
Mercedes Morán, la diosa se desnuda
Tuvo hijos, plantó un árbol y hasta escribió un libro (Las diosas se desnudan) en coautoría con Beatriz Couceiro. Atravesando una etapa de plena madurez personal y profesional, la actriz de La ciénaga y Culpables vuelve al escenario y demuestra que tiene mucho para dar. Las máscaras se van sucediendo, una tras otra, y la mujer real que anida detrás hoy tiene tiempo de reflexionar
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Cuando se llamaba Roxi tenía flequillo y una sonrisa casi eterna a flor de labios. Vendía chucherías importadas y hasta llegó a ser dueña de una flota de taxis. Madre soltera y equilibrada, la protagonista femenina de Gasoleros se había unido a un tipo depresivo, casi patético, que para colmo se las daba de intelectual. Muy pronto, por suerte para ella, conoció al bueno de Panigassi -mecánico, viudo, porteño hasta la médula- y entre los dos nació un amor adulto y popular que -también- dio lugar a un sinnúmero de enredos previsibles y a momentos de insufrible chatura.
Un año después fue Tali, una mujer a la deriva que vive o sobrevive como puede en las crueles provincias. Metida hasta el fondo en las aguas oscuras de La ciénaga -película signada por una contenida violencia y el desasosiego permanente-, Tali pertenece a la clase media salteña y transcurre ahogada por eso que el cubano Silvio Rodríguez describió hace tiempo como los terribles encantos que tiene el hogar. Hoy, cómodamente instalada otra vez en la televisión, Mercedes Morán lleva el nombre de Chechu; vital y sin barreras, pero a la vez muy sola, vulnerable en el sentido más intenso de la palabra, el personaje dibuja en Culpables un perfil doble de seducción compulsiva y desamparo. Su marido la dejó después de descubrirla en la cama con otro caballero. No se sabe si por convicción o espíritu de revancha, la cosa es que Chechu -ya sin el flequillo de Roxi y con el pelo forzadamente enrulado para dar más color free al personaje- se lanzó a las calles a buscar hombres y placer, así sea por unos pocos instantes. Pero no es feliz, claro, como tampoco lo eran sus anteriores personajes y como nunca lo llega a ser nadie -en realidad- si se habla en términos absolutos.
En el medio de todo eso, además, Tali, Roxi, Mercedes Morán, o como quiera que se llame esta mujer, escribió un libro (Las diosas se desnudan, en coautoría con Beatriz Couceiro) donde en clave de humor exploró y revalorizó las conversaciones femeninas y se identificó con la fuerza creativa y afectiva de Afrodita, la diosa griega del amor y la creatividad. Finalmente, junto a Juana Molina y Valeria Bertuccelli, la actriz de los cien rostros prueba en estos días sus dotes histriónicas en los polémicos Monólogos de la vagina; allí debe hacerse cargo de un texto elocuente y desmesurado, donde la condición femenina vuelve a ser revisada aun en sus contornos más íntimos y delicados. Las máscaras se van sucediendo -una tras otra- y la mujer real que anida detrás de cada una de ellas tiene tiempo hoy de reflexionar, de viajar hacia adentro y revisar el pasado con cierto grado de distancia.
-Parece que había vida después de Roxi.
-Sí, ahora puedo asegurar que sí; fue tan grande mi exposición con Gasoleros que a cierta altura tuve que correrme de ese lugar un tanto egocéntrico. En algún momento me vi impulsada a dejar atrás la idea de aprovechar el momento, esa ideología de guerra que nos aconseja comer ahora aunque no tengamos hambre por si después falta comida. Entonces opté por bajarme un poco del caballo y retirarme del ruido durante un año. En eso estaba cuando apareció el proyecto de La ciénaga, el libro y el regreso al teatro y la televisión.
-Otra en su lugar podría haberse embriagado con la fama.
-Es posible. A mí creo que me ayuda el hecho de ser una mujer bastante reflexiva y de haber hecho una lectura correcta de lo que me pasó. Por suerte el éxito me agarró siendo grande. No sé si a los 20 uno puede parar la pelota justo cuando todo te empuja a seguir. A esa edad no siempre te das cuenta de que el éxito no ayuda a la estabilidad. Por un lado te afirma y todos te aplauden, como en el circo. Pero la otra cara es triste, nada feliz. Y te volvés un desconocido para la persona más próxima. Así estaba en esos tiempos.
