
Greenpeace, que nació como una epopeya hippie, hoy es la corporación ambientalista más grande del mundo con un presupuesto anual de casi 300 millones de euros. Entre acusaciones de sus propios fundadores y campañas espectaculares, cómo es la vida de un voluntario que se embarca meses convencido de que su acción puede cambiar el mundo.
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Por Emilia Erbetta / Fotos de Xavier Martín
El Esperanza pesa 278 toneladas y avanza a 10 nudos por el Paraná. Salió de Rosario hace algunas horas y ahora desgarra el agua chocolatosa rumbo a Buenos Aires. Es de noche y en la cubierta todo está a oscuras, así se ve mejor el camino. En la popa, un grupo de chicos y chicas, recostados, miran las estrellas. Algunos toman cerveza –un euro la botella–; a otros se les ilumina brevemente la cara con el resplandor de sus smartphones. Todo está en orden: el wifi anda muy bien, y en la cocina, la heladera está llena de frutas y verduras deliciosas y orgánicas, pescado chileno y carne de pastoreo. Mientras el resto de la tripulación y de los voluntarios descansan, un práctico rosarino maniobra el Esperanza, que se mueve lento. El práctico, el tercer oficial, Kim, y uno de los marineros, Cristian, miran atentos hacia delante. El práctico canta números que indican cambios de dirección, Kim los repite en voz alta y los marca en un tablero como si estuvieran jugando al bingo. Kim es coreano, Cristian es napolitano, y los dos son parte de la tripulación de 22 personas que en este momento trabajan en el buque más grande de Greenpeace, la organización ambientalista con estructura de megacorporación.
La travesía del Esperanza arrancó en Panamá. Antes de Rosario pasó por Mar del Plata y antes por Chile, primero Valparaíso y después Punta Arenas. Levantó periodistas y voluntarios en los tres puertos: el 6 de enero, en Rosario, subimos con Xavier, el fotógrafo. Comparto camarote con Soledad, una voluntaria de 20 años que durante el viaje trabaja en la cocina del barco. Xavier duerme con Oleg, un ingeniero lituano que cuando lleguemos a Buenos Aires va a salir a cubierta para sacarse una selfie con la ciudad de fondo. En el resto de las habitaciones se mezclan voluntarios con ingenieros, marineros y responsables de prensa. La invitación de Greenpeace Argentina había llegado unas semanas antes, cuando 2015 se desinflaba entre el cambio de mando presidencial y los anuncios del nuevo gobierno. La gacetilla informaba sobre el "Esperanza Tour 2016", un recorrido en barco entre Mar del Plata, Rosario y Buenos Aires para denunciar que Argentina está en emergencia forestal, entre los 10 países que más bosques destruyen en el mundo según un informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura). Una invitación parecida recibieron Calu Rivero, Diego Peretti, Boy Olmi y otros famosos ecosensibles que, en algún momento del recorrido, se subieron al Esperanza para posar con un cartel en contra de la deforestación.

