
Mirá quién habla
Ventrílocuos los hubo siempre. Pero ellos se quejan: no tienen el espacio que merecen. En tanto, se reúnen cada mes y -sin mover los labios- dejan que sus muñecos charlen hasta por los codos
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Miguel Angel Lembo estaba preñado. El vientre inmenso y pálido guardaba un secreto, y Lembo estaba ansioso, tan embarazado y feliz, que pensaba en su vástago día y noche. Le componía canciones, imaginaba charlas entre padre e hijo, y le hacía jurar al futuro heredero que, desde ningún concepto, podría crecer y abandonarlo.
Hasta que llegó el gran día: Lembo sintió algo extraño, un retortijón, un aviso. Fue a la sala de partos, y dio a luz sin esfuerzo.
-Los ventrílocuos tenemos una cualidad: podemos parir.
Dice Lembo, que sigue igual de gordo, aun cuando el hijo descansa sobre su falda. Pascualito, se llama el chico. Y tiene una cara que -como la de todos los muñecos- es un poco patética. La sonrisa dura y crispada, los ojos como huevos secos. Pero a Lembo no le importa. Cuenta la leyenda que, antes del nacimiento, hubo un diálogo. Un pacto de caballeros. Cuando Lembo iba en su auto, todavía embarazado, mantuvo una de sus charlas ficticias.
-¿Y cómo vas a ser? -preguntó.
-¿Qué? ¿Si llego a ser feo no me vas a querer? -contestó Pascualito, desde el más allá.
-No, escuchame, los hijos se quieren aunque sean feos. Hagamos una cosa: cuando nos conozcamos, aunque no nos gustemos, vamos a aceptarnos.
La cuestión es que Pascualito salió horrible, y la desilusión fue inmensa: Lembo había estado esperando a su hijo desde hacía mucho tiempo.
-Yo soy mago, globólogo y animador de fiestas infantiles -cuenta, y la voz grave le retumba detrás de la papada-. Y una noche, en un café concert, conocí a Wilde y su muñeco Paquito. Para qué: me revolucionó la entendedera. Esa noche llovía mucho, y cuando terminé el espectáculo y me estaba yendo en mi auto lo vi a Wilde mojándose en la calle con su muñeco. Lo llevé con mi auto hasta la casa, y ahí nació la amistad. Entonces fui a ver a Omar Pellegrino, alias Magoyazo, al que le compraba los globos para globología, y le dije: "Vos, que estás en el ambiente, conseguime un muñeco que quiero ser ventrílocuo".
Magoyazo cumplió con su rol de cigüeña y transportó el hijo hasta los brazos de Lembo. Doblado, estaba Pascualito. "Abro la caja y un olor a humedad, un traje viejo, una pinta de torturado tenía... me bajoneó cuando lo vi."
Muchas cosas pasaron desde ese encuentro hasta hoy. Pascualito, por lo pronto, padeció un lifting: en una clínica de muñecas le separaron las cejas, le pintaron la boca y le pusieron ojos claros. Y Lembo se transformó en el líder del Círculo de Ventrílocuos Argentinos (Civear), una asociación con poco más de treinta miembros que se reúne todos los principios de mes en un bar de San Telmo.
Hoy es una de esas noches de mitin. Frente a la plaza Dorrego, un primer piso en sombras se empieza a transformar en la Sede Nacional del Mundo Bizarro. Una mujer se pasea con una rata de hule que se retuerce en su regazo. Le grita: quieta, quieta, y la rata se mueve tanto que hasta llega a dar miedo, y de pronto pega un brinco y, zas, infarta a cualquiera. Mientras Cecil Charré -dueña también del mediático perrito Alfonso, que estuvo en el viejo ATC- explica a sus colegas las técnicas para que la ratita parezca vivísima, una señora rubia mece un muñeco sobre su falda. Dice que se llama Casimiro, que tiene 75 años y una historia conmovedora: creció sin saber que tenía un hermano.
-Cuando se conocieron, Tiburcio estaba todo empilchado, reloj con cadena... pero Casimiro no.
