
LOS PECADOS CAPITALES
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A comienzos de la presidencia de Saddam Hussein, las revistas iraquíes exhibían sorprendentes perfiles de la familia gobernante. Abundaban los relatos sobre el presidente, que había tomado el poder en 1979, trabajando hasta tarde, regresando luego a su hogar para ayudar a sus hijos con sus tareas escolares. Saddam y su primera esposa, Sajida, eran fotografiados en escenas idílicas con toda su prole -Uday, Qusay y las niñas Raghad, Rana y Hala- navegando sobre las aguas del Tigris, nadando, en un día de campo o comprándoles ropa a sus hijos.
Los cínicos en Irak sugerían -con gran reserva, por supuesto- que el bombardeo de fotografías de familia feliz no era más que propaganda para acallar los rumores sobre los amoríos de Saddam. La realidad era que ya, en los años en que Saddam estaba en la cumbre del poder, sus hijos, especialmente los varones, se mostraban atropelladores y arrogantes; se consideraban por encima de la ley.
De todos los hijos, Uday es el que más se parece a su padre. Su maestra de jardín de infantes recuerda al niñito precoz y petulante. Un día Uday la retó por intentar consolar a una niña que lloraba: "Esa niña es inglesa -exclamó Uday-. Los ingleses deben morir". Pero Saddam sentía un gran orgullo por su primogénito, y un día lo llevó al pequeño Uday de cuatro años, al que llamaba su cachorro , de paseo. Algunos padres que aman a sus hijos los llevan a la oficina; Saddam, en cambio, llevó a Uday a presenciar cómo torturaban a un grupo de disidentes en las celdas de una prisión de Bagdad.
Arriba, a la izquierda, Saddam con su hijo Uday, que fue atacado en diciembre de 1996 mientras viajaba en el coche presidencial. A la derecha, convaleciente en el hospital de Bagdad. Con botas de media caña y la apostura de un ganador, Saddam recibió a Kofi Annan el secretario de las Naciones Unidas, el día en que decidió detener la infernal maquinaria de la guerra
Jamás se supo lo que vio exactamente el pequeño Uday, pero todos conocemos los métodos de tortura predilectos de Irak: cuelgan a las víctimas, con las manos atadas en la espalda, del cielo raso y las azotan; les colocan picanas eléctricas en los genitales; les perforan los huesos con taladros; les disuelven las extremidades en bateas llenas de ácido.
¿Existía alguna oportunidad para que Uday, o cualquier miembro de la familia dirigente iraquí, saliera normal? Se trata quizá de la familia más atípica del mundo. Saddam y sus dos hijos varones, Uday y Qusay, han matado a más gente que cualquier asesino en serie estudiado por psiquiatras forenses. Es de vital importancia analizar los valores de familia de Saddam Hussein, puesto que la conducción de Irak, un Estado rico en petróleo con 18 millones de almas, se ha fundado en torno de la familia de Saddam.
No hay nada de extraordinario en un líder árabe que confía en su familia o tribu para la defensa de su régimen. Pero Saddam Hussein ha llevado a extremos incestuosos el adagio árabe: "Yo y mi prima contra el mundo". Su primera esposa, Sajida, una mujer cursi y vulgar que no se somete a nadie excepto a Saddam, es también su prima. El medio hermano de Saddam, Watban, estuvo casado con la hija de Ahmed al-Bakr, en aquel entonces presidente de Irak. Cuando Saddam tomó el poder, en 1979, Watban se divorció de su mujer y contrajo nuevas nupcias con la hermana de la esposa de Saddam. Esta jugada astuta lo llevó a convertirse en ministro del Interior hasta que, más tarde, se peleó con Saddam. Otro medio hermano, Barzan, es embajador en Suiza y jefe de las operaciones del mercado negro internacional iraquí. Su hija Saja contrajo matrimonio con Uday en 1993, pero lo abandonó a los tres meses, después de que él la golpeara reiteradas veces. Como había demasiados parientes ocupando puestos jerárquicos, hacia fines de la década del setenta Saddam ordenó a todos en el gobierno que se quitaran el apellido al-Tikriti, derivado de la ciudad natal de la familia, Tikrit, porque hasta él tomó conciencia de que era vergonzoso.