Al día siguiente, Kim desayuna fruta en el mess room, suerte de comedor diario con tres mesas largas amuradas a la pared donde no se puede usar ni el teléfono ni la computadora. Dicen que es para favorecer la socialización. Recién levantado, Jorge Punzi, argentino de 63 años, ex publicista y ahora contramaestre, se prepara unos ajos crudos con pan como primera comida del día. Parece una mezcla de Kwai Chang Caine con operario. Tiene puesta una versión muy curtida del mameluco naranja que Calu usó para las fotos que salieron en las revistas. Un canadiense de pelo largo y blanco irrumpe y pide en inglés que no dejemos las puertas que dan al exterior abiertas, please, guys, the air conditioner is on. La cocina, comunicada con el mess room por una ventana rectangular y grande como una puerta apaisada, está vacía y en silencio. Todo el acero inoxidable está limpio, y la heladera, llena, pero Daniel Bravo, el chef mexicano con look Gael García Bernal y borcegos Dr Martens, todavía no empezó a hacer el almuerzo, que va a estar servido a las 12 en punto. La vida en el agua tiene rituales: a las 7.30 es el wake up call, la llamada final para despertarse. Media hora para desayunar y a las ocho todo el mundo a fregar. En una hora los espacios habitables del barco están limpios, las camas hechas, las sábanas y las toallas puestas a lavar, los baños desinfectados, los pasillos trapeados. El olor a desinfectante biodegradable impregna el barco.
Por los pasillos del Esperanza hay varias fotos viejas enmarcadas. Copias de copias en las que se ve a un grupo de hombres y mujeres a bordo de un barco. Son hippies, con pantaloncitos cortos y barbas largas. Los primeros "activistas", cuando todavía en Greenpeace no había diferencia entre los que ponían el cuerpo y los que hacían los números: en 1971, un grupo de ecologistas se subió al barco destartalado de John Cormack, el Phyllis Cormack, y encaró la isla Amchitka, con la idea de frenar las pruebas nucleares que Richard Nixon planeaba en esa isla de Alaska. Al frente del grupo estaba el periodista Robert "Bob" Hunter. A principios de los 70 Vancouver era un hervidero de ecologistas, fumadores de porro, budistas, desertores norteamericanos, conservacionistas, vegetarianos, y Hunter era el periodista que narraba ese mundo para el diario Vancouver Sun. El viaje fue un fracaso: nunca llegaron a Amchitka, las pruebas nucleares se hicieron –todavía hoy la isla está vigilada por contaminación radioactiva–, pero a ellos los recibieron como a héroes.

La mecha del movimiento ecologista contemporáneo estaba prendida: en 1974, Hunter conoció a Paul Spong, un psicólogo que trabajaba con Skana, una orca de un acuario, que investigó sobre la caza de ballenas y convenció a sus compañeros de meterse entre los arponeros y sus víctimas. A mitad del viaje, cuando los balleneros no aparecían, Cormack, que no era ningún hippie, quería volver. Casi no tenían combustible y el diésel había humedecido el arroz. La plata no sobraba y un arreo hasta el puerto de San Francisco era algo que no podían pagar. Hunter, Paul Watson y Patrick Moore consultaron el I Ching y, como les salió bien, decidieron quedarse un poco más. Al día siguiente, nueve buques balleneros rusos aparecieron en el horizonte y ellos festejaron como si hubieran avistado la tierra prometida. Se metieron entre los arponeros y las ballenas con un gomón Zodiac: estaban eufóricos y obsesionados con tener imágenes para documentar el momento. Los rusos dispararon sobre sus cabezas y la foto recorrió el mundo.

<b>Eco Warriors</b>
Kim es Kim Yeon Sik, 32 años, coreano del sur, y Kim no es su nombre sino su apellido. Sentado en la cubierta del Esperanza, está en uno de sus momentos de descanso. Hace mucho calor pero él igual metió su cuerpo blanco y flaco en un mameluco verde, que tiene en la espalda cosido un parche de Harley Davidson y en la pechera uno de Honda. Combinados con el mameluco, unos lentes negros lo convierten en un villano de Matrix. Después de la cena y antes de su guardia, Kim toca el violín en el lounge.
–Yo también antes era periodista y trabajaba en un diario de Seúl. Escribía notas sobre el puerto, los barcos, entrevistaba marineros y hombres de mar que me contaban sus historias. Un día me dijeron que debía trabajar en un buque para escribir sobre ellos y entonces me embarqué. Trabajé varios años a bordo de barcos comerciales.
En Greenpeace, hay muchos "yo antes era". Pablo Accattoli, argentino, antes era chico de sistemas de una empresa y ahora es marinero de cubierta, zapatillas hi tech, casco naranja, remera de Greenpeace roída y la nariz al rojo vivo de tanto sol. Todos los días hasta las 17, esté en Rosario, en el Ártico o en Indonesia, Pablo limpia el barco, saca la sal para evitar que se oxide y pinta. Se embarcó cinco veces y dice que le gusta más estar a bordo que en tierra. Anduvo por Estados Unidos, Canadá, España, Nueva Zelanda, Sudáfrica.
–Trabajaba en informática, tenía una vida triste, sabía que algo estaba mal. De a poco fui desculando dónde estaba el problema y me di cuenta de que no valía la pena seguir trabajando en una empresa, que era mucho mejor dedicarle mi energía a esto, que es una ONG, sin fines de lucro, y cuidar el ambiente, que es una prioridad en mi vida.
Veinte años antes a Jorge Punzi le pasó algo parecido:
–Tenía tiempo libre y estaba tratando de darle algún sentido a mi vida. Empecé trabajando en la oficina, después me incorporé a barcos como voluntario, marinero, y seguí con el tiempo.
Daniel Rizzotti lleva tanto tiempo en Greenpeace que arriesga un diagnóstico:
–Hay mucha gente que no se siente cómoda en su trabajo y Greenpeace tiene ese atractivo. Acá tenés un tipo que es marinero pero a la vez es economista, o biólogo, y está en cubierta pintando. Hay tripulantes que son biotecnólogos, fotógrafos profesionales, licenciados en comunicación o en sistemas. Incluso hemos tenido abogados que eran marineros.

