humana. Los fósiles más antiguos, de 5,2 millones de años, todavía no han sido bautizados, y datan de un período crucial, aquél en el cual se produjo la separación entre los antecesores del hombre y los del chimpancé, el gorila y el bonobo. La búsqueda del último antepasado común de esas especies es el Santo Grial de la paleontología humana.
Para complicar más el panorama, todos los descubrimientos realizados durante la última década del siglo XX revelan que especímenes más antiguos, como el Anamensis (de 4,1millones de años) exhumado por Meave Leakey cerca del lago Turkana, se sostenían mejor sobre sus piernas que los australopitecos más estudiados, los de Kenya, que aparecieron en un período posterior. También en 1995, Michel Brunet realizó otro descubrimiento excepcional: el maxilar de Abel, un nuevo tipo de australopiteco hallado en el oeste de Africa, a más de 2500 kilómetros del sitio considerado su cuna y su hábitat. En 1997, el británico Ron Clarke exhumó en Sudáfrica, cerca de Johannesburgo, casi la totalidad del esqueleto de Little Foot, otro australopiteco de 3,5 millones de años de antigüedad, constituyendo así lo que se ha denominado ahora "el pueblo australopiteco", que ya cuenta con cuatro o cinco especies. Por lo que parece, el período que se extiende entre los 3 y los 4 millones de años, fue el paraíso de los australopitecos. Varias especies vivían en las márgenes de la selva tropical, y esa variedad ha obligado a una revisión de las teorías de la hominización. Según ellas, se creía en una evolución lineal que había acabado en la bipedestación absoluta hasta culminar con la aparición del hombre moderno. Pero ahora, esa idea ha dado paso a una imagen en mosaico, poblada de diversos individuos que no eran absolutamente idénticos entre sí ni tampoco demasiado diferentes, de características variables, más o menos bípedos o arborícolas. En ella se ocultan nuestros posibles ancestros.
Hay consenso entre los especialistas con respecto a que el Africa tropical es la cuna de la humanidad y los australopitecos sus más probables antecesores, que evolucionaron en medio de tigres con grandes dientes y leopardos gigantescos, hasta que se produjo una terrible sequía que mermó los bosques y acabó con la edad de oro de los homínidos. Entonces surgieron otros individuos para poblar la escena de la evolución. Y entre esos recién llegados emergió el género Homo.
Los primeros hombres, el Homo habilis y el Homo rudolfensis, son conocidos desde hace varias décadas gracias al trabajo de la familia Leakey. En el pequeño habilis se ha agrandado la cabeza, la dentición es menos pronunciada. Pero en 1987, cuando se encontró un esqueleto completo, se reveló que la locomoción del habilis era en realidad muy semejante a la de Lucy, imperfectamente bípeda, dando prueba de la cautela con que hay que considerar los nuevos descubrimientos fósiles. Sólo han llegado hasta nosotros seis esqueletos completos de los períodos más antiguos. Cada uno ha dado lugar a revisiones notables, ya que, con frecuencia, la cabeza y las piernas parecen pertenecer a dos mundos diferentes, como si la evolución en mosaico hubiera mezclado las características arcaicas y las modernas. El hombre moderno, como explican los paleontólogos, aparece como la última de toda una serie de combinaciones.
Los primeros hombres convivieron con los parantropos, los casi hombres dotados de un cerebro nada despreciable, pero con grandes dientes. En cuanto al Homo rudolfensis, descubierto junto al lago Turkana, con su gran estatura, su cerebro de tamaño honroso, sus grandes dientes y fuertes maxilares, completa las posibilidades. Todos esos individuos, aun de talla pequeña y de un peso que oscila entre los 25 y los 45 kilos, comparten el mismo entorno. Viven en una pequeña porción de Africa, como una sociedad plural conformada por diversos individuos.
En este período aparecen las primeras herramientas, algo más que formas conseguidas golpeando una piedra por azar: cuchillos, por ejemplo, sin duda utilizados para desmembrar animales. ¿Quién los fabricó? En 1999, Tim White publica en la revista Science un largo artículo sobre el descubrimiento de una nueva especie de australopiteco, el A. Garhi, de 2,5 millones de años, exhumado en Awash. El autor supone que éste podría ser el antecesor del hombre más antiguo que se conoce. Pero otros especialistas rechazan la hipótesis, alegando que aunque el garhi es un bípedo más apto que los otros australopitecos, está dotado de una clase de dientes que lo excluyen del género Homo.
Y, además, hay otro recién llegado, que habitó el este de Africa hace 1,8 millón de años: el Homo ergaster. Gracias a la exhumación realizada por Richard Leakey, conocemos ahora al chico de Turkana, un niño de unos 12 años, que medía ya más de 1,60 m. ¡Un gigante para esa época! Además, posee un cerebro grande, una locomoción de superbípedo y la fisiología típica de un cazador. Este hombre difícilmente sea el descendiente del pequeño habilis y del rudolfensis, que desaparecerán, seguidos por los parantropos, hace 1,5 millón de años, durante los cambios climáticos del planeta. El gigante seguramente procede del oeste africano, y ya ha cortado el cordón que lo unía a los árboles. Muy pronto abandonará el este de Africa y, como cazador de grandes presas e inventor de nuevas armas y herramientas, es considerado por algunos especialistas el que dio origen al Homo erectus tras haber emigrado a Asia.
