
Mi cuento urbano sobre Pesaj
Me gustaba saber que había una sinagoga cerca de casa. En especial porque era chica, con un frente agradable y un poco fantasmal, un lugar cuya existencia no me constaba, como si hubiera estado ahí de a intervalos, perdida entre madereras, talleres, supermercados chinos y la panchería zombi de la esquina.
Esa tarde, antes de que saliera la primera estrella, me acerqué con mi hija de 2 años. En la puerta había cinco tipos con las cabezas cubiertas, hablando de fútbol con el policía de la garita. Pregunté a qué hora abrían. Era noche de Pesaj y cualquier judío debería haberlo sabido. "A las 6", dijo uno con una sonrisa. "En cinco minutos."
A su lado estaba el rabino, un hombre grandote entrado en años con un par de hijos adolescentes de trajes y sombreros negros. Me di cuenta de que había caído en un templo ortodoxo y que mi presencia podía ser disruptiva, pero creo que me veían como un padre joven en busca de respuestas, un potencial suministro de sangre nueva.
El lugar pertenecía a la colectividad sefardí. Era un caserón reciclado y en un espacio abierto había una canchita de fútbol y juegos de plaza. Los nenes vestían con camisas, pantalones oscuros y kipá; las nenas con vestidos largos, cuellos altos y mangas abotonadas hasta la muñeca.
Uno de los ocho hijos del rabino, un pibe corpulento de piel capuchina, me contó que su padre estaba a cargo de la sinagoga desde hacía seis años, poco después de que la familia llegara de Israel. Me dijo que se estaba preparando para ser rabino él también, y me preguntó si empezaría a ir al templo regularmente. Le dije que no creía. Me aclaró que no hacía falta que cambiara de vida ni de aspecto. Señaló mi ropa. "¿Para qué, no?", dijo como sondeándome. Tenía 16 años, pero ahí, a los ojos del Señor, él cumplía el rol del veterano.
Mientras tanto, unos veinte hombres oraban en un recinto puesto a nuevo, con butacas tapizadas de rojo, atriles de madera pulida e iluminación perfecta. Del otro lado del vidrio y de una cortina automática, en una especie de cámara de Gesell de la fe, conversaban algunas mujeres con pelucas. Afuera los chicos se hamacaban y trepaban. Una madre jugaba con uno de sus hijos al ping-pong. Era una imagen perfecta: una religiosa retacona, con un pañuelo en la cabeza, dándole chutazos a una pelotita fosforescente.
El clima espiritual del templo contrastaba con el barullo del patio, pero no había tensión. Yo intentaba seguir las oraciones en las páginas de un libro en fonética. Cada tanto mi hija se le escurría a alguna de las chicas que la tenían a cargo, se acercaba hasta la puerta de vidrio y golpeaba. "Vení para acá, dejalo a tu papá", le decían llevándosela a upa.
El rabino se paró frente a nosotros y dio una prédica relajada, combinando conceptos bíblicos con temas cotidianos como el seguro de vida. Después volvieron las plegarias en hebreo, y de a ratos la letanía se convertía en una especie de gospel paisano. Los únicos tres jóvenes que parecían solteros estaban en una esquina, vestidos con una elegancia medioriental moderna.
A las 8 finalizó el servicio. Nos dimos la mano y me dijeron que les gustaría verme más seguido. Uno preguntó adónde íbamos. Respondí que teníamos cena familiar. No quería que nos vieran como parias.
"Bueno -dijo-, si Dios quiere la próxima venís a casa."







