A 60 años de la primera gran migración a Argentina, la comunidad china suma casi 70 mil integrantes y domina el negocio de los supermercados de barrio. Ritos nupciales y sospechas de mafia de un pueblo trabajador.
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Por Verónica Jordana.
Fotos de Tony Valdez.
Sin perder la calma, Luis Yu pide perdón e interrumpe la charla. "Disculpá pero tengo que arreglar esto antes de que lleguen los novios", dice con perfecto acento porteño, con una mano en la cintura y la otra apuntando hacia la gigantografía que cuelga torcida justo en la entrada del salón principal del Cinco Montañas, un tradicional restaurante chino sobre la calle Moreno. La urgencia se justifica. Luis es el responsable de la organización del casamiento que está a punto de celebrarse y lo que se acaba de soltar y pende inestable es la foto que los futuros esposos –dos semanas antes y en una producción de película en el estudio de Luis– se sacaron y eligieron para dar prueba pública de su amor. En la foto, la pareja de jóvenes chinos vestida como dos príncipes sacados de una película de Disney flota en lo que parece el fondo de una diapositiva de Power Point celeste y azul. Ríen. Están felices, viviendo su propia película de amor y fantasía.
"Esa es la costumbre china. Las fotos se hacen antes del casamiento, en estudio. Se usa todo tipo de vestuario, se maquilla a los novios, se ponen luces. Se hace toda una producción. Nada que ver con los casamientos argentinos", explica Luis mientras se sube a una escalera para enderezar a la pareja.
Luis, que en realidad se llama Yu Wei, entiende de ambas culturas. Tenía 8 años cuando sus padres, cansados de la falta de libertades y oportunidades económicas en la China comunista de entonces, decidieron cambiar Shangai por Buenos Aires. La familia Yu tenía buenas referencias de este otro puerto al otro lado del mundo. Uno de sus tíos había formado parte de la primera gran ola de inmigración china a principios de los 50 y no había tardado en enamorarse de la ciudad y de una de sus representantes femeninas. La revista Gente incluso le dedicó una nota en la que lo presenta como el primer chino en comer asado con arroz. Su tío fue el que apenas llegado lo bautizó Luis, un nombre más fácil de pronunciar y retener para los argentinos.
El caso es que, instalados en un departamento en Núñez y con familia argentina, Luis creció y vivió siempre entre dos culturas. Aprendió castellano y de historia argentina en el normal de Villa Urquiza, y de cultura y costumbres chinas en el seno de su familia y en el colegio chino de los sábados. Sus padres, como la mayoría de los primeros inmigrantes, pusieron un restaurante chino adaptado al gusto occidental.
El negocio del chow fan y el chow mien duró hasta finales de los años 80, hasta que el rumor de que en los restaurantes chinos se vendía rata por pollo terminó mermando la clientela y el local empezó a dar pérdidas. Luego vino la tintorería. Mientras tanto Luis terminó la secundaria y, siguiendo el mandato familiar, estudió Abogacía en la Universidad de Belgrano. Se recibió y en el camino conoció a su esposa. Ella –también china pero de origen taiwanés– le propuso aprovechar los contactos dentro de la comunidad y montar una empresa de servicios de casamiento.
Corría el año 2000, y para ese entonces ya se había producido en Argentina el último y más importante flujo de inmigración china. La convertibilidad había sido un dulce difícil de resistir y, según el trabajo de investigación realizado por Laura Bogado Bordazar de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), el número de residentes chinos en el país ascendía entonces a 60 mil. El negocio era redondo: Luis conocía a la perfección las costumbres chinas, tenía los contactos, y en Agentina había miles de familias con muchas ganas de celebrar su gran casamiento chino.
¡Eaaaah! ¡Piraparapata pum! la noche porteña se ilumina. Los fuegos artificiales marcan la llegada de los novios al restaurante. Ella, con el pelo oscuro recogido en un rodete, las pestañas maquilladas de un negro profundo, y el vestido blanco, elegante, parece una novia sacada de una película de Hollywood de los años 50, o un personaje de la película de Wong Kar-wai, Con ánimo de amar. El, con smoking negro, una camisa blanca cuello mao y un modernísimo corte de pelo rebajado hacia un costado, recuerda más a una de esas estrellas pop –mezcla de Enrique Iglesias y Jackie Chan– cuyas melodías pegajosas cautivan a la juventud de la nueva china globalizada y que en Buenos Aires suelen ser la banda sonora de supermercados y negocios del Barrio Chino en Belgrano.
