
LAS LEYENDAS DEL CRAZY HORSE
Es el night club más famoso del mundo, y mantiene su prestigio a fuerza de una rigurosa selección de sus bailarinas. Se exige que, además de lindas, sean inteligentes, y se las insta a ahorrar un veinte por ciento de lo que ganan para cuando dejen de desnudarse en público
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PARIS.- "Desvístase, por favor." El pedido, que sonaba como una orden dada con tono cortés, podría haber impresionado a otras mujeres, pero no a Virginie, sabiendo delante de quién se encontraba.
Virginie había llegado de vacaciones a la Costa Azul pocos días antes, en camino desde su Camerún natal hacia Suiza -donde trabajaba como modelo- invitada por un amigo francés, Jean-Paul.
Esa noche, inesperadamente, un común amigo les había sugerido a Virginie y a Jean-Paul que se reunieran con él después de la comida, pues quería presentarles a una persona que podría interesarle a ella.
La persona en cuestión había resultado ser un hombre de unos cuarenta años, de excelentes modales, y cuya mirada exhalaba una especie de gentil magnetismo, clara y sonriente como era. Todo había sido puesto en claro pocos minutos antes, en una mesa ubicada entre la pileta y la pista de baile de aquel exclusivo night club de St. Tropez. La personalidad de Virginie era adecuada, y si el cuerpo correspondía a lo que se esperaba, podían seguir adelante. Virginie y el hombre se levantaron de la mesa y se dirigieron hacia las oficinas del club, donde la dirección había puesto un cuarto a disposición.
Alta y de piel oscura como la noche, Virginie se quitó el liviano vestido de seda cruda con la innata gracia de la gente de su raza y ofreció al caballero de ojos claros su figura así como había sido traída al mundo.
El hombre la escudriñó con mirada profesional, le pidió que caminara. Después que bailara. Cinco minutos más tarde, luego que ella se vistiera, la pareja se juntó al ruidoso grupo de personas que esperaban, algunos con curiosidad, otros con ansiedad, el resultado de la entrevista.
Virginie había pasado la prueba, con el visto bueno del legendario Alain Bernardin. El Crazy Horse le abría sus puertas para lo que resultó ser una larga carrera, desde los primeros años setenta hasta principios de los ochenta.
Si Polly Underground, la capitana, descubre que alguna de las chicas transgrede las reglas, las consecuencias pueden ser terribles
Desengáñese el lector, el Crazy Horse no es un cabaret. O al menos, no es solamente un cabaret. Para quienes lo crearon, es un monumento viviente a la belleza, y belleza femenina en especial. Ellos insisten en que definirlo simplemente como un cabaret sería como decir que el Louvre es simplemente una colección de cuadros y estatuas. Ir al Crazy Horse es una experiencia cultural que no debería nunca faltar en un viaje a París, así como es obligatorio ir a ver a la Mona Lisa, o probar al menos una vez los auténticos croissants, algo que se recordará toda la vida.
Peligrosamente, el viajero de paso por París podría dudar entre ir al Crazy Horse o a algún otro de los teatros que ofrecen números de french can can y bailarinas de fila. Inmenso error sería caer en esa trampa. Bien otra cosa es el Crazy Horse.
Todo comenzó en 1951, cuando Alain Bernardin, refinado anticuario y pintor, quiso conjugar su fascinación por el Lejano Oeste americano con su obsesión por la belleza del cuerpo femenino e inauguró su propio cabaret en un subsuelo de la elegante avenida Georges V, en París, en un barrio que tradicionalmente albergaba hoteles de lujo, prestigiosos restaurantes y sofisticados talles de alta moda, lo cual ya significaba alejarse de lo que entonces era el centro de la nueva vida cultural alternativa de la posguerra, el barrio de St. Germain des Près.
Al poco tiempo de su inauguración, ya se había transformado el cabaret en una especie de tertulia, donde se reunían personajes tan disparatados como Dalí con aquel que iba a ser posteriormente el nuevo filósofo de Francia, el cantante Serge Gainsbourg.
París vivía entonces años de escasez, y los números solían ser interpretados por una sola mujer, sin escenografías, con la calidad del espectáculo dejada totalmente al talento de la bailarina. El mérito de Alain Bernardin consiste en haber logrado una verdadera abstracción del desnudo, lo cual lleva a una suerte de cristalización del erotismo más cercana a lo espiritual que a lo físico.
