
Luz, cámara... derechos
Desde 2005, chicos de todo el país reflexionan, debaten y filman cortos en video sobre los temas que más les preocupan. Promovido por Unicef Argentina, el proyecto Un minuto por mis derechos impulsa un posible mapa audiovisual de la niñez y la adolescencia en nuestro país, además de ser una interesante alternativa educacional
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Cómo muestro en un minuto cien años de historia?”, se pregunta Lorena (15) en La Quiaca, a 3442 metros sobre el nivel del mar y escasa distancia de la frontera con Bolivia. La rodean unos diez adolescentes, todos participantes del proyecto Un minuto por mis derechos, que, promovido por Unicef Argentina y llevado a cabo por la Fundación Kine Cultural y Educativa, propone un desafío para nada sencillo: hacer referencia a alguno de los artículos de la Convención sobre los Derechos del Niño en un video de sólo 60 segundos de duración. Un prodigio de síntesis en el que los chicos deben aplicar tanto sus habilidades con la cámara como su capacidad de reflexión. A muchos, como en el caso de Lorena, la noción de “derecho vulnerado” los lleva a pensar en su historia, la de su familia y la de una larga sucesión de identidades culturales silenciadas. Otros se interrogan por la incertidumbre laboral, el alcoholismo, la falta de incentivos profesionales, el abuso físico, las dificultades para conciliar trabajo y escuela. Los temas varían enormemente, tanto como los orígenes y las edades de los participantes (en general, entre 12 y 21 años).
Durante cinco meses los jóvenes realizadores refinan su conocimiento del lenguaje audiovisual, desarrollan pensamiento crítico y debaten, hasta que sienten que están en condiciones de comenzar a filmar. La experiencia se desarrolla desde 2005 en distintos puntos del país y tiene su momento cumbre en octubre, con la presentación de los videos en una multitudinaria función, a la que acuden chicos de toda la Argentina. Este año tendrá lugar el martes 9 de octubre en la ciudad de Buenos Aires, en el marco del IV Festival Iberoamericano de Cortos “Imágenes Jóvenes en la Diversidad Cultural”. Gladys Acosta Vargas, representante de Unicef Argentina, afirma que “en todos los casos, los resultados sorprenden. Nos muestran que, aun en medio de la adversidad, los chicos pueden encontrar la luz”.
Toma 1. Jujuy
“¿Cómo esto no se hizo cuando yo era niño?”, pensó Marcelo Cáceres, secretario de Acción Social y Deporte del Municipio de Humahuaca, la primera vez que vio una función de videominutos. “Estos cortos muestran nuestra realidad. Nuestra forma de pensar, los problemas que vivimos”, se entusiasma, en referencia a Lápices, Crecencio, Niña y otras pequeñas maravillas realizadas por el mismo grupo de niños y adolescentes humahuaqueños que en mayo de este año ganó el concurso internacional Media Magic - Make a difference! One-Minute Video Contest, organizado por Unicef Nueva York (ver recuadro).
La gran impulsora de estos trabajos es Aldana Loiseau, fotógrafa y gran conocedora del quehacer cinematográfico. Convocada hace dos años por la Fundación Kine Cultural y Educativa, comenzó a trabajar con los videominutos en el Centro Cultural Casa del Tantanakuy. Aldana es de las que ponen paciencia de orfebre en la tarea docente: por medio de dibujos, libros de fotografía, cuestionarios y dramatizaciones, ayuda a los chicos a salirse de los clichés, trabajar con los prejuicios, ir cincelando la idea rectora del videominuto. Así surgió ¿Qué es normal?, un corto entre la ficción y el documental hecho por videastas de alrededor de 12 años, a partir de una investigación sobre el consumo del alcohol en Humahuaca. Con el formato de una encuesta televisiva, los chicos muestran las diversas aplicaciones que se le dan a ese producto, desde el uso medicinal, ritual (filman la celebración de la Pachamama) y festivo (llevan la cámara a un baile) hasta los abusos que conducen a la autodestrucción. Así, transitan desde lo sanitario hasta lo cultural, mostrando el problema del alcoholismo sin recortarlo del contexto. Todo, en apenas un minuto. “El gran trabajo es buscar lo que es invisible a los ojos en la cotidianidad”, asegura Mariela Cazón, docente de lengua y literatura que incorporó el taller de Aldana en su trabajo con alumnos de quinto año. Entre las dos, les enseñaron narrativa audiovisual, trabajaron la problemática de los derechos y lograron buena parte del objetivo: videos en los que se plantearon temas que los adolescentes no suelen ver como propios, como la discriminación de género o la violencia sexual. “Logramos también que comenzaran a tener una percepción más amplia sobre quienes los rodean –se entusiasman–. Ver que existen otros jóvenes, que no todo termina en la cumbia.”
