
LISBOA RIMA CON PESSOA
La capital portuguesa no tiene ni una Torre Eiffel, ni un Big Ben, ni un Obelisco. Pero guarda la obra y el recuerdo de un gran poeta, Fernando Pessoa, tan melancólico y plural como ella. Recorrerla siguiendo sus huellas es, tal vez, la mejor forma de adentrarse en su alma
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Lisboa , Lisbon, Lisboone, Lissabon. Estas son, entre tantas, cuatro formas posibles de nombrar a una ciudad sin nombre, misteriosa como sus calles en espiral y el humo perfumado de las castañas asadas, sobria como sus habitantes, altiva como el castillo medieval que parece custodiarla desde una de las siete colinas que la rodean. Lisboa es antigua, tímida, melancólica. Es la ropa eternamente colgada frente a las casas de colores. Es el fado que vibra por las noches en los suburbios de Alfama, la guitarra portuguesa que se desangra en los muelles cada vez que un barco se aleja hacia el mar por el río Tejo, o Téyu, que es como debe pronunciarse en el delicado acento del país.
Pero Lisboa -una voz que también susurran los tranvías que la recorren día y noche- es por sobre todo sinónimo de Fernando Pessoa, su poeta mayor, uno de los escritores más intensos de todos los tiempos.
Pessoa quiere decir persona, lo que ya es decir algo. Y esa persona llamada Pessoa puede abrirnos mejor que nadie la puerta de esta ciudad sin puertas. El vivió allí repartido en por lo menos veinte domicilios. Sus huellas están prácticamente por todas partes. En el Barrio Alto, en los viejos cafés de la Baixa Pombalina, en el Largo do Chiado, en la recova que rodea a la Praça do Comercio, en al aire tembloroso de las tardes, en el desasosiego indefinible de los muelles. El fantasma errante de este señor con sombrero -que también quiso llamarse Alvaro de Campos, Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Bernardo Soares, entre otros seres diversos y con personalidad propia que nacieron de su intrincada imaginación- parece despegarse cada tanto del asfalto o flotar sobre el agua azulada del río.
Lisboa es la musa. Pessoa, que vivió allí casi todo el tiempo -entre 1888 y 1935-, es su ciudadano ilustre y, acaso también, el más grande cantor de esa ciudad "triste y alegre, pavorosamente perdida", como la refiere en uno de sus textos.
"Todo comienzo es involuntario", predica el poeta. Y es así, azarosamente, como uno puede empezar el itinerario entrando en el café A Brasileira, en la Rua Garrett, junto al hotel Borges -decadente y ecléctico- en pleno corazón del Barrio Alto. Allí se reunía el escritor con sus colegas de la revista literaria Orpheu, publicación que hoy llamaríamos under o fanzine y de la que sólo alcanzaron a salir dos ediciones. La tercera ya estaba lista cuando por motivos económicos vio frustrada su aparición. En una de las mesas situadas sobre la vereda, el propio Pessoa -en rigor, una estatua de bronce que lo representa de un modo asombrosamente realista- invita por cuenta de la casa a tomar una copa. Obviamente, ese hombre de metal no dice nada; sólo por momentos, a cierta hora de la tarde, parece decir entre dientes: "Fui como hierbas, y no me arrancaron". Y tal vez hasta puede ser posible leer en su rostro la saudade por la Lisboa de esos años en los cuales "era feliz, y nadie había muerto".
Todo paisaje es para el autor de Lluvia oblicua un "estado de alma", casi una invención personal, o también, el reflejo amargo de un fracaso.
"Soy los alrededores de una ciudad que no existe -escribe-. El comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy esa figura que pasa entre los sueños de quien no supo contemplarme." Nadie, sin embargo, terminó finalmente siendo todo. Y el escritor, que en vida publicó apenas un solo libro (Mensagem, homenaje íntimo a los descubrimientos de ultramar, que en un concurso literario apenas mereció el segundo premio), es hoy, como lo ha definido con justicia el italiano Antonio Tabucchi, el mayor poeta de este siglo.
El premio Nobel José Saramago, por su parte, se reencuentra con el perfil taciturno de su compatriota en la novela El año de la muerte de Ricardo Reis, una sensible aproximación a la ciudad y sus fantasmas.
