
A medio siglo de su puesta original, Marta Minujín revive la más emblemática de sus instalaciones, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.
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Por Leni González
Cuando en mayo La Menesunda cumplió cincuenta años, se miró al espejo y se gustó. No estaba intacta sino mejor, viva, con ganas de salir a la calle y mostrar que nunca era tarde para ser joven, y mucho menos si se nació en la década que inventó la juventud. Y, sin dudarlo, volvió, muy parecida, de la mano de su creadora, la antiage Marta Minujín, al Museo de Arte Moderno.
"La Menesunda fue una ruptura total en el arte contemporáneo. En el 65 había pura pintura, puras galerías de arte en las que encontrabas pintura y eso fue romper con todo, la vanguardia brutal en el mundo. Fue la primera vez que puse un aparato de televisión en una obra de arte, la primera vez que la gente entró en una obra y tuvo diferentes situaciones, no como espectador sino como participante, con sorpresas, una obra de arte con olores. Encontrabas todas las cosas que después pasaron en el arte contemporáneo, fue premonitoria y de vanguardia absoluta, romper con todos los conceptos del arte y abrir las puertas para la instalación, el site specific, el video arte, el arte conceptual, para todo, y en ese entonces nadie se dio cuenta", dice Minujín, que para subrayar su vigencia anuncia que en 2017 La Menesunda estará en el MoMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York).
Quien la acompañó codo a codo en aquella mezcolanza en el Centro de Artes Visuales del Instituto Torcuato Di Tella, dirigido por Jorge Romero Brest, fue el artista Rubén Santantonín. También colaboraron Pablo Suárez, David Lamelas, Rodolfo Prayón, Floreal Amor y Leopoldo Maler. La "cosa", como le gustaba a Santantonín llamar a las obras, trataba de un laberinto que era recorrido por el público, con once situaciones diferentes pensadas para generar estímulos sensoriales.

La reconstrucción supervisada por la artista fue realizada por los departamentos de Curaduría, Diseño y Producción de Exposiciones y Conservación del Museo a partir de documentación, fotografías, videos, notas de prensa, material audiovisual y testimonios de colaboradores.
Durante la presidencia de Arturo Illia, el mismo año en que se estrenaba Help! de Los Beatles y se lanzaba el simple "Satisfaction" de los Rolling Stones, los visitantes podían ingresar a La Menesunda por una empinada escalera y verse en vivo y en directo en un circuito cerrado; después, entrar a un dormitorio con una pareja en la cama y descender a un túnel de neón al estilo Avenida Corrientes, o meterse en la cabeza gigante de mujer donde se ofrecían masajes o maquillaje. Las sorpresas continuaban hasta terminar en una habitación de espejos, en la que el público podía encender una serie de luces negras y ventiladores que dispersaban papel picado.
"Ahora se trata de una obra de estudio, de curiosidad, un viaje al pasado, pero sigue manteniéndose esa cosa de vanguardia, de tecnología. Y por suerte –reconoce Minujín– estoy viva para acordarme de hacerla, porque los demás ya casi no están".
–Marta, ¿en qué cambió usted como artista en este medio siglo?
–En nada, me siento igual que cuando tenía 23, 24 años, pensando igual y haciendo las mismas cosas. Lo mismo que Picasso, una vez que descubrís algo lo seguís. Hago el lobo marino de alfajores, la torre de Babel de libros, hago instalaciones en movimiento, hago pintura, escultura, grabado, hago de todo, sigo igual, nada que cambiar, y no va a cambiar nunca.
La Menesunda según Marta Minujín. En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (San Juan 350) desde el jueves 8, de martes a viernes de 11 a 19, y sábados, domingos y feriados de 11 a 20. Entrada general: $20. Martes, acceso gratuito. No podrán ingresar personas con movilidad reducida, menores de 16 años y niños sin la compañía de un adulto.
<b>Medios necios que acusáis</b>
Un millón de visitantes: la gente esperaba hasta tres o cuatro horas en la calle Florida para ingresar en la instalación, un hecho inédito en el arte argentino. Sin embargo, la prensa no comprendía lo que estaba pasando y calificó la muestra como "tontería", "estupidez" (La Gaceta), "lamentable" (La Nación), "gratuita" (Leoplán), "decadente y de mal gusto" (Marcha), "enervante" (La Prensa), y a los creadores, de "locos" (Careo) y "sinvergüenzas" (El Eco de Tandil). La sociedad conservadora se resquebrajaba y La Menesunda rompió esos límites ante sus ojos: el espectador podía ser activo y central a partir de su propia experiencia.






