
María Elena Walsh, una canción y su contenido
La creadora de Manuelita es un símbolo de la cultura argentina. En esta charla, evoca su trayectoria y habla del país, con bronca y con esperanza
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Casa de María Elena Walsh, hacia las 4 de la tarde. Es luminosa, aunque las cortinas estén corridas. Luz verde: los árboles enormes de enfrente. Silba un zorzal, el que la despierta por las mañanas, tal vez. Miro a María Elena. Pienso en ella, sentada allí: “Betty, por favor, traé un poco de hielo para esta sopa, perdón para esta coca que me trajiste. Tomo unos cuantos vasos por día. Sí, ya ves: fumo. Como siempre. Pero no trago. Me entretiene, podría decirse. No más whisky, como me gustaba al caer el día. Uno. A veces dos. El médico no me deja. Estoy bien, me siento bien”, miro los ojos tan bonitos.
–Siempre has sido muy linda, María Elena.
–Salí, no creo, no macanees.
–Mirá estas fotos. Impresionantes.
Lo son todas, por cierto, en el libro que reúne muchas de Sara Facio: María Elena Walsh. Retrato(s) de una artista libre. Señalo las que la muestran en uno de sus conciertos históricos, vestido vaporoso, salmón, abotonado hasta el cuello, collar de eslabones dorados.–Decí, mejor, que he tenido a veces una cierta presencia en el escenario, eso te lo acepto. “Aunque tu providencia me negara/ el alimento para la alegría,/ aunque me entristecieras/ la intemperie divina/ con pájaros callados/ y sombras pensativas,/ aunque olvidaras, aunque no existieras,/ mi corazón igual te cantaría. (De Baladas con ángel).Séptima hija, y menor, de los dos matrimonios de su padre. “¿Lo ves? Un tipo alto, buen mozo. Mipadre fue una escuela: de juegos, de rimas, de canciones. Era muy lector. Hacía de todo: cocinaba bien, solía ser un poco carpintero, cosía. Los hombres eran así, antes. Hombres criados en la pobreza, duramente, que tuvieron después un ascenso social. Sí, es verdad, en las fotos parece, como decís, un aristócrata, algo parecido: le divertía sacarse fotos tipo dandy, jugaba. Mi madre fue una bella señora, de origen humilde, gran repostera, de pocas palabras, muy justa. Mezcla de criolla con andaluza.” La niña fue mimada. Llegó con la herida, desde luego: la de una sensibilidad que la haría poeta desde la adolescencia y que iba a marchar acompañada de una valentía invulnerable. La que expresa lucidez frente a la confusión, la que siempre le impuso decir lo que debía y pensaba, y ponerle a lo dicho el hombro, la que la resolvió a luchar contra la enfermedad que quería llevársela: “Estos mis cabellos, madre/ dos a dos me los lleva el aire”. Tararear la vieja canción española, cuando el pelo se desprendía por mechones era una de las tantas argucias humorísticas destinadas a enfrentar el paso por ese túnel al que Susan Sontag llamó el reino de los enfermos. Dolor, cáncer, médicos chambones y médicos sabios, ambulancias quirófanos, tratamientos y mutilación, sólo atenuados por la constancia de los afectos, hasta entrever la luz de la salida: aceptar y sobrevivir.
–¿Cómo sentís tu cuerpo , María Elena? ¿Cómo se manifiesta, cómo murmura, qué pasa con él cuando te levantás?
–Estoy en la edad de las hipocondrías. De las hipocondrías y las depresiones. Hay una limitación, que acepto con bastante buen humor. Me gustaría caminar más, correr, bailar en el Colón. Siempre tuve –dice con la sonrisa abierta– cierta tendencia al ballet, como se sabe. Duermo bien, sí. Con pastilla, qué pregunta. Pastilla muy leve. Trato de llevar una vida sana, tranquila. Ya te dije que no puedo beber, salvo para algún cumpleaños o la firma de un contrato, como el que hice hace poco, terrorífico, porque me obliga a escribir otro libro. Ahí sí, se toma un pequeño whisky, faltaba más. Es que, según andan diciendo, Hotel Pioho´s Palace tuvo una cantidad de lectores tan interesante que hicieron ya cuatro ediciones: “¿Sí? ¿Te gustó? Siempre para chicos. ¿Una novela, también? ¿A vos qué te parece? ¿Una novela, o cuentitos bobos? ¿Una novela? Bueno, hacemos una novela. Con viajes, peripecias. El Quijote, que es lo que uno querría hacer.