Las dos hijas mayores de Saddam, de cabellera brillante y ojos marrones, Raghad y Rana, se casaron con dos hermanos, primos de su padre. El esposo de Raghad, Hussein Kamel al-Majeed, dirigió el programa de adquisición militar iraquí antes de la Guerra del Golfo y organizó la reconstrucción de la posguerra. El esposo de Rana, Saddam Kamel al-Majeed, era el jefe de la seguridad personal de Saddam. Pero todo ese entrecruzamiento de lazos familiares y políticos podía conducir a luchas encarnizadas, como veremos más adelante.
No ha de sorprendernos que el film predilecto de Saddam sea El padrino , en el que se siente identificado, con Don Corleone, el pobre muchacho obsesionado con el respeto y una gran pasión por el poder. Ambos vienen de familias humildes de campesinos sin tierras y ambos utilizan la violencia para llegar a su modo al poder, y para conservarlo. Para los dos patriarcas, el de la ficción o el de la vida real, la familia es todo.
E s precisamente en la conducta de hijo y heredero de Saddam, Uday, donde su legado sangriento mejor se concreta. Pero la relación entre padre e hijo se ha tornado aún más intrincada. A medida que Uday crecía, se volvía más desvergonzado. Mezzin Zahawi, un inglés de buenos modales y afecto a las artes, que había sido contratado por Saddam como tutor de sus hijos varones, dijo que Uday hizo de su vida "un infierno": lo provocaba por "sus pretensiones inglesas" y lo golpeaba. Qusay, dijo el tutor, era aplicado y respetuoso, pero estaba dominado por su hermano prepotente.
Uday era el predilecto tanto del padre como de la madre. Mientras Saddam se henchía de orgullo por el comportamiento brutal de su hijo, Sajida lo malcriaba. Los dos hijos llamaban a Saddam "Su Excelencia", jamás le decían "padre".
Zahawi encontró un modo diplomático para marcharse, después de que Uday, a los 12 años, intentó pasarle por encima con el caballo. Zahawi le dijo a Saddam que sus hijos estaban tan avanzados que ya no les podía enseñar nada nuevo. "No era verdad -dijo Zahawi, que falleció en 1995-. Pero temía por mi vida."
Los compañeros de colegio de Uday lo evitaban. Cuando el hijo mayor de Saddam comenzó un curso en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Bagdad, el lugar se asemejaba a una prisión: dos guardaespaldas se sentaban en el aula con Uday, mientras otros 48 guardaespaldas más investigaban a estudiantes y profesores por igual. Ahmed Allawi, un ingeniero civil que estaba en el mismo curso que Uday y que ahora huyó de Irak, recuerda cómo el hijo del presidente llegaba a clase cada día en un vehículo de lujo distinto. Si manejaba el mismo automóvil, le cambiaba la patente. Existían reglas no escritas. "Si Uday hablaba con un chica, nadie de nosotros podía hablar con ella a partir de ese día -comentó Allawi-. Los guardaespaldas de Uday golpeaban a los muchachos que lo intentaban." Uday rara vez estudiaba y aparecía en las clases sólo dos veces por semana; sin embargo, no se hacía demasiado problema por las notas. Insistía en que los profesores le diesen las preguntas y respuestas antes de las evaluaciones. El examen final no era ninguna excepción. Los guardaespaldas le servían a Uday té, café y chocolates en bandejas de oro. "Pese a que Uday tenía las respuestas a las cinco preguntas antes de la prueba, nunca podía terminar -recordaba Allawi-. Le decía al profesor que el tiempo no era suficiente y que lo dejara media hora más." Para sorpresa de nadie, Uday se recibió con un promedio de 98,3%, el más alto jamás alcanzado en la Universidad. Qusay fue a la Facultad de Derecho en la Universidad de Bagdad y logró las mismas calificaciones.
Mientras era evidente que Uday había heredado las tendencias brutales de Saddam Hussein, al principio no mostraba demasiadas señales de su conducta. Al terminar la Universidad, se contentaba con pavonearse por la capital en su colección de vehículos elegantes, sumándole la reputación de playboy e incursionando en el mundo de los negocios. Un día contrató a una mujer para que saltara desnuda de una montaña de arroz pilau en una fiesta en su casa de campo; aquellas muchachas que a él le agradaban ponían en peligro la vida de sus esposos si se rehusaban a someterse. Durante la guerra entre Irán e Irak, iniciada por la invasión de su padre a Irán en 1980, mientras otras familias se veían forzadas a enviar a sus hijos a pelear, Uday hacía alarde de su cómodo pasar.
