La Rosada puertas adentro

Hoy, en el Salón Blanco, asumirá el nuevo presidente, Néstor Kirchner. Pero las paredes interiores de la Casa de Gobierno guardan secretos y anécdotas que la historia acumuló y que aquí revelamos
(0)
25 de mayo de 2003  

-Callado m’hijito -contestó Juan Domingo Perón cuando Luis, el peluquero que por entonces trabajaba en la Casa Rosada, entró eufórico en el despacho presidencial y desenroscó la lengua a toda velocidad para saludarlo, llamarlo mi General y preguntarle cómo quería que le cortara.

La Casa de Gobierno es amigable y peligrosa como un pueblo chico donde los rumores, los recuerdos y la vocación por inventar historias muchas veces andan sueltos por los pasillos. Como todo pueblo, tiene sus lugares turísticos y sus secretos guardados bajo llave. La estrella, sin duda, es el balcón, ese pulmón enmarcado por columnas por donde el edificio roba bocanadas de aire de la Plaza de Mayo y al que dedican sus suspiros viejas y nuevas generaciones de candidatos.

Sergio Grillo, director de Ceremonial, cuenta que los presidentes suelen acompañar personalmente a sus invitados a conocer el balcón a partir de la fama que ganó en el exterior cuando Madonna, la diva pop, se peinó con rodete para interpretar a Evita y recorrió las pantallas con los brazos en alto.

Aún se puede ver en las columnas de mármol las marcas de las abrazaderas que sujetaban un vidrio antibalas para proteger a Perón. Desde allí se dijo que la casa estaba en orden, Galtieri juró dar batalla, Menem festejó su reelección y Maradona levantó la Copa del 86. Pero la Casa de Gobierno es más que un famoso balcón, el Salón Blanco con su araña de 460 lamparitas donde los presidentes reciben el bastón y la banda, el despacho presidencial (que originalmente era un comedor) y el patio con palmeras Yatay donde los mandatarios reúnen al personal cuando tienen que dar alguna noticia, en general importante y en general mala.

En sus 24.000 metros cuadrados también hay un dormitorio que los presidentes usan para desperezarse después del almuerzo o pasar algunas noches, un comedor presidencial en el que cada gestión instala sus aromas, 314 salas, un número mutante de oficinas, una peluquería, una capilla, una sastrería, lavadero y servicio de mantenimiento donde trabajan electricistas, pintores, tapiceros, plomeros y cerrajeros.

Mapa sinuoso

El mapa de la Casa Rosada suele ser un misterio para los gobernantes, aun después de haber trabajado ahí durante años. Y sus recovecos son más intrigantes para el público, que en las visitas guiadas apenas puede conocer los salones que se ven por televisión.

Excepto cuando hay emergencias democráticas (o de otro tipo), cada cuatro años la casa cambia de clima. Ocurre en sentido metafórico y a veces también meteorológico: durante los diez años que duró la gestión de Carlos Menem, el edificio estaba más calefaccionado que de costumbre a pedido del ex presidente riojano. Dicen que Carlos Corach, con una temperatura corporal más elevada, encendía el aire acondicionado en su despacho tanto en verano como en invierno.

Cada presidente tiene sus costumbres y de eso sabe mucho la Casa Rosada, que los mima, los consuela y, a veces, también pone sus pies en la vereda. Dicen que Juan Domingo Perón tenía fama de madrugador. Llegaba a su despacho a las 6.30 y antes de empezar a trabajar dedicaba una hora y media a su arreglo personal y a charlas informales. Hipólito Yrigoyen, en cambio, llegaba después de almorzar y se quedaba trabajando hasta la madrugada. Arturo Illia vivía en la Casa de Gobierno de lunes a viernes y se iba a su hogar los fines de semana.

Los presidentes iban a la Rosada caminando o, a lo sumo, en carruaje, porque vivían cerca: Bartolomé Mitre, en la calle San Martín; Nicolás Avellaneda, en Moreno; Hipólito Yrigoyen, sobre Brasil, recuerda el investigador y arquitecto del Museo de la Casa Rosada, Ricardo Ruiz.

En los pasillos del edificio se recuerdan las famosas siestas de dos horas de Carlos Menem en el dormitorio presidencial y las minisiestas de Fernando de la Rúa, que mandó quitar los espejos que su antecesor había colocado en las puertas y redecoró el cuarto a su gusto, con telas color marfil y dorado.