Rizzotti se preparó durante años para estar acá y ser el capitán del Esperanza. Es marino mercante y cree que la vocación la heredó de sus bisabuelos, que eran de Trieste, uno de los puertos más famosos de Italia. Para este viaje, Rizzotti se subió al Esperanza en Valparaíso, aunque ya llevaba casi seis meses embarcado. Venía de Indonesia, donde dejó el Rainbow Warrior III en medio de una campaña contra la pesca ilegal. Durante estos 20 años en Greenpeace estuvo varias veces preso: en 2003, pasó unos días detenido en España, después de cruzarle el barco a una flota que salía del puerto de Rota, cerca de Cádiz, con destino a Irak, cuando empezaba la guerra contra Saddam Hussein. La justicia española lo condenó a seis meses de prisión en suspenso por "desobediencia grave".

El segundo oficial del Esperanza en este viaje es Hernán Pérez Orsi. Con la imagen de su cara, y la de Camila Speziale, empapelaron varias ciudades de Argentina y el mundo en 2013. ¿Cómo puede volver a salir en una campaña alguien que estuvo preso 90 días en una cárcel rusa, con la posibilidad de quedar 15 años adentro? Hernán fue uno de "los 30 del Ártico", como Greenpeace llamó a los 28 activistas y dos periodistas que fueron detenidos en septiembre de 2013 cuando intentaban trepar a la plataforma petrolera Prirazlómnaya, de la empresa rusa Gazprom, en el mar de Pechora. Cristian D’Alessandro, el marinero callado que acompañaba a Kim en la cubierta, también estuvo preso en Rusia.
–La experiencia en Rusia me afectó, sí, a mí, a mis amigos, a mi familia. Pero me puso en una posición de mayor compromiso. Siento ahora que lo que hacemos es válido, una obligación de no dejar de trabajar. Antes era puro entusiasmo y hoy soy una combinación de entusiasmo con racionalidad.

Hernán también tiene su "antes era": fue pescador en Mar del Plata, donde nació, y trabajó en todo tipo de barcos. Se sumó a Greenpeace hace cinco años. Como segundo oficial es el que traza la ruta, lleva actualizadas la cartografía y las publicaciones de las zonas en las que van a navegar y mantiene el equipo de navegación.
–Mi primera campaña fue en este barco, en el Ártico, en Alaska. Hicimos un trabajo con dos universidades tratando de encontrar especies marinas que no hubiesen sido contempladas en el estudio de impacto ambiental que presentó Shell en Estados Unidos. Lo hicimos con dos minisubmarinos y encontramos dos especies de coral sin registrar. Lo presentamos ante la justicia, la justicia revocó el estudio y pudimos demorar un año más la exploración de Shell en el mar de Chukchi. Fue una pequeña victoria muy importante con una herramienta: el trabajo científico como apoyo de lo legal, algo que no suele llegar al gran público pero que usamos mucho.

