
Mercedes Morán: sentirse bien
Intuitiva y de carácter fuerte, a los 55 años vive con intensidad la experiencia de ser madre, hija, esposa, abuela. Charla con una de las actrices de la década, que en estos días regresa a la TV de la mano de Campanella
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Hubo un tiempo en el que Mercedes Morán se identificaba con la diosa Afrodita, esa mujer que tanta fascinación le causaba y a la que le dedicó varias páginas en Las diosas se desnudan, libro que coescribió con su amiga Betty Couceiro. Hoy la Morán, de 55 años, dice estar más cerca de Hestia, diosa de la cocina, más precisamente del fuego que da calor y vida a los hogares. "Paso más tiempo en la cocina que en el dormitorio –dice, y deja escapar una sonrisa picarona, como la de una adolescente–. Hay algo en el ambiente que me fascina."
–¿Cocinás?
–Siempre me gustó cocinar, pero ahora me relaciono de otra manera, me preocupa lo que comemos. Mi hija menor (Manuela, de 16 años) decidió dejar de comer carne, lo que me obligó a pensar en una dieta que tuviera todos los nutrientes que ella necesita. La verdad es que estoy muy cocinera.
–¿También decidiste dejar de comer carne?
–Como muy poca carne. Lo que intento es tener una dieta balanceada. Es importante tener conciencia de lo que nos metemos en el cuerpo. Nos alimentamos muy mal. Miro con desconfianza el mundo de los supermercados, el de los congelados. Estoy cambiando mi criterio de alimentación, me vuelco más por lo orgánico. Prefiero ir al almacén, a la carnicería, a la verdulería. Todo el tiempo estoy tratando de salirme de lo macro para volver a una escala más humana, y lo estoy adoptando en mi vida. En vez de elegir grandes ciudades, para vacacionar busco lugares pequeños. Me hace bien, necesito de esa conexión con el otro, me tranquiliza.
Dice que cuando los años pasan uno necesita sentirse en paz consigo mismo y con los otros. La búsqueda de la felicidad se hace más intensa. "No quiero sonar solemne ni nada que se le parezca, pero hay un momento en tu vida en que la idea de la muerte empieza a estar más cerca, no somos inmortales, y uno empieza a tomar conciencia de que el camino de la vida es éste. Por eso es tan importante sentir paz, felicidad, y hacerle caso a lo que nos hace sentirnos bien."
–¿Qué te hace sentir bien en este momento?
–Por suerte muchas cosas, pero por sobre todo mi nieta, Ema (hija de María). Algunas amigas, que también son abuelas, me lo habían anticipado; lo que se genera con la gorda es una felicidad automática. Es mágico. Cuando llega a casa todo se transforma, tiene una energía única, te rejuvenece. La estoy disfrutando mucho. También disfruto ver a mi hija en el rol de madre, es una experiencia increíble. Es una madre tan hermosa, tan relajada. Ser abuela es una tarea tan liberadora, puedo darle todos los gustos, seducirla para que me adore (se ríe). Uno ya no tiene esa responsabilidad de la crianza, esa cosa tan pesada de poner límites. La verdad es que me siento liberada.
Confesa exploradora del universo femenino, la mujer que alguna vez fue Roxy en Gasoleros, Chechu en Culpables y Tali en La Ciénaga, sólo por nombrar algunos de sus personajes inolvidables, sonríe frente a la idea de que Ema extendió el mismísimo universo femenino de las Morán, ese que estaba copado por sus tres hijas (Mercedes y María, de su primer matrimonio, y Manuela, de su relación con el actor Oscar Martínez). "Mi vida siempre estuvo marcada por vínculos femeninos y sí, la saga continúa con Ema, lo que me permite seguir explorando todos los roles: el de madre, el de hija, el de esposa y ahora el de abuela."
–Una necesidad que también saciás desde lo profesional...
