
La sociedad de los náufragos y el escritor
El escocés Alexander Selkirk es probablemente el náufrago más célebre de la historia. Cuando su capitán lo abandonó a comienzos del siglo XVIII en una desierta isla del Pacífico Sur, debió recurrir a su ingenio para sobrevivir durante más de cuatro años en absoluta soledad hasta que fue rescatado por otro barco que pasaba por allí. El escritor inglés Daniel Defoe lo entrevistó un tiempo después, y utilizó su relato como inspiración para narrar las aventuras de Robinson Crusoe. No fue éste, sin embargo, el naufragio más dramático. Los tripulantes del ballenero Essex pasaron más de 90 días a la deriva en pequeños botes luego de que su barco fuera embestido por un inmenso cachalote en 1820. Nuevamente la literatura se hizo eco del drama: la historia inspiró a Melville para escribir Moby Dick. Y hace apenas tres años, un marino salvadoreño fue rescatado tras permanecer 438 días como náufrago y recorrer a la deriva más de 11.000 kilómetros por el Océano Pacífico. Su experiencia también fue convertida en un libro por el periodista del diario The Guardian Jonathan Franklin.
Pero incluso para un escritor avezado en ficciones y relatos fantásticos como Alberto Manguel ningún naufragio supera en intensidad y duración al de los argentinos. El pueblo de una nación que lleva décadas a la deriva y aferrada, como tablas de salvación, a lustrosas maderas que se convirtieron en testimonios últimos de un esplendor echado a pique hace mucho tiempo.
En la extraordinaria entrevista que el director de la Biblioteca Nacional dio a Pablo Gianera, y que publicamos en esta edición de La Nación revista, el escritor recurre a la desoladora metáfora del náufrago para explicar la sociedad que encontró a su regreso al país, el año pasado, para asumir el cargo que ocupó Borges.
El autor, junto a Gianni Guadalupi, de la Guía de lugares imaginarios (Alianza) encontró –confiesa– un país en estado de desasosiego y en busca de un código ético ausente. Un lugar donde la Biblioteca, como reservorio cultural, es una de aquellas balsas que todavía salvan a los náufragos.
A ese país aferrado a viejos mitos que sostienen su presunta "identidad nacional", como el de Martín Fierro, que Manguel llama a dejar de lado de una buena vez, el escritor al que Borges, imposibilitado por la ceguera, le pedía que le leyera a Kipling, contrasta su mirada universal, la que alimentó una vida que lo ha llevado desde Tahití hasta Toronto, y de París a Buenos Aires, aunque no como náufrago, pues no lo es quien avanza con un rumbo y consciente de su ubicación.
Quizá por eso, por ser tan porteño como extranjero, el propio Manguel no sucumbe al desasosiego e insiste en la metáfora para aferrarnos a una esperanza: ningún naufragio dura para siempre.







