
LA SAGA DE LOS AMOS DEL PLANETA
Los egipcios dominaron durante varios milenios. Los griegos y los romanos, por mucho menos tiempo, y todavía más breve fue el ciclo del predominio británico. Tal vez la supremacía de los EE. UU. sea la más abarcadora. Pero, ¿por cuántos siglos se extenderá?
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Nunca hubo un imperio universal, pero en todas las edades una civilización o una nación ocupó un espacio dominante. Nadie ocupó todo el espacio, al menos no con el peso del cuerpo, el de sus ejércitos o el de sus armas. Pero el norteamericano, imperio de última generación, advirtió que estar allí en carne, en hueso y en banderas no es lo esencial. Lo básico es que en ningún rincón del planeta puedan pasarse sin uno, y que nos reclamen y aun paguen por nuestra presencia con mucha satisfacción y mucho gusto.
Sólo donde estaban prohibidas la gente no veía, por ejemplo, las películas de Marilyn Monroe o los dibujos de Disney. Sólo donde no se podía no se tomaba Coca o Pepsi, ni se veían los partidos de la NBA, ni se escuchaba primero jazz y después rock.
Sin fuerza militar -aunque no está descartado que apelen a ella en caso de extrema necesidad-, los Estados Unidos lograron construir un imperio tal vez más extendido que el de cualquiera de sus predecesores. Hasta sus posibles rivales del futuro (Japón o China) viven embobados con los ritos y culturas que llegan desde lo que conocemos con toda naturalidad como el gran país del Norte.
Por cierto, esta penetración o presencia virtual era mucho más lenta en tiempos de los egipcios. A cambio, ellos obtuvieron el premio de la duración. Dos mil años antes de Cristo ya iban por la dinastía número doce y lo habían desarrollado todo: la agricultura, la construcción de naves, el comercio, las artes, las leyes, la escritura y las matemáticas, por ejemplo. Y semejante poderío se dilató con muchísima fuerza hasta por lo menos el año 1000 antes de nuestra era.
Llegaron entonces los griegos, que pese al prestigio acumulado tuvieron que compartir los días de su primera Olimpíada y de los grandes poemas de Homero (alrededor del 750 a. C.) con el por entonces avasallante imperio asirio.
El mejor momento griego llegó apenas cuatrocientos años después, en el 350 a. C., una nadería si los comparamos con los milenios egipcios, y para colmo ya empezaba a configurarse el perfil de los nuevos amos, los romanos. El nacimiento de Jesús, medio siglo después de la entronización de Julio César, encontró a la Roma más ancha de la historia, con apenas esbozos de molestas amenazas teutónicas, pero sólo mil años después los romanos habían sufrido toda suerte de divisiones y desgracias. Los godos, los normandos, los Estados papales, los galos, hicieron saltar a Europa en mil pedazos, y ninguna presencia excluyente se observa en el mundo occidental en tiempos de Gengis Khan, los viajes de Marco Polo y la descomunal expansión asiática de tártaros y mongoles (entre el 1200 y el 1500, apenas trescientos años).
El siguiente imperio que pudo llamarse tal fue el inglés, que llegó a su esplendor con las colonias americanas, asiáticas, australianas y africanas alrededor de 1750. Gran Bretaña fue poderosa, pero nunca excluyente: compartió espacios con los españoles (que dilapidaron, en su hora, la fortuna más grande jamás acumulada: América), los portugueses y los franceses, que poco después engendrarían a un conquistador con todas las letras, Napoleón Bonaparte.
Con la mejor buena voluntad podría ubicarse a Inglaterra como imperio universal durante sólo 300 años (de 1600 a 1900), y eso sin ser demasiado rigurosos. Obsérvese cómo los ciclos de dominación se han ido acortando.
Otro imperio, ya de nuestros días, el que soñó con extender al universo entero el comunismo, apenas aguantó -y bastante malamente- 70 años, período más que suficiente según sus numerosos detractores. Y el restante imperio -el verdaderamente poderoso, el norteamericano- lleva hasta hoy una edad casi igualmente módica, unos cien años, desde Franklin, Washington y la declaración de la independencia hasta Bill Gates, pasando por Lincoln, la Guerra de Secesión, la guerra con España, Thomas Alva Edison y Ronald Reagan.
Pero, a diferencia de la extinguida URSS, los Estados Unidos están llegando al siglo imperial con notable vitalidad, y con signos de que seguirán en su sitio, pese a los dragones asiáticos, durante un lapso todavía largo. Ya no tienen siquiera ante sí un mundo bipolar, y pasean con suficiencia por el mapa planetario prontos a batir nuevas marcas.
Una mirada al mundo de hoy puede ofrecer una versión políticamente engañosa de la realidad. Si uno observa los estupendos mapas mundiales de John y Anne Sparks, encontrará, sí, que los Estados Unidos ocupan una franja, pero no particularmente impactante.
