
Maruja Torres: 50 millones de pesetas después
Ganadora del Premio Planeta de Novela 2000 -que en pesos resulta unos 3 millones-, la escritora y periodista que fue corresponsal de guerra y actualmente es conocida por su columna en el diario El País, de Madrid, se ha vuelto una estrella
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¡Oh, es ella! Maruja Torres (1943) recibe como una diva a la que acosan los flashes: mechas rojizas sobre los rulos de siempre, estola de plumas violeta, y el hidroflash en la mano, un vaporizador de agua que refresca y reaviva la piel, y con la que rocía a la periodista en un cómplice saludo. "Yo haré todo lo contrario que la Dietrich, que se retiró a cierta edad para que nadie la viera: iré al salón de belleza de mi barrio y haré que me instalen unas habitaciones en la trastienda, con libros para escribir. ¿Lo de las mechas rojas? Bueno, un toque un poco loco, pero no olvidemos que soy una señora. Es que yo ahora me estoy empezando a divertir mucho en la vida".
Todo en ella es carcajada. Está feliz. Y no es para menos. Flamante Premio Planeta (50 millones de pesetas y 210.000 ejemplares de la primera edición) por su novela Mientras vivimos, ve coronados años de ilusión, los que empezaron a surgir cuando era una inquieta joven del barcelonés barrio del Raval. Torres presentó con el título de El éxtasis y con el seudónimo de A. Trastevere, este relato parido en casi un año, pero gestado desde hace diez.
El camino del periodismo a la literatura fue un tránsito lento, pero gratificante, que permitió el estilo Maruja, mordaz e irónico, que imprime a reportajes y, últimamente, a las columnas del diario español El País, para encontrar una palabra poética desde el discurso narrativo. No es la primera vez que lo intenta. Sus primeros acercamientos literarios dejaron títulos como Oh, es él (Anagrama, 1991), un curioso texto sobre el mundo de Julio Iglesias; Ceguera de amor (Anagrama,1992), una crónica llena de humor sobre las telenovelas y los festejos del Quinto Centenario; Amor América (El País-Aguilar, 1993), el relato de un viaje en tren por América del Sur y Un calor tan cercano (Alfaguara, 1997), un acercamiento a su infancia en los años ´50. El último libro publicado fue Mujer en guerra (1999), sus memorias personales sobre el oficio de periodista. Mientras vivimos -un homenaje a la escritora española Carmen Kurtz, que ganó el Planeta en 1956 y que influyó intensamente en la vocación de Maruja Torres- cuenta cómo tres mujeres de distintas generaciones se reconocen, a pesar de todo, en la amistad y en la literatura, creando entre ellas vínculos que van más allá de los que crean el parentesco y la sangre. Torres ha querido ir al rescate de un oficio -el de escritora- y de un legado cultural. Y de eso nos habla.
-Esto sí que es estrellato. Ahora es una escritora reconocida y legitimada.
-¡Era lo que esperaba! Yo tengo un punto muy Terenci Moix, los dos somos niños de barrio criados en los cines de barrio, dos niños pobres que han tomado prestado el lujo de Hollywood. Por eso me encanta este glamour.
-¿Era prejuiciosa con el carácter comercial del premio Planeta?
-Que va... las niñas pobres soñamos con los premios Planeta. En 1965 fui como periodista a la fiesta del Planeta en el Hotel Ritz de Barcelona, con un vestidito que me hizo mi mamá, para entrevistar al ganador de entonces y pensaba en cuándo me tocaría a mí. Por eso, ¿why not?, qué tengo yo de extraordinario para despreciar un premio como el Planeta? Sí, es una editorial comercial, pero es lo mejor que le puede ocurrir a nadie y más para alguien que ha pasado por varias editoriales y sabe cómo funcionan. Tampoco hay que vender lo que no es. Pero este premio tiene la mejor distribución posible y es lo que quiero porque me he dejado las cejas en él.
-Detrás de él hay una Maruja que ha dejado de lado la batalladora de las columnas para dar lugar a la novelista.
-Estoy feliz de haber podido hacerlo. Estoy agradecida a la vida por la capacidad que tengo de renacer de mis cenizas. Siempre me reciclo. Nunca quise ser periodista, sino escritora. Lo que pasa es que hay de todo en el camino. El periodismo llegó a mí, me raptó, me sedujo y me enamoré. Me dio experiencias, amigos, viajes, una vida aventurera. Digamos que veo a la literatura como una caja secreta y al periodismo como una caja pública. El periodismo me mantiene en contacto con la realidad.
-Y ahora vino la calma...
-La meditación, la calma de adentro, la lectura. Por eso un premio así redunda en la seguridad de escribir y en la necesidad de hacerlo bien. Pero más allá de eso me he dado el gusto de poder hablar de mis maestros, los que a veces tenemos la suerte de encontrar, y que a veces son compañeros de generación, amigos con quienes compartimos la vida. Creo que he hecho el mejor libro que he podido hacer; no estoy hecha para hacer catedrales. Me gusta porque es una novela llena de sentimientos, que me ha salido con el corazón y con el estómago.