A partir de los años 60, Bernardin fue refinando su propia receta: mujeres elegidas según estrictos cánones, que incluyen cierta uniformidad de las medidas corporales, con estatura superior a la media. Los pechos de las bailarinas -estableció- idealmente deberían caber dentro de una copa de champagne. Por otro lado, logró crear un vínculo de intimidad entre los espectadores y las bailarinas, mediante las reducidas dimensiones de la sala, lo cual permite que desde la platea se puedan apreciar las expresiones y los juegos de miradas. Una gran parte del encanto se logra por medio de efectos de luces, los que no sólo permiten una fusión armónica de todos los elementos del escenario, sino que llegan a parecer protagonistas de algunos números.
Es mejor reservar lugar, pues aun habiendo dos sesiones por noche, el Crazy Horse suele estar lleno. Una vez superado el gigantesco portero con uniforme de la policía montada del Canadá, se entra en la sala, donde uno puede instalarse en las butacas de terciopelo rojo o en el bar. Es un ambiente dominado por el color rojo, que también está en las paredes y en las alfombras.Los mozos sirven champagne y está permitido fumar.
Una familia completa con hijos adolescentes, un coreano luciendo un blazer borravino con sus iniciales bordadas en hilo de oro sobre el bolsillo, parejas, hombres, mujeres, todos miran la sala y el escenario, cerrado por un telón oscuro, y al cabo de un rato una voz anuncia que en diez minutos comenzará el espectáculo. Cinco minutos más tarde, de nuevo. Cinco más y las luces se apagan, se corre el telón y aparece el elenco completo, vestido con una reinterpretación del uniforme de la guardia del Buckingham Palace, primero de los números, un guiño de ojo a los desfiles militares.
Después de cuatro o cinco números de baile aparece en el escenario un hombre vestido con chaleco y pantalones abuchonados, tocado con un fez, que resulta ser un habilidosísimo prestidigitador llamado Buka, que por un rato logra hacer olvidar cuál es el tema de la velada. Después de esto, un sinfín de números, todos sorprendentes, todos diferentes, hasta llegar a la apoteosis final, con todas las bailarinas sobre un escenario que parece arrastrarlas dulcemente de aquí para ella, sobre un fondo musical lleno de humor, que hace que todo el mundo se quede aplaudiendo y pidiendo un bis que no llega.
Hay una exigencia de admisión, casi un lugar común, que dice que las bailarinas del Crazy Horse son, además, inteligentes. Parece que es verdad.
Muchas de ellas, al dejar de bailar, emprendieron brillantes carreras en otro campos. Una ex bailarina es hoy una afincada productora televisiva en Francia, otra dirige una casa de modas, otra, la Virginie antes mencionada, abrió una discoteca en Camerún. Entre las que forman el elenco actual, hay una que pasa sus mañanas en la Facultad de Filosofía, y sus noches en el escenario.
El programa lo indica: 300 soberbias niñas elegidas entre 30.000 aspirantes a vestales. Verdaderamente, el fruto de tanta selección se nota. El elenco consta de 14 bailarinas y 6 reemplazantes, para permitir que se puedan turnar en los días de descanso.
La disciplina es militar; capitaneadas por Polly Underground, calurosa ex bailarina de mirada inteligente, las señoritas siguen reglas muy estrictas, que no les permiten ni llegar ni irse acompañadas por novios o amigos. Mucho menos recibir admiradores en los camarines. Al terminar el espectáculo, un servicio de taxi contratado por la dirección las acompaña a sus domicilios. No pueden recibir mensajes, tampoco hablar con el público, y es muy difícil tener acceso a sus vidas privadas. Hasta hace unos pocos años había una regla más, que hacía que el veinte por ciento de sus sueldos fuera directamente a una cuenta de ahorro, para que tuvieran las bailarinas un capital al dejar de trabajar en el Crazy Horse. Hoy, esto no es más una regla, sino una sugerencia que se les hace a las bailarinas.
