Mayo de 1810: el primer tedeum ya trajo problemas

La junta de mayo de 1810. De izquierda a derecha, Belgrano, Castelli, Saavedra, Azcuénaga, Larrea, Matheu, Alberti, Paso y Moreno.
La junta de mayo de 1810. De izquierda a derecha, Belgrano, Castelli, Saavedra, Azcuénaga, Larrea, Matheu, Alberti, Paso y Moreno.
Daniel Balmaceda
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26 de mayo de 2020  • 00:19

A las tres de la tarde del viernes 25 de mayo de 1810 , los nueve intrigantes de la Junta participaron del acto protocolar en el Cabildo. Juraron de rodillas ante el crucifijo, que desempeñarían su cargo con honradez. Al día siguiente, le enviaron una carta al obispo Benito Lué y Riego, decidido partidario del desplazado virrey para informarle oficialmente sobre el cambio de gobierno y, sobre todo, solicitando su acatamiento al nuevo orden.

Además lo convocaban a presentarse en el cabildo para jurar fidelidad ante los Santos Evangelios, de la misma manera que cada funcionario e integrante del clero. Aquel fue el primer acto de gobierno luego de asumir: redactar la carta.

Lué y Riega respondió que acataba a la Junta, pero se excusó de ir a la ceremonia del juramento. Era el mayor representante de la Iglesia en nuestra tierra y tal vez por eso Saavedra y compañía prefirieron no insistir y con la nota se dieron por satisfechos.

De todos modos, estaba claro que la relación entre los dos poderes era por lo menos distante. Y se puso de manifiesto antes de que se cumpliera una semana de gobierno. Fue durante el tedeum en el que se agradeció tanto por el día de Fernando VII -su onomástico, es decir, el día de San Fernando- como por la instalación de la Junta. Esa misa tendría lugar el miércoles 30 de mayo, pero el 29 Lué y Saavedra se cruzaron más de una carta. La historia de los mensajes es la siguiente:

La Junta le pidió al obispo que cuando concurrieran a la misa fueran recibidos en la entrada de la Catedral por un dignidad (un deán, un arcediano) y un canónigo (un miembro del cabildo eclesiástico). Estas dos autoridades debían despedirlos en la puerta al culminar la ceremonia. Aclaremos que todo el saludo se limitaba a una inclinación de cabeza, sin apretón de manos, besamanos o abrazo.

El obispo respondió que lo veía "dificultoso" porque no contaba con suficiente eclesiásticos como para emplear en estos menesteres. La Junta retrucó al instante, carta mediante, que cuando solicitaron el dignidad y el canónigo, lo hicieron habiendo evaluado previamente las limitaciones que podrían existir. Y terminaban la nota: "Insistiendo pues en el cumplimiento de aquel encargo, espera no habrá faltado, en el recibimiento de mañana, en ordenar al dignidad y canónigo" que se plantaran en la puerta a esperarlos y a despedirlos. El obispo amainó en su nueva respuesta que lo habían malinterpretado y que en la entrada se encontrarían con los dos sacerdotes.

El 30 de mayo por la mañana un dignidad y un canónigo recibieron a los nueve miembros de la Junta en el atrio de la Catedral. Pero cuando terminó la ceremonia, al retirarse, se encontraron con una sorpresa: no había nadie para despedirlos. Disimulando, se retiraron. La guerra estaba declarada.

Continuaron los enfrentamientos con cruce de cartas -cada vez más extensas- en donde uno pedía algo y el otro, en tono muy amable, se lo negaba. O no tan amable, en algunos casos. A un mes del famoso tedeum del día de San Fernando, ¡seguían discutiendo el tema del dignidad y el canónigo, carta va, carta viene! Se llegó a prohibir la asistencia del obispo a la Catedral. La pelea se mantuvo durante varios meses, hasta que se reconciliaron cuando se aproximaba el aniversario de la asunción del Primer Gobierno Patrio, aunque ya gobernaba la Junta Grande. Pronto volvieron los tironeos.

El 21 de marzo de 1812, el obispo celebró su onomástico -San Benito- en la localidad de San Fernando. Invitó a unas cien personas y les ofreció chorizos, morcillas, riñones, jamones, treinta pollos, ocho gallinas, quince pares de pichones, cuatro patos y dos pavos, más vino a granel. La comilona estuvo a cargo de su cocinero tocayo, el negro Benito, y le costó 129 pesos y seis reales, una fortuna. Pero fue su última cena. A la mañana siguiente, Benito Lué y Riega permanecía inmóvil en su cama. Cerca de las ocho y media, preocupados porque aún no se había levantado, los criados ingresaron a su cuarto.

El rumor del envenenamiento se esparció con rapidez. Sobre todo porque en aquel tiempo esa era la forma de deshacerse de los adversario de peso: además de la conocida polémica sobre la muerte de Moreno, hay que tener en cuenta que antes de fusilar a Liniers, se pensó en darle veneno. De hecho, el frasco ya estaba preparado. Posadas contó en sus memorias acerca de la vez que quisieron envenenarlo a él. Brown tenía la paranoia de que moriría de esa manera. El Primer Triunvirato, que gobernaba en 1812, se apuró a decir que la muerte del obispo Lué y Riega fue por causas naturales, frente a la queja de los partidarios de los realistas. Pero hasta en el mismo bando patriota hubo quienes mencionaron en público que la muerte del obispo fue por envenenamiento.

El destacado sacerdote, que había apoyado a Cisneros en el Cabildo Abierto, fue enterrado en la Catedral Metropolitana donde cada 25 de Mayo se celebra el tedeum .

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