-¿Y qué pasa ahora con Culpables? ¿Sigue el ritmo fuerte?
-No, por suerte es mucho más tranquilo. El protagonismo tampoco es absoluto. Además son siete meses de trabajo contra los dos años que fue aquello. Me permite hacer una vida bastante más parecida a lo que deseo. Y con trabajo, porque trabajar me hace bien, pero con espacio y tiempo para mí, y para mis afectos, que son fundamentales.
-Encontró el equilibrio.
-No sé si tanto... Pero me siento bien. El reconocimiento de los otros por supuesto es halagador. Por otra parte la realidad no obedece a eso de ahora quiero fama, ahora quiero que me dejen tranquila, ahora quiero ser popular y ahora quiero que no me conozca nadie. La realidad hace con nosotros casi todo lo que quiere. Y hay que tratar de no perder el eje en medio de ese juego de luces y sombras.
-Dijo una vez que el teatro la cura y la televisión la enferma. ¿Sigue pensando así?
-Lo que pasa es que la tele es más superficial, más mediática y directa. Es muy estresante, también. Después de un día entero de grabaciones yo quedo agotada, casi sin fuerzas. El teatro, en cambio, es revitalizador. Es como una clase de gimnasia que cansa, pero a la vez hace bien. Tengo la suerte, con todo, de trabajar en un ciclo de calidad, muy exigente, donde el clima reinante se parece mucho más a una máquina de hacer pájaros que a la clásica máquina de hacer chorizos en que suele convertirse la pantalla chica.
Tiene tres hijas; dos de ellas -de su primer matrimonio- ya son grandes: Mercedes es actriz y María, psicóloga. La tercera es Manuela, hija de Oscar Martínez, con quien la entrevistada convivió doce años, hasta que se separó en 1999. "La tuve de anciana", exagera esta mujer de 45 años bien puestos y ojos de nena, siempre a punto de mandarse alguna travesura.
Como al pasar se le pregunta por qué tuvo su primera niña a los 19 años. Después de suspirar, y de pensarlo un rato, ella se va por la tangente. "Me encantaría saberlo -dice con voz casi inaudible. Pero enseguida añade que cree haber descubierto algo al respecto-. "Cuando escribí el libro subrayé el hecho de que fui madre muy prematuramente y que a los 40 elegí ser mamá de nuevo. Creo que en ambos casos se trató de una elección. Yo creí siempre que estaba imbuida de Deméter, la diosa maternal en la mitología; pero Betty Couceiro interpretó con razón que yo estaba más regida por el arquetipo de Afrodita. Para esta mujer nacida de las olas y llamada Venus por los romanos, la vocación de amor es tan grande que, además de amantes valientes y cumplidores, necesita la descendencia para sentirse plenamente satisfecha. En mi caso fue justamente esa necesidad visceral de tener hijos con los hombres que amé la que me impulsó a ser madre."
¿Quiere decir eso que la condición maternal conforma una especie de erótica femenina y secreta?
-No lo veo exactamente así -se apura a aclarar-. Digo que lo mío, más que obedecer a un instinto de madre, fue resultado de un deseo muy fuerte de consagrar en frutos el amor por un hombre determinado. Tampoco estoy de acuerdo con los que piensan que el instinto maternal es una creación meramente cultural. Es cierto que hay una cultura interesada que alimenta la idea de que una mujer no es completa si no es madre. Lo que sí pienso es que el vínculo que se establece con los hijos es el que más posibilidades ofrece de entender la vida, el amor, la noción de compromiso. Con los hijos se aprende a dar sin pedir nada a cambio. Es un amor incondicional. En el resto de las relaciones, en cambio, uno da y espera el vuelto.
Reacia a revelar aspectos de su vida sentimental ("para eso está Caras", se ríe), la entrevistada alcanza a comentar que actualmente está en pareja con un tal Claudio Libermann, joven empresario dedicado al turismo. "Todo lo que puedo decir al respecto es que estoy muy enamorada", desliza como quien desea poner punto final a una confesión trivial e innecesaria. ¿Eso quiere decir que va a tener otro hijo?, se la provoca más por costumbre que por vocación. "No creo", ataja Mercedes al vuelo, como si ya se hubiese hecho a ella misma la pregunta.
