
Rigurosidad extrema en dietas y rutinas, entrenamiento mental y emocional, apoyo tecnológico y la expectativa máxima de hacerse de una medalla: qué implica la carrera hacia Río 2016 en la voz de sus protagonistas.
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Por Pablo Corso · Fotos de Estrella Herrera
<b>HOCKEY</b>
Carla Rebecchi, corazón y córner corto
El 2015 no fue bueno para Las Leonas. Venían de un recambio generacional traumático, conflictos con los entrenadores, tensiones internas, renuncias inéditas y extrañaban a Luciana Aymar, para muchos la mejor en la historia del deporte. En ese contexto, Carla Rebecchi –que ya sabía de victorias épicas y derrotas dolorosas– se transformó en capitana. La delantera que había debutado con la albiceleste en 2003 tomó los principios básicos de sus antecesoras: que el equipo esté bien y que haya armonía, sacrificio y humildad. "Acá se arrancó de abajo, cuando no había nada", dice la porteña de 31 años que ya pasó los 250 partidos en la Selección.
Pero el momento le pedía más. "Traté de transmitir tranquilidad y de fortalecer el ida y vuelta con mis compañeras dando un mensaje claro: nosotras podemos", recuerda. No fue fácil. En junio se lesionó la rodilla izquierda durante la Liga Mundial. Las Leonas perdieron la final por el bronce y no consiguieron la clasificación a los Juegos Olímpicos. Sin una de sus cartas ganadoras, también cayeron en los Panamericanos. Terminaron entrando a Río en los escritorios gracias a un cupo que liberó Corea del Sur. Había que cambiar, todas lo sabían. Con Gabriel Minadeo de regreso (estuvo al frente entre 2005 y 2009), sanaron los vínculos fuera de la cancha y renacieron en Rosario. En diciembre ganaron en forma brillante la Liga Mundial, después de dejar atrás a su eterna némesis, Holanda, y golear 5-1 en la final a Nueva Zelanda. Era el empuje que necesitaban para volver a estar a la altura de una historia gloriosa con medallas de plata en Sídney 2000, bronce en Atenas 2004, bronce en Pekín 2008 y plata en Londres 2012.
Carla se colgó las últimas dos y no hace falta decir que sueña con el oro. "Quiero hacer todo lo necesario para llegar a mi 100 %", anuncia la jugadora del Club Ciudad. "Soy muy estricta en cada aspecto del entrenamiento, porque se juega como se entrena". Minadeo lo confirma: "Es la más profesional de todas. Aprendió a manejar la ansiedad. Después de la lesión, entrenó en triple turno y se recuperó en tiempo récord. Sabe prepararse para un Juego Olímpico, que tiene un condimento especial por la espera de cuatro años y la mochila de ser un deporte con chance de medalla".
Consagrada en 2006 como la mejor sub-25 del Mundial de España, Carla hizo su propia evolución. "Cuando empecé no era tan buena técnicamente, pero compensaba con el físico y la velocidad", explica. Los cinco años en Club de Campo de División de Honor española la ayudaron a mejorar la técnica. "Tuve mucho entrenamiento individual en habilidades y definiciones". Para la línea de delanteras argentinas, dos aspectos claves que potencian esquivando conos, practicando enganches, levantando la bola y buscando variantes de revés en el tiro.
Carla mete miedo con un dribbling endiablado, pero el equipo también la necesita por una cualidad menos vistosa: su precisión quirúrgica en la arrastrada, la salida del córner corto. "Podemos practicarlo de 60 a 100 veces por día. Son 1.200 tiros antes de la competencia –calcula el DT–. Por ahí en el torneo tenés seis o siete, pero son los que pueden darte la medalla". Para ella no es suficiente. Analiza sus movimientos con el programa GameBreaker, pide videos de las arqueras rivales y se asesora con Jorge Lombi, el ex goleador del seleccionado masculino, que además es su esposo. Minadeo insiste con la trascendencia del instante: "Venís de una jugada a 150 pulsaciones y esto es una pelota fija que requiere frialdad, concentración, saber respirar y una ejecución específica". Las Leonas pueden estar tranquilas. Su capitana tiene la cabeza fría y el fuego sagrado que forja los metales nobles.