Se unió a los negocios del gobierno desempeñando un papel para nada agotador: a mediados de la década del ochenta se convirtió en el embajador, ante su padre, de la juventud, que crecía desilusionada con los años de guerra y privaciones. Uday fue asignado presidente del Comité Olímpico Nacional y de la Asociación de Fútbol iraquíes, y corría por todo el país inaugurando gimnasios por doquier. Saddam no subestimaba la necesidad de conservar al joven de su lado. Su enfoque hizo eco en la Revolución Cultural china. "Debes rodear a los adultos mediante sus hijos -decía Saddam-. Debes colocar en cada esquina a un hijo de la revolución, con vista confiable y mano firme."
La foto de Saddam y hombres armados hasta los dientes; es el paisaje cotidiano para un chico iraquí. Abajo, vestido de seda blanca, corta una porción de torta el día de su cumpleaños
L a vida para las hijas es totalmente diferente. A cada paso sus suertes se veían malogradas por las travesuras de sus familiares masculinos. La matriarca de la tribu es Sajida, la primera esposa de Saddam, una rubia teñida que jamás se desprende de sus joyasy su grueso maquillaje. Sajida tiene roperos repletos de prendas traídas de Europa, donde predominan los colores chillones que destacan su enorme contextura de campesina.
En 1984, Saddam fue a un picnic de la escuela de su hija menor, Hala, donde conoció a Samira Shahbandar, maestra de su hija, una hermosa mujer procedente de una antigua familia de comerciantes de Bagdad, que se convirtió en su amante oficial y, más tarde, en su segunda esposa. El esposo de Samira, que era piloto, fue ascendido a director de la línea aérea iraquí por mantenerse a un lado amablemente.
El romance constituiría la primera ruptura real en la familia. El galanteo no tan discreto de Saddam enfureció a Uday, que creía que su madre había sido agraviada, pero no podía desafiar a su padre. En una cálida noche de octubre, en 1988, Uday explotó. Kamel Hanna Jejjo, el servidor predilecto de Saddam y su intermediario entre Samira (y también catador presidencial, una elección astuta de Saddam, puesto que el padre de Jejjo era su cocinero), asistió a una fiesta realizada por Suzanne Mubarak, la esposa del presidente egipcio, que se celebraba en una isla del Tigris. Jejjo comenzó a disparar con un rifle automático, nada fuera de lo común en Bagdad. Pero el ruido molestaba a Uday, que ofrecía su fiesta propia en las cercanías. Después de desatender los mensajes de Uday ordenándole que dejara de disparar, el hijo del presidente se abrió paso en la fiesta de Jejjo, llegó hasta él, lo golpeó con una estaca y le zapateó sobre la espalda hasta quebrarle la columna. Jejjo murió en el hospital esa misma noche.
Saddam estalló de ira. En un principio, amenazó con ejecutar a Uday, luego con encarcelarlo por tres años después de que intervino Sajida. Uday fue enviado en desgracia a Ginebra bajo el cuidado de su tío Barzan. El exilio duró un mes, hasta que amenazó con un cuchillo a un agente de policía suizo en un restaurante y fue deportado a su país de origen. "Uday nunca fue el mismo después de matar a Jejjo -dijo Allawi-. Antes era arrogante y hacía lo que quería, pero después había perdido el control. Era como si se hubiese enloquecido."
Sin que la reacción de Uday hacia su segundo matrimonio lo desanimase, Saddam escogió una tercera esposa. En la ciudad septentrional de Mosul, donde contrataban bailarinas y espectáculos cuando visitaba su nuevo palacio, se enamoró de una bailarina llamada Nedhal al-Hamdani, una bella jovencita con la que contrajo matrimonio.
Se comentaba que Sajida se había puesto furiosa en el pasado por las otras esposas y amantes de Saddam. Pero, al parecer, se había resignado recientemente, consolándose quizás con que ella aún es la esposa oficial con la que él aparece en los acontecimientos públicos. Por cierto, no pudo haberle molestado que Saddam le construyera su palacio propio en el barrio de Adamiya, en Bagdad, después de la Guerra del Golfo. Pero ella pasa la mayor parte del tiempo en su residencia palaciega en el Tigris, cerca de sus hijas.
