
Lo mejor y lo peor de decidir
Tomar decisiones es una de las expresiones más elevadas de la responsabilidad: es elegir, resolver, tomar posiciones, determinar, asumir. Es un acto humano fundamental
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Muchos de mis amigos son unos atorrantes, aunque, por suerte, no dejan de sorprenderme. El otro día uno de ellos me largó, así, de sopetón, una frase que me resonó: “¿Sabés una cosa? –me dijo–. Estoy cansado de decidir. Desde que me levanto hasta que me acuesto estoy decidiendo cosas”. Me extrañó la confidencia, pero la entendí. Decidir es una de las expresiones más elevadas de la responsabilidad; decidir es elegir, resolver, tomar posiciones, determinar, asumir. Decidir –creo que le dije– significa ser grande y, a veces, por lo agobiante que resulta, querríamos ser chicos y que los demás decidieran por nosotros. Aunque sea por un ratito. Encima somos varones y, todavía, pese a los buenos cambios de roles, nos toca calzarnos el disfraz de gladiadores de la decisión. Las decisiones nos ganan por obligación y tenemos la obligación de no errarle al vizcachazo. Intenté recordarle a mi amigo que cuando éramos chicos, y nuestro mundo de decisiones era muy limitado, nos desesperábamos por disponer de las herramientas necesarias para convertirnos en personas con posibilidad de resolver. “Y mirá –agregué– cómo nos pone de malhumorados cuando cuatro políticos de un partido, en nombre de una interna de la que no participamos, deciden apropiarse de nuestro destino y nos vuelven rehenes. Lo nuestro es decidir, qué le vas a hacer, la vida misma es decidir. A vos que te quejás te querría ver si hoy mismo viene alguien y, por decreto, te prohíben decidir, como ya pasó tantas veces.” En algo lo debo haber sensibilizado porque enseguida me señaló: “Es cierto: mucha o poca, todavía tenemos la responsabilidad de decidir algo. Pienso en los miles que querrían poder decidir algo y no pueden decidir ni medio”.
Recordé que cuando era docente de periodismo les decía a los alumnos algo en lo que creo fervientemente: el periodismo es un oficio fantástico para construir la personalidad: es, esencialmente, el ejercicio del punto de vista y para cualquier cosa habrá que optar. ¿Llego hasta aquí o sigo?¿Le pongo ese dato o se lo quito? ¿Miro desde aquí o me cruzo hasta la otra esquina?¿Elijo esta palabra o mejor la otra? En el periodismo se crece aprendiendo a decidir cada línea de texto.
Desde los tiempos de la duda hamletiana (el dramático ser o no ser) la vida es un estimulante torneo de decisiones. La decisión, acto humano fundamental, está movilizada por el instinto, por la voluntad, por el deseo, por la elección estética e ideológica, por los sentimientos más variados, de la conveniencia a la solidaridad. La persona con ejercicio reiterado en la decisión labra la firmeza de su carácter, agiganta el universo del riesgo, estimula su valentía. Me gustan más los decididos que los/las gatasfloras que siempre colocan en dilema sus resoluciones. Prefiero el que decide y va para adelante, pero hay una decisión de corte autoritario, que transforma en irrevocable lo decidido, que no me agrada tanto. Y mucho menos me agradan las decisiones traicioneras, que se toman a espaldas. Le advertí a mi amigo: “Por más que te canses, siempre será mejor ser alguien protegido por el impulso de la decisión que un indeciso tocado por la varita de la irresolución y el titubeo”. Lo que no le dije fue que su sincera reflexión me había provocado gracia, ternura y conmoción, porque lo que le pasaba a él a mí también me pasa.Y no siempre lo que hay que decidir es transformador, porque uno participa de numerosos hechos muy poco interesantes. Qué se le va a hacer. Habrá que seguir decidiendo.