Junto a Reis o a Pessoa -para el caso es lo mismo- es posible recorrer una vez más la empinada Rua do Alecrim, y por ella bajar hasta el río como en un tobogán lleno de encrucijadas y voces; antes de desembocar en la pequeña plaza donde se alza el monumento a Eça de Queiroz -y en el Muelle de Sodré, desde donde parten los transbordadores que van al puerto de Cacilhas- un fantasmal Hotel Bragança, o lo que queda de él, exhala sombras furtivas de espectrales pasajeros. Y unas cuadras más allá, siguiendo el curso sinuoso del Tejo, la tan imponente como desolada Plaza del Comercio parece la misma que cruzara en su rutina un tal Bernardo Soares, otro de los tantos disfraces que se calzó Pessoa en su extraño afán de multiplicarse.
El poeta atribuyó a ese oscuro empleado (modesto, soltero y solitario como él) la autoría del Libro do Desassossego, obra donde el dolor, la impotencia y la belleza se cruzan en una prosa confesional y delicada. De la mano de Soares-Pessoa, finalmente, la capital portuguesa ingresa en la literatura del siglo XX. Y entra además con la categoría de ciudad-símbolo y ciudad-mito, como la Praga de Kafka, la Dublín de Joyce, la Nueva York de Tom Wolfe o la Buenos Aires que inventó Jorge Luis Borges.
Uno puede caminar hoy por la Rua Augusta, en plena Baixa lisboeta, y dirigirse hacia el restaurante Martinho da Arcada -otro célebre reducto de Pessoa y sus amigos de la vanguardia literaria- y sentir de pronto que está siendo parte de una historia de ficción. Ese hombre de gesto cansino y mirada perdida que atraviesa la Calle de los Doradores se parece a Pessoa. Y aquel oficinista de saco, portafolio y corbata que se detiene a ver una vidriera en la Rua de los Zapateros puede ser, también, el Soares con el cual el poeta llegó a identificarse hasta el límite de la demencia.
Tantos nombres pueden confundir. Pero la ciudad es una sola, la misma en cada uno de sus rincones, y por más que se desdoble en cien rostros diferentes, el poeta es único e indivisible.
Al margen de su intensa actividad literaria y espiritual, Fernando Pessoa pasa sus días traduciendo cartas comerciales, en inglés y francés, para una firma importadora. El cargo es mal pago, pero le da de comer durante toda su vida. Vive primero con una tía solterona y después con una abuela loca. El resto del tiempo se aloja solo, en domicilios inciertos, siempre en Lisboa. Ve a sus pocos amigos en la calle, ya sea en La Brasileña del Chiado o en el más coqueto Martinho da Arcada.
Bebedor solitario en tabernas baratas y de dudosa fama, pretende, en 1916, convertirse en astrólogo. Y en 1920 se enamora por única vez: de una empleada de comercio, Ophelia Queiróz, que no sabe cómo hacer para amar a un hombre que se perfila como una confederación de almas dispersas. Sólo en ese caso, y por un lapso que no se extendería más allá de los dos años, el poeta abandona su cómoda posición de amante visual para animarse con un contacto más íntimo.
La propia Ophelia cuenta luego un raro episodio que vivió con el escritor cuando apenas lo acababa de conocer. "Un día se cortó la luz en la oficina. Freitas no estaba y Osorio, el cadete, había salido a hacer un trámite. Fernando fue a buscar una lámpara de petróleo, la encendió y la puso encima del escritorio. Un poco antes me había enviado una cartita donde sólo escribió: le ruego que se quede. Y yo me quedé, como para ver qué pasaba. Me acuerdo que estaba de pie, poniéndome el saco, cuando él entró en mi despacho. Se sentó en mi silla y yo me puse un poco nerviosa. Sin saber qué decir, acabé de ponerme el saco y me despedí precipitadamente. Fernando se levantó, con la lámpara en la mano, para acompañarme hasta la puerta. Pero de repente me empujó contra la pared; sin que yo lo esperase, me agarró por la cintura, me abrazó y, sin decir una palabra, me besó apasionadamente, como si estuviera loco."
Pero la locura en este caso no iba a durar mucho. "Mi destino pertenece a otra ley cuya existencia usted ni siquiera sospecha", le escribe a Ophelia con inútil orgullo en la carta de ruptura.
Sombrío, como desencantado, el poeta continúa con sus rutinarias caminatas por la zona comercial de la Ciudad Baja, entre la Plaza del Rossio y el Tejo silencioso. "Voy a sumergirme de nuevo en la Calle de los Doradores -anuncia oscuramente-. Mañana yo también seré el que dejó de pasar por estas calles, el que otros vagamente evocarán con un ¿qué habrá sido de él? Es todo cuanto hago, todo cuanto siento, todo cuanto vivo, no seré más que un transeúnte menos en la cotidianidad de las avenidas de una ciudad cualquiera."