Al parecer, hubo pocas expectativas respecto de las hijas de Hussein: Raghad, Rana y Hala. La educación para ellas se detuvo en el colegio secundario para niñas de Bagdad, pese a que Irak es uno de los pocos países árabes donde las mujeres, por rutina, van a la Universidad, son aceptadas en las profesiones y pueden llevar una vida relativamente libre. Las niñas fueron educadas por Sajida para ser esposas sumisas, aun cuando Sajida había tenido una carrera como maestra superior en la escuela primaria donde asistieron los cinco hijos de Saddam. Todos los martes, cuando los nombres de los mejores promedios aparecían en una lista, ahí estaban los niños Hussein.
Las tres hijas se parecen físicamente entre sí. No son bellezas, puesto que heredaron la contextura grande de su madre, pero tampoco les faltan pretendientes y saben cómo pasarla bien; sus pasatiempos incluían paseos en Mercedes por el resort en el lago Habbaniyah, con sus amigos, y gritar por las ventanillas. Sin embargo, su único y verdadero acto de rebelión es fumar, y Rana bebe. Sin la ambición de sus hermanos, cada una de las mujeres se casó con parientes, tal como era de esperar.
Raghad, la primera niña que tuvieron Saddam y Sajida después de dos varones, era la chochera de Saddam y la llamaba su beba; siempre fue su hija predilecta. La familia atribuía el espectacular ascenso de su esposo, Hussein Kamel al-Majeed, a la preferencia de Saddam por su hija mayor. Kamel ingresó en la familia empleado como guardaespaldas del presidente sin ningún tipo de educación, pero ascendió rápidamente después de su matrimonio. Antes de la Guerra del Golfo, Kamel, que apenas podía escribir, demostró su astucia al organizar la red extensiva de adquisición clandestina en el extranjero para los programas de armamento nuclear, químico y biológico.
Después de la guerra, en el caos de una rebelión que tomó el control de 14 de las 18 provincias de Irak, lideró el ejército para derrotar a los líderes rebeldes en las ciudades santas de Karbala y Najaf. Raghad llevó una vida cómoda: viajaba al extranjero con Kamel; mientras él compraba componentes para los programas de destrucción masiva de Irak en el mercado negro, ella adquiría ropa y joyas.
Pero en 1995 la relación de Kamel con Uday, que una vez más gozaba del apoyo de Saddam, hizo crisis. Ya había tensión entre los dos por el poder creciente de Kamel cuando la familia se había reunido en una fiesta en agosto en Tikrit. Durante una discusión con un primo, Uday le disparó a su tío Watban en la pierna. Saddam hizo la vista gorda, pese a que Watban fue herido con tanta seriedad que estuvieron a punto de amputarle parcialmente la pierna. Hussein Kamel vio la escritura en la pared: nadie estaba a salvo de este cachorro homicida. Esa misma noche, cargó a Raghad y a sus cuatro hijos en un Mercedes y escaparon a Jordania. Junto con él y su familia se fueron su hermano Saddam Kamel, Rana y sus tres hijos. Era la deserción más grave de Irak Saddam se sentía sacudido y humillado. En un arranque de ira, quemó la flota de vehículos lujosos de Uday guardada en el complejo presidencial de Bagdad. Pero al cabo de un año, Hussein Kamel se había desilusionado con su exilio: Occidente no tenía sentido para él. La oposición iraquí decía que tenía demasiada sangre en las manos como para ser considerado una alternativa para Saddam. Raghad también era infeliz, al parecer; se había cansado de Kamel para la época en que desertaron. Hastiada por su exilio y sin ser recibida por nadie en Jordania, les decía a sus visitas que lo odiaba cuando le preguntaban sobre Kamel. Se sentía apenada por su hijo mayor, Ali, que se lo pasaba dibujándolo a su abuelo Saddam, al que adoraba.
Luego, Kamel recibió un video de Saddam en el que le aseguraba que todo estaba perdonado. En febrero de 1996 regresó a Irak con su familia, pero al llegar a la frontera y encontrarse con un sonriente Uday con lentes de sol y traje estridente que lo aguardaba, debió haber sabido que todo había terminado.
