
Las cápsulas del tiempo
Desde la congelación de Walt Disney no se conocía una fantasía de perpetuidad tan optimista
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Nadie mostraba mucho interés en comunicarse con los habitantes del futuro -tampoco con los del pasado, me parece, o sea practicar espiritismo sobre mesas de tres patas- hasta que se pusieron de moda las cápsulas del tiempo, unos prácticos contenedores donde se guardan objetos representativos de nuestra civilización, que deberán ser abiertos por las generaciones venideras y, de ese modo, enterarse de cómo éramos y cómo vivíamos. Esto tiene su antecedente en los discos fonográficos que los norteamericanos enviaron dentro de las naves Voyager en la década del 70, destinados a los habitantes de las afueras del sistema solar. Contenían los sonidos que se habrían escuchado en la Tierra desde la edad de las cavernas, una hora de música exquisita proveniente de distintas culturas, datos sobre nuestros genes, nuestras bibliotecas y nuestro sistema límbico, salutaciones en sesenta idiomas humanos, y también saludos de las ballenas yubartas que, como se sabe, son las más educadas, y su bramido suena inequívocamente como una canción de amor universal. Los discos van rumbo a las estrellas -no es verdad que hayan caído en Nubia y un camellero que los escuchó se haya vuelto loco- y calculan que pueden viajar mil millones de años sin estropearse. Así, la civilización que los encuentre -por caso dentro de setecientos millones, en alguna banquina del espacio cósmico- y sea capaz de reproducirlos e interpretarlos, sabrá todo acerca de nosotros y nuestra inteligencia o, al menos, de la inteligencia de algunos norteamericanos. Las cápsulas del tiempo son menos ambiciosas, se limitan a la Tierra y a sus habitantes futuros. Pero desde la congelación de Disney no se registraba una fantasía de perpetuidad tan optimista.
Se supone que uno llena su cápsula hoy con piezas de un período determinado y le pega una etiqueta consignando en qué momento del porvenir debe abrirse, que viene a ser la fecha de vencimiento del misterio. Se supone que para ese entonces habrá muchísimas personas muertas de impaciencia por abrir cápsulas. Ejemplo de uso: imaginemos que usted quiera mostrar los últimos dos mil años de civilización a los habitantes del quinto milenio, ¿qué pone? Sugerencias: una sandalia (era lo que usaban todos los antiguos: mayas, pastores, chinos y senadores romanos); un tintero (describe la Alta Edad Media, en que se la pasaron copiando manuscritos); un adoquín (evidencia la época de las grandes fortificaciones, el perfeccionamiento de la catapulta, el desastre de las Cruzadas y lo bruta que era la gente hasta que llegó el Renacimiento); un ají y una herradura de caballo (explican el descubrimiento de América y el encuentro de dos mundos); un enchufe (el desarrollo de la electricidad y los maravillosos inventos posteriores, como el secador de pelo); una foto de la mona Tetra (la clonación como la expresión más jugada de la ciencia moderna). Y listo: dos mil años resumidos con total claridad en unos pocos objetos, que además son baratos y se consiguen en cualquier parte. Y si con eso no entienden cómo fueron las cosas, es porque no quieren entender.
El empleo de la cápsula es discrecional. Puede dar testimonio de la propia vida, de un milenio, un siglo, una década, un año, un mes. Las personas muy aceleradas preparan una cada noche y la abren ellas mismas por la mañana para tener recuerdos frescos del día anterior. La cápsula es fashion. No se prive. Hay de varios tamaños; en aluminio, acero inoxidable y uranio. No hace falta encargarla a California. Pensándolo bien, ni siquiera hace falta que tenga forma de cápsula. Basta un envase adecuado a sus propósitos. Puede ser un frasco de vidrio de boca ancha con cierre hermético. El mismo que usa para conservar las berenjenas. También en este caso no va a faltar uno que lo abra antes de tiempo.