Depresión y después
–Sí, mucho. Una quisiera bailar, como Carmen, una habanera. Y no puede, qué vamos a hacer. Lo comento, porque es algo muy compartido, y a la vez muy secreto. Es la desgana total. No llega a ser falta de ganas de vivir, porque ganas hay. Oí el zorzal: da ganas. Es como si costara mucho esfuerzo todo. A veces, uno no quiere levantarse de la cama, no tiene fuerzas. Es una enfermedad común, difícil. Debo decir que el ambiente del país no nos ayuda demasiado. Está ahí. Es una peste que está ahí. Sí, es cierto: siempre estuvo, en mi caso. Es una tendencia, a lo mejor genética, por hacerme la científica. Hay que tenerse paciencia. Vas, tropezás. Como pasa con las veredas de Buenos Aires, sin ir más lejos.
País
–No lo veo bien, por supuesto. No sé, creo que hay que hacer lo de cada uno lo mejor posible, lo más acompañado posible, ayudados entre nosotros para sobrellevarlo, porque es muy duro. Revisá todos los diarios, las revistas, los programas de televisión y te vas a encontrar con tal cantidad de razones y con tal cantidad de historia argentina que se remonta mucho más allá de la fundación, si querés, que te mareás. Estoy cansada de las interpretaciones: creo que nos afanaron hasta el alma, y que nos seguirán afanando. Está clarísimo. No me preguntes más, porque meterme en divagaciones socio-político-económicas me supera. Nos afanaron todo. –Vivo, sobre todo, en mi barrio –dice María Elena–, pero no por miedo, no por eso. Aunque a veces tomo un taxi y me voy el Centro, a Belgrano, a caminar un poco, a las galerías de la calle Arroyo para ver algo de arte. A veces me gusta la Avenida de Mayo, temprano, cuando hay poca gente. Por lo general, lo hago sola. La gente me pide de todo, limosnas, profecías, autógrafos, consuelo porque los hijos se les fueron y cuesta mucho viajar para ir a visitarlos. Siento protección en la calle, la gente me cuida, de nada en especial, pero me cuido. Hay cada oso que me pide que le dé un beso, que no te das una idea. Y yo los estrujo. Sin problemas. Chicos, también. ¿Por qué los chicos, en todo lo mío? Qué sé yo. Me deben gustar más que los grandes. Salió así, buscando compañeros de juego, seguramente. ¿Qué decís? Sí, cuando empecé a cantar se produjo todo eso, tan tremendo, y es cierto que no había ocurrido en tal medida. Era el modelo francés, el de Jacques Brel, con el que trabajé bastante, el de Barbara, entre tantos. Gente que cantaba sus propias canciones. Pensé, te digo, que mis canciones no las iba a querer cantar nadie por raras, por intelectuales. Las canté yo, y listo. El éxito fue muy grande. De alguna manera, creo que le abrí el camino a Serrat. El había venido sin que pasara gran cosa. Desde entonces, una canción y su contenido pudieron más que la idea de una voz tremenda, pongamos.
Más país
–La falta de trabajo es una de las peores torturas que puede sufrir alguien. Al margen de la picana, que sin duda es atroz, para qué decirlo. Es una tortura. En la novela de Dostoievsky La casa de los muertos, se dice que una de las peores torturas que sufrían los presos era estar obligados a trenzar y destrenzar un piola, una soga de cáñamo, hasta que sangraran las manos. No servía para nada, porque no se usaban, era sólo tortura. No encontrar trabajo, que las puertas estén cerradas, es una tortura, es humillante, la gente tiene que sobrevivir como puede. Es espantoso. Espero que en algún momento se salga de esto. Tuvimos muchos altibajos en nuestra historia. Encontré una escritura, escuchá, de un departamentito que vendí de mi hermana en, ¿sabés cuánto?, novecientos millones de pesos. En ese país vivía, para que veas. No sé en qué valija pude traer la plata. Han pasado tantas que supongo que ésta se va a superar también. Será difícil, pero podrá superarse. Salvo que nos bombardeen, y no me refiero a un bombardeo del exterior –la Plaza de Mayo no fue bombardeada desde los Estados Unidos– y así terminen a bombazos y desastres con todos los problemas, habremos de salir. Tenemos recursos. Saldremos. No sé cómo ni cuándo. Países con sequías, terremotos, guerras, salieron. Creo que es así. No es que esté convencida, pero quiero creer. Mirá: si seguimos el famoso lema de Barrionuevo, podemos zafar.
–¿Dijiste o no dijiste que era preferible la corrupción a la incompetencia?
–No exactamente. Dije que era menos peligrosa para el país la corrupción que la ineficiencia, y di una serie de razones. En medio de una gran corrupción, Italia siguió y prosperó. Ahora, cuando no hay capacidad para reaccionar ante nada pasa lo que pasó.
–Da la impresión, en términos generales, de que te sentís algo más peronista que otra cosa.
