La lealtad desgarrada de los hijos

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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15 de junio de 2019  

La tasa de divorcios ronda desde hace muchos años el 50% de las parejas, lo que es indicador de que la grieta existe desde hace mucho en una importante proporción de los hogares de nuestro país. Si de conflictos se trata, la separación parece ser una de las metodologías más utilizadas para dirimirlos. De un lado y del otro, grieta en el medio, así es la cuestión. No sería tanto problema si no existieran los hijos. En su ADN (usado como elemento real, o metafórico en los casos de adopción) no hay grieta que valga, ya que llevan el de sus padres, todo junto y "mezclado", sin separación posible.

La "biología" muestra que esos hijos son de los dos miembros de la pareja parental, más allá de toda circunstancia. Claro está que se podría sucumbir al mito de la inmaculada concepción, el que supone que en la gestación de un chico no hay siempre dos, sino que se "autogenera" de alguna extraña manera, prescindiendo de la realidad que dice que hace falta la "otredad" para que una vida pueda existir. A modo de ejemplo, recordemos que aun en la donación de esperma se requiere "otro" al que se lo llama, justamente, "donante".

A la realidad cotidiana de los conflictos entre padres separados se suman por estos días peleas mediáticas entre famosos que también están en esa condición. Estos últimos "hacen escuela" agraviándose entre sí día a día aun con hijos de por medio, usando toda promoción mediática disponible para hacer pública la situación. Situación que nos muestra, ya casi de manera naturalizada y a toda hora, el dolor de los hijos que se desgarran en medio de la batalla y la indiferencia que eso genera en demasiada gente.

Los hijos son leales a sus padres en grado superlativo, al punto de que a veces se quedan enredados en laberintos que los exceden con tal de "salvar" de alguna manera a sus progenitores.

El agravio recíproco, la falta de respeto, la agresión y el desprecio lastiman al hijo, quien por lo general ama a los dos padres y, sobre todo, porta una identidad de forma tal que, al insultar a uno de los padres, se lo está insultando a él.

Los hijos hacen lo que pueden en ese contexto. De hecho, lo que más suele costar es percibir que alguien que fue una mala pareja puede ser buen padre o madre o, al menos, aportar elementos sanos a la parentalización del hijo. No hablamos de casos extremos, por supuesto, sino de gente más o menos "normal", con una gama de conflictos que, aunque muy difíciles, esté dentro de lo que vive una mayoría.

Se puede señalar de manera crítica alguna conducta de alguien sin descalificar su persona, lo que ayuda a que no se eleve el nivel de violencia psíquica en los vínculos. Mejor decir "no me gustó lo que hizo tu madre/padre" que decir "tu madre/padre es un idiota". Si hay bronca, al menos que los misiles caigan sobre lo que la personas "hace" y no sobre lo que la persona "es".

Lo anterior no es menor, ya que los hijos son extensión de sus padres, más allá de que vayan forjando su propia identidad con el tiempo. Maldecir su origen es maldecirlos a ellos mismos y los obliga a un tironeo terrible entre dos lealtades, ambas imprescindibles.

Recordar que los hijos están allí cuando se discute o hace referencia al padre o la madre con la que se tiene conflicto permite administrar mejor los estados de ánimo. Eso a su vez evita el desgarro en el alma que ellos, los chicos, sienten cuando se pelean los dos seres que más aman en el mundo. Los chicos saben ver lo mejor de cada padre y madre, y si bien a veces se hace difícil por la naturaleza de los problemas, está en la generosidad de esos padres no transformarse en "gatillo fácil" a la hora de disparar contra el ex, sin importar los daños colaterales que esto implica.

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