Tras la muerte de Bernardin, en 1994, sus hijos Sophie, Didier y Pascal tomaron la conducción de la empresa, dándole un toque de mayor profesionalidad. Hasta entonces, el Crazy Horse había sido un negocio sin querer serlo, pero los tiempos cambian y, para no quedarse atrás, los herederos están considerando la posibilidad de abrir varias sucursales por el mundo.
Vista la disciplina casi militar que reina en el Crazy Horse, entrevistar a las bailarinas no es cosa fácil. Bajo la mirada atenta de Sophie Bernadin, hija del fundador; de Polly Underground, capitana de las bailarinas, así como ex bailarina, y de Christophe Millant, agente de prensa, Olga Moskovskaya, polaca, y Nini Capitale, francesa, contestaron a las preguntas de la Revista media hora antes de entrar en escena. Bellas y majestuosas, en sus trajes de cuero rojo, intentamos poner a prueba la leyenda de la inteligencia.
-¿Cómo decidieron ser bailarinas del Crazy Horse?
Olga: -Yo estudiaba ballet en Polonia, pero ya desde los once años conocía al Crazy Horse por un programa que vi por televisión, y que fue para mí como un shock. Terminé la escuela de ballet, teniendo claro que quería trabajar en el mundo del espectáculo, y a los veinte años decidí irme de vacaciones a París, donde tenía familiares. Además, sabía que una chica que había ido a la misma escuela que yo estaba trabajando en el Crazy Horse. Llamé a sus padres en Polonia, conseguí su número telefónico en París y ella me invitó a ver el espectáculo, y después me propuso hacer una audición. Yo no sabía bien qué hacer; en aquel momento yo era un poco más redonda que ahora, y me sentía menos segura de mí misma, pero al final acepté, y mi amiga concertó la audición. Fue una desilusión, me dijeron que era demasiado gorda, que tenía que perder dos kilos.
Perdí los dos kilos y volví a una segunda audición, donde me comunicaron que tenía que perder otros dos kilos.
Finalmente, en la tercera audición me anunciaron que me tomaban.
Niní: -Mi historia es más o menos parecida. A los catorce años vi por televisión un programa del Crazy Horse como el que se hace cada año para Navidad, y me quedé muy impresionada de que una mujer pudiera aparecer tan sublime; a los catorce años yo tenía todos los complejos que se pueden tener a esa edad, y me impresionaba ver cuán lindo podía ser el cuerpo de una mujer. Desde los cinco años estudié ballet, y después de eso jazz moderno, y tuve en claro que si algún día yo decidía hacer del baile mi profesión, entonces hubiese querido trabajar en el Crazy Horse. En ese momento yo era muy joven y todavía no sabía qué quería hacer de mi vida. A los veinte años terminé los estudios y finalmente tomé la decisión, pasé una primera audición, después otra, y tuve suerte porque de inmediato me contrataron.
-¿Es una vida agradable?
Niní: -Es una vida agradable, sí, aunque de mucho esfuerzo. Pasamos muchas horas por día aquí, desde las dos de la tarde hasta más de la una de la mañana; además, hay ensayos, televisión, sesiones de fotografía...
-¿Cómo es un día tipo?
Olga: -Nos despertamos alrededor del mediodía, y a las siete y media tenemos que estar aquí para prepararnos. El primer espectáculo comienza a las ocho y media, el segundo a las diez y media.
-¿Cuáles son sus proyectos para cuando dejen de trabajar en el Crazy Horse?
Niní: -Tengo 22 años y espero trabajar aquí lo más posible, después se verá.
Olga: -Mi sueño es volver a Polonia y abrir un cabaret; seguir, de algún modo, relacionada con la danza.
-¿Reciben a veces flores, cartas o pedidos de citas?
(Las dos se ríen, mirando a sus jefes.) -La verdad es que no sabemos. De vez en cuando nos llega alguna postal, pero en general...
Interrumpe Sophie Bernardin: "Eso no lo sabrán nunca".
-¿Qué piensan sus novios de su profesión, no están celosos?
Niní: -Al contrario, está muy orgulloso, ha venido varias veces al espectáculo, y al ver la fascinación que causa en la gente nuestro espectáculo, se puso aún más orgulloso. Además, no tendría ninguna razón para estar celoso. ¡Si ni siquiera hay hombres en escena, como puede pasar en otros cabarets!
Olga: -Yo no tengo novio.






