
LOS BUZOS DE LA PREFECTURA IMPERMEABLES AL PELIGRO
Para ellos, todo es salvamento de vidas y de bienes, trabajos con explosivos, lucha contra la contaminación, peritajes de delitos y accidentes, y rescate de cadáveres
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Escuchar a un buzo de la Prefectura Nacional Marítima que habla de su trabajo es representarse automáticamente aquel mundo cristalino, de raras formas y colores, donde el comandante Cousteau se movía como un pez entre peces. Siniestro contraste.
-Me han dicho que los ciegos ven una especie de resplandor, que no están en la oscuridad total; pero allá abajo, donde siempre hace frío, nosotros no vemos nada -dice el ayudante de primera Enrique Rodríguez, instructor de buceo-. Es como si nos hubieran llenado los ojos de aceite quemado.
"Andamos por los cascos de los barcos hundidos que debemos reflotar, tanteando con las manos desguarnecidas, sin guantes, porque es imprescindible conservar el tacto a pesar de las bajas temperaturas, y tocando apenas, no sea que agarremos algún fierro filoso y nos peguemos un tajo. Nos movemos bajo el agua despacio, con toda la prudencia del mundo, porque nadie sabe si puede haber algún otro fierro, esperando en la oscuridad para ensartarlo a uno por el pecho, la garganta, la barriga..."
El buzo de la Prefectura habla en esos términos de su experiencia en las aguas del Riachuelo, que hace mucho dejaron de tener relación directa con la fórmula H2O. Allí es tanta la polución que una zambullida exige luego la limpieza de los trajes de neoprene con una recia mezcla de jabón de lavar y aserrín.
El pelo quedará como si estuviese a punto de caerse. Los poros exudarán una especie de tinta oleosa. Y quedarán aureolas negras entre las sábanas y en los cuellos de las camisas.
Rodríguez agrega que también el agua del Río de la Plata, más allá de una profundidad de tres metros, es tan oscura como la del Riachuelo; tiene esa misma clase de tiniebla que no puede disiparse ni con una linterna.
-Usted alumbra -explica el ayudante de primera Luis Almirón, instructor de buceo- y parece que está apoyando la luz contra una pared. Imagínese que está buceando en una taza de chocolate espeso.
El Servicio de Salvamento, Incendio y Contaminación de la Prefectura Naval, actualmente bajo la jefatura del prefecto Osvaldo Ríos, tiene su Escuela Nacional Superior de Salvamento y Buceo en la Dársena E. Funciona oficialmente desde 1989. Además de formar al propio personal, se capacita allí al de las otras fuerzas de seguridad y militares.
También, y de manera gratuita, se dictan los cursos a civiles, varones y mujeres, que, al cabo de cuatro meses de agobiante entrenamiento y severos exámenes teóricos y prácticos, quizá lograrán obtener el brevet que los habilitará para hacer de la profesión de buzo un medio de vida.
El buceo deportivo, comparado con esto, es lo que la mojarrita al tiburón. El buceo profesional que se enseña a los civiles se llama técnicamente buceo de tercera categoría, denominación que toma en cuenta el hecho de que se bucea hasta una profundidad de 30 metros.
Los buzos de la Prefectura van más allá de esa profundidad para hacer tareas especiales, pero nunca operan por debajo de los 60 metros, buceo denominado de saturación y que se practica, por ejemplo, en las plataformas submarinas. Ya hay oficiales que se capacitan para semejantes inmersiones.
Al ayudante mayor Abel Arce, correntino, de 65 años, el más antiguo de los buzos de la prefectura, le dicen Papi. Difícilmente algún otro pueda sumar tantas horas en remojo como él. Aprendió buceo con instructores de la Armada en 1959 y pertenece a la segunda promoción de buzos de la Prefectura.
El primer trabajo en el que intervino bien pudo haber resultado superior a sus fuerzas, a su casi absoluta inexperiencia de novato.
"Tuve que sacarme de muy adentro la guapeza", dice Papi cuando recuerda que a principios de la década del 60, junto con los otros cuatro buzos que tenía entonces la Prefectura, debió reflotar un yate hundido en las gélidas aguas del Nahuel Huapi.
Dos olas gigantescas en el lago habían echado a pique aquella embarcación, que pertenecía a la Dirección de Parques Nacionales. Estaba sumergida a 200 metros de la orilla, a 26 de profundidad -la mayor a la que Papi trabajó en su vida- y sobre el borde mismo de un abrupto declive. En esa época se buceaba con una pesada escafandra -aquel grupo de rescate sólo tenía una para todos- similar a un casco de astronauta, como la de Chapaleo, el buzo de la historieta creada por Ferro.
