
Manu Ginóbili: el sueño del pibe
Su madre asegura que siempre peleó por lo que buscaba, y lo logró. Su voz recorre esta nota que intenta descubrir al niño que a los dos años ya picaba la pelota y hoy es un crack de la NBA
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BAHIA BLANCA, Buenos Aires.– En esta ciudad todos dicen que Emanuel David Ginóbili –el ganador de dos títulos de la NBA con San Antonio Spurs y medalla de Oro en los Juegos Olímpicos 2004 junto con la selección argentina– fue siempre un chico bueno, sencillo, de grandes valores. El pibe de barrio familiero que, a fuerza de talento y trabajo, alcanzó las grandes ligas y hoy es ídolo de multitudes. Los que visitan por primera vez este lugar se preguntan si Emanuel, Manu, fue un chico como cualquier otro. Se lo preguntan porque –se sabe– no son muchos los que llegan a la cima, en el basquetbol o en otras disciplinas. Algunos se animan a hablar de "elegidos"; otros, de "tocados con la gracia de Dios". Sin embargo, para Raquel Maccari, la madre de Manu, sólo se trata de un muchacho que llegó adonde quería estar. "Nada fue azaroso. Emanuel siempre peleó por aquello que buscaba. Y lo logró", afirma con un orgullo incontenible.
Dicen que a los dos años el pequeño Manu ya hacía picar la pelota. En casa de los Ginóbili, sobre la calle Vergara, el basquetbol siempre estuvo presente. El abuelo paterno fue uno de los fundadores del club Bahiense Junior, que luego se fusionó con Deportivo Norte y dio nacimiento a Bahiense del Norte, institución en la que Jorge –Yuyo, para todos, y papá de Manu– fue jugador, director técnico, presidente, y en la que los pequeños hermanos Ginóbili (Leandro, Sebastián y Emanuel) comenzaron a tirar al mismo aro porque Raquel nunca se decidió a colocar uno en el patio de la casa. "¿Para qué? Si a dos cuadras tenían el club y aquí, en Bahía, hay aros por doquier", afirma.
Entre las tantas anécdotas que la familia cuenta con entusiasmo una y otra vez está la enérgica respuesta de Manu a esa decisión de su madre: prometió que cuando tuviera un hijo uno de los primeros regalos que le haría sería colocarle un aro de basquetbol en la casa.
"A los tres chicos los traía de la mano –dice Yayo, que conversa con la Revista en el Bahiense del Norte–. Mientras yo jugaba, ellos corrían alrededor de la cancha. Yo soy un apasionado de este deporte, lo heredé de mi viejo, que no jugó pero siempre estuvo metido en el club. Y ellos (hace referencia a sus tres hijos) lo heredaron de mí."
El club era una de las salidas de la familia, la favorita de Jorge y sus hijos. "Hace veintipico de años la vida no era como ahora. Los chicos tenían tiempo para ir al club; no cómo ahora, que tienen la agenda completa entre computación, inglés y tantas otras cosas. El club era un lugar de encuentro. Con mi familia nos reuníamos acá; si no estábamos en casa, nos buscaban en esta cancha."
Complejos
Semana a semana, Leandro, Sebastián y Manu se medían en la pared que separa la cocina del comedor. Cada vez que lo hacían, la frustración parecía adueñarse de Manu. "Se sentía un enano, un flacucho –cuenta Leandro, el mayor de los hermanos–. Llevo siete años y se obsesionaba con alcanzarme. Hacía cualquier cosa para estirarse."
En el barrio, como una de esas tantas historias que se transforman en anécdotas difíciles de comprobar, aseguran que el pequeño Manu –el "Narigón", como también le dicen– se la pasaba colgado de los juegos de la plaza en un intento por estirar su cuerpo. Tal era la obsesión que su primer gran golpe lo recibió a los 15 años, cuando quedó fuera del equipo de cadetes para el Provincial. El motivo: baja altura, físico pequeño.
Un año después, el estirón llegó y Manu pasó a medir 1,94. Sin embargo, su contextura física aún le preocupa. En declaraciones recientes, el jugador de San Antonio Spurs aseguró que pronto comenzará a trabajar intensamente para aumentar su masa muscular y así, de una vez, terminar con el estigma de "flacucho".
