La sabiduría de la vida

El objetivo de la educación no es, pues, el de celebrar ni divertir al niño, sino el de rescatarlo de la agitación de la sociedad para ponerlo en posesión de su herencia
Guillermo Jaim Etcheverry
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28 de abril de 2013  

Durante el siglo XVI el papa Clemente VIII hizo construir una sala en el palacio Vaticano que dedicó a la memoria de Clemente I, el tercer sucesor de Pedro. En el ámbito imponente de esa sala Clementina, que rezuma historia, el papa Francisco recibió a los integrantes del Colegio Cardenalicio pocas horas después de haber sido elegido. Dijo en esa ocasión: "La mitad de nosotros tenemos una edad avanzada: la vejez es –me gusta decirlo así– la sede de la sabiduría de la vida. Los viejos tienen la sabiduría de haber caminado en la vida, como el anciano Simeón, la anciana Ana en el Templo. Y justamente esta sabiduría les ha hecho reconocer a Jesús. Ofrezcamos esta sabiduría a los jóvenes: como el vino bueno, que mejora con los años, ofrezcamos esta sabiduría de la vida. Me viene a la mente aquello que decía un poeta alemán sobre la vejez: «Es ist ruhig, das Alter, und fromm (es el tiempo de la tranquilidad y de la plegaria)». Y también de brindar esta sabiduría a los jóvenes."

Recurriendo a esos versos que el poeta alemán Friedrich Hölderlin escribió a comienzos del siglo XIX, el papa recordó la responsabilidad fundamental que siguen teniendo los viejos en la estructura social: la de transmitir sabiduría. Karl Jaspers señala en El hombre en la edad moderna: "El ser humano no es lo que es simplemente por su herencia biológica, sino, sobre todo, por lo que de él hace la tradición. La educación es un proceso recapitulado en cada individuo". El objetivo de la educación no es, pues, el de celebrar ni divertir al niño, sino el de rescatarlo de la agitación de la sociedad para ponerlo en posesión de su herencia, asegurando las condiciones para que ella pueda ser recibida y, sobre todo, transformada. Como señala el papa Francisco, los representantes de las generaciones anteriores, quienes han caminado en la vida, constituyen la sede de la sabiduría y son los responsables de ofrecerla a los recién llegados al mundo.

Posiblemente haya sido durante el siglo pasado cuando las personas dejaron de pensarse a sí mismas como herederas, de advertir que, sin herencia, no se puede acceder a una verdadera existencia individual. El escritor francés Alain Finkielkraut desarrolla esta idea en su obra: hoy vivimos en la ilusión de creer que el ser humano logra la libertad renegando de toda herencia, de su pasado, de las obras maestras de la cultura. El individuo actual se considera soberano, patrón de su vida, liberado de lo dado, independiente de toda influencia ajena a su voluntad. Sólo busca expresar el que cree es su ser auténtico y su identidad, rechazando todo lo que le pueda resultar extraño y, sobre todo, viejo. Sin embargo, una sociedad capaz de construir su propio futuro no puede renunciar al pasado, que es al que debe la posibilidad misma de ese futuro.

En momentos en que la juventud parece erigirse en valor absoluto, el papa Francisco invita a los viejos a ofrecer a las nuevas generaciones la sabiduría de la vida que acompaña a la experiencia. Es decir, los invita a tejer lazos entre lo antiguo y lo nuevo. Sin embargo, proponer que una misión esencial de la educación es transmitir esa herencia cultural no supone una apología de la tradición. Revela una actitud de respetuoso temor. Ante la levedad de lo que nos rodea, sentimos miedo por el mundo. Temor por todo lo bello, creativo y profundo, aunque perecedero, que integra la patria no mortal de los mortales que somos. Temor por la permanencia de la rica trama simbólica y la comunidad de sentidos que nos vinculan, no solamente con nuestros contemporáneos sino también con los que vivieron en el pasado y con quienes vendrán después de nosotros. Temor por la estabilidad de las referencias necesarias para actuar e innovar. Como afirma Merleau Ponty, "los jóvenes no pueden ser de entrada creadores e innovadores. Inicialmente son herederos". Como tales, sólo pueden beneficiarse con el ofrecimiento de los mayores: compartir con ellos la sabiduría de la vida.

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