También Tali, en La ciénaga, duda cada vez que se le hace necesario definirse. Mujer sometida por la impronta de un ambiente poco estimulante -y por el paternalismo de un marido demasiado perfecto-, el personaje de la película de Martel ha sido un gran desafío para una actriz que por alguna extraña razón suele ser encasillada en la comedia. "Siempre escuché que alrededor de los 40 aparecen para las actrices las posibilidades de encarnar papeles más interesantes. Los grandes personajes femeninos no tienen 20. Y tampoco a esa edad pueden comprenderse muchas cosas para las cuales se requiere experiencia de vida y liberarse de muchos prejuicios propios de la juventud."
-¿Se siente apta para el drama?
-Por supuesto que sí. Pero una cosa no anula la otra. A mí me encanta la comedia; es más, la disfruto. Para nada me parece un género menor. Pienso además que en la medida en que yo como persona pueda seguir conmoviéndome con lo que pasa a mi alrededor, bueno, voy a poder conmover a los demás como actriz, ya sea en el drama o la comedia.
-Su participación en La ciénaga parecería demostrarlo.
-Eso pueden decirlo los demás. Para mí la película representó una experiencia particularmente intensa. No fue una fiesta, claro. Fue un rodaje duro, sin el glamour habitual que encierra el hecho de protagonizar una película. Todo el tiempo teníamos la sensación de que estábamos haciendo una experiencia creativamente importante, pero ardua. Juntos hicimos una apuesta enorme por Lucrecia (Martel, la directora), y en función de eso resignamos lujo y comodidad. La naturaleza que nos rodeaba era tan amenazante y hostil como se ve en el film. Ese ahogo constante, esa desesperación...
-En Europa la vieron incluso como cine político.
-Eso es algo muy curioso. Debe ser por aquello de pinta tu aldea... Y si bien no fue la intención, creo que ahí aparece una clase media argentina sumergida en una especie de inercia, donde no pasa nada y donde la violencia puede estallar en cualquier momento como una botella largamente sellada. Creo que en la película subyace también una visión algo oscura del interior argentino y, por qué no, del tan idealizado mundo de la infancia.
-Usted nació y vivió sus primeros años en San Luis. ¿Conoció allá el síndrome de ciénaga?
-Absolutamente. Mi niñez transcurrió en la provincia y el universo del pantano me es totalmente familiar. He vuelto allá muchas veces, pero jamás se me ocurriría quedarme a vivir en esos lugares. Hasta tal punto conozco el síndrome, que cuando viajo y me quedo más tiempo del debido empiezo a sentir que me falta el aire, como si deseara que se abrieran de pronto todas las ventanas. Admiro a la gente que sueña con irse a vivir al interior y que lo hace. El contacto con la naturaleza le brinda a cualquiera un handicap impresionante. Pero no sólo de naturaleza vive el hombre. Veamos, si no, el tremendo desamparo social y económico en que vive esa gente.
-¿Le preocupa lo que pasa en el país?
-No sólo me preocupa; también me duele, me entristece, me enoja. Es impresionante lo que han hecho con la Argentina, la falta de futuro, la pobreza, la impunidad. Yo siempre sentí un gran rechazo por la idea de que todos los malestares personales se deben al estado de las cosas; eso siempre me pareció una excusa facilista. Pero últimamente, sobre todo en algunos días de luna negra, tiendo a pensar yo también que una gran parte de los problemas personales se origina en la energía depresiva que ronda por todas partes en este país. Por eso me alegro mucho cuando asoma algún destello de justicia. Espero de todo corazón que algo suceda y que las cosas cambien para mejor.
-¿La revolución es un sueño eterno?
-Ese es todo un tema para mi generación. A los 20 años milité en el peronismo de izquierda, tuve ilusiones, defendí como tantos la idea de una patria socialista. Ahora, lamentablemente, ya no puedo mantener esas utopías y vivo sumida como casi todos mis contemporáneos en una tremenda desilusión. Para muchos ahora se trata de determinar en qué lugar poner la fe.
-¿Dónde eligió ponerla usted?
-Ahora mi utopía es menos colectiva. Busco un cambio en lo personal. La idea es que si yo transformo esa parte mía que pertenece al mundo, voy a conseguir que el mundo cambie al menos en una pequeña porción. Pero no estoy satisfecha con eso, no quiero resignarme tan fácilmente al conformismo. Me gustaría hacer algo por los demás, ya sea en ecología, en temas sociales, artísticos o en otros terrenos.
-¿El feminismo?