Este año, Aldana decidió ampliar el margen de acción. Junto con Soledad Fernández (otra tallerista), se instaló durante una semana en Caspalá, pequeña localidad ubicada entre cerros, a unos 300 km de la capital provincial. Allí surgieron otros temas: el difícil acceso a los medios de comunicación, el derecho a tener energía eléctrica. Con semillas y frutos de la zona, un grupito realizó un video de animación en el que un cable atraviesa caminos y montañas hasta culminar en un amarillo y brillante grano de maíz: la lamparita de luz. Aldana y Soledad también se vincularon con un Centro de Actividades Juveniles dependiente del Ministerio de Educación radicado en una escuela secundaria de La Quiaca. Descubrieron que, paradójicamente, el tema más difícil de trabajar allí era el de la frontera. Hasta que, muy de a poco, los chicos comenzaron a hablar de la discriminación, la dificultad para reconocer a los familiares bolivianos (lejanos o no tanto), los orígenes collas, las contradicciones de lo multicultural. Hallazgos que le hicieron decir a la quinceañera Lorena, mientras aún buscaba un relato para su video: “Está bueno tener más confort. Está bueno usar protector para no tener cáncer de piel. Pero no está bueno ocultar tu color de piel”.
Toma 2. Buenos Aires
Es un tranquilo sábado por la mañana en Longchamps. Pero en una de las aulas de la Escuela N° 64 todo es actividad. Varios chicos de entre 11 y 16 años se turnan para tomar una cámara, filmar pequeñas escenas, organizar minimalistas escenografías a partir de bancos, tizas y pizarrón. El “director” de cada filmación es Pablo, que pese a tener 18 años trata a sus compañeros de menor edad con el respeto debido a todo colega de trabajo. La tallerista Cynthia Judkowski, junto con algunos asistentes, supervisa al grupo casi sin intervenir. “Trabajan solos, ¿te das cuenta?”, comenta en voz baja. Efectivamente, el grupo posee una asombrosa autonomía. Varios de los chicos hacen teatro en El Borde, centro cultural de la zona que colabora con el proyecto de los videominutos. La sinergia entre ambas iniciativas es evidente. Los chicos lanzan improvisaciones con tanta naturalidad como discuten entre ellos la pertinencia de un travelling o un primer plano. En el taller también se habla de los derechos del niño, y de eso se trata el ejercicio en el que están inmersos hoy. “Tienen que filmar pequeñas escenas que hablen de derechos «inventados» por ellos –cuenta Cynthia–. La idea surgió a partir de un ejercicio anterior, en el que adolescentes y niños intercambiaron sueños, problemas y emociones e hicieron breves filmaciones con ese material.” Fue entonces cuando Alan, de 12 años, propuso hacer lo mismo, pero con derechos inventados. “A nosotros nos pareció que podía ser una buena manera de seguir trabajando con estos conceptos”, concluye Cynthia. Los listados que surgieron de ambos ejercicios son conmovedores. Si entre los “sueños” aparece “alguien que te quiera” o “dar aquello que no tuviste”, entre los “problemas” se menciona “trabajar en el momento en que queremos estudiar”. ¿Y cuáles son los derechos que ellos proponen “inventar”? Cosas como “derecho a no ser manipulado”, “a jugar”, “a que en la escuela no haga frío”.
A pocos kilómetros de allí, en la ciudad de Buenos Aires, chicos algo mayores también piensan cómo traducir en imágenes sus sueños, temores y problemas. Son los participantes del taller que funciona en la Escuela de Enseñanza Media del distrito 19, que abarca la zona de Villa 1.11.14, Barrio Illia y Barrio Rivadavia. Al frente de la experiencia está Diego Jaimes, también coordinador del Proyecto Adolescentes Bajo Flores que, con el lema “En Bajo Flores pasan otras cosas”, impulsa la enseñanza de oficios, prácticas artístico-culturales y deportes.
En el taller de video se trabaja duro con los guiones. Bernardo, cineasta recientemente incorporado al proyecto, orienta la escritura. La discriminación, la violencia y la pérdida de amigos a manos de la droga son los grandes temas. Los peores fantasmas que penden sobre este grupo de jóvenes de entre 14 y 21 años. El fútbol, en cambio, es el gran sueño, la imagen de una vida diferente que aparece en casi todas las propuestas de guión. “Pensemos un poco –sugiere Bernardo–. ¿Qué pasa con el fútbol? ¿Por qué según todos es la salvación?” No hay respuesta inmediata, pero Bernardo, como tantos otros talleristas, sabe que se trata de eso: de trabajar a partir de lo que los adolescentes traen, en especial sobre cuestiones muy concretas, y dejar que la reflexión se desarrolle a su ritmo. “Con los talleres vas pensando en otras cosas”, asegura Medero (19), que quiere filmar un corto con la historia de un amigo que se hizo adicto, “para que los chicos que lo vean no se dejen llevar por la droga”. Por su parte, Marilyn (20) está trabajando, junto con otras chicas, sobre la discriminación en los boliches, cuestión altamente sensible entre los chicos de la zona. “Me emociona saber que vamos a hacer un video que muestre eso”, asegura.
