Los vecinos se llevaban los ladrillos: la demolición de un templo y una figura de la elite argentina en la construcción de la Catedral de San Isidro
El primer templo dedicado al santo homónimo del partido lo construyó Domingo de Acassuso a principios del XVIII; a fines del XIX, Mercedes Aguirre de Anchorena jugó un papel clave en la construcción de la iglesia que se convirtió en la Catedral
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Se cruzan las puertas de madera maciza. Se mira hacia arriba y la altura hipnotiza. A los costados, los confesionarios forman fila, los vitrales abiertos reflejan tonos verdes, rojos, azules en sus techos. Las ventanas narran pasajes de la Biblia, y a la izquierda de la entrada, una placa, entre otras varias, dice: “A la memoria de la señora Mercedes Aguirre de Anchorena, ejemplo de caridad, modelo de virtudes, generosa y constante protectora de este templo. Las comisiones de la obra del mismo consagran este homenaje. Julio 13 de 1902”.

“Este templo” es la Catedral de San Isidro. La iglesia se erige en el mismo espacio en donde los vecinos veneraron a Dios desde el siglo XVIII. Hubo cambios, por supuesto: demoliciones y nuevos levantamientos, pero ahí, frente a la actual Plaza Mitre, en esa especie de isla que forman las calles Padre Menini, Anchorena y Beccar Varela, el fundador del barrio que hoy es ciudad, Domingo de Acassuso, designó un patrono, dio la fe y el templo.
Quizás, lo que menos se imaginó es que, con los años, en ese mismo espacio se construiría la catedral. Quizás tampoco se imaginó que gran parte de ese logro se lo deben a aquella persona de la placa: Mercedes Aguirre de Anchorena. Pero para verla entrar en escena, primero hay que ir más atrás.

Un sueño y un augurio
A principios del siglo XVIII, el comercio acercó al capitán vizcaíno Acassuso hasta Buenos Aires. Pronto se asentó y se convirtió en vecino de lo que por entonces se conocía como el Pago de Monte Grande, también conocido como de la Costa. Una tierra que se usaba principalmente para el cultivo de trigo, que se labraba.

Según material consultado en el Museo, Biblioteca y Archivo Histórico Municipal de San Isidro “Dr. Horacio Beccar Varela”, Acassuso dejó escrito un texto con fecha el 14 de octubre de 1706: “Yo tengo especial devoción con el señor San Isidro Labrador, por lo cual y el deseo que me asiste de celebrar su fiesta, he resuelto erigir una capilla que a un mismo tiempo sirva para que los vecinos y moradores del Pago de Monte Grande logren el bien de tener misa todos los domingos y días de fiesta…”.
Por otro lado, la página web del municipio agrega: “Según un relato que popularizó su descendiente Mariano Pelliza, [Acassuso] patrullando el Pago de la Costa, decidió descansar bajo un espinillo, donde se quedó dormido y, en tal, sueño, se le apareció San Isidro Labrador, quien le auguró el logro de una gran fortuna y le encomendó, cuando llegara ese momento, la fundación de una capilla en aquel paraje. Al despertar, hizo voto de cumplir con el pedido del santo madrileño, ni bien se lo permitiera su riqueza futura. Aquel sueño habría ocurrido más o menos donde hoy se levanta la catedral de San Isidro o en sus inmediatas cercanías. Una vez adquirida la esperada riqueza, Acassuso cumplió su promesa”.

No hay que imaginarse nada ostentoso, no todavía. Acassuso construyó primero una capillita provisoria. Los mismos documentos del archivo municipal cuentan que era “muy pequeña, de barro y adobe con techo de paja a dos aguas, piso de tierra y blanqueada” que él mismo llevó a cabo en 1694, mientras obtenía la licencia eclesiástica para fundar la capellanía y erigir el nuevo templo.
Catorce años después, en 1708, se terminaba la edificación de una capilla mejor, pero aún modesta.
El pueblo no tardó mucho en crecer. Tal es así que ya para 1714 la iglesia empezó a quedar chica. Había que agrandarla: se usó ladrillo y cal, le pusieron un pórtico, agregaron el coro alto, una sacristía y una torre. El día de la primera misa, un 24 de abril de 1720, hubo una procesión de vecinos y figuras reconocidas alrededor de la obra.

Los documentos detallan: “Aquella iglesia, de muy mala arquitectura por cierto, subsistió milagrosamente más de un siglo, mediante sucesivos y cada vez más frecuentes arreglos y refacciones que evitaban o postergaban su derrumbe. En 1875 todavía se le agregó una segunda torre con otra campana y reloj, ornamentación que aumentó aún más las posibilidades de una verdadera catástrofe [...]. De tal manera, la vieja iglesia se mantuvo en pie por otros 20 años hasta que, en 1892, los mismos vecinos solicitaron su demolición y la construcción de un nuevo templo”.
“Dar hasta que duela”
Pero no querían cualquier templo: querían que el nuevo fuera “uno de los mejores del país”. Hubo opiniones encontradas, como siempre: que se demoliera la iglesia y se levantara ahí una nueva; que se mantuviera la vieja y se creara otra en sus inmediaciones. Los vecinos no parecían ponerse de acuerdo.