En 48 horas, la televisión iraquí anunció que Raghad y Rana se habían divorciado de sus respectivos esposos. En otras 48 horas, Hussein y Saddam Kamel estaban muertos. Uday y un grupo de hombres armados irrumpieron en la residencia de los Kamel, y les dispararon a los dos hombres, a su padre anciano y a varios sobrinos y sobrinas de Hussein Kamel. Ali Hassan al-Majeed, el tío de los hermanos Kamel, conocido como el Químico Ali por haberles arrojado armas químicas a los kurdos para detener una rebelión anterior, le narró a Saddam cada paso de lo acontecido por su teléfono celular, luego caminó por encima del cuerpo de Hussein Kamel y le dio un tiro en la cabeza.
La matanza dejó a la familia profundamente dividida. Sajida y sus dos hijas, ahora viudas, se refugiaron en Tikrit. Las hijas se rehúsan a hablar con el padre. El hijo mayor de Raghad, Ali, está de gran duelo por su padre y también se niega a hablar con su abuelo.
El enlace de Rana con Saddam Kamel había sido por verdadero amor y se dijo que aquélla estuvo al borde de un colapso nervioso cuando le informaron que su esposo había sido asesinado por su hermano mayor. Se recluyó en una vida similar a la de los ermitas, ve sólo a su madre, a sus hermanas, a sus tres hijos y a un espiritualista. Mientras tanto, Uday tomó a una desafortunada prima al-Majeed de 16 años, Najah, como segunda esposa para reparar las grietas de la familia.
Es el destino de las mujeres Hussein, condenadas a ser peones maritales en el juego asesino de sus hombres; ésta es quizá la parte más dolorosa de esta tétrica historia.
La niñez de Saddam explica en gran medida el hombre en el que se convirtió y la familia que él mismo formó. Nació el 28 de abril de 1937 como Saddam Hussein al-Majeed al-Tikriti en un mundo árido y primitivo. Su hogar era una choza de ladrillos de barro, como las demás del pueblo de al-Ouja, en las afueras de Tikrit, una deprimente localidad a orillas del río Tigris, a aproximadamente 160 kilómetros de la capital, Bagdad. Era una comunidad de granjeros que criaba ovejas y transportaba sandías hasta la capital en kayaks (canoas). No había caminos pavimentados, cloacas ni electricidad. La familia vivía en un sector de la casa y los animales, en otro. Quemaban estiércol de vaca para emplearlo como combustible.La vida era difícil para todos, pero aún más dura para Saddam. Su biografía oficial dice que su padre murió antes de que él naciera, pero aquellos que conocían a la familia dicen que el padre de Saddam, Hussein al-Majeed, abandonó a su madre, Subha al-Tulfah, y a su hijo que estaba en camino. Aunque ella pronto volvió a contraer matrimoniocon Ibrahim Hassam, ante los ojos de la comunidad Saddam era ilegítimo, una profunda vergüenza en la tradición del mundo rural iraquí de 60 años atrás. Los niños del vecindario se burlaban de él, y su padrastro no ocultaba su odio hacia el muchacho.
En una extraña entrevista, Saddam recordaba cómo su padrastro lo despertaba al amanecer gritándole: "¡Levántate, hijo de p..., anda a ocuparte de las ovejas!" Ibrahim se quejaba: "No lo quiero, es hijo de un perro". Saddam tuvo su primera arma a los 10 años. Cesaron las burlas. Era una lección temprana. Saddam recibió educación -fuera de lo común para un niño de pueblo- gracias a su tío Khairallah Tulfah, que lo llevó consigo y lo envió a la escuela con su hijo Adnan Khairallah. Tulfah, el hermano de Subha, era la única imagen paterna que tuvo Saddam. Hermano y hermana comprometieron en matrimonio a sus hijos, Saddam y Sajida, cuando aquél tenía 5 años.
El poder de Saddam se sustenta en una política de terror; de esa forma, el dictador se cobra una infancia de abandono. Uday, abajo, convaleciente, no dudó en matar al marido de su hermana
Seis años más tarde, Tulfah se mudó a Bagdad. Saddam tenía para ese entonces 11 años, era un niño grande para su edad y la vida lo había endurecido como el bastardo del pueblo. La familia vivía en un barrio de la capital donde se habían radicado todos los Tikrits del Norte. Saddam comenzó a trabajar como inspector en una línea de ómnibus que unía Tikrit con Bagdad. A los 14 años cometió su primer homicidio: le disparó a un familiar en Tikrit y huyó a Bagdad. Tulfah, para ese entonces un pequeño hombre de negocios y ratero, recibió al niño y le aconsejó que se escondiera durante un tiempo hasta antes de comenzar el colegio en la capital. Saddam no tenía remordimientos y, por el contrario, se jactaba del asesinato. Un par de años más tarde le rechazaron el ingreso en la prestigiosa academia militar de Bagdad, pero fue por sus bajas calificaciones y no por su actividad delincuencial que quedó afuera.