–Es lo que me empuja a meterme en la piel de diferentes mujeres, porque como actriz voy más allá de lo que cuenta la historia. A mis personajes los armo a través de los vínculos. Porque creo que la vida es así, que si hay algo que nos define es con quién estamos, con quiénes compartimos, cómo nos comportamos, qué tipo de amiga tenemos, qué tipo de pareja tenemos, qué tipo de madre, hija y abuela somos. Cada personaje me sirve para reflexionar sobre mi vida misma. Cuando miro hacia atrás descubro que siempre elegí inconscientemente personajes que me ayudaron a echar luz sobre determinados asuntos. Recuerdo que el primer personaje que hice en teatro (La influencia de los rayos gamas sobre las caléndulas) exploraba el vínculo con la madre (una especie de Agosto, obra que adaptó y protagonizó, ver aparte) y me ayudó a comprender un montón de cosas de la relación con mi mamá. De alguna manera se me revelaban cuestiones que ni siquiera había visto en terapia, y yo me analicé por muchísimos años. Salirte de vos y meterte en otra cabeza es genial, te permite tomar distancia. No hay duda de que es un valor agregado de esta profesión que adoro.
La noche anterior a que nos reuniéramos para la entrevista, Mercedes soñó con la nota. "Se lo dije recién a Emmanuel (el maquillador). La nota era ésta, con ustedes, pero de la nada me decían que la idea era que estuvieran todos los que fueron mis hijos en la ficción –cuenta con sorpresa–. Y aparecían todos. Eran como quince chicos. Estaban Nicolás Cabré, Julieta Zylberberg, Leonora Balcarce. Cuántas veces fui madre."
–¿Y qué significa ser madre en la ficción?
–Qué el tiempo pasa y que ya no te llaman para hacer escenas de intimidad, escenas que siempre me pusieron nerviosa, en ese sentido fue un alivio. Además, ser madre me obligó a trabajar este vínculo y echar luz sobre mi rol en la vida real.
–En tu caso, fuiste madre muy joven, a los 19 y a los 21. Y luego encaraste un embarazo a los 39...
–Cuando fui madre de mis primeras hijas rondaba los 20 años; cuando fui madre de la tercera, tenía 20 más. En todo hay pros y contras. Supe ser una madre joven, más cercana a mis hijas, con menos miedo, con mucha más energía. A los 39, lo fui por tercera vez, obviamente no tenía esa energía, pero sí más paciencia, tuve más miedos, pero ya era un poco más sabia. Es cierto que los años me separaban mucho más, pero también es cierto que a los 20 quería comerme el mundo y estaba tras la conquista de cosas que me alejaban literalmente de ellas más tiempo que ahora. Todo momento tiene su luz y su sombra. No creo en eso de que una cosa sea mejor que la otra. Todo es un aprendizaje. También es cierto que en la medida que vas cumpliendo años hay cosas que sentís que son más preciosas que otras.
Espejito, espejito
"Yo no entré en eso de operarme por estar cinco minutos más joven –reconoce–, pero la verdad es que no voy a criticar a quienes tuvieron la necesidad de hacerlo. Tengo una mirada muy piadosa hacia esas mujeres."
–¿Por qué piadosa?
–Me he lamentado por algunas actrices maravillosas que ahora sólo tienen una expresión en la cara, pero no tengo para ellas una actitud crítica, las comprendo perfectamente. Creo que han tenido que luchar con un medio que les pide que estén siempre divinas, espectaculares, sexy. Las actrices somos personas de una enorme vulnerabilidad. Cada vez que tenemos que actuar trascendemos esa enorme inseguridad para enchufarnos en algún personaje casi con el único objetivo de recibir un poco de afecto, de reconocimiento. Solemos tener un agujero afectivo importante. La enorme exposición, la presión, la exigencia y la vulnerabilidad se transforman en desesperación. Entonces llega el momento en el que uno se pregunta qué puede hacer para que la sigan llamando, para que la sigan aceptando. Creo que si zafé hasta ahora de eso, es porque tuve la enorme suerte de estar rodeada de gente, de sentir mucho amor a mi alrededor. Mis hijas siempre fueron mi tabla de salvación. Además, soy una enorme cobarde, le tengo terror al dolor.
