Las golosinas de nuestra infancia

Un viaje a las golosinas que marcaron nuestra niñez. ¿Cuál era tu preferida? Compartí tu recuerdo con la comunidad de Brando.
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31 de marzo de 2010  • 16:25

Por Camila Varas.

Hay golosinas que disparan una catarata de recuerdos nostálgicos. ¿Cómo olvidar los Sugus comunes en esa cajita que parecía de fósforos? Cada uno tenía su ranking de favoritos pero, por lo general, los de color azul, verde manzana y colorado eran los que más salían. Casi nadie prefería el de naranja y menos el de limón, aunque sí había fanáticos del verde oscuro (de menta). Sus parientes cercanos, los Sugus Confitados, eran los favoritos para disfrutar en el cine; lideraban las ventas del acomodador que pasaba con ese cajón de madera colgando del cuello. Las generaciones nacidas en el siglo XX no queremos saber nada de los Sugus Max, los Confitados Evolution, los nuevos sabores, ni ninguna de las variaciones que aparecieron con el cambio de milenio.

Las Gotitas de Amor, las gomitas Billiken (rojas, azules o verdes de Eucaliptus), los "bolones" -que eran la versión comestible de las canicas- y los corazoncitos Dorins también se encontraban entre los caramelos más pedidos. A la salida del colegio, casi todos andaban de aquí para allá con las Mielcitas, esas tiras de mini-sachets que uno se metía en la boca sin preguntarse nunca dónde habían estado. ¡Era una de las golosinas menos higiénicas del mundo! En los mismos carritos se podían comprar manzanas acarameladas -que no eran tan ricas como llamativas- y garrapiñadas -todavía hay algunos puestos que las venden en puntos estratégicos de la ciudad, como Plaza Francia. Lo mejor es su aroma que seduce desde lejos… ¡otra que las magdalenas de Proust! Esos carritos también vendían algodón de azúcar: una suerte de nube blanca o rosa en palito, difícil de comer pero de lo más simpática. En los parques de diversiones y algunas playas, no faltaba el señor que vendía pura y exclusivamente pirulines, puntiagudos y afilados (tricolor), todos clavados en una versión gigante de chupetín.

Había quienes preferían los caramelos duros, como los Media Hora, las pastillas D.R.F., los Refresco, la Yapa y los Fizz. El chupetín Topolino -muy deprimente, reconozcámoslo- venía en una bolsita con la imagen del -aún más deprimente- Topo Gigio e incluía una sorpresa. El chupetín Tatín (de dulce de leche) también tenía sus adeptos.

En cuanto a los chicles, los más pedidos eran los Bazooka, con sus horóscopos particulares y chistes en miniatura, los Jirafa (largos y rosas en un envoltorio azul Francia), y los Adams, que también se ofrecían en una versión diminuta, con dos chicles.

Entre los chocolates que más salían estaban el Biznikke (en su versión y tamaño original), los paragüitas, los chocolatines Jack ¡con sorpresa! (décadas antes del Kinder) y las monedas de chocolate, que valían su peso en oro o "100 besos" (según el envoltorio), con el tamaño justo para entrar en la boca enteras y derretirse de a poco. Más tarde, en los noventas, llegó el Mecano, una tuerca de chocolate rellena de dulce de leche -riquísimo, lástima que desapareció al poco tiempo y ahora está haciendo un silencioso regreso, con la misma composición siempre estuvo el Tofi, esa "dulzura especial". No podemos olvidar el Tubby (en sus versiones 3, 4, 5 y 6) que cosechó muchos fanáticos. De todos modos, las vedettes siempre fueron y serán la Tita y la Rhodesia, los mayores clásicos de los kioscos argentinos. Comprar una Rodhesia es como comprar un boleto de lotería: te puede tocar el ejemplar más fresco y crocante o su contracara, húmeda y chiclosa, un fiasco. Terrabusi fue la compañía que mejor supo elaborar variantes modernas de sus clásicos: las mini Rhodesias (éstas nunca vienen húmedas), las bolsitas de habanitos y las Lincoln bañadas en chocolate son hits del siglo XXI, que sí aceptamos y esperamos hayan llegado para quedarse.

Por otro lado, siempre existieron los fundamentalistas del Cabsha, el Marroc (sólo apto para el invierno porque se derrite más rápido que un hielo en el Sahara), el Mantecol y la Bananita Dolca –que los muy entendidos recomiendan poner en el freezer.

En cuanto a los alfajores, que antes no eran triples ni tan pretenciosos, los más añorados son los Suchard, con su envoltorio dorado, naranja y marrón y el mejor relleno de todos: un chocolate cremoso y perfecto. Otros clásicos, que se mantienen hasta hoy, eran los Jorgito y los Havanna, que tenían que ser traídos especialmente de Mar del Plata o consumidos durante las vacaciones. Tenían un valor y un misticismo especial.

Por último, llegamos a los helados. Pasaba por los barrios el heladero en bicicleta al grito de "palito, bombón helado" y todos corríamos a suplicarles a nuestros padres que nos compraran un helado. Con un poco de suerte, gracias a la promoción "vale otro" de Torpedo, uno podía empacharse con varios helados de agua pagando uno solo. Con su nombre gracioso, Laponia fabricaba algunos de los helados más memorables de nuestra niñez. Había uno de crema con forma de pie que se llamaba Patalín, y tenía una versión al agua con forma de mano: el Frutidedo. También vale la pena mencionar el helado con forma de payaso, cuya nariz de chicle aún resulta inquietante y difícil de explicar; era casi imposible de comer, porque el chicle, obviamente estaba congelado y duro como una piedra.

¿Qué otras golosinas de la infancia recordás? Contanos.

Mirá más: Los juguetes de nuestra infancia | Los lentos de nuestra adolescencia | Los dibujos animados de nuestra infancia

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