<b>LANZAMIENTO DE MARTILLO</b>

Jennifer Dahlgren, potencia y equilibrio
Jennifer Dahlgren (Buenos Aires, 1984) busca explosión. En el gimnasio levanta 110 kilos en la barra y 200 en sentadillas. En la pista, con pasadas de 100 metros, trotes y saltos de pliometría, recorre desniveles sobre superficies elásticas o sobre vallas continuas para mejorar la fuerza del tren inferior. "Un entrenamiento muy completo con prioridad en la fuerza de piernas, abdominales y espinales", dice después de otro día agotador. Su rutina en el Cenard cubre de lunes a viernes: gym a la mañana y cuatro lanzamientos semanales. Cuando quiere concentrarse en la calidad de la preparación empieza a bajar el peso del martillo, de los siete kilos en pretemporada a los tres antes de competir (el oficial es de cuatro).
La alimentación es un capítulo decisivo. Entre 2014 y 2015 perdió 15 kilos, ganó fuerza y masa muscular. "Me sentía incómoda como deportista y como mujer", confiesa ahora. El nuevo esquema nutricional "más que una dieta, es un lifestyle". No solo ingiere proteínas para reparar los músculos dañados en el entrenamiento. El objetivo es mantener la actividad metabólica durante todo el día, aportar valor de manera constante en el organismo. Se acostumbró a desayunar fruta y avena, que genera sensación de saciedad, y no se olvida de otros carbohidratos complejos (pan y arroz integral). Pero sobre todo confiesa: "Vivo a ensaladas, carnes magras, legumbres, frutas y verduras". Su timeline tuitero está lleno de fotos arty de paltas, mandarinas y frambuesas.
Jennifer clasificó a los Juegos en agosto del año pasado, con 72,01 metros, en el premundial del Cenard. Su mejor lanzamiento es un récord sudamericano, los 73,74 metros de abril de 2010. Con la cuarta experiencia olímpica en el horizonte, el objetivo para 2016 es lograr constancia tirando siempre por encima de los 70. "Que ese sea mi hábito, tener entrenamientos sólidos para tener torneos sólidos", explica. Así podría estar cerca de una ansiada final. Antes buscará roce internacional en los torneos europeos de mayo y en el Sudamericano de junio. Río le sienta bien: ahí ganó la medalla de bronce en los Panamericanos 2007. Con la asistencia de la tablet, su equipo también está en los detalles. El entrenador Marcelo Pugliese usa el Coach Eye, una aplicación que compara sus movimientos actuales con anteriores y con los de las competidoras.
Cuando termina de entrenar tampoco se tira en el sillón: todo el tiempo está buscando amigos para jugar al tenis y al golf, o para saltar al tatami de judo. Suena lógico. La sangre olímpica corre por sus venas (es hija de la velocista Irene Fitzner) y hace deporte desde los cinco años. Un estilo de vida que va más allá de pensar en verde.
<b>SALTO CON GARROCHA</b>

Germán Chiaraviglio, un piso cada vez más alto
Germán Chiaraviglio (Santa Fe, 1987) compite contra la gravedad. Debe ser fuerte pero liviano. Todas las facetas de su preparación apuntan a ganarles milímetros a las leyes newtonianas. El garrochista busca pulir cada detalle del entrenamiento. "Recuperación, nutrición y psicología –enumera– para que no se escape ningún elemento y se pueda seguir mejorando". En la pista lleva un entrenamiento segmentado en técnicas de salto, carrera y velocidad, saltabilidad de fuerza y gimnasia artística. A cada una le dedica dos tramos semanales. En los meses alejados de la competencia, el foco está en el volumen: muchas repeticiones, más capacidad aeróbica, mejor condición general. Cuando el día D se acerca prioriza la calidad y la velocidad de ejecución. La progresión también se traslada a la garrocha. Germán va aumentando los índices de dureza para tener un plus de salto superior. Quiere que su piso se acerque a los 5,7 metros. La base de proteínas, con carne y suplementos de suero lácteo, es clave para la recuperación muscular, el aumento de la potencia y el peso equilibrado.
El trabajo se complementa con algunas horas frente a la tablet, que compone en cámara lenta las imágenes de los movimientos con garrocha. Su entrenador Roque Ríos lo filma con un smartphone y procesa las imágenes en la app Hudl Technique. "Con esas herramientas podemos hacer un análisis bien detallado del salto en el mismo momento en que estamos entrenando. Es muy útil para percibir errores que tal vez el ojo no ve en el primer momento". Por ejemplo, algún freno indeseable en la búsqueda de aceleración permanente durante la carrera. Para cumplir con la máxima de la mens sana apela al psicólogo Marcelo Márquez, que lo ayuda a enfrentar situaciones de estrés y presión.