Se terminó creando la Comisión Pro Templo. Se decidió tirar el viejo edificio y construir de cero en el mismo espacio. La comisión tenía el fin concreto de recolectar fondos: el proyecto al que apuntaban era enorme y no había tantos recursos económicos.
En este contexto resultó crucial el papel de Mercedes Aguirre de Anchorena, una “bienhechora” que ya era conocida por su altruismo, por su ayuda desinteresada: “Todos sabían de su generosidad, conocían muchas de sus obras hechas con entrega y humildad y por eso la propusieron en forma unánime”, cuenta Olga María Oberti de Archideo en el texto “Mercedes Aguirre de Anchorena en el centenario de la consagración del templo parroquial”.
Mercedes pasó, entonces, a presidir la comisión. La acompañaban más mujeres: su hija María de Anchorena, María Luisa Arteaga de Bunge, Isabel de Anchorena, Dolores Anchorena de Elortondo y más. Ya había trabajado en distintas obras “de bien”: colaboró con la iglesia Nuestra Señora de la Merced, organizó y formó la Sociedad de San José, dedicada a la ayuda social y a la promoción y asistencia a las mujeres de bajos recursos. También participó de la Hermandad de Señoras del Santísimo Sacramento para realizar obras de embellecimiento y restauración de la Catedral Metropolitana.

En varios documentos se remarca una frase con la que estas mujeres, encabezadas por Mercedes, se calzaron la labor de donar y buscar donaciones: “Hay que dar hasta que duela”. Y, según los mismos documentos, “el pueblo de San Isidro realizó un enorme esfuerzo económico para levantar el magnífico templo que los congregaría a todos por igual”.

Colaboraron tanto los más ricos como los más humildes. Pero la contribución más importante, según el libro de aportes, fue, justamente, la de Mercedes y su esposo Pedro de Anchorena: $88.655,50 de entonces. Los Anchorena veraneaban en San Isidro, como era muy común en esa época. De hecho, vivieron en lo que hoy es el edificio del colegio San Juan el Precursor, frente a la Catedral. Mercedes “pudo seguir muy de cerca su construcción”.
El nuevo edificio
El informe de esa época decía que el nuevo templo debía tener “la amplitud suficiente en previsión de las necesidades futuras acorde con la tradición católica del pueblo de San Isidro”. Se buscaron proyectos grandiosos, enormes. De ahí que se necesitara recaudar fondos.

El que se aceptó por unanimidad fue el que presentaron los arquitectos Jacques Dunant y Charles Paquin. El mismo informe estipulaba las principales características: una superficie de 1300 metros cuadrados, 60 de largo y 18,15 de ancho. El doble del edificio anterior. La estructura se sostendría por un armazón metálico. La punta de la torre iba a alcanzar una altura de 68,65 metros. Paredes de piedra y ladrillo. Vitrales y rosetones góticos, esos que hoy se reflejan en los techos de los confesionarios. Una visión que es parte de la historia.

El 16 de junio de 1895 se celebró la última misa en el viejo templo. El 17, un día después, se lo demolió. Los vecinos se llevaban los ladrillos, observaban cómo la iglesia que cumplía más de un siglo de vida desaparecía de golpe.
El 29 de septiembre del mismo año comenzó el proceso de construcción del nuevo edificio, con la ceremonia de la Bendición y la colocación de la Piedra Fundamental. El padrino designado fue el gobernador de la provincia, Guillermo Udaondo, y la madrina, Mercedes de Anchorena.

En 1898, solo tres años después, abrió al público, pero las obras no habían concluido: recién se consagró el 20 de octubre de 1906. Mercedes no llegó a ver terminado el templo: murió el 13 de julio de 1902, como reza aquella placa en la Catedral. “Su muerte sacudió el sentimiento nacional y repercutió dolorosamente en San Isidro”, dice Omberti de Archideo.
“Retirar todos aquellos elementos que distrajeran la atención de los fieles”
El 14 de julio, día de su sepelio, el diario LA NACION publicó: “En la madrugada de ayer dejó de existir la Da. Mercedes Aguirre de Anchorena [...] cuya noble existencia fue dedicada por completo a hacer el bien y derramar a su alrededor a aquellos que lo necesitaban el bálsamo de su bondad sublime, el alivio de su filantropía inagotable. [...] El pueblo de San Isidro le debe en su mayor parte la mejor obra de embellecimiento que cuenta: el hermoso templo gótico, en cuya construcción la respetable dama ha invertido más de cuarenta mil pesos. En esta localidad donde pasaba el verano con su familia, hacía igualmente grandes donaciones para los pobres, que hoy lamentarán de todo corazón su fallecimiento”.

Poco más de 50 años después de la consagración del templo, precisamente el 11 de febrero de 1957, este se transformó en Catedral de la diócesis, reconocida así por el Gobierno a través de un decreto.
En todos estos años pasó por varias remodelaciones. Por ejemplo, el techo de pizarra original se modificó por uno de cobre, luego de que empezara a filtrarse el agua. Además, en 1965 confluyó la necesidad de reparar deterioros en la mampostería, renovar el sistema eléctrico y sonoro, y modernizar la casa parroquial. Entre 1962 y 1965 se llevó a cabo el Concilio Vaticano II. A partir de este, las reformas se centraron, además, en “retirar todos aquellos elementos que distrajeran la atención de los fieles”.
Se quitaron los ornamentos interiores y exteriores, los ocho altares, más de 70 imágenes. Se construyó el altar central y se preservaron los íconos de la Virgen, de San Isidro, San José, y la cruz.
Desaparecieron muchas cosas: pináculos, florones, balaustradas, arañas y candelabros, zócalos, elementos que por muchos años marcaron una identidad propia en el templo. Más adelante, también hubo que modificar la torre por cuestiones de infraestructura y mantenimiento.

Hay mucho, muchísimo, de lo que conformaba esa parte de la historia del barrio que ya no se encuentra ahí. Algunos vecinos todavía recuerdan ese antes con un dejo de nostalgia. Pero hay algo inmutable: el agradecimiento eterno a Mercedes, su recuerdo en las paredes de la Catedral.
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