–Sí. Hace mucho. No puedo sentirme peronista así como así, porque vengo de una clase media, soy hija de un ferroviario que consiguió una posición holgada, se diría, de otro mundo. Pero, con el tiempo, he ido, sí, considerando que en el peronismo está la vida y no la cosa política muerta. –Una chica peronista. –Bueno.
Felicidad
–Sí, cómo no. He encontrado afecto, y pude darlo. Encontré, veamos, una gran euforia política cuando asumió Alfonsín y teníamos tantas esperanzas. Salimos a la calle, la calle era nuestra, nos besábamos. Fue muy emocionante para mí. Disfruto de todas las formas de belleza, de la música, de la pintura, de la lectura. La música, sin embargo, me está vedada. Salvo que vaya al Colón o escuche música en mi casa.
–¿Puedo no entenderlo?
–Podés. El volumen me rompe los sesos. Incluso con los artistas que quiero, voy y me tengo que ir. Me rompen la cabeza. Es algo inhumano y muy prepotente. Algo que se nos impone a todos. La música se produce por grandes aparatos desde hace mucho tiempo, salvo alguna guitarra por ahí, pero no vayas a creer, que te encontrás con un ropero electrónico escondido. Lo lamento. Me quedan el Colón y mi casa con sus disquitos. También está el cine, si no hay escalera. Fui a ver El bonaerense, ¿la viste? Me gustó. Muy honrada, muy bien, sin peroratas, sin discurso explicativo y muy buenos actores, excelentes, que no son actores. Ojo: por volver a lo anterior, hay cantantes que me gustan. Baglietto, si querés uno. Pero no puedo: la violencia del sonido. Son locos de la guerra. Vos entrás ahí y decís: Esto es Vietnam. No entendés nada de lo que cantan y lo que tocan. Un sismo. ¿Fito? Sí, me gusta, sobre todo como autor. ¿Viste al Palo en el libro de fotos? ¿Sí, no? Palito, claro.
–Es que hay en esas fotos algo que te pinta bien, se me ocurre: un delicioso aire ecléctico.
–¿Vos viste, no? Raúl Gustavo Aguirre, el poeta exquisito, y el Palo en su casa de Miami. Sí, es muy ecléctico.
–Como vos.
–Sí.
–Abierta a todas las historias.
–No sé si ahora estoy para enfrentarme con un político. Nunca los traté mucho. Y cómo puede haber política sin político, no podemos dejar de preguntarnos algunos días, no sé. Este año venimos de muchos rencores, odios, recriminaciones, y puede que resulte bueno quedarse calladito. Son gente. Y entran muchas responsabilidades en este zafarrancho. Igual va a ser difícil encontrarlos porque no andan por ahí. Es vergonzoso. Algunas cosas se hacen. Las escuelas están mal, pero están. Los hospitales están mal, pero están. Hay cúpulas, cupulitas, algo terrible. Mirás el Gran Buenos Aires, con la delincuencia, con las calles, y todo eso tiene intendentes y funcionarios que cobran grandes sueldos. (“Nuestros antepasados habitantes de cavernas la tenían clara. La piedra pelada les daba grima y les dibujaban manos, flechas, pajarracos. En la historia del reino animal, los humanos se destacaron por adornar sus viviendas con lo que pudieran, desde un amuleto de hueso hasta Velázquez.“Hoy también hay gente que no duda. A los muchachos de la gomería les gusta comer carne con los ojos, carne femenina o futbolística. Y un tipo coherente como Charly García vive entre muros embadurnados con graffiti. ¡Idolo, Charly, que emporca su departamento y no las fachadas y las estatuas!” (de Diario brujo). –Mirame bien. Soy la única argentina no resentida que no tiene ganas de viajar a Europa. No vas a ver dos. Todos los argentinos más o menos conocidos creen que el país les debe mucho y no les reconoce sus méritos. Que el país es chico para ellos. A mí me ruboriza. Hablo de tipos conocidos, insisto, que se han enriquecido. No del pobre diablo que tiene que irse o irse. Todos nos hemos exiliado de algún modo, alguna vez.
–Pero vos no te querés ir a ningún lado.
–Sí. Tengo un proyecto. Irme a Tierra del Fuego y pasar el fin de año entre los bosques, con una piscina, un piscinón , mejor. Me va el Sur, me gusta. El glaciar, qué cosa, qué maravilla. Aunque parece que ahora lo han puesto un tanto cursi, con unas señoritas que te ofrecen una copa con hielo de cincuenta mil años de antigüedad. Es asqueroso, ese toque de distinción. Fui antes de operarme y subí todo, sola, con una emoción enorme, enorme. No sabía si después iba a poder hacerlo. Mientras tanto, antes de fin de año y del Sur, María Elena pone cenizas de su largo cigarrillo en un platito, y parece cansada. Brusco cansancio sobre los ojos. O, quién sabe, la luz verde en ellos, que se ha hecho más oscura con las horas.
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