
Los nuevos ermitaños
Por Carlos Ulanovsky
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Primero, y aunque le gustaba mucho, dejó de ir a la cancha porque, a fin de cuentas, transmiten cinco partidos completos por semana, y el domingo a la noche ofrecen una síntesis con las mejores jugadas y con todos los goles. Después abandonó la costumbre de ir al cine, que lo apasionaba, porque tarde o temprano los canales de cable transmitirán el estreno perdido.
Y porque las películas en video o en DVD le permiten estar al día, sin salir, ya que apenas con una llamada telefónica le entregaban a domicilio el título solicitado. Más tarde, tras tapizar su cocina con información de infinitos deliveries, se dio cuenta de que la satisfacción de cualquier deseo quedaba a la sencilla distancia de una llamada telefónica: desde toda clase de comidas, pasando por bebidas, habanos o cualquier otra ocurrencia, aunque fuera la adicción más peligrosa y cara.
Hasta que un día, algo sorprendido y turbado, percibió que cada vez salía menos de su casa.
Ni para pasear al perro, porque eso lo hacía por él una simpática pareja de especialistas.
Ya se sabe que afuera las cosas están que arden y que hay días en que las balas pican cerca. Pero, ¿cuál es la solución para reducir los riesgos? ¿Recluirse?, ¿atrincherarse?, ¿salir ni equivocado? Ni siquiera para comprar el diario, porque total por Internet los tiene a todos, los mejores medios del país y del mundo, actualizados minuto a minuto. El día que, como dice el tango, estén secas las pilas de todos los timbres, la solución será sintonizar las radios a través de la Red.
En la computadora se encontrarán juegos para tener entretenidos a los chicos, música de todos los tiempos que podrá bajarse a voluntad y grabarla sencillamente en compacts similares a los que antes compraba en las disquerías, la mejor literatura de la historia disponible en pantalla y, cuando quiera un libro de verdad, habrá muchos lugares para pedirlo y tenerlo en pocos días en la propia puerta y disponer incluso de una formidable gama de juegos sexuales para una recreación adulta. También es posible comprar y vender por Internet, pagar facturas, usar el banco desde un teclado, enterarse y decidir. Ni siquiera se necesita hablar, porque los chateos reemplazan sobradamente las charlas de café.
Esto de vivir en soledad absoluta es una alternativa a los descontroles de la vida de hoy.
Como se ve, hay modos de reducir los riesgos propios de los tiempos que corren, pero al convertirnos en nuestros propios vigiladores también reduciremos nuestros deseos, nuestras contradicciones y, desde luego, nuestra cabeza. Vivir así se puede, y ya muchos lo hacen, pero ¿qué gracia tiene?
Sólo pueden divertirse de este modo los aterrados habitantes de la cueva moderna, los que tomaron los hábitos de los nuevos ermitaños de la inseguridad.






