
Leyendas del rock
Mitos, anécdotas y recuerdos ponen en foco a los protagonistas de un movimiento cultural con 50 años de historia, que rompió todos los moldes
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Típica noche de un 31 de diciembre. Un grupo de muchachos decide sacar la mesa de caballetes a la puerta, en un pasaje del barrio de Mataderos. Ritual de familia: asado, ensalada rusa, alcohol. El padre de uno arenga a los jóvenes y músicos amateurs para que saquen los instrumentos y toquen una, dos, todas las canciones que sepan de Creedence Clearwater Revival. Así, recuerdo borroso más, detalle menos, nace La Renga... Otra escena; años antes. Un joven estudiante de Comunicación en una universidad privada busca conquistar a la hermana de un compañero de facultad. Como sea, quiere acercarse a la chica y acepta, incluso, formar parte de la banda musical incipiente que, con pretensión de copiar los sonidos de la new wave británica, se forma en la zona de Belgrano. Así, siguiendo la huella de una conquista que no prosperó, ocurrió el primer encuentro entre los tres integrantes de lo que luego se llamaría Soda Stereo... Un italiano camina por Hurlingham. Sigue absorto por la sonoridad del nombre de esa localidad y por el parecido de esos ferrocarriles con los que conoció en su tóxica estadía en Londres. Cientos, miles, millones de parroquianos contarán luego la anécdota: compartieron con el calvo Luca Prodan una cerveza en este bar, una ginebra en aquel, una noche en San Telmo, una deriva de madrugada por el Abasto repleto de tomates podridos... Por la ventana de la casona rosarina se ve a un adolescente pelilargo y de lentes con aumento aporrear las teclas con ductilidad. Su profesor del instituto musical que queda enfrente lo sabe; sus vecinos, también; y en las salas de ensayo donde se reúne la elite de compositores de canciones ciudadanas corre el rumor sobre un roquerito precoz llamado Rodolfo Páez que compone y se toca todo. Pronto se enteraría Juan Carlos Baglietto y no mucho después, el porteño Charly García.
Las leyendas son, justamente, relatos imprecisos, vagos -por vaguedad, no por vagancia-, tan anónimos como colectivos, que se nutren de elementos orales y escritos, mezclan componentes imaginativos con otros reales, hasta cristalizar una trama sobre la que se basan ciertas creencias. Dentro de ese contorno impreciso y volátil, se escribe la historia. Y es sabido ya que, en cinco décadas, el rock nacional ha logrado construir la suya propia a partir de un repertorio de artistas y figuras a las que la descripción de "estrella", tan hollywoodense, tan galáctica, no siempre les queda cómoda.
Podemos recortar dos modelos tan emblemáticos como contrastantes. Ambos se llaman Carlos, casualmente o no, como Gardel. García Moreno y Solari rondan hoy los 60 años. Uno ha hecho un perfil tan público de su vida que ha dado hasta una conferencia de prensa acostado en la cama de su pieza grafiteada; ha sido registrado en su salto al vacío (el literal y el metafórico) y también en la crónica de su reemplazo de sustancias prohibidas por fármacos legales. El otro ha hecho de su encierro suburbano un mito a escala, propulsado por la devoción de sus fanáticos. Ambos, a su modo, entienden el valor de estas narraciones y leyendas. Alguna vez dijo Solari: "El anecdotario de alguien, esa serie de malentendidos que hay en torno a las figuras públicas, poco tiene que ver con la obra. Y prefiero eso: una imaginería popular que lo diseña a uno de una manera demente, y que nada tiene que ver con la realidad". Y Charly: "Es folckore, y muchas veces útil. Lo que aporta es una pimienta, una sal, que mejora el sabor del plato principal que es la música. A mí me gustaba leer esas cosas jodidas, hasta morbosas, de los Beatles, por ejemplo". Cuenta la leyenda que se cruzaron sólo una vez, y de noche. Fue en el pub La Esquina del Sol, en el centro de lo que ahora se conoce como Palermo Soho y en esos tiempos era apenas el off de la bohemia. Charly intercepta a los Redonditos de Ricota, Skay y el Indio -acompañados por su célebre manager, la Negra Poly- rumbo al camarín. Era el tiempo en que García había reclutado a Los Twist de Pipo Cipolatti en el mismo circuito under para producirlos, y no tuvo mejor idea que hacerles esa propuesta a los Redondos. Ellos se negaron cortésmente. Jamás volvieron a verse. Fin.
Las polémicas sobre esas mémoires y el alcance de las tareas de sus protagonistas son tan constitutivas del origen del rock argentino que se remontan a aquel primer verso de validez adolescente universal: "Estoy muy solo y triste acá, en este mundo, abandonado..."