<b>El show debe continuar</b>
Los videos de las intervenciones en el Ártico son pura adrenalina, con los militares rusos subiendo al barco con la cara tapada, o en las islas Canarias, donde la Armada española le partió la pierna a una activista italiana. Eso es lo que suele llegar al gran público y eso es cine: los gomones rebotan en el mar abierto, las bases petroleras son como monstruos marinos de ojos brillosos, los helicópteros están demasiado cerca y los escaladores cuelgan de sogas en medio de esa locura para poner una bandera y, como en el 75, sacar una foto que recorra el mundo.
"Siempre se trató de montar un buen show", dice Rod Marining, otro de los miembros fundadores, en How to Change the World, un documental que narra los primeros años de la organización basado en el libro de Hunter Viaje a Amchitka. La odisea medioambiental del Greenpeace. "Un arponero que mata ballenas no es noticia, un grupo de personas que arriesgan su vida para detenerlos sí lo es", dice Paul Watson en la misma cinta. Hunter sabía que para que una protesta tuviera algún efecto, tenía que viralizarse, "plantar una bomba mental". Pero esta obsesión por las repercusiones, que convirtió a Greenpeace en la ONG pionera del activismo ecológico posmoderno, resquebrajó al grupo original desde el principio entre los más radicales, como Watson y Marining, y los más negociadores, como Patrick Moore. Cuatro décadas después, Watson encara buques balleneros a bordo de los barcos de Sea Shepherd Conservation Society y Moore es lobbysta de Monsanto. Los dos critican a Greenpeace. Moore los trata de "poco científicos", pero después niega el calentamiento global y rechaza tomarse un vaso del mismo glifosato que él jura es inocuo. Watson, que lleva la cuenta de los balleneros que hundió, los llama "las damas Avon del movimiento ambientalista": "Greenpeace se convirtió en una de las mayores organizaciones que sirven para limpiar conciencias desde que me fui. Greenpeace se convirtió al movimiento ambientalista como Heinz al ketchup. ¡Un término genérico! Y, al igual que Heinz, es un gran negocio con grandes oficinas y ejecutivos asalariados".