Se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad de Bagdad y se afilió al Partido Baath, un grupo nacionalista civil cuya principal doctrina era la unión del mundo árabe en una nación. Saddam emergió como el fuerte del campus, a quien llamaban para golpear a los rivales. No tuvo participación en el golpe del ejército de 1958 que derrocó a la monarquía iraquí. Pero se debe de haber enterado del precio de perder el poder en un país desafortunado como Irak: el joven rey Faisal fue asesinado de un tiro y el primer ministro, descuartizado, y las piezas arrastradas por las calles de la ciudad.
Fue la reputación de Saddam como muchacho pendenciero más que su puesto en el partido lo que llevó a los líderes de Baath a incorporarlo a una cuadrilla para asesinar al general Abdel Karim Qassem, el popular presidente que había desalojado a la monarquía. Aunque al alumnado iraquí se le enseña ahora que su presidente se comportó heroicamente, por cierto el intento, que fracasó, fue un estudio en ineptitud. A Saddam lo golpearon en la pierna y huyó del país. La leyenda cuenta que se quitó una bala del muslo; en realidad, un doctor de buenos sentimientos atendía a los supuestos asesinos. El cuento tiene una apostilla: el año último, Saddam ejecutó al médico que lo salvó, acusándolo de conspirar para un golpe. Las deudas personales son un lujo del que Saddam no hace uso.
Permaneció exiliado en Egipto durante cuatro años. Cuando los partidarios de los Baath y otros funcionarios nacionalistas derrocaron a Qassem, en 1963, Saddam regresó y se adhirió a uno de los líderes golpistas, el general Ahmed Hassan al-Bakr, un viejo primo de Tikrit. Para 1964, Saddam se había convertido en el organizador de jornada completa del ala civil del Partido Baath, y comenzó a ubicar a miembros de su familia en puestos clave. Dos años más tarde, un contragolpe desplazó a los baathistas. Luego, el 30 de julio de 1968, el partido tomó el control de Irak con al-Bakr como presidente. Saddam acaparó una formidable cartera de títulos que finalmente le darían mayor poder que el jefe de Estado, e instaló a sus medio hermanos -Barzan, Watban y Sabawi al-Tikriti- en puestos jerárquicos en las fuerzas de seguridad. Para 1976, Saddam manejaba virtualmente a Irak, pese a que Bakr era aún el presidente. El bastardo de al-Ouja comenzó a reparar los antiguos desaires. El rechazo de la academia militar de Baghdad fue corregido, e hizo que su árbol genealógico fuese reescrito para mostrar su descendencia directa del profeta Mahoma.
Después del boicot árabe en Occidente, que comenzó como una protesta contra el apoyo norteamericano a Israel en la guerra árabe-israelí de 1973, los precios del petróleo subieron meteóricamente en un 70%. La riqueza del petróleo transformó a Irak, aunque gran parte del dinero fue a parar directamente a los bolsillos de los que estaban en el poder. Las antiguas familias de Bagdad estaban horrorizadas: los campesinos de Tikrit habían tomado el poder y no había nadie que hiciera mayor ostentación que la familia de Saddam al mostrar sus nuevas riquezas.
En 1979, Saddam hizo a un lado a al-Bakr y se nombró a sí mismo presidente. Sus rivales fueron trasladados a un sótano donde posteriormente fueron fusilados por una cuadrilla en la que participó el propio Saddam y altos funcionarios del partido. El pobre muchacho de Tikrit se había asegurado el poder que siempre persiguió. El poder estaba en manos de los bárbaros.
H oy, debido a todos los intentos por parte de Occidente para debilitar su régimen, el dominio de Saddam en el poder de Irak parece invencible. El único interrogante es: ¿cuál de los hijos heredará el mando? Como el comportamiento de Uday se volvió cada vez más impredecible durante la década del ochenta, su hermano menor, Qusay, comenzó a emerger como una figura cada vez más poderosa. Saddam le confió a Qusay tareas delicadas dentro de las fuerzas de seguridad que jamás antes se le habían ofrecido -o quizá, jamás las había deseado- al más brillante de Uday. Qusay contrajo matrimonio con Saher Maher al-Rasheed, hija de uno de los generales de Saddam, con quien vivió apaciblemente junto a sus dos hijas. Se separaron después de la Guerra del Golfo.