Los dos jóvenes bajan juntos del Mégane alquilado y un amigo los escolta y protege de los fuegos artificiales con un paraguas rojo. Apenas pisan la alfombra que cubre el largo pasillo que separa la calle del salón, la veintena de amigos y familiares que estuvieron esperando mientras la pareja terminaba su sesión de fotos y video en la Costanera Sur se abalanzan sobre ellos. Entre risas y gritos, exigen al novio que demuestre su hospitalidad y generosidad repartiendo cigarrillos. Los pang lang o testigos, identificados con un moño rojo, son los encargados de arrojar al aire los cartones de Septwolves: la marca de tabaco más popular de China. Todos quieren su marquilla roja, y de a poco los novios avanzan hacia el salón donde el resto de los más de 300 invitados comen con palitos chinos todo tipo de platos y toman jugo de zapallo verde, mucha cerveza y más vino.
Para los chinos, el éxito y bondad de una fiesta es directamente proporcional a la cantidad de comida y alcohol servidos. La fila interminable de carritos que salen desde la cocina y el número de botellas de vino de la bodega Catena Zapata que se descorchan por segundo son señal evidente de que el casamiento del único hijo varón de la familia Xing será un triunfo rotundo.
Los Xing son dueños de la cadena de tenedores libres The Grant’s y manejan varios supermercados desparramados por distintos barrios de la ciudad.
"Familias buenas. Negocios muchos, y plata también. Muy respetados. Va a ser casamiento grande", me había adelantado Mónica Jin Hon, la alegre conductora de la boda, dos días antes. Seis años como animadora de casamientos, una personalidad simpática y extrovertida, y cientos de contactos la convierten en la guía ideal para adentrarse en los vericuetos de la comunidad china local. "Venga, si quiere, yo conozco y presento a gente para que le cuente. Chinos acá en Buenos Aires son muchos pero nos conocemos todos", insistirá cada vez que nos veamos.
Mónica, al igual que Luis, es de Shangai. Tiene 56 años pero, como la mayoría de los chinos, aparenta muchos menos. Llegó a Buenos Aires hace dieciséis años, sin saber ni una palabra de español y con apenas el nombre de Maradona como referencia de lo argentino. Cansada de la rigidez y el autoritarismo de la China de aquel momento, su hermana y su cuñado no debieron utilizar muchos argumentos para que aceptara la invitación de venir a trabajar en el consultorio de acupuntura que habían abierto un par de años antes.
"Argentina gusta mucho. Lugar lindo, tiempo bueno. No mucha gente. En China mucha gente. Además acá en Argentina puedo trabajar. Allá yo debería ser jubilada, mal visto que una mujer de mi edad trabaje. Menos cantando y haciendo lo que yo hago", explica mientras toma café, una de las varias costumbres argentinas que adquirió.
Mónica formó parte de la última y más importante ola de inmigración, aquella que permitió a Luis empezar con la empresa de organización de casamientos y que trajo a miles de chinos provenientes de las provincias costeras de China, en su mayoría –como los Xing– de Fujian.
"Cuando yo vine a Argentina, vinieron muchos chinos también. Aunque la mayoría, casi todos, eran chinos de Fujian" aclara Mónica. El "aunque" no es casual. Sobre todo para los shangaineses, las diferencias entre Shangai y Fujian son muchas y marcadas.
En el imaginario chino, Shangai es una ciudad especial, distinta, símbolo de lo moderno y del poderío económico. Ubicada más al sur y dueña de una geografía montañosa que durante mucho tiempo la mantuvo aislada, Fujian es una provincia predominantemente rural, cuya apertura y desarrollo económico recientes todavía no le terminan de quitar el rótulo, un tanto despectivo, de campesina y tradicional.
"La gente de esa provincia acostumbra casarse muy joven. Muy chicos, 18 años, por ahí. Vienen directamente en avión para casarse, a veces", explica Mónica. El comentario del avión no es descabellado. Dentro de la colectividad es habitual que marido y mujer emigren solos, o que dejen a sus hijos al cuidado de los abuelos en su pueblo natal y, recién unos años después, los traigan a Argentina.
