La odisea de Homero

Los Simpson, la más popular de las series de tevé norteamericanas, acaba de cumplir 12 años y sigue más viva que nunca. La clave de su vigencia reside en la atenta mirada de su creador
Los Simpson, la más popular de las series de tevé norteamericanas, acaba de cumplir 12 años y sigue más viva que nunca. La clave de su vigencia reside en la atenta mirada de su creador
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27 de enero de 2002  

Una escena de Los Simpson no ha dejado de acosarme desde el 11 de septiembre. Es la del episodio La ciudad de Nueva York contra Homero Simpson, emitido hace unos tres o cuatro años por la Fox. Durante un viaje familiar a Manhattan, Homero está en una versión de dibujo animado en la plaza de las Torres Gemelas, Allí, mientras espera la multa de un agente de tránsito, se encuentra con un vendedor de una exquisitez llamada khlav kalash, que Homero inevitablemente engulle, bajándola con muchas latas de jugo de manzanas silvestres. Cuando todo ese jugo le hace el efecto habitual, el padre Simpson debe subir corriendo 107 pisos de escalera para descubrir que el baño de caballeros de la torre número 2 está fuera de servicio. Pero ésa no es la única sorpresa: hay sogas para colgar la ropa entre ambos rascacielos, y las ventanas se abren para permitir que los malhumorados neoyorquinos se ordenen entre sí cerrar la boca, todo a los gritos.

Era un buen chiste, que ahora ya no se ve de la misma forma. Para empezar, la imagen de los neoyorquinos peleadores, bruscos e impacientes ha desaparecido de la mitología popular norteamericana. Y la aparición de los rascacielos bajo la imagen de un vecindario ruidoso resulta ahora más dolorosa que ridícula. Los fans de Los Simpson se preguntan, por Internet, si La ciudad de Nueva York contra Homero Simpson se convertirá en un episodio perdido de los registros de la serie, y yo mismo me pregunto de qué manera los acontecimientos del año último afectarán a Springfield, la ciudad natal de los Simpson. Desde el derrumbe de las torres ha habido mucho debate acerca de cómo se verá afectada la cultura popular tras el ataque terrorista. La risa fácil que dábamos por sentada hace pocos meses parece pertenecer ahora a una era remota. Y la tendencia a mirar con vergüenza la época en que los estadounidenses se sentían tan complacidos consigo mismos podría convertir a Los Simpson en un programa particularmente vulnerable.

Pero ojalá que poco cambie en la indomable familia que reside en el chalet rosado de Evergreen Terrace. Porque ningún otro programa ha resumido mejor que Los Simpson la promesa y la confusión de la vida estadounidense de la post Guerra Fría. Nadie ha descripto la energía acumulada y la memoria de la nación con tanta inteligencia y originalidad.

Desde su debut en diciembre de 1989, el show –sesudo y populista, sofisticado y vulgar, subversivo por su ataque a la mojigatería, pero también por su defensa de los vínculos familiares y comunitarios– no ha perdido ni un ápice de popularidad. Es cierto que ya no sorprende, pero lo peculiar del programa es que ha seguido siendo divertido durante mucho tiempo.

En estos días inicia su temporada número 13, y puede jactarse de ser una de las sitcom con mayor tiempo en el aire. “En los últimos 25 años hubo grandes shows televisivos –dice Sam Simon, el ex productor ejecutivo que se ocupó del programa durante los primeros dos años, y que contrató a casi todos los escritores–. Pero no hay muchos en los que la gente siga interesada después de 12 años.”

Ventajas de la animación

Ultimamente, la evaluación de la entropía creativa que afecta a las series de TV –el tiempo que les lleva declinar y lanzarse a inventar recursos desesperados para sobrevivir– se ha convertido en una forma popular de análisis cultural. Según los fans de Los Simpson, las temporadas 9 y 11 fueron muestras de la inevitable decadencia, y se acusaba a Mike Scully, responsable del show durante los últimos cuatro años, de haber corrompido a Springfield. Pero evidentemente la serie no estaba dispuesta a entrar en agonía: se contrataron nuevos guionistas y el rating empezó a subir. Los Simpson recobró tanta fuerza que ahora se contempla la posibilidad de producir una película.

