
Mburucuyá, el pantanal criollo
La Argentina cuenta con un nuevo parque nacional. Sus casi dieciocho mil hectáreas fueron donadas por un naturalista danés y hospedan cerca de mil setecientas especies. En el noroeste de Corrientes, parece un paisaje del Mato Grosso
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Las reincidencias de la historia no siempre resultan descorazonadoras. Este es el caso. El 6 de noviembre de 1903, Francisco P. Moreno donó a la Nación tres leguas cuadradas de fascinación cordillerana ("la reunión más interesante de bellezas naturales que he observado en Patagonia"). Fueron la base de nuestro primer parque nacional: el del Sud, hoy Nahuel Huapi. Casi noventa años después, en noviembre de 1991, el naturalista danés Troel Myndel Pedersen reeditó el gesto del Perito. Buscando un nuevo escudo para nuestra naturaleza, traspasó a la Administración de Parques Nacionales (APN) sus dos estancias de Mburucuyá, en el colorido noroeste de Corrientes.
El 28 de junio último, con la venia del Congreso, este legado se convirtió en el Parque Nacional Mburucuyá, la última incorporación a nuestro Sistema Nacional de Areas Naturales Protegidas. Sus 17.680 hectáreas amparan un sorprendente mosaico de montes, pastizales, lagunas y esteros, poblado por alrededor de mil setecientas especies botánicas y zoológicas. Se lo considera una versión de bolsillo del famoso Pantanal de Mato Grosso.
Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Pedersen trabajaba en la oficina legal de la policía. Conservó su puesto incluso durante la ocupación nazi de Dinamarca, cuando las fuerzas policiales eran controladas por la temible SS. Finalizada la contienda, el antecedente estancó su carrera, por más que nadie pudo tacharlo de colaboracionista. Troel decidió entonces mudar de aires. Primero pensó en las islas Feroe -un archipiélago danés al norte de Escocia-, aunque finalmente optó por un rincón más cálido del planeta: el pago correntino de Mburucuyá, donde su padre tenía una estancia y demasiados problemas de salud como para atenderla. Llegó en diciembre de 1945, junto a su esposa, Nina. Planeaba dedicarse a las leyes y, en los ratos libres, dar rienda suelta a sus aficiones botánicas. Pero su título de abogado servía de poco en la Argentina y las plantas ganaron la partida.
En 1947, tomó a su cargo el campo paterno, imponiendo un criterioso manejo de los recursos: disminuyó la presión del ganado sobre los pastizales naturales, limitó la superficie dedicada a la agricultura, evitó la tala de montes y prohibió la caza. Este conjunto de iniciativas permitió que los ambientes naturales recuperaran buena parte del esplendor que lucieran hasta la segunda mitad del siglo XVIII, cuando llegaron a Mburucuyá los primeros colonos y arreos de ganado. Hasta retoñaron los palmares de yatay que habían maravillado al naturalista francés Alcides D´Orbigny en 1827, de paso por la región, y que el arado estaba a punto de borrar del mapa.
La cosa no quedó ahí. Pedersen se empeñó en añadir a su propiedad toda lonja con algún interés botánico y en relevar sistemáticamente la flora comarcana, a veces acompañado por eminencias como Angel L. Cabrera y Arturo Burkart, con los que mantenía un fluido contacto. El esfuerzo no sólo salvó hectáreas de montes y pastizales. También aportó a la ciencia nuevas especies -algunas descubiertas en sus propios campos-, un herbario con más de quince mil ejemplares y las colecciones florísticas que atesoran el Instituto Darwinion, la Universidad de La Plata y otros importantes centros de estudio argentinos y del exterior. No sorprende que las universidades Nacional del Nordeste y de Kobenhavn (Dinamarca) le concedieran el doctorado honoris causa. La donación de las estancias Santa Teresa y Santa María a la APN no fue más que la culminación de una vida consagrada a la naturaleza de su amada Corrientes.
Antes de adoptar su actual derrotero, el río Paraná corría al encuentro del mar por entre los llanos de Corrientes, formando un vasto delta interior. Memoria de aquel remoto paso es ese paisaje de cordones arenosos, esteros y lagunas que caracteriza al oeste de la provincia y, desde el punto de vista biogeográfico forma parte del Chaco Húmedo u Oriental. El Parque Nacional Mburucuyá ampara una restaurada muestra de este pintoresco escenario, donde se entrevera la flora de tres ecorregiones.
Hay bosques de neto linaje chaqueño, con quebrachos colorados, espinillos, palmas blancas e impenetrables caraguatales. La Selva Paranaense puebla las isletas de monte de timbós, palmeras pindó, cañas, lianas, enredaderas y bromelias. Y las lomadas -otrora islas deltaicas- acogen una embajada del Espinal: las mismas palmeras yatay que se florean en el Parque Nacional El Palmar. Según el inventario de Pedersen, el área atesora mil trescientas especies vegetales, algunas de ellas consideradas raras o exclusivas en el nivel nacional. La magnitud de este patrimonio surge a las claras si tenemos en cuenta que a los parques Nacional Iguazú y Provincial Urugua-í -nuestras unidades protegidas de mayor biodiversidad- se les adjudica dos mil especies botánicas.