Pero, entonces, ¿qué poseía Manu de chico para llegar a ser número uno? "Persistencia y talento, pero sobre todo caradurez –describe Juan Alberto Antón, presidente del Club Bahiense del Norte–. Al verlo jugar sabíamos que iba a dar para mucho más, aunque físicamente no deslumbraba. Su mayor fuerte es ser caradura. ¿Qué es ser caradura? Tener la pelota y tirar al aro. Mandarte. No era para nada un chico sumiso, siempre estaba en busca de la pelota sin importar a quién tuviera enfrente."
Raquel prefiere definirlo como temperamental y exigente: "Para todo fue igual. Siempre buscó tener mejores calificaciones que sus hermanos en la escuela. Sobre todo quería superar a Leandro, porque Sebastián siempre estudiaba para el siete. Siempre fue así: se exigió al máximo, pero no porque uno se lo pidiera. Todos nos decían que era muy maduro para su edad. Todo lo pensaba más de una vez. Por ejemplo, cuando terminó séptimo grado en la Escuela Nº 6 decidió ir al mismo secundario que sus hermanos. Para eso necesitaba dar examen de ingreso y para esa época Manu ya estaba jugando bastante, por lo que mi marido le propuso que fuera a otro secundario donde no tuviera que dar examen y que, en vez de cursar seis años, fueran cinco. Lo sintió como una ofensa. ¡No, si mis hermanos pudieron, yo también! Fue una respuesta contundente, y no hubo vuelta atrás".
A pesar de los entrenamientos y del curso intensivo de inglés, se preparó para aprobar entre los primeros, para poder elegir el turno. Ingresó, no entre los primeros, pero tuvo la suerte de que en el sorteo quedara en el turno mañana, lo que le dejaba la tarde libre para el resto de las actividades. "Manu entonces tenía sólo doce años y esto te da una idea de cómo pensaba y actuaba", subraya Raquel.
Maduro para su edad, dispuesto y atento para los demás. Son los elogios que se escuchan una y otra vez entre los diferentes personajes que lo conocieron en buena parte de su infancia y adolescencia. "Dinámico sin ser inquieto. No era un chico fastidioso, pero tampoco pasivo –recuerda Diana Tumminello, la maestra de Manu de primero y segundo grado de la Escuela Nº 6–. Lo visualizo ahí atrás –dice, marcando uno de los últimos pupitres del aula–. Era alto, no un gigante, del lado del pasillo, porque como es zurdo lo poníamos de ese lado para que no molestara a su compañero de banco. Lo veo sonriente, siempre dispuesto a levantar la mano, a buscar lo que uno necesitara. Si pedía quién va a buscar agua, ahí estaba él; si preguntaba quién reparte los libros o los cuadernos, el primero en levantar la mano era él. Siempre estaba sonriente y con la respuesta justa, cargada de humor, de la misma manera que lo hace hoy frente a las cámaras y micrófonos que lo siguen de cerca."
Como si fuera dueña de una fórmula mágica, Diana no deja de repetir que fue ella quien le enseñó que el aro es redondo, circular, como el cero y como la O. "Yo lo ayudé con el lápiz a trazar cada O, cada círculo, y por eso emboca tan, pero tan bien", dice entre risas. Y con la misma emoción muestra la foto donde se la ve con el guardapolvo blanco y las sonrisas de aquellos niños de primer grado. "Si hoy a Manu lo siento en el mismo banco, te aseguro que me encuentro con el mismo chiquitín –dice–. Y eso es único, porque la gente cambia, y mucho, no sólo por el paso del tiempo, sino por las circunstancias. En cambio, a él lo sigo viendo igual. No hay duda de que es un elegido."
Manumanía
Que los pibes lleven la camiseta con el 20 en sus espaldas es moneda frecuente, no sólo en Bahía Blanca. "El fenómeno Ginóbili empujó a los más chicos a acercarse al basquetbol –comenta Juan Alberto Antón–. Los ejemplos son más que concretos: el año pasado terminamos en la escuelita del Club Bahiense del Norte con 160 chicos, cuando antes no llegábamos siquiera a tener 90. La mayoría de los que vienen lo hacen por Manu; traen su imagen en la camiseta y buscan este lugar porque él salió de acá. La influencia es directa, pero no es sólo local. Emanuel popularizó el basquetbol casi al mismo nivel que el fútbol. No por nada le dicen el Maradona del básquet."