En el prólogo que escribe para la obra Leyendas del rock nacional , que a partir de mañana formará parte de las ediciones de los lunes de LA NACION, Claudio Kleiman -testigo privilegiado, cronista del rock casi desde sus inicios y periodista de la revista Rolling Stone desde su primera edición en la Argentina- sostiene: "Dos de los principios establecidos por los pioneros que integraban aquel grupo inicial de La Cueva de Pueyrredón, entre los cuales se encontraban Litto Nebbia, Moris, Tanguito, Pajarito Zaguri, Javier Martínez, Pipo Lernoud, Sandro, Miguel Abuelo y otros, fueron el uso de nuestro propio idioma -cuando en otros países de habla hispana el rock aún se cantaba en inglés- y la pluralidad de influencias musicales, en lugar de la traslación literal de los parámetros del rock anglosajón. Sin hacer de ello un manifiesto estético -como sería el caso del Tropicalismo en Brasil-, el rock argentino fue omnívoro desde sus comienzos, culturalmente hablando, aun cuando en algunos casos sus propios creadores no fueran plenamente conscientes de ello".
Esta selección, caprichosa como siempre, pero abarcadora como nunca, trasciende la idea de artistas, figuras, bandas o solistas, la pretensión de enciclopedia y la mera intención biográfica: desde ya se detiene en las obras clave, en las discografías y en los momentos artísticos más importantes, pero se concentra en la dimensión legendaria de este universo cultural decisivo en nuestra música popular reciente.
"La pieza de la vieja pensión de Avenida de Mayo es enorme, de techos altísimos, con pesadas puertas de madera. Ni un solo mueble. Cinco o seis colchones puestos en fila sobre el piso de pinotea. Unas valijas llenas de ropa. Contra la pared despintada, un tocadiscos Winco pequeño y una impresionante colección de vinilos ordenados prolijamente. Los vinilos son de Litto, maniático coleccionista que está al tanto de todas las novedades del rock, pero también del jazz, de la bossa nova, del bolero..." Eso escribe, a propósito de la llegada a Buenos Aires de Los Gatos, Pipo Lernoud, letrista, poeta, amigo, cronista de su tiempo y náufrago él mismo. Su evocación de los nombres pioneros enriquece, también, esta decisiva colección.
A esos recuerdos se les pueden sumar el de un adolescente en un skate al que todos menos él llaman patineta; es Guillermo Cidade, y va por las calles de Almagro: lo conocen como Willy, pero él preferirá que le digan Walas, y todavía ni siquiera tiene banda de rock, pero ya tiene el concepto y el nombre: Massacre Palestina. O también el de la barra de muchachos que se cruzaban en Lanús y, tras fichar para Sony con apenas un par de conciertos, deciden alquilar una quinta de suburbio para vivir sin obligaciones y grabar un disco entre trances zombies...
El final, el presente, trae además preguntas. ¿Es Miranda! realmente una leyenda, la última acaso? Desde aquellos inicios electrónicos, su varieté underground anticipó el furor por los musicales (de High School Musical a la serie televisiva Glee) y, también, el pop global de los 2000, con un pie en la discoteca y otro en la tradición cancionera. La última década no aportó, es cierto, otras historias, además de la tragedia de Callejeros, pero también lo es que la bandita ingenuota de Ale Sergi reconquistó al público joven, llegó a América latina y logró tener una audiencia masiva, cosas que el rock argentino había perdido en tiempos de microaudiencias y consumos digitales.
Entre una furtiva escena en el baño de un anodino bar frente a Plaza Miserere y los tiempos de Twitter hay cinco décadas de historias que bien podemos llamar mínimas. Aquellos náufragos forjaron su balsa de madera y, ayer nomás, las canciones se reproducían, difundían y consagraban en forma de ringtone. Justamente, en medio de esos extremos que van de una cultura incipiente a un mercado maduro, hay cientos de canciones que merecen ser escuchadas y otras tantas leyendas que merecen ser contadas.
Fotos. Todas las imágenes de la portada y la nota son material promocional de la colección Leyendas del rock nacional, cedido por Rolling Stone para esta producción
Una colección imperdible
Leyendas del rock nacional es una obra que no registra precedentes en el mercado editorial argentino. Desde que la célebre revista Rolling Stone desembarcó en el país, en abril de 1998, su identidad periodística y visual contribuyó a fundar una nueva iconografía para el movimiento que se originó en los años 60 en las calles de Buenos Aires. Esta serie de fascículos coleccionables les rinde un tributo histórico a los protagonistas del rock hecho en la Argentina.
El rótulo de "leyendas" marca el pulso de esta serie: los artistas plasmados en ella se hicieron grandes por sus obras, por la mitología que los rodea y por la influencia que ejercieron en las generaciones posteriores. La lista abarca desde los pioneros de La Cueva -Tanguito, Manal, Los Gatos, Moris- hasta los nombres más actuales -Babasónicos, Catupecu Machu, Pity Alvarez-, pasando por los clásicos de siempre, como Charly, Spinetta, Fito, Pappo, Calamaro, Redondos y Soda Stereo. Cada fascículo, que desde mañana distribuirá LA NACION con el diario de los lunes, contiene fotografías icónicas, ilustraciones inéditas, selecciones discográficas y biografías elaboradas por expertos.
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