–Desde joven aceptaste que tu cara no correspondía con los parámetros de belleza convencionales. Hasta te llegaron a sugerir una operación de nariz...
–Sí, desde chica tuve que luchar y aceptar una cara que no era convencional y, sin embargo, pude desarrollar una carrera sin modificarla. Lo podría haber hecho, pero quizá en ese momento me sentía fuerte para seguir adelante. Pero no sé qué puede pasar en el futuro. Quizás un día me levante toda insegura, con mucha exigencia y sin estar rodeada de todo ese amor que necesito, y tal vez ese día tome la decisión equivocada y me estire. No sé si estoy exenta de tamaña desesperación. Cualquier mujer puede entender esto, porque atravesamos por momentos tan diferentes en nuestras vidas y si un día te agarra mal parada, lo hacés. Es una sociedad muy perversa en este sentido: te empuja hacer algo y después te tira a la hoguera por eso.
Intuitiva y de carácter fuerte, Mercedes reconoce haber heredado de su madre las ideas progresistas y de su padre, el interés político. Ella era una maestra rural. El, un militante peronista que llegó a ser diputado provincial en San Luis. El tiempo hizo que militara en la Juventud Peronista y que también se peleara con la política. "Hubo un tiempo de enojo, de replantearme todo. Fui creciendo y fui cambiando."
–Y hoy, ¿qué papel juega la política en tu vida?
–Me parece que estamos viviendo un momento increíble. Creo que después de años de represión y corrupción política ha vuelto a generarse un ejercicio democrático, de poder decir lo que nos pasa, de poder confrontar ideas. Está implícita esa necesidad de participación, uno lo ve en la gente joven. La discusión se volvió a instalar en la mesa familiar, se volvió a hablar de lo que nos pasa, nos volvimos a interesar por lo que va más allá de tu propia casa, a nivel comunidad. Me parece muy saludable todo esto y no sucede porque sí. Este gobierno es responsable de que así sea.
–¿Te manifestás oficialista?
–No tengo la necesidad de hacerlo más allá de haber manifestado públicamente mi apoyo a la Presidenta (Cristina Fernández de Kirchner). Se lo expresé personalmente en una oportunidad. No me declaro oficialista, porque me parece que no es el mejor lugar para colaborar; es importante mantener una distancia y no tener ningún compromiso, lo que te permite mayor libertad de opinión. Me parece mucho más valioso el apoyo y la crítica de alguien que no tiene la bandera puesta. Me banco perfectamente decir a quién apoyo y a quién no. Cristina es una mujer a la que respeto.
Fue en el verano que volvió a escribir. "Disfruto del ocio creativo", reconoce.
–¿Estás escribiendo ficción?
–No, una especie de memorias. Son recuerdos, momentos que han sido en mi vida reveladores. Me remito mucho a mi infancia, a situaciones con mis hijas. Son como pequeños cuentos. Lo disfruto mucho.
–¿Abandonaste al acordeón?
–Por ahora sí, pero uno nunca sabe, en cualquier momento lo puedo retomar. Soy resorda, para nada musical. Mi hija menor, en cambio, canta, compone, toca el piano, la guitarra. Creo que algún día la voy a acompañar, y en ese momento voy a tener que volver a agarrar el acordeón. ?
EN CARRERA
Estaba embarazada de su primera hija cuando estudiaba Sociología. En el medio, una crisis existencial brutal. Como por arte de magia llegó a un estudio de teatro. Lito Cruz, el profesor, fue el primero que le dijo tenés condiciones.
En televisión fue con Roxy, en Gasoleros, que conoció la popularidad. Por aquella historia de amor con Panigassi (Juan Leyrado) se llevó un Martín Fierro. Otros de sus trabajos memorables fueron en Culpables, Amas de casa desesperadas, Mujeres asesinas y Socias.
Actualmente es, junto con Selva Alemán, Carla Peterson, Florencia Peña y Leticia Bredice, una de las actrices de la década, según los premios Konex.