La longevidad de la serie tiene mucho que ver con la libertad y la elasticidad que permite el género de la animación.

No hay actores niños cuya pubertad amenace el programa ni embarazos que deban ocultarse tras giros argumentales inverosímiles y forzados. El espectro de nuevos personajes secundarios es ilimitado, al igual que las locaciones. Los Simpson pueden ir donde se les antoje y hacer cualquier cosa. En el universo de los dibujos animados, las leyes del tiempo y el espacio son diferentes: aunque la serie haya representado los acontecimientos políticos y populares norteamericanos –desde Bush hasta Clinton, de Michael Jackson a las bandas de adolescentes–, en ella nadie deja de vivir en un perpetuo presente. Bart estará siempre en 4º grado y Lisa será una intelectual incomprendida que cursa 2º grado. El señor Burns habrá logrado una vaga idea de “quién es ese Homero Simpson”, pero en general, la animación no depende demasiado de las leyes de causalidad. Durante la novena temporada, Homero y Marge celebraron su decimoprimer aniversario de bodas.

Todo esto mantiene frescos a los Simpson. Y aunque a veces Homero ha pasado de la encantadora inocencia a la idiocia más evidente –“Marge, cuál es el número para llamar al 911?”–, Springfield, por familiar que nos resulte, sigue estando llena de sorpresas, y la serie ha evolucionado con el curso de los años, explorando nuevos caminos del absurdo, pero no ha dejado de ser fiel a su espíritu fundante: disparatada inteligencia, buen humor y disposición a probar cosas nuevas.

Hace ya muchos años que James L. Brooks y Matt Groening, la original fuerza creativa del show, se dedicaron full time a él. Desde entonces, los créditos han lucido, entre otros, los nombres de George Meyer, Al Jean, John Swartzwelder, Jon Vitti y Mike Scully. Un episodio de Los Simpson insume nueve meses de trabajo en colaboración. A diferencia de la mayoría de las series, que alternan períodos de frenética actividad creativa con largos intervalos ociosos, en la familia Simpson se trabaja todo el año. Todas las semanas, algunos miembros del staff de 20 escritores –el más numeroso de toda la historia del programa– trabajan en borradores de los nuevos guiones. Sus colegas se reúnen a pleno en torno de una de las enormes mesas del departamento de guionistas, proponiendo ideas y desmenuzando el borrador línea por línea. El proceso de reescritura, conducido por Brooks y Groening, es riguroso. “Un buen guión de Los Simpson es cuando se cambia el 75% y todo el mundo dice es bueno –comenta Matt Selman, que se incorporó al equipo en 1997, a los 25 años–. Un mal guión es cuando se cambia el 85% y todo el mundo dice es malo.” Después de varias revisiones, los actores lo leen en voz alta, tras lo cual se lo vuelve a corregir. La banda sonora va entonces al estudio de animación Film Roman, de Hollywood, donde un equipo de artistas produce un animatic, un borrador blanco y negro de los dibujos ensamblados, que vuelve al equipo de guionistas para una última reescritura. La animación en color termina, hecha a mano, en Corea, e incluso cuando vuelve a Hollywood tres meses más tarde suelen reacomodarse algunas escenas para pulir más aún el resultado. Indudablemente, la calidad de Los Simpson es resultado de este proceso minucioso.