Yayo prefiere hablar de la revolución que su hijo marcó en este deporte: "A los chicos les gusta ver jugadores que triunfen. Recuerdo el boom que causó Guillermo Vilas en su época: todo el mundo iba con una raqueta en la mano; en cambio ahora todos se la pasan con la anaranjada. Esto ocurre cuando hay espejos donde mirarse".
La voz de Raquel parece quedar atascada en su garganta cuando chicos de todas las edades se acercan a saludarla, a preguntarle por Manu; también al ver la cara de su hijo estampada en miles de remeras y pósters, como si fuera el líder de una banda de rock. Por debajo de la puerta de su casa le tiran fotos, cartas, algunas hasta con declaraciones de amor, a pesar de que Emanuel está casado desde hace un año con Marianela, la hija del también jugador de básquet, ya retirado, Luis Oroño.
A papá Yayo muchos le piden autógrafos y él les pregunta para qué quieren su firma. Sin embargo, accede, y hasta se anima a poner dedicatorias. A Sebastián, en cambio, más de una vez lo confundieron con Manu por su parecido físico. A él no le molesta, como tampoco las cargadas cuando está en una cancha con la camiseta de Libertad de Sunchales y el equipo contrario le canta sos el hermano adoptado. "Uno sabe que se trata del folklore de la gente, no me molesta; al contrario, me enorgullece la trascendencia de Emanuel."
Raquel no deja de sorprenderse por lo que genera su hijo en la gente. "Es demasiado escuchar a miles de personas corear su nombre y sentir el afecto que recibe. Nunca imaginé que iba a jugar a este nivel, pero, pensándolo bien, no podía ser de otra manera –se detiene y reflexiona–. Resultó como si se hubiera armado un programa con qué seguir y con qué no. Parece mentira todo lo que hay ahora a su alrededor. Cuando veo las cosas a la distancia, me digo a mí misma que no podía ser de otra manera; si él soñó con esto, si toda su vida se preparo para esto..."
Y no fue nada fácil para la madre de estos tres jugadores (el mayor de los hermanos ya está retirado) que los chicos se separaran de su lado. "Lo sufrí con los tres, pero aun más cuando llegó el momento de Emanuel; yo creía que nunca se iba a ir", dice aún con la pena que le causó ver que su nene más chiquito, el más apegado, dejaba a los 17 años su casa de Bahía Blanca y se instalaba en Andino, el club de La Rioja, para jugar en la Liga Nacional. "Ni siquiera había terminado el secundario cuando Oscar [El Huevo Sánchez, entrenador y amigo de la familia] se lo llevó. Estuve a punto de decirle que no." Como parte de la mística que ya encierra el caso Manu Ginóbili, dicen que quedaban diez minutos para que se cerrara el libro de pases cuando, en la cocina de la casa de la calle Vergara, papá y Emanuel convencieron a Raquel de que lo dejara ir. "Manu me miró y me dijo: Mamá las cosas pasan sólo una vez, quizá nunca tenga otra oportunidad. No me quedó otra que decirle que sí. Es cierto, nunca me acostumbré, como la vez que se fue a jugar a Italia; para mí fue como dejarlo solo ante el mundo. Y bueno, después llegó la NBA; todos estaban enloquecidos; yo no tanto. Me preocupaba que no jugara, que lo mantuvieran en el banco, porque él no es un chico que soporte estar quieto, sin hacer nada. Yo no me cansaba de decirle: Pero Manu, si no te ponen, en Italia tenés todo, jugás siempre. Y él volvió a convencerme: Mamá, debo hacerlo, tengo que intentarlo. Y le fue rebién… Qué puedo decir, me llena de orgullo y no tengo idea de hasta dónde puede llegar. Lo único que me tranquiliza es que Manu sigue siendo el mismo chico cariñoso. Así como lo ves, sigue tirándoseme encima."