"Me gusta trabajar con directores noveles. Hay algo en la comunicación con la gente joven que a mí me hace muy bien. Me renueva, me limpia la cabeza." Una de esas debutantes fue Lucrecia Martel, con quien filmó La ciénaga y La niña santa. El año próximo la veremos en Olympia, ópera prima de Leonardo Damario. En cine protagonizó Luna de Avellaneda, de Juan José Campanella; Diario de motocicleta, de Walter Salles; Whisky, Romeo, Zulú, de Enrique Piñeyro, Próxima salida, de Nicolás Tuozzo, y Los Marziano, de Ana Katz (producción de Kramer & Sigman Films, recientemente editada en DVD).
Con Amor, dolor y qué me pongo debutó en teatro en el rol de directora, además de haber hecho la adaptación del texto de Nora y Delia Ephron –junto su pareja, el artista plástico Fidel Sclavo–. Con esta pieza Morán quiso "trascender el rol de compañera o amiga de las colegas actrices" y establecer otro tipo de vínculo con las protagonistas: Cecilia Roth, Leonor Manso, Jorgelina Aruzzi, Ana Katz y su hija Mercedes Scápola. También con su pareja realizó la adaptación de la premiada Agosto, condado Osage, pieza que protagonizó con Norma Aleandro y por la que ganó un Premio ACE. "Es un trabajo muy delicado y encantador el de la adaptación, es una manera de desentrañar el texto."
Locos de contentos (1991), Humores que matan (1997), Monólogos de la vagina (2001) y Pequeños crímenes conyugales (2004-05) fueron otros de sus trabajos en teatro.
MUY PERSONAL
Hija de una maestra rural y de un militante peronista que llegó a ser diputado provincial, Mercedes vivió hasta los 6 años en Concarán, un pueblito de San Luis que limita con la provincia de Córdoba. "Yo me siento puntana", dice. Nació el 21 de septiembre de 1955. Sin la autorización de sus padres se casó a los 17 años. Su marido se convirtió en su tutor para que pudiera terminar el secundario. A los 22 se separó y se fue a vivir con sus dos nenas: Mercedes, de 3, y María, de uno y medio.
Reacia a revelar aspectos de su vida sentimental, compartió algunos años con el director teatral Carlos Rivas y vivió 12 con Oscar Martínez, el padre de Manuela, la más pequeña de sus hijas. De Martínez se separó en 1999. En la actualidad está en pareja con el pintor uruguayo Fidel Sclavo.
"Estoy orgullosa de mis hijas: Mercedes es actriz; María, psicóloga y madre de Ema (su primera nieta). Y Manuela es una adolescente con la que me divierto mucho, ya no sufro como en la adolescencia de mis otras hijas. Mis amigas me decían que ser abuela era una experiencia superadora. La maternidad es maravillosa, pero esto otro es increíble."
EL HOMBRE DE TU VIDA
Se la ve contenta. El hombre de tu vida, el unitario que Telefe pondrá en el aire este mes, los domingos a la noche, marca el reencuentro de la actriz con Juan José Campanella, el director de El secreto de sus ojos. Ya habían trabajado juntos en cine en la película Luna de Avellaneda y en televisión en Culpables, el exitoso unitario que emitió Canal 13. El ciclo, escrito y dirigido por Campanella, cuenta la historia de Hugo (Guillermo Francella), un padre soltero que al estar desocupado acude a su prima Gloria (Morán), que lo suma a su agencia de búsqueda de pareja para mujeres solteras. Sin sospecharlo, Hugo se convierte en el candidato ideal para presentar a las clientas. "Es un proyecto muy divertido. Soy la mimada de este trío encabezado por Campanella, Francella (con quien recientemente trabajó en Los Marziano) y Luis Brandoni." Con El hombre de tu vida, Morán vuelve a la tele, pero esta vez lo hace en otro canal. "Es mi debut en Telefe. Pasé una temporada bien larga en Canal 13, en Pol-ka. Este cambio es como empezar de nuevo. Me pasó estar literalmente perdida en los estudios –reconoce–. Es toda una movida nueva que me tiene muy entusiasmada. Es muy refrescante."






