
La vida después del infierno
Lo torturaro hasta casi matarlo, pero Fidencio Choque, boliviano, no huirá: aquí echó raíces aun más fuertes que el terror que lo desvela
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En la madrugada del viernes 23 de junio, Fidencio Choque, un quintero boliviano establecido en Escobar, fue brutalmente golpeado y torturado por diez hombres que irrumpieron en su casa para robar. Fue quemado, picaneado e intentaron ahorcarlo con una soga. Debió permanecer doce días hospitalizado. Su vida, como la de muchísimos otros quinteros, ya no es como antes. A la creciente discriminación que soportan, ahora se suma la inseguridad, el riesgo cierto de que los maten, como ya ha ocurrido en algunas quintas de Escobar y General Rodríguez. Pasaron dos meses de aquella noche bestial. Así transcurren, hoy, los días de Fidencio Choque y su familia, después del horror.
Hay que ver la pasión y la paciencia que le pone el hombre a esta tierra, que no es suya, es cierto, tan cierto como que este tesoro que no le pertenece es su vida. Hay que estar con él, pisando este suelo negro, generoso y blando como el mejor algodón para entender, para tratar de entender, aunque mínimamente, por qué el hombre le habla a esta tierra suya pero ajena, mientras clava la zapa hasta la hondura justa, nada más que hasta ahí, ni tanto ni tan poco.
Hay que estar para ver.
Destreza de cirujano parece tener el hombre cuando, arrodillado a veces, en cuclillas otras, esparce sobre los almácigos puñados de tierra fina, la que zarandeó antes, para cubrir, como un manto de seda, las semillas que el verano las volverá en tomates o en perejil o en ajíes.
-Cuando los almácigos están así de altitos, los trasplanto a los surcos a treinta centímetros de distancia uno de otro.
Fidencio Choque, quintero, tiene callos en las manos, lágrimas en el corazón y una puntada en el alma que le quita el sueño; se lo quita y se lo devuelve en pesadilla. La misma horrorosa pesadilla todas las noches. Todas y cada una de las malditas noches desde aquel día, el viernes 23 de junio, cuando, dice, sintió la muerte, vio su muerte, y el rostro que tiene la muerte. La muerte, dice, tenía voz y forma; la muerte era una capucha blanca, pintada con boca de payaso y ojos de payaso; y le hablaba, dice; y le aplastaba una plancha caliente, la primera de las tres que fueron, en el pecho, a la altura del corazón; y le escupía odio: boliviano roñoso... negro hijo de mil p..., mirame... mirame... Y dice, también, que la muerte con capucha de payaso no le gritaba, no, le susurraba al oído, con sádico placer, mirame... mirame... dejá de gritar y mirame... y decime dónde escondiste la plata...
Penetró tan profundo el dolor, dice, que sobrepasó los límites, aniquiló su resistencia y desapareció. Se había quedado seco de lágrimas. Se había quedado mudo de gritos. Tal vez, dice, en algún momento pudo haber entendido la violencia; lo que jamás entendió es por qué tanta bestialidad, tanto infierno.
Tres horas lo estuvieron matando, dice.
Ellos eran diez, algunos con capuchas blancas pintadas de payaso. Fidencio estaba durmiendo. En la casa también dormían, en otras piezas, María y Fernando, los hijos más chicos; y Alberto Albornoz, el peón que para ellos es un hijo más. Su mujer, Basilia, y los otros hijos estaban en el mercado de verduras, atendiendo el puesto.
Entraron abriendo la puerta a patadas. Algunos se quedaron con Alberto y con los chicos. Otros, se le tiraron encima. Lo ataron de pies y manos. Le rodearon el cuello con una soga. Lo insultaron. Le pegaron hasta quedar casi exhaustos. Nunca terminaban de pegar, dice.
-Yo les decía dónde estaba guardada la plata, pero nunca terminaban de pegarme.
Fidencio Choque camina por la quinta, va de surco en surco, despacio, mirando las plantaciones de lechuga. Cada tanto, vuelve la cabeza hacia el camino de tierra. Vive con miedo, dice. Le aconsejaron, en el hospital, que vea a un psicólogo.