Sin embargo, los acontecimientos trágicos de esa guerra hicieron que Uday comenzara a recuperar la confianza de su padre. La invasión de Saddam a Kuwait en agosto de 1990 fue una decisión desastrosa. El consiguiente bombardeo aliado destruyó la infraestructura de la ciudad y las sanciones establecidas por las Naciones Unidas sobre las exportaciones de petróleo dejó su economía en ruinas. Después de su derrota en 1991, Saddam se volcó más a su círculo íntimo, compuesto sólo por sus parientes más cercanos.
Pero Saddam no sólo se aseguró el control de Irak una vez más: comenzó con un programa para la construcción de elaborados palacios. Los inspectores de las Naciones Unidas lo acusan ahora a Saddam de ocultar armas químicas y biológicas en estas suntuosas residencias, a las que se prohíbe su entrada, lo que despertó una crisis que podría terminar en otro bombardeo norteamericano-británico sobre Irak. El año último, la revista Forbes lo colocaba a Saddam en una lista como la quinta persona más rica del mundo, con una fortuna estimada en cinco mil millones de dólares.
Los seguidores de Saddam lo idolatran. Un grupo de manifestantes utiliza como pancarta una foto familiar, su cara es un telón de fondo en Bagdad
Uday también prosperó después de la guerra: obtuvo millones del mercado negro que surgió para evitar las sanciones de las Naciones Unidas, recaudando 400.000 dólares por día de whisky, cigarrillos y del comercio ilegal de petróleo. Con su barba de diseñador, camperas de cuero y cigarros de marca, parece una presencia siniestra en Bagdad. Recuerdo el escalofrío que corrió por los comensales de un restaurante en el momento en que ingresó Uday: las familias con hijas pagaron con mucha discreción y abandonaron inmediatamente el lugar. Uday inauguró el diario Babel y la Televisión de la Juventud iraquí. En una Bagdad sedienta de espectáculos, comenzó con carreras de automovilismo y asistía a partidos de fútbol. Los rumores sobre los extremos de Uday parecían imposibles de creer hasta la llegada reciente del exilio de Latif Yahia, a quien Uday obligó a someterse a una cirugía plástica porque éste deseaba un doble. Cuando conocí a Yahia en Viena, me describió todos los detalles del horripilante entorno privado del primogénito del presidente. Videos sobre torturas eran la distracción de la semana; en este momento, el pequeño que era llevado por su padre a presenciar mutilaciones contaba con celdas de tortura propias en el sótano de los cuarteles olímpicos. Cuando a Uday le dispararon ocho veces en diciembre de 1996, Saddam demostró poca compasión. Uday regresó del hospital el junio último con heridas que redujeron su efectividad política -Irak sería un país difícil de gobernar desde una silla de ruedas-, pero le dejaron una insaciable sed sanguinaria. En un mes había asesinado a un guardaespaldas y a una muchacha con la que no pudo concretar el acto sexual. Una bala aún alojada en la columna lo dejó impotente.
En noviembre de 1997, con Irak enredada en una confrontación con Estados Unidos sobre los equipos de inspección de armas de las Naciones Unidas, le escribió a su padre rogándole perdón. Al parecer, Saddam se compadeció de su hijo mayor, o quizá pensó que era mejor tenerlo dentro de la carpa. El presidente iraquí le dio a Uday el control de una fuerte milicia de 30.000 hombres llamada Saddam´s fedayeen , que se traduce grosso modo como aquellos dispuestos a morir por Saddam .
Uday pudo haber regresado al rebaño, pero su estado de ánimo no es más conciliatorio. Se dijo que se había enfurecido con Qusay, que es el jefe de la organización responsable de la seguridad de la familia, por no haber atrapado a los que le dispararon. Nadie descarta otra lucha encarnizada en la familia de Saddam Hussein, esta vez por el título de heredero.
Texto: Marie Colvin
(Traducción: Andrea Arko)
(c) LA NACION y The Sunday Times