-Un libro en el que reflexiona sobre el propio hecho de escribir ligado con la circunstancia de vivir.
-El camino de la vida es el camino de la novela. Decidí escribir una novela sobre mujeres escritoras porque era lo que yo más conocía. Y además sí, quería reflexionar sobre el oficio de escribir, en relación con la rabia, con la esperanza y la autenticidad que necesitamos para ser nosotros mismos. Escribí esta novela para demostrar que se necesitan maestros que nos guíen.
El fotógrafo le pide que se quite las gafas y Maruja terminante, pero amable, se niega. La noche anterior, infatigable, estuvo de festejo con amigos hasta las cuatro de la mañana y durmió sólo tres horas. Pero se explica más aún: "Empecé a trabajar a los 14 años y juré que no me iba a hacer fotos ni Dios. sin embargo ya me ves, no es algo tan terrible. Pero ésta es la venganza, porque mi madre me decía, por lo bajo: Cierra la boca, María Dolores, que tienes los dientes horrorosos, causándome muchísima angustia. Y yo ahora los muestro. Son increíbles las madres... Fíjate, yo le decía: "Mamá, no veo" y ella insistía: "Una hija mía nunca llevará gafas". En fin...
-Ay, los imperativos familares...
-Sí, siempre lo mismo, las corazas, las fachadas. Mi madre fue una víctima de su época, pero eso no justifica que fuera un ser monstruoso. Hay mujeres que establecen rivalidades con sus hijos... No me ha gustado nada de mi familia pero llegó un momento en que resolví que tenía que ponerme en paz con mi madre y también perdonarme a mí misma.
-A lo largo de su novela hay una serie de sentencias sobre determinados valores. ¿Es también la marca de su ideario?
-Las dos protagonistas se engañan a sí mismas y tienen una máscara social. Esto puede ayudar a sobrevivir un tiempo, pero después siempre viene la crisis. Es lo que Regina, una de ellas, intenta enseñar a la otra, Judith. Cuando dice que las mejores conquistas se hacen partiendo de la nada, sabe que es precisamente todo lo contrario, siempre recibimos un legado. Sólo que hay que saber valorarlo y desarrollarlo.
-Y la cultura es uno de los valores más preciados.
-En la medida en que uso la literatura la uso como parábola de la vida, sobre el comportamiento, y se me convirtió en una historia de mujeres unidas por la cultura: la literatura que sustituye a la sangre como vínculo, pero que es igual de fuerte. La vida es una trama de espejos.
-Pero es llamativo cuando subraya a la literatura "como variante de la maternidad".
-En lo que a mí respecta, y a mi edad, está claro. Aquí se acaban los Torres Manzanera. No creo en absoluto en la reproducción. Pero se pueden transmitir otras cosas.
-Todo el relato tiene una aproximación a la novela sentimental, el folletín. ¿Lo pensó así?
-Sí, tuve presente los folletines de mi infancia y hasta el mismo culebrón (telenovelas). Amo los melodramas, si son complejos. Cuando escribía las cartas que aparecen en el libro, lo hacía llorando... Mucho de todo eso que he leído en mi niñez, Dickens, Tolstoi, me desgarraba. Es lo que me gustaría llegar a escribir, si de soñar se trata. Yo quiero contar historias de la A a la Z, si es posible con suspense... a lo Hitchcock. Estamos enfermos de prosa aterciopelada y absolutamente anémicos de historias. Quisiera desaparecer detrás de un novelón, lleno de amor, de pasiones, aventura. No hay novela más bonita en el mundo que Guerra y Paz; ¿ves?, en el fondo soy clásica.
Maruja Torres se asume en plan Miss Planeta 2000, como se autodenominó la noche del premio. Asume sus roles con descaro: es suspicaz, inteligentemente frívola, no calla lo que no quiere callar. A su envidiable espíritu de cachondeo se une una actitud escéptica, inconformista. Es Maruja la implacable, la reportera con 35 años de periodismo a sus espaldas, la que cubrió la guerra del Líbano, la enviada especial a Chile, la que vio morir a Juanxu, el fotógrafo que la acompañaba, en Panamá.
-¿España va bien? (Esta es la frase con la que el presidente José María Aznar define la situación actual).
-El mundo va mal incluida España. Es increíble ser tan feliz en un mundo tan asqueroso. Vamos mal, ¿no? Todos consumiendo cada vez más -y yo soy consumidora, ahora que puedo-, pero se ve a todo el mundo comprando cosas con tortura, gente que se comunica a través de la marca, y de las cosas que adquiere. Eso es profunda infelicidad. España está comprando monstruos para sacarlos en televisión y entretenerse, sin darse cuenta de que el monstruo está sentado en el sofá mirando a los monstruos que consumen. Cuando pierdes el diálogo, y tienes que mirar incesantemente lo que parpadea en el salón, te conviertes en un devorador de lo peor de ti mismo. Por eso empiezo a utilizar la literatura como evasión hacia un mundo mejor. No me gustaba lo que éramos pero menos me gusta en lo que nos hemos convertido. Coño, qué mal nos salió el experimento...