Pertenecen a clases distintas, aunque el padre haya sido el mismo.
Dice la señora rubia y provoca escozor, tal vez incomodidad, ver que habla en serio. Se la oye mal, a la señora rubia. Mal porque está un poquito emocionada. Y mal porque Alfonso, el bendito perrito Alfonso, no para de ladrar. Entre el ruido, por lo tanto, la gente se pasea con su muñeco a cuestas. Casi todos son dobles de profesión. En estos tiempos, vivir únicamente de ventrílocuo es como ser secretaria y no hablar inglés. Algunos son magos-ventrílocuos, otros ventrílocuos-músicos, otros ventrílocuos-políglotos, otros ventrílocuos-globólogos.
Y aun así, a todos les va como al país. A todos, menos a ese pelado que ahora entra con la calva brillante como un mármol, el pecho inflado, el traje impecable y los zapatos de lustre que enceguece. Se llama Marcelo Bonetti y, según comenta Lembo, es una eminencia: viajó con sus shows y su muñeco Cirilo, y fue amigo de Chasman. O Mister Chasman, como lo llaman en el grupo.
"Fue un hombre tan importante que nos ha inspirado a todos. Si bien existieron ventrílocuos antes que él, la historia se divide en antes de Chasman y después de Chasman -explica Lembo, el mayor de la generación d.Ch.-. Hasta que un día me reuní con Marcelo Melison, un colega que fue distinguido por el Club de Las Vegas, y le propuse formar un círculo de ventrílocuos. Presidente: Mister Chasman. Pero nos dejamos estar, pasó el tiempo y el 21 de mayo falleció. Tanto, tanto esperar y no le dimos el gusto... Así que de inmediato formamos el Civear. Y el presidente sigue siendo Chasman, pero in memóriam".
De alma presente, Mister Chasman preside la reunión que empieza en este instante. "Damas, caballeros y muñecos", dice Lembo, líder espiritual, barril desmesurado y húmedo. Y todos hacen silencio. De ahí en adelante, la charla avanzará por terrenos comunes: ventrílocuos conocidos por todos, la preocupante historia de Chirolita (ver recuadro), la idea -aplaudida hasta el ardor- de hacer un congreso argentino de ventriloquía. Alguien menciona que conoció a un hombre que hace hablar a un lorito. "¿Pero habla o es polifonista?", pregunta Cecil Charré, con la mueca severa y distante con que algunos dicen ¿inquilino o propietario? Mencionan también a ese ventrílocuo que hace hablar a su muñeco mientras infla un globo. Y a ese otro, un tal Carlos Donoso, que resultó ser un fiasco: se le movían los labios. A Donoso, al menos, lo deben entender en su casa. Y es que charlar con un ventrílocuo es una tarea de paciencia: a muchos, el vicio profesional les hermetizó la boca. Cada vez la mueven menos, cada vez se parecen más a su muñeco.
Y no es broma, porque si lo fuera el doctor Páker no sería tan parecido a Tiburcio. Con 85 años, los ojos de anticuario, la mandíbula cuadrada, Páker es un muñeco más. Hoy, días después de la reunión, llega solo a la entrevista, cargando su bolso con Tiburcio adentro. Su nieto, el que lo acompaña a todas partes, está estacionando el coche. Y mientras tanto se acerca el doctor Páker, una piensa que en cualquier momento se desploma. Pero no. Cuando maneja a Tiburcio, y cuando habla y recuerda, el señor Norberto Eliodoro Marión se arranca las décadas de encima.
-Yo empecé en el varieté a los 18 años, pero la aparición del cine sonoro nos desplazó. Años más tarde pedimos a Evita que volvieran los números vivos obligatorios en los cines, y así fue. Y acá estoy. Ahora tengo 85 años, y Tiburcio 67. El es el primero, porque tengo varios. Actué hasta con siete muñecos, de a dos por vez, uno en cada pierna.
-¿Tiburcio es el hermano de Casimiro?
-Claro -sonríe-. Los dos fueron fabricados por la misma persona. Casimiro es de un ventrílocuo que ya murió, llamado Osiris, que también era policía. Porque somos tres los policías retirados: Osiris, Lembo y yo.