Pero, según parece, llegó a todas partes: recientemente se hallaron rastros suyos en Georgia. Se trata de uno de los descubrimientos más resonantes de los últimos tiempos. Unos arqueólogos que excavaban un foso medieval, a 85 km de Tbilissi, dieron con osamentas evidentemente anteriores a la Edad Media. Llamaron al rescate a un grupo de paleontólogos de Tbilissi y éstos exhumaron, en 1999, los restos del hombre de Dmanassi, que, según estudios concluidos a principio de 2000, se remonta a 1,7millón de años, duplicando de este modo la antigüedad atribuida hasta el momento al hombre europeo.
Pero lo que más les interesa en este momento a los investigadores es establecer la fecha en la que el hombre salió de Africa. La historia de esos primeros hombres, luego de abandonar su cuna africana, es muy poco conocida. Las expansiones y las migraciones deben haberse alternado, siguiendo el ritmo de los avances y retrocesos de las glaciaciones. Lo que sí sabemos con seguridad es que las singularidades geográficas dan origen a dos poblaciones diferentes. Europa quedará aislada por un glaciar continental. Al abrigo de esa muralla de hielo, la evolución producirá un hombre que no existirá en otra parte, el de Neandertal. Con las órbitas enormes, el mentón huidizo, la larga cara, los músculos potentes y la apariencia bestial, Neandertal ha sido el espantajo de nuestra galería de antepasados. Se decía que era torpe y poco inventivo. En la actualidad, somos testigos de un proceso de rehabilitación que tiende a mejorar la mala reputación de aquel hombre mono. Nos preguntamos quién era, en realidad, ese misterioso Rambo de la prehistoria, perfectamente adaptado a su entorno, que fue derrotado por un invasor más pequeño, el Homo sapiens sapiens, conocido también como hombre de Cro-Magnon, nuestro antepasado directo, que le robará los mejores territorios de caza y los mejores hábitat y que acabará por pintar sus obras de arte en las paredes de sus cavernas.
Ambas poblaciones convivieron. Primero, en el Cercano Oriente, donde emigraron los Neandertal, y luego, menos tiempo, en Europa. Tras algunos descubrimientos recientes, especialmente luego del realizado en Arcy-sur-Cure, que reveló indicios de un culto a los muertos a partir de esqueletos de Neandertal, ciertos especialistas han insinuado que los hombres de Neandertal eran los pares de esos otros hombres que los invadieron, y que los recibieron y se mezclaron con ellos, imitando sus prácticas y costumbres. Pero en cuanto a la posibilidad de que los dos pueblos se hayan mezclado, la genética moderna lo niega de plano. Los investigadores han logrado recuperar el ADN mitocondrial, transmitido por la madre, del primer hombre de Neandertal encontrado cerca de Düsseldorf, Alemania, en 1856. En 1997 se comparó ese ADN con el de un gran grupo de hombres actuales, para comprobar si los hombres de Neandertal y las mujeres de Cro-Magnon, o viceversa, tuvieron relaciones sexuales fecundas. Las diferencias encontradas entre ambos ADN hacen imposible, según los especialistas, cualquier posibilidad de filiación entre los de Neandertal y nuestros contemporáneos. De modo que el hombre de Neandertal no es, entonces, antepasado nuestro, y debemos admitir que, treinta mil años atrás, dos especies de hombres biológicamente diferentes, convivían en territorio europeo.
¿De dónde venía aquel Sapiens sapiens, nuestro antecesor directo, el David de la prehistoria que derrotó al Goliat de Neandertal? Nadie puede responder esta pregunta con exactitud, y existen dos teorías que justifican su aparición. Según la primera, todos los hombres modernos surgieron de una misma población que, tras evolucionar en Africa, abandonó ese continente hace menos de cien mil años para conquistar el mundo. La segunda hipótesis, denominada multirregional, propone que los hombres nacieron de la evolución de diversos linajes antiguos, y en distintos lugares.
La búsqueda de nuestros orígenes está muy lejos de haber concluido, y se complica un poco más cada vez que algún grupo de investigación exhuma nuevos fósiles. No hay demasiado consenso entre los expertos, y ninguno termina de podar y acomodar las ramas de nuestro árbol genealógico. El tema del origen funde datos e hipótesis científicas con convicciones filosóficas y creencias religiosas, y la ciencia no se arriesga a dar un veredicto definido. Por el contrario, multiplica los interrogantes. A falta de certezas absolutas, sólo nos quedan hoy preguntas inquietantes, y un vacío sideral si nos ponemos a pensar cómo seguirá, de ahora en más, la evolución de la especie humana, que no parece detenerse. Y como la risa parece ser la característica que diferencia al humano de los miembros de las otras especies, tal vez nos convenga preguntarnos si no seremos nosotros mismos aquel famoso eslabón perdido entre el mono y el hombre.
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