Una de las casas que habita en su vagabundear, hoy convertida en museo oficial, está situada en la Rua Coelho da Rocha, muy cerca de la Basílica de la Estrella. Allí, en el cuarto del primer piso que da a la calle -el mismo que el escritor ocupó desde 1920 hasta su muerte, en 1935- se conserva una vieja cómoda de madera, tal vez lo único auténtico y palpable además de los lentes, el documento y una pipa que se ve en una vitrina, en medio de todo tipo de mamparas de vidrio y una ambientación excesivamente despojada. La importancia que adquiere ese mueble color caoba de sólo cuatro cajones se descubre leyendo una carta que el autor escribió a su amigo Adolfo Monteiro. "Recuerdo que fue un 8 de marzo de 1914; me acerqué a la cómoda y, tomando un papel, empecé a escribir de pie, como escribo siempre que puedo. Y fue así que llegué a hacer treinta y tantos poemas al hilo, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no soy capaz de definir. Fue el día triunfal de mi vida, y no creo que algo así vuelva a repetirse."
Miope , cortés, discreto, sombra entre las sombras de pálidos rincones, Pessoa se refugia siempre en la ironía propia de las almas superiores. Pero cuando no aguanta más la pesada carga de arrastrarse a sí mismo todo el tiempo, sale a la calle. Ensimismado y tenue, contiene en su mente a toda la ciudad, a sus habitantes, a sus tranvías, a los barcos que con su estela abren un tajo de espuma en el Tejo.
El poeta también es un barco, pero "un barco de papel sobre el río del sueño" con el que da varias vueltas al mundo sin moverse de su escritorio de contable en la Baixa. "¿De qué sirve viajar? -pregunta, a modo de provocación-. El viajero que ha recorrido toda la tierra, de cinco mil millas en adelante no encuentra novedades, ya que sólo encuentra cosas nuevas, la vejez o el tedio de lo eterno nuevo. Un hombre, si posee verdadera sabiduría, puede disfrutar por completo del espectáculo del mundo sin hablar con nadie y sentado en una silla. El cazador de leones no tiene aventuras más allá del tercer león."
Si se renuncia a desempeñar el triste papel de cazador, sin embargo, cualquier viaje puede permitir un acercamiento sensible a las calles, a los seres y las cosas. Volver por ejemplo a subir por la Rua do Alecrim hasta la esquina de la iglesia, caminar otra vez por el Chiado bajo una lluvia fina, dejar atrás el monumento al gran Camoens o cambiar de vía abruptamente, y rumbear ahora hacia Belem, camino al antiguo monasterio que guarda los restos mortales del poeta. Y una vez allí, leer ese epigrama donde él nos pide que pongamos todo cuanto somos en lo mínimo que hacemos. Y entender, finalmente, que Lisboa no rima con Pessoa porque sí.
Para sentir el aroma de la gran poesía de Pessoa
Los fragmentos que reproducimos dan la medida de una obra hoy revalorizada
Vengo del lado de Beja.
Voy al centro de Lisboa.
No traigo nada y no encontré nada.
Tengo el cansancio anticipado de lo que no encontraré,
Y la nostalgia que siento no está ni en el pasado ni en el futuro.
Dejo escrita en este libro la imagen de mi designio muerto:
Fui como hierbas, y no me arrancaron.
¡TAN PRONTO pasa todo lo que pasa!
¡Muere tan joven ante los dioses cuanto
Muere! ¡Todo es tan poco!
Nada se sabe, todo se imagina.
Rodéate de rosas, ama, bebe.
Y calla. El resto es nada.
PARA SER GRANDE, sé entero: nada
tuyo exagera o excluye.
Sé todo en cada cosa. Pone cuanto eres
en lo mínimo que haces.
Así en cada lago la luna entera
brilla, porque alta vive.
OTRA VEZ VUELVO a verte,
Ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? ¿Pero soy yo el mismo que aquí vivió y aquí volví,
Y aquí torné a volver, y a volver,
Y aquí de nuevo torné a volver?
Otra vez vuelvo a verte,
Con el corazón más lejano, el alma menos mía...
Otra vez vuelvo a verte (Lisboa y Tejo y todo)
Transeúnte inútil de ti y de mí.