La Policía Federal supo aprovechar las virtudes del doctor Páker. El comisario lo llevaba a actuar en plazas y festivales, y ésos eran buenos tiempos: el trabajo no faltaba, la gente se amuchaba y aplaudía, la gloria era de unos pocos. "El mejor momento era cuando apenas empezaba yo, que éramos seis o siete -recuerda primoroso, encerrado en su trajecito de faja y volados blancos-. Estaban Belmal, que había sido empleado de Gath & Chaves, y Guglielme, el italiano que después formó el dúo Chichipolo, el primero que hacía hablar a un lorito. Actualmente yo tengo uno igual: el lorito que habla y fuma. El único." Se ríe entre los pliegues de arrugas, casi asmático, con esa voz que les queda a los ventrílocuos después de forzar la garganta durante toda una vida. Tantos años de historia también le dejaron anécdotas. Como cuando lo invitaron para un show en el interior y paró en una estancia, y se fue a cazar a caballo con el hijo del capataz. En medio del monte, el doctor Páker empezó a hablarle al caballo. "Cómo le va, caballo", dijo. "Y... me hacen trabajar mucho", contestó Mister Ed. El hijo del capataz no dijo ni mu. Pero llegada la noche, en la cocina y tomando mate a la luz del candil, el niño balbuceó un "papá, el hombre habló con el caballo". Papá no le creyó, hasta que de pronto entró un perro y Páker le dio charla. Cruz diablo.
"En los pueblos se creían todo. Yo viajaba mucho y nunca cobraba. Vivía del dinero que hacía en Buenos Aires, animando fiestas infantiles. Eso se cobraba muy bien, pero ahora cayó. Los chicos de hoy ya no creen tanto. ¿Y quién los avivó? ¿Eh? La televisión." Sentencia el doctor Páker, con la verdad apretadita en el entrecejo. Y aun así, hay chicos que prefieren dejarse avivar por otras cosas. A Marisa, por ejemplo, la despabiló un libro: La noche del muñeco viviente. O la clásica historia símil Chucky con juguete maldito y sangre incluidos. "El cuento trataba sobre dos hermanas que se compran dos muñecos que toman vida, y que las quieren transformar en sus esclavas. Termina que a los muñecos los aplasta una aplanadora -cuenta Marisa, con voz de florcita-. Y me gustó la idea de un muñeco que cobraba vida, entonces empecé a buscar un muñeco de ventrílocuo para mí." Desde los 9 años, cuando compró el libro, hasta los 11, la florcita Marisa se transformó en una especie de tortura de la gota. Todos los días insistía con encontrar el chiche, y la familia asumió la responsabilidad con el mismo empeño con que la SIDE buscaba a la tortuga de James Cheek. "Mi hermana soñó que finalmente lo conseguía y que era maldito como el del libro -sonríe dulcemente, la boquita pintada con el rosa flúo de mamá-. Y yo una vez soñé que lo estaba por comprar y justo en ese momento me despertó mi mamá para ir a la escuela. Estuve dos días enojada." Hasta que llegó el gran momento: gracias a una revista se enteró de la existencia del Civear. Llamó, y Lembo atendió del otro lado. A pesar de que Marisa lloraba de emoción -y de que Lembo no vocalizaba demasiado- logró tomar nota del lugar y la fecha en que se reunía la cofradía. Allí fue, entonces, y allí conoció a Karim Araujo, el ventrílocuo encargado de armarle el muñeco. Un juguete viviente que ya ha concurrido varias veces al colegio, ferias, programas de televisión y varios escenarios, entre ellos el del Café Tortoni. Se llama Jacinto. Aunque al principio -y hasta que se le ocurriera un nombre mejor- decidió ponerle Charly, "porque la ch le queda bien a los chicos".
