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Por qué algunos hijos adultos se ocupan más que otros de sus padres mayores representa una pregunta frecuente. Cuando los adultos envejecen, los lugares asignados dentro de la estructura familiar cambian: un hijo puede llamar todos los días o acompañar a sus progenitores al médico, mientras que sus hermanos mantienen una presencia menor o nula en la vida diaria de ellos.
El Within-Family Differences Study, un prestigioso proyecto dirigido por la socióloga Jill Suitor en la Universidad Purdue, analizó durante largos años a numerosas familias. Los datos demostraron que las madres distinguen con absoluta claridad a sus hijos, ya que seleccionan a quienes comparten valores y perspectivas similares sobre la vida, realidad que evidencia que la llegada a la madurez no borra las preferencias familiares construidas originalmente durante la infancia.
A su vez, evaluaron a 309 familias para medir los efectos directos del favoritismo materno. Los resultados indicaron que los hijos perciben tales diferencias y experimentan consecuencias emocionales, tales como diversos síntomas depresivos, debido a que la comparación constante con los hermanos persiste décadas después de la niñez temprana.
Sin embargo, el cuidado cotidiano responde a múltiples factores más allá de la cercanía emocional. La distancia geográfica, el empleo, el género, las responsabilidades personales y la disponibilidad horaria determinan quién asume las tareas principales de asistencia. Un hijo puede sentir un profundo afecto, pero residir a miles de kilómetros de distancia. Otro puede mantener un vínculo complejo, pero vivir muy cerca de la casa familiar. Por eso, la frecuencia de las visitas no refleja fielmente la historia emocional completa ni define toda la relación filial.

Además, los científicos estudiaron el concepto de ambivalencia intergeneracional, es decir, el fenómeno que explica la coexistencia de sentimientos contradictorios. Un hijo ama a su madre y simultáneamente experimenta frustración, mientras que otro cuida a su padre por afecto, pero considera injusto el escaso aporte de sus hermanos. Ante la necesidad de asistencia, cada grupo familiar negocia estas tensiones y distribuye tareas cotidianas bajo presiones intensas.
En ese sentido, es que los psicólogos coinciden en que comprender estas dinámicas ayuda a desarmar mitos sobre la vejez y la familia moderna.




