Libertad: deseo fervientemente que los jóvenes sigan cuestionando cada día todo lo establecido

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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26 de julio de 2015  

Es invierno, estoy echado como una liebre, debajo de un árbol. Miro las montañas nevadas, están lejos, estoy abrigado, no tengo frío. Hago el ejercicio de respiración que nos enseñó Hans Sprecher, nuestro entrenador de esquí, suizo, cuando tenía 9 años. Volvíamos de esquiar, nos sacábamos las botas dobles de cordones de casa Walmar y nos acostábamos boca arriba sobre las mesas del comedor del Ski Club Bariloche. Afuera, parados en la nieve, quedaban los esquíes de Barata, el carpintero del pueblo. Se mandaban a hacer. Me los había regalado mi abuelo Papapa. Tenía cantos atornillados de metal para que se deslizaran, los pintábamos semanalmente con pintura colorada brillante. Hans nos hacía cerrar los ojos y respirar por la nariz contando despacio hasta diez, luego reteníamos ese aire por diez, lo largábamos por la boca en diez y finalmente nos quedábamos sin respirar por diez, y comenzábamos otro ciclo igual y otro y otro...

Qué pensaría de nosotros este hombre, europeo y moderno para nuestro pueblito patagónico. Nos quería, volvía todos los años. A los 13, cuando me incliné por el rock & roll, los cigarrillos Colorado sin filtro y las noches eternas, me descartó como un florero marchito. Yo ya empezaba a escribir sin saberlo la letra L de la palabra libertad.

Éramos un enjambre de ruidos, mocos, guantes de lana, no teníamos antiparras aunque sí el gancho de hierro enroscado con una soga en la cintura para subir por el ski-lift hasta mil doscientos metros, pasando heroicamente la roldana difícil de la torre negra.

Una señora, Catalina Reynal, nos becaba por invitación para formar parte de este grupo de esquiadores que se entrenaban en el arte de vivir la montaña y la nieve. Nuestro uniforme era un suéter negro que llevaba trazada la bandera patria longitudinalmente en el pecho. A veces íbamos a correr carreras a San Martín de los Andes en un camión canadiense de la guerra naranja, una treintena de niños, atrás, tapados con lonas, mirando el cielo y los cohiues del bellísimo Paso Córdoba.

Este ejercicio de respiración, que guardo como un tesoro de la niñez, cambia completamente mi estado, me lleva a una paz cordial como si estuviera almorzando con unos ángeles que me leen poesías –las elijo– de Borges (Two English Poems), de Auden (Songs for Saint Cecilia), de Wilde (lThe Ballad of Reading Gaol), de Elliot (The Love Song of J. Alfred Prufrock). Tengo mis auriculares puestos, escucho a Mozart, su sonata de piano número 16. Miro el cielo encima de la Cordillera y escribo con mis ojos la palabra libertad entre las nubes; la veo, con mi letra cursiva de gestos redondos. Siempre trato, cuando escribo a mano, de comenzar la frase con una palabra que empiece con la letra L. Me sale bien, es elegante en su trazado, le hago una cola larga hacia delante donde duermen, se apoyan las otras letras de la palabra. Libertad.

Ahora escucho a Bob Marley y su Canción de redención: "Fue lo único que tuve, canciones de libertad, emancipate de tu esclavitud mental", dice el profeta jamaiquino que acarició tantas generaciones.

La vida es una sucesión de decisiones que van marcando el trazado de nuestro hacer. Al mirar hacia atrás podemos ordenar esos gestos, esas voces que fueron moldeando lo que somos. Al mirar la mía, creo que la irreverencia fue el ingrediente que más sazonó las posibilidades que tuve. Una rebelión gobernó mis días. Deseo fervientemente que los jóvenes sigan cuestionando cada día todo lo establecido. Esa contrariedad va abriendo nuevos espacios de pensamiento que refrescan la historia y el hacer.

Para mañana elijo mis botas de caminar la Patagonia, un sillón de lectura, mis libros de poesías, un ramo de flores frescas y la inspiración de una mujer que me haga sentir sus infranqueables secretos.

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