Toma 3. Un mosaico audiovisual
Identidad cultural en el Norte; escolaridad plena en la provincia de Buenos Aires; discriminación y adicciones en un barrio porteño. Cada región señala algo diferente; los universos adolescentes o infantiles aportan sus propios lenguajes, los docentes acompañan y aportan lo suyo. Aunque las herramientas de base sean las mismas, los videominutos cambian de estética y temática según el lugar donde hayan sido realizados. “Estas obras son un claro testimonio de lo que piensan, sienten y desean las nuevas generaciones”, asegura Alina Frapiccini, directora general de proyectos de la Fundación Kine Cultural y Educativa. Este año, la experiencia se llevó a cabo en diez provincias, con veinte talleres en los que participaron 550 jóvenes. El resultado: 88 videominutos que abordan casi todos los géneros cinematográficos (documental, animación, videoclip, docudrama) y traducen las voces, los rostros y las inquietudes de chicos de Jujuy, Chaco, Tucumán, Neuquén, Buenos Aires, Misiones, Salta, Corrientes y Tucumán, entre otros. El Programa Nacional de VIH del Ministerio de Salud, el Ministerio de Desarrollo Social, el Inadi y el área de género del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sumaron esfuerzos y brindaron capacitación a los encargados de los talleres. Para los organizadores, la difusión de los cortos en festivales y medios de comunicación significa la posibilidad de sensibilizar a la población en el tema de los derechos vulnerados de la infancia y adolescencia. Para los jóvenes participantes, la realización en sí misma es una oportunidad de aprendizaje, de acceso al concepto de ciudadanía y de poner en juego uno de los lenguajes con el que mejor se llevan, el de las imágenes electrónicas. “Cada niño es un factor de cambio –dice Acosta Vargas–. A principios de los 90 nos dimos cuenta de que todo se hacía “para” ellos. Y decidimos dejarlos actuar. Como adultos, nos ha hecho mucho bien empezar a ser más humildes."
dfernandez@lanacion.com.ar
Los orígenes
Surgido de la experimentación, el videominuto pronto demostró ser un soporte apropiado para la formación audiovisual de niños y adolescentes. Por eso, en 2002, Unicef, European Cultural Foundation y Sandburg Institute lanzaron The One-Minutes Jr., iniciativa que redundó en talleres, festivales y cientos de obras realizados en Europa y Asia Central. En 2005 la propuesta llegó a América latina. Impulsada globalmente por Unicef, en la Argentina fue promovida por la oficina local del organismo y desarrollada por la Fundación Kine Cultural y Educativa.
Más información:
www.theoneminutesjr.org
www.1minutoxmisderechos.org.ar
De Humahuaca a Nueva York
Lo primero que hizo fue reírse. Cuando le dijeron que su videominuto Bebé, más allá de la niñez, había ganado un concurso internacional en Nueva York, Santiago Gómez Fukuma (16) pensó que era un buen chiste y se rió. Lo mismo ocurrió con su hermano Mateo, con Flavio, Maité, Lorena y otros adolescentes humahuaqueños que participaron en el corto. Pero no se trataba de ninguna broma. Su trabajo había sido elegido entre diez finalistas de distintas partes del mundo. Realizado en el marco de Un Minuto por Mis Derechos, el video se refiere a la sensación de desamparo de los adolescentes una vez que dejan la infancia. De manera alegórica, muestra que, si bien cada vez que un niño se cae siempre hay un adulto dispuesto a levantarlo, cuando un joven "tropieza” no encuentra tantas manos que lo ayuden. “Hicimos el video hace dos años, pensando en los chicos más grandes –cuenta Santiago–. Nos preguntamos por qué surgen problemas de comunicación con los padres, por qué algunos chicos cometen errores.” A poco de recibir la noticia del premio, Santiago tuvo otra sorpresa: viajaría a Nueva York, en representación del grupo que había realizado el video. Así lo hizo, en compañía de la tallerista Aldana Loiseau. Mientras asegura que su próximo corto se va a llamar En contra de las fronteras (por todo lo que padeció durante el trámite para la obtención de la visa), confirma aquella sospecha que dio origen al video:“El adolescente es medio rebelde. Es una paradoja: necesita protección, pero la rechaza”.
En agenda
Un minuto por mis derechos
Martes 9 de octubre 15 hs.
Espacio INCAA KM 0 - Cine Gaumont
Avda. Rivadavia 1635