Ese traje completo pesaba unos 60 kilos, pero al inflarse con el aire bombeado se facilitaban los movimientos. Lo más pesado eran los zapatones de hierro y cuero, parecidos a los de Frankenstein, que obraban como lastre.
Terrible era el frío en el Nahuel Huapi. "Trabajamos con el oficial y el cabo que se habían recibido en el primer curso -cuenta Pa-pi-. No había visibilidad en el agua del lago porque estaba llena de ceniza volcánica. No debíamos mover nada, ningún resto, a riesgo de que el yate cayera por una pendiente, un abismo que parecía sin fondo. Hasta los muelles se habían ido a pique y estaban allí, con el barco, justo en el borde del precipicio.
"A la hora no más de estar trabajando se perdía el tacto. Con el frío, los dedos se ponían como chorizos. Llevábamos adentro del traje de buzo un abrigo especial de lana. A veces nos poníamos algo más, pero cuando se hace un trabajo pesado como ése, al rato se suda mucho. Por otra parte, el exceso de ropa dificulta demasiado el movimiento. Así que a veces preferíamos aguantarnos el frío."
Papi dice que ese trabajo fue posible sobre todo por la camaradería, que se percibe hasta en las tareas cotidianas más simples y monótonas del Servicio de Sal-vamento, Incendio y Contaminación. La interdependencia de los buzos, de la que tantas veces depende la vida, está reflejada en un adagio casero: Un buzo es...otro buzo.
El equipo de un profesional incluye cierta pieza imprescindible y de nombre elocuente: cabo de vida. Es la cuerda que sujeta al buceador y cuyo extremo permanece siempre en las manos de los compañeros que lo asisten desde la superficie. Es el hilo conductor que permite ubicar al buzo en las profundidades, por más impenetrable que resulte el agua para el sentido de la vista.
En el mar de la Antártida, el cabo de vida evitó hace poco que pereciera un biólogo alemán cuando tomaba fotografías seriadas de la fauna del lecho marino.
"Pasaron los quince minutos que lográbamos soportar durante cada inmersión en aguas tan frías como ésas, y el biólogo no salía", cuenta el ayudante de primera Oscar Alfredo Rillos, uno de los buzos encargados de la seguridad de biólogos argentinos y alemanes en la base antártica Yuvany.
"Tratamos de sacar al biólogo izándolo, y no pudimos. Entonces bajé. Estaba a unos 30 metros de profundidad. No había visibilidad. El hombre, acostumbrado a bucear en aguas claras, se había enredado en el cablerío de sus aparatos. Tuve que cortar aquí y allá para liberarlo. Ya no le quedaba aire en la botella. Estaba desesperado."
En las heladas aguas antárticas hay que usar linternas subacuáticas, lo que permite ver los colores reales que, de otra manera, no se revelan al ojo humano. "Hay momentos que aquello parece el río de la Plata", dice el ayudante de primera Humberto Omar Caballero, otro experimentado buzo antártico.
El y Rillos coinciden en que el animal más temible en aquellas latitudes es la foca leopardo, que devora desde pingüinos hasta elefantes marinos. Pesa arriba de media tonelada. Caballero vio una foca leopardo "revolear como si se tratara de una rata" a un cachorro del elefante marino de 200 kilos.
Ultimamente, Caballero ha estado trabajando en el galeón del siglo XVIII hundido en las costas de Río Gallegos. Junto con el ayudante de tercera Carlos Darío Aquino prestaba servicios de seguridad bajo el agua a ocho buzos civiles; varios de éstos eran científicos. Bajaban dos buceadores por turnos de 30 minutos para rescatar el variado cargamento de la nave, parte del cual podría ser oro. Esto se comprobará seguramente el año próximo, cuando se explore el interior del galeón.
Anualmente, se inscribe medio centenar de candidatos en el curso de buceo de tercera categoría, la misma cantidad que la de las personas aprobadas cada año en los cursos de buceo deportivo que dictan otros institutos. Los inscriptos se someten a un examen preliminar, psicofísico e intelectual. De los 50 son aprobados sólo 12 o 15, entre los cuales habrá no más de dos mujeres. De todos éstos, se reciben habitualmente 7 u 8.
En los primeros quince días del curso defeccionan normalmente cuatro o cinco aspirantes. Hasta ahora, las mujeres jamás han fracasado en ninguna etapa. Pero, virtualmente, ninguna se dedica luego al buceo profesional, sino a la práctica del buceo deportivo.