Cada mandatario tiene su ritmo, sus costumbres y sus caprichos, y una prueba de eso es que los mozos presidenciales recuerdan que a De la Rúa le costaba decidir qué quería almorzar y cambiaba de menú aun cuando tenía el plato servido. Dicen que Carlos Menem solía almorzar parado en la cocina, sobre la mesada de mármol gris, mientras hablaba de fútbol.

A causa del poco entusiasmo que demostraba De la Rúa en el almuerzo, se contrató a la empresa de capacitación Creative Concept para que le diera un curso al cocinero presidencial, Catalino Pérez, y así mejorar la presentación de los platos. Con esas pautas se diseñó un manual sobre la base del cual se siguen preparando las comidas presidenciales. En los últimos años, los menús que realiza Catalino son sencillos: carnes asadas o en milanesas, acompañadas por ensaladas, papas o cosas por el estilo.

Antojos oficiales

Cada época tiene su estilo y cada paladar, sus antojos. Cuentan que a Alvear le gustaban los almuerzos sofisticados, largos y abundantes, que acompañaba con buenos vinos y remataba con mejores cigarros. Frondizi, en cambio, tenía un menú fijo más parecido a una penitencia que a un banquete presidencial: medio pomelo, un bife de hígado y medio tomate.

El plato preferido de Perón era el puchero, y Roberto M. Ortiz tenía debilidad por los dulces: dicen que encargaba grandes bandejas de masas a la confitería La París.

A la hora del almuerzo, todas las cocinas contagian el ambiente con sus aromas. Hay una en el primer piso, cerca del comedor íntimo del presidente; otra más arriba, donde el cocinero oficial prepara los platos más elaborados, una en la Casa Militar, otra en el Ministerio del Interior y hasta los fotógrafos tienen la suya en una bohardilla donde amasan pastas y preparan pan casero para acompañar el mate.

En otras épocas, la Casa de Gobierno tenía un aire de sofisticación que perdura en algunos muebles. Roque Sáenz Peña, que desde 1911 vivió allí, la amuebló y redistribuyó el espacio para instalarse con su esposa y su hija. Alejandro Arbaizar, estudiante de Museología, guía de la Casa Rosada y fan de Sáenz Peña, cuenta que los 30 hombres que lo servían usaban casacas de terciopelo celeste bordadas con galones dorados, babuchas negras, medias blancas, zapatos de charol con hebilla de plata y espumosas pelucas blancas empolvadas. Había mayordomos que tenían la única misión de evitar que las damas se agacharan: llevaban una varilla de nácar para levantar la cola de los vestidos.

En esa época, la casa inglesa Thompson diseñó el comedor presidencial, que actualmente es el despacho oficial. La chimenea se revistió con roble de Eslavonia y se le talló el Escudo Nacional, se colgaron tres arañas de cristal y las ventanas se enmarcaron con cortinas de terciopelo verde bordadas con hilos de plata. Eran días de sofisticación y no resultaba extraño que el hall donde ahora están los bustos de los ex presidentes se convirtiera en un jardín exótico, con palmeras y orquídeas: se cubrían los mosaicos con panes de césped y se traían plantas de Brasil.

En los tiempos de extravagancias monárquicas, se sancionó una ley cercana a la democracia por la que el voto era universal, secreto y obligatorio, aunque sólo masculino (antes había que reunir ciertas condiciones sociales para poder votar y sólo lo hacía alrededor del 1,7% de la población).La Casa Rosada está llena de contradicciones: tiene el frente principal sobre Paseo Colón, pero es más famoso el de Balcarce, y la entrada presidencial es por Rivadavia. Los descontentos populares se expresan en la Plaza de Mayo, pero no se escuchan en el despacho del presidente, que queda exactamente en la otra punta, sobre la plaza Paseo Colón. Y el balcón no es una prolongación del despacho presidencial: en realidad está delante de la Oficina de Ceremonial. Uno de los iconos del edificio es el sillón de Rivadavia. Aunque en realidad está a cien metros, en la Catedral Metropolitana. El jefe de prensa Julio López, que ocupa ese puesto desde hace 30 años y está escribiendo el libro 30-17 Las crisis políticas económicas y sociales vistas desde la Casa Rosada, asegura que lo primero que hacen los presidentes es sacarse una foto en el sillón e invitar a sus amigos al despacho.