Fujian es también la tierra de origen del 90 por ciento de los casi 70.000 chinos que –según cifras de la Cámara de Comercio Argentino-China– hoy viven en el país. Ellos son dueños de más de 5.000 supermercados y autoservicios de la ciudad y el Gran Buenos Aires. Tanta concentración en el rubro hizo que dentro de la colectividad se los distinga como "los supermercadistas".
"From a distance", la voz de Bette Midler resuena en todo el salón. Mónica, parada en el escenario anuncia en chino, pero intercalando un par de "muy bien", la entrada de los novios. En el escenario –decorado con globos en forma de corazón y una pancarta roja con el ideograma chino "Xi", que significa doble felicidad– los esperan los padres de ambos y lo testigos. Mónica sonríe. Como convalidando la redondez ocular de la animación manga, abre grandes sus ojos rasgados y da comienzo a la serie de saludos que conforman el ritual del matrimonio. Reverencia a los padres, a China, al cielo y la tierra, y por último, el saludo entre los novios que los convierte en marido y mujer. Para celebrarlo, una canción de amor en chino, y una pirámide de copas llenas de champagne.
Que se case el único hombre de la familia no es cosa de todos los días. La familia –en su amplia concepción del término, que incluye al primo del primo del primo, o incluso a socios económicos importantes– es todo, o casi. Pero son los hijos varones quienes definen la descendencia y quienes, en definitiva, son miembros permanentes del clan en el que nacieron. De las mujeres se espera que, eventualmente, se casen y se separen de su familia natal. En ese sentido, que el único varón decida dar el sí implica no sólo la continuidad familiar, sino que, con la incorporación de un nuevo miembro, también la posibilidad de expandir aun más los negocios. La lógica es simple: otro matrimonio, un nuevo núcleo familiar para hacerse cargo de otro supermercado.
El de los supermercados es un negocio exclusivamente familiar. En ellos trabaja toda la familia. Padre, madre e hijos viven en el fondo del local y en 14 horas diarias manejan la mercadería, controlan las ventas y pagan a proveedores. No hay casi lugar para empleados y para expandir el negocio hay que mandar a llamar a los primos que quedaron en China, casar al hijo, o asociarse con un amigo cercano, que en el mejor de los casos resulta ser pariente político por adopción.
Los problemas y las peleas llegan cuando, por ejemplo, algún miembro de otra familia decide abrir un supermercado en la misma cuadra. En esos casos, y para evitar que el problema pase a mayores, suele intervenir la Cámara de Autoservicios y Supermercados propiedad de Residentes Chinos (CASRECH) que nuclea a todos los supermercadistas y hace de mediadora para convencer al menos a uno de los implicados de que la situación terminará perjudicando a ambos: la escalada por establecer el precio más bajo hará que los márgenes de ganancia sean más ajustados.
Luis, que es de Shangai y tiene poco que ver con los supermercadistas, analiza y mira estos problemas desde afuera pero con gran conocimiento de causa. Con casi cinco años organizando casamientos para los chinos provenientes de Fujian, dice que ha trabajado "para todos los bandos", y se ríe.
"Son complicados. La mayoría es gente que viene de trabajar en el campo con una cultura muy tradicional y patriarcal, y a veces resuelven los problemas de una forma medio imtempestiva", explica mientras ultima los detalles de sonido antes del comienzo del casamiento. "Ojo, no estoy hablando de que son mafias, ni nada por el estilo. Pero de vez en cuando uno se entera de que tal se peleó con el otro, y que tal otro tuvo que cerrar el local", aclara.
El de la mafia es uno de los estereotipos con el que mundialmente cargan los chinos provenientes de Fujian. La provincia ubicada frente a Taiwán es la tierra natal de la mayoría de los llamados "chinos de ultramar". "En cualquier lugar del planeta es posible encontrar a un ciudadano de Fujian", reza un dicho popular chino. Y no es para menos. Actualmente, según cifras oficiales del gobierno chino, el número de los nativos de Fujian residentes en el extranjero llega a más de 8,8 millones. De la necesidad salen los negocios, y tanto movimiento de personas ha provocado su vinculación con todo tipo de mafias de tráfico ilegal de personas.