Ficha personal
Debuts
* Debut en primera: 15/9/93, en el equipo Bahiense del Norte; debut en la Liga Nacional: 19/9/95, en Andino de La Rioja. En selección mayor: 30/7/98, en el Mundial de Atenas ’98; Argentina v. Nigeria. En Italia: 27/7/98, en el Viola Regio Calabria. En la NBA, el 29/10/ 2002, contra Los Angeles Lakers.
Logros
* En 2001 fue elegido el jugador más valioso de la Euroliga. En 2002, con la selección argentina, consiguió el segundo lugar en la Copa del Mundo y dio uno de los grandes batacazos de la historia al vencer al Dream Team, la selección estadounidense. En 2004 guió al seleccionado argentino a la medalla de Oro en los Juegos Olímpicos y fue Olimpia de Oro en nuestro país. En 2005 se transformó en la figura principal de San Antonio Spurs, equipo con el que consiguió su segundo anillo.
Hobbies
* Escuchar música en castellano, alquilar películas y pasar horas navegando en la Web. Tiene su propia página: www.manuginobili.com
Los chicos y el deporte
"Manu, ¿qué les aconsejás a los chicos que practican deportes?", fue una de las preguntas que se repitieron durante la visita de Emanuel Ginóbili a su Bahía Blanca natal. "Lo más importante es que nunca dejen de divertirse; ésa es la clave: disfrutar en la cancha, disfrutar en el juego." Las palabras del hombre de San Antonio Spurs no son gratuitas. Profesionales de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) en las áreas de Medicina del Deporte Infanto-Juvenil y de Familia y Salud Mental se refieren al disfrute como la palabra mágica para estimular determinadas habilidades deportivas, porque los beneficios de la actividad física en el curso de la vida son indiscutibles, tanto en el plano físico como en el campo psicológico, en el social y en el moral. "El chico necesita sentirse libre de moverse, con alegría, con la posibilidad de disfrutar lo que hace sin sentir la presión por lo que hace", explica el doctor Horacio Yulita, de la SAP. "Tenemos que tener en claro que la práctica del deporte no es un trabajo", aclara. En medio de la gira que Manu dio por Bahía Blanca como embajador del programa Basquetbol sin Fronteras, era frecuente toparse con madres y padres que exhibían a sus hijos como "los futuros cracks del básquet". Para la doctora Angela Nakab, también de la SAP, es importante que los niños prueben distintos deportes. "Ellos deben elegir aquel que les resulte más placentero –señala Nakab–. Los deportistas destacados juegan un papel de identificación en la adolescencia. Como se trata de una etapa de crisis, los deseos personales en general no coinciden con los deseos de los adultos." La experiencia –positiva o negativa– que puedan tener los niños y los adolescentes en la práctica de deportes competitivos no está dada sólo por la participación en sí misma, sino también por la forma en que los adultos se involucran en esa experiencia y por otros factores sociales.
Un juego en serio
El deporte y la actividad física están íntimamente relacionados con las distintas etapas evolutivas del niño, según un informe elaborado por la Sociedad Argentina de Pediatría.
* Primeros 2 años de vida: favorecer el juego libre y el movimiento. En la etapa preescolar los niños pueden saltar, tirar y atajar una pelota. El juego aparece como actividad fundamental.
* De 4 a 7 años: se desarrolla la actividad motora –habilidad, coordinación, equilibrio y velocidad–. Pueden entender algunas reglas de juego, pero no comprenden el significado de la competencia; por ello es común ver a todos los niños correr detrás de la pelota en lugar de mantener distintos puestos en el campo de juego. De 8 a 9 años comienza a desarrollarse la actividad predeportiva.
* De 10 a 12 años: en esta etapa se propone el juego deportivo en grupo de pares, con reglas y normas. Se deben permitir los cambios de disciplina deportiva, ya que el niño tiene derecho de probar para elegir. Es importante el acompañamiento positivo de los padres, los entrenadores y maestros, ya que en este período son muy sensibles a los juicios y presiones de los adultos.
* De 13 a 15 años: maduración puberal; los cambios individuales son frecuentes. Es una etapa de intensa actividad física; se comienza a adquirir la madurez motora. También es la etapa de mayor abandono de la actividad deportiva si ésta no ha sido adecuadamente estimulada.






