
Leyenda del Alto Valle
Hacia fines de los setenta pude ver cómo se hundía frente a mí, en un agujero negro, el mitológico Barón del Río Negro
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En mi primer viaje a Río Negro -fines de los años 70-, mi amigo Guillermo Barzi me llevó a conocer los puntos principales del terruño General Roca, donde está su bodega Humberto Canale. Los paisajes que vi eran quietos como los mendocinos, menos cuchis que en Cafayate, más europeos que en San Juan, con rutas rústicas bien cuidadas, alamedas gráciles que menea el viento, los tunduques huidizos a los santos cuetes, las acequias con sus riegos rumorosos, algunas plantas de vinificación y abundantes viñedos bien cargados de racimos en los equinoccios de la primavera.
¿Qué más? No mucho más. Las viñas de Barzi eran, entre todas, las de aspecto más atractivo. Con sus troncos retorcidos, a simple vista muy añosos, venerables. La vejez de las viñas nunca es jovata tembleque, sino sólida y asertiva. Recién a los diez años de perseguir un equilibrio entre sus follajes y raíces, pueden los vidueños dar de sí frutos aptos para vinos de alta gama.
"¿Tu bodega es la más antigua del valle?", le pregunté a Guillermo. "Sí, no: no sé -dijo de manera vaga-. La fundaron los Canale, inmigrantes genoveses, hará unos cien años. Pero existen otras muy arcaicas." Una flecha marcaba Allen, hacia la ruta nacional 22; él simplemente desvió por ahí. "Te muestro una", anunció.
Seis minutos después vimos desde lejos las paredes negras de unos galpones con muros quemados y, al frente, una galería ídem de madera. Cuando nos acercamos pudimos distinguir a un personaje en musculosa que no nos vio o no se dio por aludido. Sentado en un sillón rengo, de mimbre, fumaba pensativo, contemplando hacia el Sur unos viñedos con estrés hídrico en estado terminal, invadidos por maleza y pastizales crecidos. Entre las hileras, pisoteándolo todo, ramoneaban ovejas.
"Esto es la famosa bodega Barón, de Río Negro", dijo Barzi con voz neutra, a propósito, para impresionarme. Lo consiguió. Pese a su sólido prestigio nacional de los años treinta -cuando vinificó el Baronet, uno de los primeros champañas de Argentina- yo estaba viendo entrar esa bodega del siglo XIX en los a-que-no vagarosos del mito. Treinta años más tarde (ahora) se encuentra en vías de restauración: un proyecto impulsado por la Cooperativa Frutivinícola de Allen. La fruta es el quehacer clave del Alto Valle: el cultivo intensivo y principal de la pera y la manzana (el 70% de cuya producción nacional se planta aquí), además del durazno y la ciruela. Con destino al mercado export en primer término, y, después, el vigoroso consumo interno. Me quedó bien claro que la producción de uvas y de vinos finos era en la provincia una faena subsidiaria.
En los años 80, cuando el país producía un 98% de vinos comunes de mesa, los del Alto Valle eran casi 100% tipo damajuana.
Se mantenían "casi", sin llegar a la totalidad, gracias a Guillermo y su bodega de General Roca, la única patagónica que entonces embotellaba y vendía opciones varietales impecables. Con el cabernet sauvignon -cepaje que en 1910 introdujo en Río Negro el fundador Humberto Canale- produjo el Cabernet Intimo, que, según yo estimé varias veces (y esta es otra), los expertos honestos ubican entre los seis tintos que mejor añejan en la industria local del vino.
1. Un falso Aussie
Hacía tiempo que no tomaba un tinto argentino tan australiano como este Reserve Santa Ana de base malbec y 30% shiraz ($ 45). Sus dos componentes forman un blend muy concentrado, con sangría al mango y profuso azúcar residual que disimula la astringencia. Sólo apto para el negocio exportador, que tiene su centro en EE.UU.
2. Pinot noir de Rolland
Vinificado para tres líneas de Fin del Mundo -Newens, $ 25; Reserva, $ 45, y Fin del Mundo, $ 120- son todos amistosos, elegantes y con paladar bien argentino. Pero distintos. El Reserva, más aromático y envuelto; el Newens, sin after taste dry alguno (no tiene madera). El Fin, más en la fashion concentrada, con bastantes dejos tánicos.
3. Saurus in english
La etiqueta del Saurus Merlot Patagonian Select, de bodegas Schroeder, está toda escrita en inglés, como el paladar concentrado y agresivo de los tintos franceses del Pomerol elaborados por Pierre Lurton. Exactamente como le gustan a Robert Parker. A los argentinos, mucho menos.