En general, todo el plantel reconoce la excelencia de Swartzwelder y de otro miembro del equipo, George Meyer. Swartzwelder, un ex publicitario que lleva una vida de reclusión y que ha escrito más de 50 guiones de la serie, rara vez va a la Fox, pero envía borradores limpísimos que requieren poca reescritura. Meyer, por el contrario, tiene pocos guiones de su autoría, pero funciona como el gurú del departamento de guionistas, ya que tiene un sentido infalible para las bromas perfectas. Sin embargo, no atribuye a su capacidad ningún origen misterioso. “En el libro El acto creativo, de Arthur Koestler, se dice que la esencia del humor es el enfrentamiento entre distintos contextos –explica–. Dos personas con diferentes propósitos que los persiguen hasta un punto extremo: eso es lo que explica la base de cualquier comedia.” Ahora resulta obvio, casi esperable, que un programa de horario central esté repleto de cultura pop mezclada con lenguaje literario y de bufonadas colmadas de gran resonancia emocional, y que los adultos, después de cenar, se sienten frente al televisor para ver un dibujo animado. Pero en 1989 ya había pasado casi un cuarto de siglo desde que Los Picapiedras, el último dibujo animado exitoso en horario central, había salido de emitirse.

El inventor de Los Simpson no venía del mundo de la TV. “Dejé de mirar TV hacia 1972 –dice Groening–. Tenía mejores cosas que hacer.” Hijo de un documentalista (llamado Homero), Groening era autor de la tira cómica Life in Hell, que aparecía y sigue apareciendo en publicaciones semanales alternativas. En 1987, fue reclutado por James Brooks para crear cortos de animación para The Tracey Ullman Show.

Según lo relata Groening, la familia Simpson nació pocos minutos después de su primer encuentro con Brooks. “Iba a hacer los personajes de Life in Hell, pero justo antes de la reunión con Brooks me enteré de que la Fox sería dueña de lo que yo hiciera. Entonces inventé Los Simpson diez minutos antes de entrar en la sala de reunión, dibujé una familia y le di a cada personaje el nombre de los miembros de mi familia.”

Una serie realista

Además de su inconfundible estilo gráfico, Groening contribuyó con su espíritu escéptico y antiautoritario. “Si el show tiene un mensaje central –dice– es que posiblemente las autoridades casi nunca tienen en mente el interés de la población.” El programa ha sido más que un puñado de dardos arrojados contra diversos sectores de la sociedad estadounidense. La colaboración que convirtió los cortos de Ullman en Los Simpson –y que incluyó a Groening, Brooks, Sam Simon, un pequeño grupo de escritores como George Meyer y Jon Vitti, y a animadores como David Silverman– fundió la visión del mundo del historietista con dos vetas de la comedia televisiva. Una es la veta absurda y el arte de la réplica típica de shows como Saturday Night Live, en los que trabajaban George Meyer y Jon Vitti. Pero Sam Simon y James Brooks, cuyas contribuciones fueron decisivas para el desarrollo de la serie, venían de la TV de alta calidad, el de las sitcoms bien escritas, atractivas y algo sentimentales.

En la actualidad, Groening y Brooks actúan como una suerte de consejo de ancianos, guardianes y defensores de los principios básicos. “Cada vez que hago una lista de las reglas inquebrantables del programa, no falta el tipo listo que me señale algún episodio en el que nosotros mismos las hemos transgredido”, dice Groening. Pero siempre trata de mantener vigentes algunos tabúes: los animales deben comportarse como animales, Los Simpson no tienen que hablar ni dejar entrever su propia celebridad, y el universo de Springfield no debe convertirse abiertamente en un mundo de historieta. Se puede discutir si el programa ha estado siempre a la altura de estas exigencias o si los personajes han reflejado el grado de humanismo y realismo emocional propugnado por Brooks, pero es innegable que ambos creadores comparten un compromiso con lo que, extrañamente, sólo podemos llamar realismo. Por disparatados que sean los Simpson, la serie nunca pierde de vista las peculiaridades de la vida estadounidense en la coyuntura del cambio de siglo, algo que, por supuesto, incluye todo lo que antes se vio en la televisión.

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