-Por qué no. Soy feminista en el sentido de que creo en la igualdad de oportunidades. Lo soy, también, porque rechazo el racismo contra cualquier minoría. Y en cuanto a la relación entre los sexos defiendo, también, la igualdad. No las igualdades ridículas de proponer que las mujeres usen pantalón y los hombres pollera. Me refiero a plantear las relaciones en un plano parejo, dado que en caso contrario aparece la mentira, el paternalismo, el miedo de algunos hombres a compartir su vida con una mujer independiente, el sometimiento. Y eso, naturalmente, tiene su correlato en la vida erótica, a la que muchas veces se despoja de su dimensión amorosa.
-Sexo sin amor.
-Exacto. Sexo sin alma. Y eso me parece muy triste. Yo siempre me vinculo afectivamente con los hombres. Me parece algo mucho más interesante y completo. Claro que no juzgo a la mujer o al hombre que por algún motivo separan el afecto del sexo.
-La Chechu lo hace con frecuencia en Culpables.
-Sí, pero lo de ella es más complejo.
Tiene rulos y coraje. Por momentos el personaje de la Chechu (la comehombres de la tira culta de Adrián Suar) evoca al desarrollado por Isabelle Adjani en La reina Margot, el provocador film de Patrice Chéreau. Es en esencia una mujer sedienta, secretamente angustiada, que recorre las calles buscando limosnas de amor. Una señora de nadie, también, que hace cualquier cosa con tal de escapar de ella misma. "Lo que más me atrae de Chechu, como actriz, es que actúa siempre, aunque lo haga mal. Eso implica para mí un grado de obsesión que me mantiene despierta. Me interesa, además, saber que se trata de un personaje muy rico; no quiero decir que sea mejor o más interesante que Roxi, pero en contraste admito que resulta más atractivo. Me parece maravilloso este desafío de abordar un personaje que me pide que saque cosas que no están probadas. En otros casos se trata de hacer siempre más de lo mismo y todos contentos. Yo prefiero correr el riesgo de intentar algo diferente."
Chechu va de hombre en hombre, pero sin obtener grandes resultados. Cultora del orgasmo a cualquier costo, sufre, goza y hasta se enamora. De repente se engancha con un depresivo que termina suicidándose justo después de acostarse con ella; o seduce a un vecino que pasea al perro por la esquina de su casa. "Yo he conocido a mujeres así -advierte Morán-. Su principal característica no tiene tanto que ver con la compulsión por los varones. Ella está muy sola y no se lo banca. Chechu quiere divertirse todo el tiempo. Pero cuando baja de la fiesta se esconde, no lo puede soportar."
¿Lo tolera la entrevistada? "La verdad es que me cuesta mucho -admite después de pensarlo unos segundos-. Siempre digo, por ejemplo, que me encanta estar sola. Pero es un autoengaño, porque yo he generado a mi alrededor una enorme red de vínculos y afectos que en realidad no me permiten estar en soledad. Pero a veces pienso con tristeza que soy mejor compañía para mí que para cualquier otra persona." Una ligera sombra se impone de pronto en el ambiente. Mercedes Morán, la actriz de éxito, la mujer fuerte y políticamente correcta, descubre la grieta, el silencio, lo indecible.
Se le pregunta, con el fin de quebrar un poco esa burbuja repentina, cómo imagina un momento ideal. "Cuando lo imaginé no resultó -dispara otra vez en voz muy queda-. Porque, además, apenas sueño con algo trato obsesivamente de planificar todos los pasos para conseguirlo. Pero no es así como funcionan las cosas. Los momentos perfectos suceden cuando menos se los espera. En mí se dan sobre todo mediante encuentros con personas queridas, con mis hijas, con mi pareja, muchas veces con mi padre. Hace poco lo fui a visitar -está grande ya- y de pronto, mientras hojeaba un libro distraída, vi que él me estaba mirando de un modo único, intenso, muy especial. Ese fue un momento único. También me pasa algo fuerte cuando hago el amor. El sexo bien entendido tiene el poder de interrumpir la secuencia de los días, de generar un momento de comunión, de entrega, de increíble compromiso. Por eso digo siempre que el amor es un hecho extraordinario, una fuerza que se opone de manera frontal y subversiva a todo lo que nos mata."
El backstage de esta entrevista se puede ver en:
http://www.lanacion.com.ar/destacados





