
Me gustan los veterinarios
No les queda más que su conocimiento y empatía para ir descubriendo, con paciencia, lo que aqueja a sus pacientes. Eso hace que su trabajo sea muy especial
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Babones estuvo enfermo y durante una semana tuve que llevarlo dos veces diarias al veterinario. En ayunas, a las diez, para una inyección; y a las nueve de la noche, para otra. A ese perrito le han pasado tantas cosas que lleva más vidas gastadas que un gato. "¡Babones! –dijo Alejandro cuando me vio llegar con él en brazos, hecho un trapito–. ¿Qué te pasó esta vez, amigo?" Le expliqué que se caía de costado cuando trataba de caminar, que no había querido ni comer. Alejandro arrugó la frente: "¡Ay, Babones, Babones! –dijo–, vamos a ver qué te está pasando".
Antes de examinarlo, vuelve a hablarle: "No voy a hacer nada que te duela. No tengas miedo: sólo voy a palparte la pancita". Babones se deja hacer, casi inconsciente, el cuerpo blando y lábil como una almohada de plumas. "Mmn", dice Alejandro y me hace una seguidilla de preguntas. Después de tomarle la temperatura y comprobar que Babones está que arde, le saca sangre. "Parece un problema neurológico –dice–. Hay que esperar los resultados de los análisis y ver cómo responde a la medicación". Le hace un mimo y, con voz suave, dice: "En cuanto empiece a bajarte la fiebre te vas a sentir mejor".
Durante los días siguientes, la vida es un ir y venir de casa a la clínica veterinaria. Cada vez que llegamos, los tres médicos que atienden ahí saludan a Babones y se acercan a acariciarlo. Él no les contesta, claro, y es eso, precisamente, lo que hace que el trabajo de un veterinario sea tan especial: sus pacientes no les explican qué sienten, qué les duele, o si están mejor o peor que ayer. "¿Cómo está hoy el gran Babones?", dicen María José, Cecilia o Alejandro cada día. Babones les contesta en silencio, desde el fondo de sus ojos ciegos, y a ellos no les queda más que su conocimiento y su empatía para ir descubriendo, con paciencia, lo que aqueja a su paciente.
¡Cuán distintos son algunos médicos de humanos! Aunque conozco médicos cálidos y bondadosos, la verdad es que muchos parecen haber perdido del todo la empatía. Hace poco me encontré con una amiga a la que un buen día, de la nada, le diagnosticaron una enfermedad crónica bastante seria. Ella tiene treinta y tantos y, al principio, no lo podía creer. Es una enfermedad para la que aún no hay cura, pero con la que muchas personas logran vivir bien unos cuantos años. Hasta ahora mi amiga no ha tenido que seguir ningún tratamiento, sino hacerse análisis cada tres meses y confiar en que los resultados sigan igual a como han estado hasta ahora, lo cual indica que la enfermedad está dormida. Cuando nos juntamos, nunca sé si preguntarle cómo está de eso porque sé que prefiere hacer como si no existiera. "Al fin y al cabo, todavía no tengo síntomas," me dijo una vez, y fue la palabra todavía la que me permitió entender la fragilidad del piso que la sostenía.
La última vez que la vi fue ella quien sacó el tema. "¿Sabes? –dijo–, peor que la incertidumbre, es la frialdad, casi sádica, de algunos médicos." Y me contó dos cosas que me dejaron helada. Le habían hecho una ecografía de unos ganglios inflamados y, mientras estaba en la camilla, mirando la pantalla del ecógrafo sin entender esa masa de sombras, le preguntó al médico si sus ganglios estaban muy grandes. "¿Sabés lo que me contestó?", preguntó mi amiga y, tras una pausa, impostando una voz masculina y prepotente, dijo: "¡Los he visto peores!"
Al día siguiente fue a la hematóloga que sigue su enfermedad, quien, después de mirar los análisis, le dio una orden para que los repitiera al mes siguiente. "¿Por qué dentro de un mes si vengo haciéndomelos cada tres?", quiso saber mi amiga. La respuesta de la joven médica no se hizo esperar. "Te recomiendo que hables con tu psicólogo para que te explique que los pacientes tienen que hacerse amigos de sus médicos y confiar en ellos. Sino, estás en el horno."
Hay médicos que hacen honor a su profesión. Pero sobran casos de maltrato. En cuanto a mi amiga, no sé si habló con su psicólogo, pero sí que decidió cambiar de médicos. Espero que encuentre alguno más parecido a un veterinario: uno que no se sienta superior a sus enfermos, que tolere preguntas y responda con paciencia. Uno que sepa que, alguna vez, también él sentirá el piso crujir peligrosamente bajo sus pies.