El lugar sabe de picardías escolares y cada quien deja su huella.

Dicen que Illia solía ponerse un sobretodo, sombrero y anteojos y salir de la Casa de Gobierno caminando, sin avisar. Se sentaba en un banco de la plaza y conversaba con la gente sobre el gobierno.

Carlos Menem prefirió cambiar la mesa de reuniones de roble por una circular de vidrio con patas de mármol, y mandó a comprar un escritorio en la casa Potteau de París.

La historia a veces clava su aguijón en los momentos menos pensados. El fotógrafo Víctor Buggé recuerda que el ex presidente De la Rúa nunca firmaba sus fotos y que encargó unas con la firma impresa para ahorrar el trámite. Pero cuando ya había escrito su renuncia, se dedicó a firmar retratos... sobre el escritorio que había pertenecido a Menem. Dicen que ese día, el helicóptero Virgen de Loreto de la Fuerza Aérea apenas sobrevoló la azotea, donde hasta 1987 funcionó un helipuerto que se desmanteló porque las estructuras del edificio ya no podían sostenerlo.

Los empleados más viejos saben exactamente cuándo el presidente está en la Casa de Gobierno y cuándo no. Si está ausente, hay una suave distención en el ambiente, un andar pausado en los pasillos y un silencio que parece campestre aunque afuera la ciudad sea un carnaval. Cuando el presidente está, un tintineo nervioso sacude el ámbito y el edificio vibra con la música de los teléfonos.

Cuando asume un nuevo presidente, la Rosada queda expectante por algunos días. El suspenso se quiebra de a poco, mientras el mandatario va instalando sus rutinas, sus ritmos y hasta el ruido de los pasillos lleva su impronta.

  • Para saber más: www.museo.gov.ar
  • 30 años atrás, en el mismo lugar...

    Esta es la segunda vez en la historia de la Casa Rosada que un presidente asume un 25 de Mayo: un día como hoy, hace 30 años, la Plaza de Mayo probaba cuál era su capacidad máxima. El Tedéum que todos los años se oficia en la Catedral se tuvo que suspender y lo mismo pasó con el desfile militar que estaba preparado para la asunción del nuevo presidente: Héctor Cámpora.

    El entonces presidente chileno Salvador Allende y su par cubano Osvaldo Dorticós asistieron al histórico traspaso del poder de las Fuerzas Armadas a la democracia.

    La plaza, termómetro del ánimo popular, hervía. En el Salón Blanco, la escena no era menos inquietante: el busto de la República, delante del cual se realizó la ceremonia, estaba invadido por manifestantes con vincha que levantaban los dedos índice y mayor en posición de V.

    La noche anterior, la plaza se había colmado de jóvenes vestidos con jeans y zapatillas que se desabrochaban las camisas y esgrimían carteles como lanzas.

    Las crónicas periodísticas que los diarios publicaron el 26 de mayo dicen que durante la asunción decenas de personas intentaban trepar por las columnas de alumbrado de la calle Balcarce y subir por los balcones de la Rosada. Las barreras de contención policiales y militares estaban saturadas.

    Poco a poco, el tradicional recinto de traspaso del mando se empezaba a parecer a una fiesta con fauna variada: militares con uniformes de gala que se limpiaban los vestigios de las agresiones que habían sufrido al entrar, embajadores de frac, funcionarios de todos los rangos, mujeres con ropa de fiesta, periodistas, fotógrafos, prelados de distintos credos y público que pasaba por todos los matices de vestimenta.

    El presidente entrante tuvo que llegar en helicóptero porque su vehículo no podía avanzar. En los alrededores había autos ardiendo, se escuchaban disparos y se armaban olas humanas que presionaban para entrar.

    Lanusse se negó a usar el helicóptero que le ofrecieron para retirarse. Le deseó buena suerte a su sucesor y bajó en el ascensor. Ya en la planta baja, encendió un cigarrillo, lo fumó en tres largas pitadas, estrechó la mano de los colaboradores que lo acompañaban, miró a su alrededor y subió al auto entre gritos y amenazas.

    La tarde de ese 25 de mayo se apagaba mientras la plaza seguía con su aspecto de fiesta pagana.

    ADEMÁS

    MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.