Sus saltos son más espaciados de lo que le gustaría. Tiene que cuidar el tobillo izquierdo: dos veces fracturado, dos veces operado, casi dos años fuera de las pistas. Hoy la prevención es un punto clave de su agenda, un cóctel clínico-deportivo de plantillas adaptadas, estudiadísimas elecciones de las superficies, ejercicios de fortalecimiento y kinesiología de propiocepción, que es la capacidad de informar al organismo de la posición de los músculos.
Después de los traumas, Germán –que sufrió nueve perforaciones en el hueso– tuvo un regreso con gloria. El año pasado fue el mejor de su carrera. En los Juegos Panamericanos de Toronto saltó más alto que nunca: 5,75 metros, medalla de plata y clasificación a Río 2016. Además, fue noveno en el Mundial de Atletismo de Pekín. Todo por encima de la marca olímpica A de 5,7 metros. "Es un gran orgullo. No solo por haberla obtenido con tanto tiempo de antelación, sino por superarla tres veces. Me deja trabajar con tranquilidad y poner el foco en la competencia". El sueño de la final está a su alcance.
<b>VELA CATEGORÍA 470</b>

Juan de la Fuente y Lucas Calabrese, la adaptación permanente
El bronce de la medalla londinense todavía brillaba en diciembre de 2012, cuando Juan de la Fuente (Buenos Aires, 1976) y Lucas Calabrese (Olivos, 1986) llegaron a la Bahía de Guanabara para empezar a entender qué barco, qué mástil y qué set de velas necesitarían en ese espacio abierto entre Copacabana e Itaipú. No exageraban: el yachting es un deporte que implica una planificación casi obsesiva en el desarrollo de materiales, estudios meteorológicos, entrenamiento físico y mental.
Un cambio de vientos –y el cambio de vientos es una certeza inevitable– altera en un segundo las proporciones de física y técnica necesarias para cumplir con cada microobjetivo de la regata: encontrar la forma más rápida de llegar a cada boya, girar y volver. Es una toma de decisiones constante, una interrelación entre el juego estratégico (tomar el mejor camino según el clima) y el táctico, donde entran a participar los competidores. Si alguno te quita el viento hay que recalcular. En esa mezcla de lógica y especulación, nadie puede darse el lujo de sentirse vencedor o vencido. Hace 16 años, cuando pasaron la última boya de la última regata de Sídney, De la Fuente y Javier Conte superaron al equipo mexicano y relegaron en la tabla general al británico, que literalmente ya festejaba el tercer puesto.
Lucas empezó como aprendiz de Juan. Hoy es su timonel y maneja la vela mayor. Su compañero está a cargo de las otras dos, el foque y el spinnaker. Trabajan en el mismo barco, pero viven en distintos continentes (Lucas en Fort Lauderdale y Juan entre San Remo y San Isidro). A través del Atlántico, cruzan por mail y whatsapp planes de entrenamientos individuales y sesiones conjuntas. "Lo físico influye un 35 % o un 40 %, la velocidad del barco otro tanto y el peso de la tripulación un 20 %", calcula Juan, que no quiere superar los 75 kilos. El límite de Lucas son 61. Para eso corren. Para estar más fuertes van al gimnasio. Juan prioriza dorsales, bíceps y hombros. Lucas, que pasa más tiempo colgado del barco, cuádriceps y abdominales. Complementan matándose en el agua: una hora de remo a la mañana y hasta seis a la tarde, cuando se concentran en el "bombeo" de las velas.
Además de entrenar el cuerpo, la dupla persigue el instante. Primero con talleres y después con sesiones vía Skype, Juan se entregó al mindfulness de la mano de Francisco Vanoni. Después de levantarse escucha sus relatos en el teléfono y siente que los planetas se alinean. "Se trata de tener conciencia del presente –define–. No pensar en lo que pasó ni en lo que va a pasar". Tampoco en los resultados ni en los errores. En el barco todo se reduce a hacer foco en inhalar y en exhalar para ahuyentar fantasmas del pasado y ansiedades del futuro.
"El objetivo siempre está en el podio", dice Juan como soltando una obviedad. Su deporte lleva dándole medallas a la Argentina por cinco Juegos consecutivos. Son nueve en toda la historia, solo superadas por las 24 del boxeo. El secreto es una mezcla de experiencia, talento y picardía, de "conocer al rival y saber con qué materiales llegan, que siempre son mejores que los nuestros". Zafar de las adversidades y navegar en un paisaje mental plagado de planos apacibles, de ráfagas indómitas y de olas descontroladas.