Javier Villoldo también fabricó un Charly, pero esta vez es el que imaginamos todos. "Hago muchos personajes, y me ha pasado que durante un show con el muñeco de Menem la gente gritaba: ¡Buuuuu!, y de repente una señora saltó diciendo: ¡Bu, nada! ¡Es el Presidente, más respeto! Y a mi viejo también le ha pasado que, actuando en un boliche en plena dictadura, entró la policía a hacer una razia. El muñeco dice: Uy, sonamos, no tengo documento. Entonces el gendarme se acercó, miró al muñeco y le dijo: ¡Cállese la boca!. Lo dijo totalmente serio. Usted cállese la boca y usted hágalo callar, le dijo a mi viejo."
Cuentan que el viejo, Javier Villoldo padre, fue uno de los ventrílocuos más conocidos del país. Tenía condiciones para ser un Chasman, pero un cáncer lo mató tempranamente. Javier hijo tenía entonces 6 años y algo de experiencia en el rubro: mientras el padre hacía los shows, él jugaba a esconderse en la valija vacía. "Hasta que mi viejo murió, y pasaron los años, y un día, a los 17, me llama un amigo suyo para decirme que tenía a Jaimito, su muñeco -cuenta con esa forma de hablar tan extraña que tienen los ventrílocuos. Ellos acostumbran esconder las letras en la boca, hacerlas bailar sin que lleguen a los labios. Y las palabras, en boca de Javier, suenan así: guardadas, extrañas, aspiradas-. Yo sabía que mi papá quería que yo fuera ventrílocuo: de chiquito ya me hacía practicar las vocales con una Rana René de paño, pero nada más. Pero antes de morir quemó todas sus cosas, libretos, rutinas. Y yo crecí pensando que también había quemado el muñeco. Hasta ese día en que me lo dieron... Cuando metí la mano y agarré la palanca para mover los ojos, no se movía. Tenía miedo de abrir a Jaimito, pero me animé y lo desarmé, le saqué la peluca, le abrí la cabeza... y entonces encontré una hoja que asomaba por la tapa de la nuca. Era una carta de mi viejo. Qué tal, Javier -me decía-. Me imagino que tendrás entre 17 y 18 años. Soy yo, tu papá, estoy en el más allá, buuu. Me explicaba técnicas específicas de lo que es la ventriloquía, me decía incluso cómo tenía que arreglar eso que estaba roto a propósito. Y me dijo que hiciera de esta profesión algo como la gente." Largo como un junco, Javier camina hasta la valija y muestra su legado. La sonrisa de dientes duros, los ojos de cristal, las mejillas en punto de caramelo. Jaimito está igual que hace diecisiete años, cuando hablaba sobre la falda de Villoldo padre. Y como prueba está esa foto, una imagen que conmueve. Padre e hijo en los extremos, y el muñeco en el centro. El muñeco, con un reloj que no funciona. "Es que para ellos los años no pasan", explica Javier, metro y medio más alto que en la foto.
Eso, entonces. Que sólo envejecen los ventrílocuos. Que los muñecos, como las pasiones, permanecen intactos más allá del tiempo. Y vencen a la muerte, y tal vez sea por eso que siempre están sonriendo.
Generalizada inquietud por el estado físico y mental de Chirolita
La tenencia de Chirolita, su presente, su inquietante paradero, es una incógnita que preocupa a todos. Y es que con la muerte de Mister Chasman -acaecida el 21 de mayo de 1999-, Chirolita quedó huérfano. Y ahí comenzaron los problemas con el célebre muñeco. Primero se pensó en donarlo a la Casa del Teatro, hasta que el hijo humano de Chasman -el de carne y hueso- decidió quedárselo. Ahora bien: imaginemos la difícil infancia de un niñito cuyo padre dedica más tiempo a un títere que a él. Puede haber sido de verdad tremenda. Tan tremenda como la suerte de Chirolita: ahora todos temen por su integridad. "Chirola le arruinó la niñez al hijo de Chasman, y el pibe no quiere saber nada de ventriloquía", grafica Lembo. Pero la señora rubia, siempre con el perrito Casimiro a cuestas, da una señal de esperanza: "No importa, Chirolita lo va a esperar hasta que cambie de idea".