Las sospechas están y nadie niega la existencia de "cabezas de serpiente" (shetou) que, según Gladys Nieto, investigadora española del Centro de Estudios de Asia Oriental de la Universidad Autónoma de Madrid, "son individuos que han rentabilizado las posibilidades económicas que brinda la globalización de la emigración internacional para cobrar por los servicios que antes se proveían de manera gratuita gracias a las redes de amistad entre estos inmigrantes".
Pero también es verdad que el mito de la mafia suele alimentarse y confundirse con la actitud sumamente corporativa que tiene la propia comunidad, sobre todo cuando sus intereses se ven amenazados. Por otro lado, el hecho de que muchos inmigrantes consigan sus visas de inversores gracias al aporte de dinero de su familia o de miembros de la comunidad y que al llegar suelan trabajar con ellos para pagar su deuda también se presta a confusiones.
Luego de la ceremonia, Aurora, una cantante y bailarina de danza árabe, le pone el toque de erotismo a la fiesta. Los invitados, ya con un par de copas encima, no sacan los ojos del vientre de la joven argentina. Celebran. Comen. Beben. Gritan "¡Gan bei!", que en español significa "fondo blanco", un deseo de buena fortuna, salud y larga vida. Para los novios, negarse a un gan bei podría poner en juego la felicidad del matrimonio. Además, para el hombre puede ser un signo de escasa virilidad. Por eso nadie dice nada si con el brindis, en un movimiento torpe casi a propósito, el novio o la novia vuelcan la mitad del vino.
"Tampoco es cuestión de intoxicar a los novios", precisa Mariano Ma con los dedos y los puños todavía mojados por el vino que derramó el novio antes de apurar la copa a seco. Mariano, con dos títulos universitarios y un importante puesto en un banco mayorista de la city porteña, es un fiel exponente de la autoproclamada generación 1.5 de inmigrantes chinos: todos aquellos que llegaron al país siendo chicos, que hoy tienen entre 30 y 45 años, y que, tras haber estudiado e incluso haber podido hacer una carrera universitaria, sin serlo por nacimiento se sienten argentinos por adopción.
"La generación 1.0 la conforman nuestros padres, que dedicaron su vida al trabajo duro para que nosotros tengamos un futuro. Nosotros, los que vinimos de chiquitos y sabemos hablar bien el castellano somos la generación intermedia. Nuestros hijos, que ya nacieron en el país y hoy tienen no más de 5 años, serían la generación 2.0. Ellos son argentinos completos y son los que van a terminar de lograr la integración", explica Mariano entre plato y plato.
Pero no todos los inmigrantes chinos gozan de esta posición. La gran mayoría, sobre todo aquellos que se dedican al supermercadismo, apenas tiene tiempo para celebrar o asistir a un casamiento. Por ese motivo suelen organizarse los domingos a partir de las 10 de la noche. Trabajar mucho, gastar poco y ahorrar, ahorrar, ahorrar, ahorrar y ahorrar. Esa es la filosofía.
"En cultura china tenemos un refrán que dice que persona anterior planta semilla de árbol para la gente que viene pueda usar como sombra. Es decir, cuando planta semilla está pensando que de ese árbol van a salir ramas que hacen sombra para los que vienen", explica el vicepresidente de la CASRECH, Oscar Zheng, sentado en su escritorio de las flamantes oficinas del nuevo edificio de la cámara. "Los chinos que trabajan con supermercados no tienen tiempo para la diversión", agrega.
Es casi la 1 de la madrugada, luego de tres horas de comida, vino y canto, los invitados empiezan a irse. Sin previo aviso y sin saludar, van dejando sus lugares. Mañana, hoy, ya es lunes y dentro de muy pocas horas hay que volver al trabajo. Otros se quedan cantando karaoke. En la puerta de entrada al salón sigue colgada la gigantografía de los novios. Y el book de fotos plastificadas. Ellos como rock stars, ellos como reyes, ellos como estrellas de Hollywood, ellos en un descapotable, en medio de la selva. Ellos felices. Abrazados. Mirando al futuro. Hijos. Nuevos negocios. Trabajo. Hay que dormir para mañana arrancar temprano.
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