Las cosas toman vida: ¿qué ocurre con los objetos conectados a Internet?
Desde electrodomésticos hasta autos y cepillos de dientes, para el año 2020 unos 26 mil millones elementos “animados”
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"Las cosas tienen peso, masa, volumen. Tamaño, tiempo, forma, color.” Así empieza una canción del músico brasileño Arnaldo Antunes. Escrita en 2006, no podía prever que las cosas tendrían pronto algo más: conexión. Y sin embargo Antunes –que no es tecnólogo, pero tiene la intuición de los poetas– llegó a una conclusión apropiada en el final del tema: “Las cosas no tienen paz”.
Se estima que para 2020 unos 26 mil millones de objetos van a estar conectados a Internet. Es decir, van a ser en alguna medida inteligentes e interactivos. Desde los electrodomésticos hasta los autos, del cepillo de dientes al casco de la bicicleta, o de la cama al living, la mayor parte de los elementos con los que interactuamos van a tomar decisiones u ofrecernos alternativas basados en datos como nuestra ubicación o comportamiento pasado.
¿Cómo cambia nuestra vida cuando todo lo que nos rodea se vuelve interactivo? ¿Qué pasa cuando podemos cliquear, prender o simplemente hablarle a cualquier objeto para que suceda algo en otro lado? Emprendedores, publicistas, programadores y diseñadores, nadie piensa en otra cosa en el mundo de la creatividad. El entusiasmo se desprende de la posibilidad –cada vez más accesible– de que nosotros mismos sumemos funciones nuevas a objetos que ya existen.
“Estamos en estado de aprendizaje y experimentación permanente”, dice Martín Rabaglia, coordinador del grupo IoT BuE, una comunidad de 1700 miembros que realizó 13 encuentros de ideación colectiva.
Para Rabaglia, director de tecnología y experiencias de la agencia Genosha, “la industria digital acercó la programación al diseño gráfico y la usabilidad, pero Internet de las Cosas incorpora también el diseño industrial. Somos cada vez más interdisciplinarios y cada vez entendemos mejor el papel de cada miembro de un equipo”.
Hay decenas de servicios de software que –conectados a pequeños botones o sensores– permiten sumar nuevas funciones a los objetos. uno de los más valorados entre los programadores es Arduino, una plataforma open-source para desarrollar prototipos a partir de pequeñas tarjetas que pueden conectarse con sensores, botones y cualquier servicio digital. Arduino está de moda entre los programadores aficionados y en la Argentina se dictan cursos para aprender a programar cosas pequeñas y caseras.
Otras herramientas no requieren conocimientos sobre programación. El software If This Then That (si esto, luego aquello) ofrece posibilidades similares usando el celular como botón. Entre los ejemplos que promocionan está la opción de avisar automáticamente cuando estás volviendo a casa, enterarte si se publica un departamento como el que estás buscando o recibir aliento si estás incumpliendo un cronograma. Pequeños detalles que a la larga pueden ser enormes. Todas esta plataformas buscan fomentar la creatividad de los usuarios e incitarlos a compartir sus creaciones en comunidad. En Mesh, otro combo de pequeños dispositivos, hay propuestas como poner un sensor de luminosidad en una caja para que –al destaparla– dispare un mensaje de feliz cumpleaños. o que nos avise si alguien abrió nuestro cajón. Incluso los Dash Buttons de Amazon ahora son programables. Se trata de simples botones de plástico que se pueden pegar en cualquier lado y sirven para comprar un producto con un clic. Pueden ser programados por los usuarios para realizar cualquier función: llamar un taxi, pedir delivery o controlar horarios de entrada y salida de personas, entre miles de posibilidades. En el último hackathon que organizó IoT BuE, en Mar del Plata, los inventos buscaron resolver un amplio abanico de “fricciones”, la forma en que se nombran las dificultades de los usuarios en el mundo de la intevación. En sólo dos días se crearon y testearon prototipos para avisarnos cuando se está inundando el balcón o el patio, proveer comida y agua a una mascota que se quedó sola en la casa, notificarnos cuando alguien deja un sobre en nuestro buzón y mandarnos una foto, cebar mate de manera automática y monitorear el ritmo al que circula, extender automáticamente un happy hour cuando se cumplen ciertos parámetros y prender una luz Led sobre la pata de la cama cada vez que nos levantamos durante la noche para evitar que la pateemos con el dedo chiquito u otro (el sensor no distingue entre distintos dedos, por ahora).
Las nuevas funciones pueden parecer anodinas o superficiales. Pero sus implicancias no lo son. Mientras los creativos exploran los límites de estas nuevas tecnologías, las empresas necesitan adaptarse al nuevo contexto. No se trata sólo de sumar conexión a más productos. El principal desafío es vincular esos objetos con nuevos servicios de software, que son mucho más rentables. “Esto lo cambia todo”, dice Carlos Pérez, presidente de la agencia publicitaria BBDo Argentina. “Cuando somos parte de un ecosistema, como sucede con los sistemas operativos de los celulares, podemos resolver todo en un mismo lugar. Y nos acostumbramos a algo tan lindo e intuitivo que ni siquiera pensamos en irnos. Nos quedamos porque resulta más funcional. Esto se está extendiendo a todas las marcas y productos.”
A medida que cambia nuestra forma de interactuar con objetos y servicios, también tienen que cambiar las estrategias de venta. “Antes una marca de jabón tenía que conseguir que una persona llegara a la góndola del supermercado, se detuviera ahí y la eligiera –dice Pérez–. Ese proceso físico y mental es completamente distinto a tocar un botón. Lo primero es un siglo y medio de marketing: posicionamiento, publicidad tradicional e instalar la marca en la mente de las personas. Lo nuevo en cambio es físico. El botón que entra a una casa tiene muchas más posibilidades de quedarse toda la vida.”
¿Nos gobernarán entonces los botones? Para Pérez, la contrapartida de esta batalla física es una discusión sobre las ideas y los valores: “Si elijo a qué restaurante ir desde un dispositivo, me van a ofrecer los más cercanos, los que mejor se adaptan al horario o responden a mis gustos. ¿Cómo se posicionan las marcas en ese contexto? Creo que lo que gana importancia son los valores éticos, la postura de una marca, sus creencias. Son los elementos que pueden modificar la decisión de una persona. Eso exige que las empresas adopten un punto de vista sobre la vida, con el riesgo de que eso le guste a algunos y le disguste a otros”.
El otro aspecto ético que aparece junto con la proliferación de objetos conectados es la preocupación por la privacidad. Cada nuevo dispositivo, a la vez que resuelve un problema crea un registro digital de la actividad del usuario. Este año el blog de tecnología inglés Ars Technica descubrió que a través de un buscador público se podía acceder a miles de horas de video grabadas con webcams. Entre las imágenes había cientos de bebes en sus cunas, bajo la mirada de un babycall.
También son frecuentes los problemas de seguridad: desde alarmas de incendio que se desactivan por error al mover una mano cerca del dispositivo hasta el caso de asistentes virtuales como Echo, Siri o Cortana que toman decisiones como encender la calefacción o apagar una luz motivadas por una frase de la radio o la TV. Las cosas no tienen paz, como dice Antunes, y junto a ellas tal vez los humanos tampoco.