-Tengo esas pesadillas... los hombres de la capucha... No puedo dormir, más me la paso despierto y escucho ruidos que no hay. Qué se va a hacer, ¿no? Así parece que es la vida.
La mañana es fresca y rara. El solcito entibia las brisas que cruzan el campo, pero que de a ratos se vuelven ventarrones. Se nubla, también de a ratos, el cielo, borrando el brillo que hace más verdes las lechugas y los hinojos. Fidencio anda en camisa abrochada hasta el cuello. El cuello muestra, todavía, la marca de la soga con la que intentaron colgarlo. Se acaricia, de vez en cuando, el pecho arrugado y rojizo de los tres planchazos ardientes que la muerte con capucha de payaso le puso aquella noche. Un poco más abajo hay cinco marcas, como cinco mordeduras de serpiente.
-Pelaron el cable de la plancha, y me pasaban corriente. Me estremecía... la electricidad me arqueaba el pecho...
En la casa, inclinada sobre un mortero de piedra, Basilia muele pimientos que usará para condimentar el guiso para el almuerzo que se viene. Los nietos andan por ahí. María lava la ropa. Irma lava los platos en un balde con agua caliente y los deja secar al sol, sobre la mesa de madera del patio. Alberto repara una manguera, que se pinchó. Después regará los almácigos. Y más tarde irá a recolectar tomates. Y juntará abono. Y apenas pronunciará algunas palabras, como casi todos los demás.
Los Choque son reacios para hablar. Basilia, a diferencia del resto, no se anda con vueltas. Es la única. Fidencio tiene la voz apagada, más por el recuerdo que lo abruma que por el temor a denunciar atropellos. En no pocas oportunidades, dirá: "Por favor, lo que le dije antes no lo cuente... se me escapó... no por no ser cierto, sino que alguno se va a molestar y yo ya tuve bastante".
Hay olor a tierra húmeda y a hojas de eucaliptos quemándose cerca del molino. Hay cajones por donde se mire. Cajones que los quinteros llenarán con tomates y choclos. Y con atados de perejil, y de repollo, y de lechuga, y de radicheta, y de hinojo, y de acelga, y de brócoli. Sin quejarse demasiado, dice que por cada cajón de tomates le pagan diez pesos, "pero me quedan limpios cuatro". Y que por cada cajón de verduras le pagan tres pesos, "pero me quedan limpios cincuenta centavos".
Hace dos años que alquilan esta quinta de dos hectáreas y media, en el barrio Matheu, de Escobar.
-Para mí, es mi vida. Lo que hoy hago en la tierra, a la mañana siguiente me gusta levantarme bien temprano y mirarla, ver cómo va todo. No es un sacrificio ser quintero, como ustedes creen; para mí es una alegría... era una alegría.
Hay sauces y paraísos y eucaliptos. Silba el viento cuando los abraza. Hay perales y ciruelos. Y dos higueras que parecen muertas y sólo están dormidas. Y un árbol de moras.
Son doce, los Choque. Todos comparten la misma casa. Todos, salvo los dos nietos más chiquitos, trabajan la tierra a la par de Fidencio y Basilia. Fidencio se levanta a las seis de la mañana y le dará fuerte a la quinta hasta la caída del sol. A la caída del sol, Basilia irá al puesto que alquila en el mercado de verduras de Escobar y ahí se quedará hasta las seis de la mañana.
-El día anterior, el jueves, estaba contento; había comprado semillitas de tomate muy caras, unas que cuestan 500 pesos los cien gramos. Sí, anochecí contento el jueves... y amanecí como muerto el viernes. Así parece que es la vida, ¿no?
Fidencio Choque dice que todo se volvió tinieblas, neblinita colorada. La muerte, dice, es como un sueñito que viene y al rato se va, viene y se va, viene y se va... La tierra es su vida, la razón de su existencia. Siempre fue quintero.
-Mi papá me enseñó todo lo que sé. Allá, en Tarija, cultivábamos con bueyes, con arado de palo, que le llaman.
Cuando Fidencio Choque sintió que se moría, no vio ninguna luz al final de ningún túnel.
Dice que se vio flotando sobre un surco de tierra negra en medio de un campo verde. Un surco en un campo verde. La vida y la muerte.