De un lado, están los países hispano y lusoamericanos (México, Brasil, la Argentina, Chile). Del otro, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Más allá todavía, la comunidad europea, unificada y con moneda propia. Aún más lejos, Israel y los países árabes, en conflicto constante. Y las naciones africanas. Y China, Japón, la India, Paquistán, Corea, Vietnam. Y, en el centro, el tío Sam, la bandera de barras y estrellas. Y todos equilibradamente satisfechos.
Y en verdad tal cosa ocurre, desde el punto de vista geográfico. Pero el largo brazo del imperio no pasa por los límites de las naciones, sino por otra parte. Lo dicho no significa suscribir la creencia más bien sencilla de que cualquier decisión que afecte a la Tierra se toma en una oficina ubicada en Nueva York, que allí se planean premios y desgracias, se urden destinos remotos y se decide sobre todo cuanto acontece en el planeta. Tales creencias conspirativas resultan cada vez menos atractivas, porque sacan el ojo del punto interesante. Que es el siguiente: ninguna fuerza física asegura el poder de un imperio. Lo que lo garantiza es el deseo universal de que tal poder exista, se conserve y aun se multiplique. Lo que hace que los Estados Unidos continúen siendo los amos es, según nuestro entender, el deseo colectivo de que así sea.
Okay, dice un niño en Buenos Aires, La Quiaca o Bombay. Otros, en lugares tan distantes entre sí como ésos, o todavía más alejados, pedían a sus padres antes las revistas con las aventuras de Mickey, y hoy el CD-Rom de la familia Simpson o el videocassette de los chicos terribles de South Park.
Las lenguas particulares -aun las más orgullosas, como la francesa- se van contaminando de modo inevitable con términos en inglés, el idioma que todo padre sueña con ver bajo el control absoluto de su hijo. La mayoría de las noticias internacionales que verdaderamente existen son las difundidas por la CNN.
No importa de dónde provienen las innovaciones. Según datos en los que las iconografías coinciden, el cine fue inventado por franceses y las primeras superproducciones fueron realizadas por los italianos, pero hoy los Estados Unidos producen el noventa por ciento de las películas de mayor éxito en el planeta entero.
Todos sabemos que Michael Jordan se ha retirado de las canchas de basquet. Todos usamos tarjetas de crédito (inventadas, esta vez sí, por una empresa norteamericana), todos alguna vez -aunque nos cueste confesarlo- hemos ido a una hamburguesería o hemos acallado el reclamo de nuestros pequeños proveyéndolos del dinero suficiente para adquirir una cajita feliz.
Economía, negocios, espectáculos, música, giros verbales, idea del paraíso y la felicidad, provienen del Norte. Cualquier presidente argentino espera con más ansiedad la confirmación de un encuentro con su par norteamericano que una cita con un mandatario de cualquier otro lugar del orbe. Nos gustaría mucho que estrenaran pronto otra de Spielberg, o de Sharon Stone. Descubrimos que nuestro vulgar pochoclo adquirió nueva jerarquía desde que se llama pop corn. Nos encanta pasear por el shopping. No a todos, pero sí a la mayoría de nosotros. Así que el imperio tiene buena vida. ¿Será tan larga como la del egipcio? Por ahora, lo único cierto es que no hay rivales a la vista.
El juego
A) La bandera norteamericana no tuvo siempre el mismo número de estrellas: cada vez que se sumaba un Estado a la Unión se le agregaba una estrella a la bandera. ¿Cuántas estrellas tenía al declararse la independencia de los EE.UU., en 1776?
B) Cuando Walt Disney creó al ratón Mickey le dio una figura alargada, con una cabeza no tan grande con respecto al cuerpo, ni tan redondeada, y una expresión más bien maliciosa. Con el paso del tiempo, Mickey se fue aniñando, convirtiéndose en un personaje mucho más tierno. ¿En qué año tuvo su debut cinematográfico el ratón Mickey?
1) 1928
2) 1936
3) 1941
C) En 1867 se realizó una curiosa transacción entre los gobiernos de Rusia y de los EE.UU., El gobierno norteamericano pagó entonces 7.200.000 dólares. ¿Qué es lo que le compró a Rusia?
D) La Academia de Artes y Ciencias del Cine fue creada en 1928. A fin de premiar a los mejores cineastas, artistas y técnicos, se encargó una estatuilla. Cuando el escultor del trofeo presentó su obra, la secretaria de uno de los fundadores de la Academia exclamó: "¡Oh, es increíble cómo se parece a mi tío Oscar!"
Y la célebre recompensa quedó bautizada con ese nombre.
¿Cuál fue la primera película en color que recibió el Oscar a la mejor realización (1939)?
E) Las primeras cintas adhesivas que se pusieron a la venta solían desprenderse con demasiada facilidad. Los clientes atribuyeron la falla al poco pegamento que traían y acusaron de tacaño al fabricante, endilgándole el término familiar de "scotch" (escocés). De ahí se le pegó el nombre al producto: cinta Scotch. Pero la cinta no fue un invento escocés, sino norteamericano. Al igual que el alfiler de gancho y el cierre relámpago. Las tres patentes fueron otorgadas en 1842, 1893 y 1925. ¿Qué año le corresponde a cada una?





