
Los coptos y el otro Egipto
Un siglo después de Cleopatra, San Marcos sedujo a los habitantes de Alejandría con un mensaje que fue acogido espontáneamente. Así nació una iglesia que mezclaba los símbolos cristianos con los ritos egipcios
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Hay que desviarse de la ruta del desierto que une El Cairo con Alejandría, y serpentear a través de las dunas para descubrir, en el uadi Natrum, los cuatro monasterios más célebres de Egipto: Al-Baramus, San Macario, San Bijoi y el monasterio de los Sirios. Durante la semana, los monjes cultivan sus huertos detrás de los muros fortificados. Pero los días de fiesta reciben visitantes -familiares, amigos o simples aficionados al arte-. Todos vienen a reunirse en estas iglesias de piedra y tierra, con sus iconos de rojo y oro, sus ábsides decorados con frescos y -modernidad obliga- sus ventiladores. Allí se resume todo el mundo copto que pervive, un Egipto cristiano casi desconocido.
Apenas cien años después de que Cleopatra -que ocupaba el trono de los faraones- sedujo a Julio César, el amo de Roma, llegó el evangelista Marcos a predicar la doctrina de Jesús en Alejandría, una ciudad cosmopolita e intelectual donde convivían egipcios, griegos, romanos y judíos. Estos últimos fueron los primeros seducidos por el mensaje de Marcos. El gobernador romano empezó a inquietarse, y Marcos murió martirizado. De inmediato se convirtió en el padre espiritual del nuevo Egipto, que se reconocía más en esa religión llegada del Cercano Oriente que en los rituales impuestos por el emperador romano. El movimiento creció y ganó, en pocos siglos, todo el país. Desde Nubia hasta el delta del Nilo, las iglesias se multiplicaron. Los más bellos pasajes del relato evangélico, como los que relatan el nacimiento de Cristo, se superponen con ciertos mitos del Egipto faraónico, como la leyenda de Isis y Osiris. Los símbolos cristianos se mezclan con los personajes de los panteones griego y romano.
Los primeros conversos fueron, en general, intelectuales. Pero muy pronto todos los campesinos se adhirieron a una creencia difundida, según el mito, por el Niño Jesús y sus padres, que huían de las persecuciones romanas. Para ellos, no fue San Marcos quien evangelizó Egipto, sino ese bebe inocente que triunfó sobre los soldados extranjeros. En las imágenes, la Santa Familia y su asno tienen apariencia de campesinos que recorren las tierras.
Ese origen explica el encanto de toda la creación de los coptos. Las esculturas y las tinturas, las vestimentas y las vajillas, todo es local, popular. Hasta los frescos que ornan los muros de las iglesias. Nada de obras de arte grandiosas ni de disposiciones faraónicas para la construcción de tumbas y templos, sino objetos cotidianos ejecutados con una pericia impresionante. Aunque los mosaicos son demasiado caros para el Egipto de la época, escultores, pintores, ebanistas, orfebres y tejedores se entregan a todo tipo de creación. Y visiblemente, lo disfrutan. Nada de impulso doloroso en este arte religioso, como lo habrá más tarde en Europa. Los Cristos son triunfantes, las Vírgenes amamantan y sonríen, los arcángeles y santos, montados en soberbios corceles, enfrentan alegremente (el santo Mercurio, con dos espadas) a los temibles dragones. En las necrópolis, suelen estar mezclados con Dioniso, Hércules y Afrodita, los héroes más jubilosos del panteón helénico y romano. Para decorar las tumbas, las pinturas ilustran imaginativamente las escenas del Nilo, con personajes a horcajadas sobre cocodrilos que se desplazan por el río en medio de tritones e hipopótamos. El águila ya no es predadora, sino un alma que cruza los cielos. Del antiguo Egipto se conserva la cruz ankh, una cruz cortada, dividida, que simboliza el hálito de vida. Una cruz que no sirve para crucificar a los mártires, sino para picar piedras preciosas.
Con este desarrollo del cristianismo en Egipto, también fue necesario que los coptos crearan una nueva escritura para difundirlo. Así, los copistas establecieron un alfabeto de 24 letras, extraídas del alfabeto griego, a las que agregaron siete consonantes tomadas del demótico imperante. En ciudades y monasterios se transcribían y traducían los textos. Primero, la Biblia y sus comentarios, que pasan de los rollos a los códices, con páginas unidas. Poco después, los textos son coloreados, ornamentados con animales y personajes, a la manera de los iconos. Nace así un arte del manuscrito iluminado que se perpetuará, incluso cuando el copto, más adelante, sea reemplazado por el árabe. Los temas iconográficos, extraídos de los textos bíblicos y especialmente del Apocalipsis, nos proporcionan una nueva concepción de las creencias de los primeros coptos: junto a la imagen de los Cristos, Abraham y Moisés conviven con personajes legendarios como Melquisedec. Los primeros patriarcas, los 24 ancianos del Apocalipsis, acompañan a santos victoriosos como San Miguel y San Jorge. Y en todas partes la naturaleza tiene un lugar. Una naturaleza semejante a la del paraíso terrestre, como en los manuscritos antiguos ilustrados por árboles de la vida, donde las gacelas se alimentan de flores, y los pájaros y las liebres juegan con los leones.
Una naturaleza sonriente que siempre ha obsesionado a los egipcios, rodeados de un desierto matizado con oasis. Erguidos junto a una corriente de agua, desafiando la sequedad de los siglos, los monasterios coptos nos invitan a la eternidad.
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