-¿Es el llamado desencanto de su generación, que tenía tantas posibilidades con la llegada de la democracia, veinticinco años atrás?
-Sí, pero el próximo paso cuál es ¿el abismo? Esa capacidad que tiene la derecha para sobrevivir a sí misma, transformarse y volver, y esta incapacidad que tiene la izquierda para simplemente ser, desconcierta. El efecto bomba anarquista que estalla siempre explosiona por dentro y se fragmenta.
-El tema del País Vasco...
-Estoy horrorizada con mi país, con la incapacidad que hay para resolver el problema del terrorismo. Todo lo demás... ¿es posible dialogar? ¿Cuál es ese mundo feliz con el que sueña ETA? El Show de Truman, Eurodisney, hacer españoles replicantes a lo Blade Runner, para que maten y se descarguen... Es una irrealidad. En el mundo real hay que hacer lo imposible para entretenerlos y que no maten, por mucho que sea imposible lo que piden.
-Parece indignada.
-Es que la obligación de un político es hablar, no ponerse chulo. Yo a ese chulo que tenemos en la Moncloa no lo soporto porque es como el chulo de La verbena de la Paloma. De lo peor del chotis madrileño, "usted a mí eso no me lo dice en la cara, me lo dice en la calle". Son las dos Españas, y es la misma, otra vez, ésa es la guerra civil, la cara de la intolerancia y querer solucionarlo todo a hostias. Es desesperante ver cómo la inteligencia huye. Esta es la primera generación de españoles que conoce el exilio después de la guerra civil; tienen que irse de su tierra los que crecieron con algo que pensaron que era una criatura inocente y resultó ser una bestia. La dejaron crecer. Los vascos son los primeros responsables. Una cosa son los insurgentes, que existen en dictadura, y otra los terroristas, que son en democracia. El Partido Nacionalista Vasco cobija a ETA porque los utilizó para conseguir cosas y ahora es un proceso de locura, en el que Arzalluz es Hitler, y los niños de la calle son los camisas pardas. Nunca pensaron que los atacaría a ellos. Se ve el horror en toda su magnitud y creo que esto no tiene solución. Qué suerte tengo de no tener hijos.
-Vivió muchos años en Madrid y ahora ha regresado otra vez a Barcelona. ¿Cómo la han marcado estas ciudades?
-Madrid es el periodismo. Cuando me encuentro con amigos hablamos mucho, hasta las tantas y tengo mono de esa conversación. En Barcelona, esto es distinto e imposible de llevar. Los colegas son como padres de familia que hacen periodismo. El periodista como yo, en Barcelona, se muere, no hay tensión. Ellos están orgullosos de esto, pero yo, sin tensión, soy como una camisa sin almidonar. Ahora vivo en Barcelona porque mi periodismo también ha cambiado y me he ido volcando cada vez más a la literatura. Pero, sabiamente, cito a los Corleone, que son mis clásicos preferidos. Ralph Valone, en El Padrino III, cuando se desmaya por el coma diabético, dice: "El alma sufre y el cuerpo pide ayuda". O sea que el alma pide literatura y el cuerpo te lo cuenta. Creo que para escribir de verdad tienes que volver a tu raíz. He vivido veinte años en Madrid y no me atreveré jamás a meter un personaje con infancia madrileña. En cambio, sí manejo el ambiente barcelonés, huelo lo que ha pasado en distintos años. Mi literatura necesitaba que yo estuviera físicamente con mis referentes, porque así me podía salir la novela autobiográfica en el mejor sentido, la de autor, no la de relación histórica personal.
-Usted suele enfadarse cuando se toca este tema. Es como si todos quisieran verla reflejada en sus escritos; tal vez porque es muy franca y abierta haciendo periodismo, no se tragan fácilmente su ficción.
-Los mataría cuando me preguntan si mis libros son autobiográficos. Si una novela no es autobiográfica, qué coño es. Si no te ha pasado algo por las tripas, que no significa que lo hayas vivido, se está convirtiendo en experiencia personal con chisme. Hoy recuerdo el árbol que vi en un viaje en el sur de Francia y ahí lo pongo. Eso significa que naciste para escribir y que tu espíritu guarda determinadas cosas de una manera diferente. Descubrirlo también lleva su tiempo y lo logras con la experiencia. Tal vez hay más de mí en Un calor tan cercano, que era una obstrucción, un tapón, algo que tenía que sacar fuera. Ahí sí quise derretirme en autobiografía y estilos.
-Maruja Torres es tan querida como cuestionada...
-¡Porque soy muy puñetera!
-¿Psicoanálisis o escritura?
-El cuarto oscuro que aparece en la novela es, precisamente, el lugar de los recuerdos, el de la verdad... He tenido mis análisis, pero no soy viciosa. Hice una psicoterapia corta. Cuando puse a mamá y papá en su sitio, sentí que el resto era literatura y me puse a escribir... pero fue un camino interesante que me enseñó que un bolso de Prada comprado a tiempo puede ser tan bueno como una terapia. JaJaJa.