Watson puede ser algo extremista, pero tiene razón en que Greenpeace es una marca y en que están muy preocupados por generar publicaciones viralizables. Desde su nacimiento, la misión de Greenpeace fue "enviar un mensaje a la sociedad a través de los medios de comunicación". Lo dice Fabiana Bellina, coordinadora de Logística y Voluntarios en la oficina argentina, también embarcada en el Esperanza. El proceso es bastante parecido a producir una obra de teatro o un programa de televisión: buscan la locación y la investigan, arman un equipo de trabajo, entrenan a los activistas si es necesario, consiguen los materiales y, cuando está todo listo, el área de comunicación convoca a la prensa. Así llegamos el fotógrafo y yo al Esperanza: necesitaban que contáramos que aunque Argentina tiene una ley de bosque, la deforestación ya se devoró una superficie del tamaño de Entre Ríos y muchas provincias ofrecen permisos excepcionales para desmontar zonas protegidas. Cuando estemos por llegar a Buenos Aires, dos gomones se soltarán del barco y un tercero llegará desde el puerto. Llevan fotógrafos y voluntarios con una bandera que dice "Destruir bosques es un crimen": la foto tiene que ser con la ciudad y el Esperanza de fondo.
Al mando de uno de los dos gomones va Ana Clara Martínez. Ana es argentina, pero ahora vive en Chile con Andrés, que también trabaja en el barco. Se conocieron navegando, cuando ella fue marinera voluntaria del Rainbow Warrior por Greenpeace España. Estuvo varias veces en el Ártico y pasó unos días presa en Groenlandia.
–Los activistas de Greenpeace saben que arriesgan su libertad, que por una deportación pueden no dejarlos volver a algún lugar y que hasta corren peligro sus vidas. Igual con los años hemos mejorado, y cada vez trabajamos más con los estándares de seguridad y entrenamos, no somos hippies locos que nos subimos a un bote y listo.
En la época en que la organización sí era un grupo de hippies locos que habían dejado de ser "hijos de las flores para convertirse en motociclistas ecológicos rumbo a alta mar", como dice Hunter en su libro, por cada místico tenían un mecánico. Ahora, de cada místico hicieron un mecánico: Ana nunca pensó que iba a ser marinera, pero esta mañana estuvo trabajando con sus compañeros en cubierta en la preparación de los gomones. Ana está en Greenpeace Argentina desde hace más de 20 años. Se acercó a la oficina cuando tenía 17, en 1992. La vio crecer y crecer, hasta hoy que tiene 65 empleados, 600 voluntarios, más de un millón de ciberactivistas y 110 mil socios en todo el país.
–En estos años la organización creció de manera descomunal. Como siempre, con cosas buenas y malas. Algunos venimos batallando desde una postura no tan empresarial pero dentro de una ONG ves que ciertas cosas se tienen que manejar de esa manera.
Ese crecimiento descomunal tiene números. En la primera campaña contra la caza de ballenas, la novia de Bobbi Hunter (hoy es su viuda) llevaba la caja de Greenpeace: 50 dólares y un par de recibos. A 41 años de ese viaje en el Phyllis Cormack, Greenpeace tiene 26 oficinas independientes que cubren acciones en 55 países, más de 2.000 empleados, tres barcos, y según el último reporte financiero publicado en su web oficial, en 2014 su ingreso anual fue de 296 millones de euros y el gasto de 292 millones, de los cuales 107 se fueron en nuevas acciones de fundraising y captación de socios. Las oficinas nacionales y regionales son independientes, deciden y llevan adelante campañas locales y entregan una parte de sus ingresos a Greenpeace Internacional, con lo que se financian campañas globales como la del Ártico y se mantienen los tres barcos: el Esperanza, el Rainbow Warrior III y el Arctic Sunrise. La ONG más famosa del mundo funciona como una corporación con sus franquicias: una junta de directores y un director ejecutivo internacional deciden qué rumbo va a tomar y cuáles van a ser sus prioridades; y en cada oficina local o regional, un director ejecutivo y directores que se encargan de distintas áreas, como comunicación y movilización pública, fundraising, recursos humanos y soporte organizacional. La oficina argentina se creó en 1987 y está dirigida desde 1996 por Martín Prieto, un abogado especializado en derecho ambiental. Según un reporte de Deloitte, tiene un patrimonio neto de 20 millones de pesos y en 2014 recibió 90 millones en donaciones.

Greenpeace compró el Esperanza en el año 2000 y lo convirtió en un barco ecológico. O en la versión más ecológica posible de un barco así. Entre 2005 y 2007, navegó hacia el océano Antártico en una campaña en defensa de las ballenas. En 2009, fue al Pacífico para documentar la pesca ilegal; en 2010, llegó a Groenlandia, y después viajó hasta Haití con otra ONG, Médicos sin Fronteras. Construido en 1984 en Gdansk, Polonia, antes de sumarse a la caballería verde, apagó incendios para la Armada rusa. A fines de febrero, el Esperanza estuvo en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Desde la web de Greenpeace, y a través de una webcam que transmite en vivo, se puede chequear qué hacen, dónde están. Mientras escribo esto, se ve es un gran puerto industrial desierto y un centenar de lucecitas naranjas.
EN LA PRIMERA CAMPAÑA CONTRA LA CAZA DE BALLENAS, LA NOVIA DE BOBBI HUNTER LLEVABA LA CAJA DE GREENPEACE: 50 DÓLARES Y UN PAR DE RECIBOS. A 41 AÑOS DE ESE VIAJE EN EL PHYLLIS CORMACK, LA ONG MÁS FAMOSA DEL MUNDO TIENE 26 OFICINAS INDEPENDIENTES QUE CUBREN ACCIONES EN 55 PAÍSES, MÁS DE 2.000 EMPLEADOS, TRES BARCOS, Y EN 2014 SU INGRESO ANUAL FUE DE 296 MILLONES DE EUROS.