Entre los animales, la variedad no es menor, pese a la desaparición local de guacamayos violáceos, pumas y yaguaretés (el último ejemplar fue cazado en 1913). Del picaflor bronceado al ñandú, las aves suman 291 especies (casi el 30 por ciento de la avifauna argentina y el 70 de la provincial). Los mamíferos se anotan con 33; entre ellas, dos estrellas: el carpincho -máximo roedor del planeta- y el mono carayá, señalado por el Libro Guinness de los récords como el animal más ruidoso sobre la Tierra. Los 30 reptiles y 28 anfibios del parque representan un 12 y un 19 por ciento, respectivamente, del elenco que esas clases zoológicas tienen en el país. Y sus 47 peces, el 6,6 por ciento de nuestra ictiofauna de agua dulce. La lista completa, además, incluye bichos raros o amenazados, como el yacaré ñato, el ciervo de los pantanos, el aguará guazú, el lobito de río y el oso melero. Tal circunstancia subraya el valor de Mburucuyá para la conservación de la biodiversidad correntina, que hasta ahora sólo contaba con el resguardo de la Reserva Provincial Iberá (1.200.000 de hectáreas).
La APN no esperó que se cumplieran todos los pasos necesarios para el establecimiento de un parque nacional (cesión de la jurisdicción provincial, mensura, ley de creación). Desde febrero de 1994, Mburucuyá cuenta con personal permanente. Los frutos están a la vista. "La caza furtiva continúa siendo un problema, aunque mucho menor pese a que la crisis económica enfatizó la presión sobre los recursos faunísticos -comenta el guardaparque Carlos Saibene, a cargo del parque hasta unos meses atrás-. En estos últimos años, de hecho, se notó una recuperación en las poblaciones de yacarés, ciervos de los pantanos, corzuelas, carpinchos y otros animales silvestres. El mérito no sólo corresponde a las tareas de control y vigilancia. También desarrollamos una intensa labor de educación ambiental en pueblos y parajes aledaños. Y la gente comprendió que el parque incorporará a la economía zonal, de neto corte agro-ganadero, una actividad sumamente dinamizadora: el turismo."
La transición entre estancia y parque nacional avanzó a un ritmo más lento. En 1999, se retiró del área toda la hacienda (apenas quedaron 35 baguales, que se prevé erradicar). Pero sólo el 8 de julio de este año, debido a la eterna falta de presupuesto, pudo iniciarse un programa de quemas prescriptas para controlar el principal efecto de la supresión del ganado: el incremento de los pastizales, que genera una peligrosa acumulación de biomasa combustible. Mientras tanto, la infraestructura receptiva de Mburucuyá creció a una oficina de informes, un camping medianamente equipado y dos senderos peatonales autoguiados. En los planes de la APN figura ampliar la lista con bicisendas y otros servicios turísticos. Sería deseable que también contemplaran la conversión del casco de la estancia Santa Teresa en un centro de investigaciones digno de la tradición científica del área y su riqueza biológica.
Pedersen, como Moreno, no pudo ver concretados sus anhelos. Víctima de un cáncer de próstata, murió el 5 de febrero de 2000 -pocos meses antes de la creación del parque- en la ambulancia que lo llevaba a la capital correntina. Momentos antes, sobre una silla de ruedas, había estado trabajando en su herbario. Nos dejó un fabuloso refugio de vida y un ejemplo. Cuidar ese doble legado es el mejor reconocimiento.
Datos básicos
Fecha de creación: 28 de junio de 2001, por ley 25.447.
Ubicación: noroeste de Corrientes.
Superficie: 17.680 ha.
Origen del nombre: Mburucuyá es el nombre guaraní de la pasionaria, enredadera muy común en Brasil y la Argentina.
Cómo llegar: desde la capital correntina, por rutas nacional 12 y provincial 13 hasta San Antonio de Mburucuyá (150 km); desde allí, hay 20 km al parque, por ruta provincial 86.
Alojamiento y comida: en el parque hay zona de camping y en el pueblo de Mburucuyá, hospedajes y comedores cómodos y sencillos.
Entrada: no se cobra.
Más datos: Parque Nacional Mburucuyá, CC1, Mburucuyá, (3427) Corrientes, (03782) 498022.
e-mail: mburucuya@impsat1.com.ar ; Oficina de Turismo de la APN.
Todavía en rojo
La creación de un parque nacional merece un aplauso. Pero no alcanza. Los números hablan por sí solos. Con Mburucuyá, el Chaco Húmedo u Oriental pasó a tener dieciséis áreas naturales protegidas. Escudan al 6,64 por ciento de la ecorregión (1.325.064 ha). Tal porcentaje basta para situarla entre las de cobertura insuficiente (lo deseable ronda el 10 por ciento). Así y todo, engaña. Apenas el 7,9 por ciento de la superficie amparada por ley lo está en los hechos (poco más de las 79.690 hectáreas en manos de la APN). Urge implementar todas las unidades de conservación establecidas y sumarle otras en zonas de alta biodiversidad. Fuera de las áreas protegidas, además, debería imperar un uso sustentable de los recursos. Sólo de esta forma achicaremos el riesgo país en materia ambiental.
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