María Soledad Cuesta (21) es hasta ahora la única egresada que se dedicó al buceo profesional. Seguramente fue decisivo el hecho de que su padre, buzo desde hace 30 años, sea propietario de una pequeña empresa de construcciones, cortes y soldaduras subacuáticos, que ocasionalmente también se ocupa de búsquedas y rescates.
-La gente se asombra cuando el buzo que se presenta a trabajar soy yo. No le tienen fe a una mujer. Por suerte, siempre puedo demostrarles que están equivocados.
Ella ha hecho trabajos pesados bajo el agua; por ejemplo, manejar un martillo neumático como los que se usan para romper el pavimento. Y más bien livianos, como rescatar una pulsera. Su actividad es variada, con una gama comprendida entre la apertura a mazazos de esclusas en las cloacas y la recolección de mejillones para experimentación biológica, en las aguas transparentes del mar de Ushuaia.
"De 45 que éramos en el curso de 1996, aprobamos 16, y ése fue el año que más gente aprobó. El primer ejercicio que se hace en el río es bajar por un cabo y ya en el fondo sacarse la luneta, el tanque y las aletas, subir a respirar una bocanada y entonces bajar otra vez a ponerse todo lo que uno se había quitado. Después aprendemos a inspeccionar el exterior de un casco, una hélice, un timón. "Del curso de Prefectura se sale sabiendo muy bien, a la perfección, lo que es verdaderamente importante en este oficio: bucear."
En cada etapa es preciso alcanzar determinada calificación. Al alumno que no lo logra la primera vez, se le conceden cuatro o cinco días con apoyo especial para que intente de nuevo aprobar. Otro fracaso determinará su definitiva desvinculación del curso. Seguramente, empero, nada resulta tan determinante y definitivo para el aprendiz de buzo como aquel primer contacto con el mundo sin luz bajo el agua del Río de la Plata. Hay buceadores experimentados, pero formados en aguas con buena visibilidad, que no han podido acostumbrarse a la tiniebla del río.
"Nadie sabe realmente a lo que se expone hasta que se zambulle. Yo pedí ser buzo cuando ingresé en la Prefectura, pero me metieron en el río y esa primera vez casi me muero", confiesa el prefecto Martín Pablo Ruiz, capitán de la grúa de salvamento y buceo CC 451.
"En realidad -dice Ruiz-, esta embarcación es un pontón grúa que hemos ido adaptando a nuestra tarea específica de salvamento y buceo. Durante el último año y medio estuvo trabajando en el puerto de Mar del Plata, cuya operatividad estaba disminuida en un 40 por ciento. Ahora es total, del ciento por ciento." La limpieza del puerto se hizo sobre la base de un acuerdo con la Secretaría de Ganadería, Agricultura y Pesca, y un crédito no retornable de la Comunidad Europea para la limpieza de puertos. Se extrajeron de las aguas del puerto marplatense unos treinta barcos: todo un récord en América del Sur, nada menos que 5500 toneladas.
Daniel Bado, jefe de guardia en el Servicio de Salvamento, Incendio y Contaminación y jefe del guardacosta de ese servicio, el 47 Tonina, rompió en 1995 unas cuantas reglas para salvar la vida de Julián Bonfigli, de cuatro años, que estuvo entre quince y veinte minutos bajo el agua y pudo sobrevivir a la traumática experiencia.
"Fue mi primer salvamento -cuenta Bado-. Yo era entonces oficial auxiliar y cumplía la función de oficial de guardia. Esa vez nos avisan por radio que un chico se había caído al agua. Rompo las reglas. No pierdo tiempo en averiguar cómo ni dónde cayó. Es instintivo. Digo ¡vamos!, y salimos.
"Era en Dársena Norte, al lado de Buque-bús. El chico estaba allí con sus padres, de paseo. Vamos a toda velocidad. En la emergencia decido violar también algunas reglas de tránsito. Durante aquel viaje de locos, constantemente me van reiterando el pedido por la radio. Oigo a la madre del nene: ¡Que vengan los buzos!
"Llegamos a donde ha caído el chico y el resquicio para que se meta el buzo es de apenas 60 cm. Le pido al padre de Julián que me diga lo más precisamente que pueda por dónde cayó el chico. Me lo dice. Le digo al buzo que se tire allí mismo y, un minuto después, el buzo está afuera con el chico.
"Todos creen que está muerto, pero yo exijo que los paramédicos no abandonen el tratamiento de recuperación cardiorrespiratorio. Julián revive cuando llega al hospital. Todavía creo que todo fue un milagro."