-No se iban nunca... me dejaban un tiempito y volvían y me pegaban. En el último ahorcamiento... ahí, yo creo, me desmayé... o creo que me desmayé, no lo sé... se me hizo tiniebla colorada... y me quedé quietito, como muerto, ¿vio? O me estaba muriendo, no sé... y me vi flotar. Cuando todos se fueron con un botín de tres mil pesos, Alberto lo encontró tirado en el suelo, al pie de la cama.
Lo alzó y lo llevó a la ciudad en una desvencijada camioneta. Despertó poco antes de llegar al hospital. Estuvo doce días internado. La pesadilla había terminado. Pero comenzó otra.
Fidencio Choque nació en Tarija, Bolivia, hace 49 años.
-Me vine para encontrar una vida mejor, para trabajar mejor. Cuando me vine tenía treinta años, era grande. Casi no me acuerdo de Boliva. Tengo seis hermanos allá, y sobrinos, pero hace como quince años que no los veo.
Basilia nació en Salta, hace 43 años, pero de chiquita se mudó a Tarija. Ahí se conocieron. Y se pusieron de novios. Y se unieron, hace de esto 24 años. Nacieron seis hijos, cuatro de ellos en la Argentina: Olga, de 24; Lázaro, de 22; Irma, de 21; Alejandro, de 16; María, de 14 y Fernando, de 9.
Irma, que vive en la quinta, está casada con Juan Arturo Sotar, boliviano, de Villazón, y les dio cuatro nietos: Víctor, de 7; Silvana, de 5; Marcos, de 2, y Sonia, de 8 meses. Olga, que no vive con ellos, les dio otros dos. Siempre fue peón de campo. Hace cuatro años, nada más, que el cuero le dio para alquilar. Por su quinta de Escobar paga trescientos pesos mensuales.
-Lo mejor fue hace dos años. Trabajaba bien. Se ganaba bien. Hoy, no; está feo, encima se vive con mucho temor y eso a uno le quita ánimo para trabajar. Ahora quiero trabajar distinto. No quiero más la quinta. No quiero producir la verdura, quiero comprarla ya producida y venderla en el mercado. No me gusta estar lejos del pueblo, quisiera vivir en la ciudad, cerca de donde hay más gente.
Llora de impotencia.
-Me peocupa Fernando, el hijo menor. Fernando estaba en la casa cuando nos pasó esto. El está muy mal. Está muy atemorizado, y ya se ha desmayado varias veces. Igual que yo, casi no duerme... y (al borde de las lágrimas) ya no quiere salir conmigo, ir al mercado, al pueblo. El niño se siente más seguro al lado de su madre. Con ella va a todos lados; conmigo, ni siquiera camina por la quinta. El ha perdido la seguridad que sentía al lado de su padre.
No oculta su pena.
-Soy boliviano, pero hay gente, alguna gente, que me lo refriega con asco. Me dicen boliviano sucio, bolita hijo de p... Me lo dicen a mí y se lo dicen a mis hijos. No sólo esos hombres que me torturaron me lo decían. Siempre fue así. Ya no les hago caso, pero a uno le duele igual, ¿vio? Lo único que hago yo es hundir mis manos en la tierra, no molesto a nadie, no le falto el respeto a nadie.
Y se retuerce de odio.
-Odio, sí, sí, es así. Siento odio por lo que me pasó. No tengo odio contra este país, que me dio trabajo y familia. Mi odio es contra esos hombres. Esto que me pasó a mi, a muchos otros les pasó antes. Pero ellos se callan, siempre se callan. Somos muy callados, muy humildes, no nos sabemos defender. Somos... quedados.
Hoy, sólo él sabe cómo hará para salir de este conflicto interior que lo tiene casi entregado. Fidencio debe elegir entre su deseo y la realidad.
-Mis hermanos me piden que vuelva a Tarija. Hasta el presidente de mi país se comunicó conmigo y me ofreció residencia, y un lugar donde trabajar. Pero yo tengo toda la familia acá. Si yo fuera solito, me iría, pero mis hijos no quieren. Allá es más duro. Mi señora tampoco quiere. Si pudiera, me iría a Santa Cruz de la Sierra. Ese es mi sueño. Pero no me voy a separar de mi familia...
Los Choque soñaban con tener aquí una vida un poco mejor. Eso, nada más.






