
Juliana Laffitte y Manuel Mendanha son una pareja y un dúo artístico que acaba de hacer la muestra del año en el MamBA.
1 minuto de lectura'

Juliana Laffitte ¡No sé qué dice!
El polo femenino de la Santísima Dualidad de Mondongo –una pareja en estado de ebullición creativa que, cada tanto, entra en otro estado, en el de ebullición explosiva– tiene los ojos oscuros encendidos de enojo. Morocha, madre, 39 años, flequillo rolinga y calzas, se queja de su socio. Manuel Mendanha, el objeto de su ira, tiene 37, usa barba, pelo lacio un poco por arriba de los hombros, camisa leñadora de vocalista de banda grunge y conceptos en apariencia demasiado complejos para Juliana.
Manuel Hablo de lo que nos pasa muchas veces con los trabajos, donde el toque de brillo final proviene casi siempre de vos.
Juliana ¿Qué querés decir? ¡Trabajo como una perra! Si alguien lee eso se entiende que voy al final de la obra, hago un toque mágico y listo.
Manuel No, no. Vos aclaralo y ya está.
Brando: Lo que yo entendí que Manuel quiere decir –intercedo aplicando solidaridad de género– es que tu trabajo es más explosivo, como una inspiración. El de él, en cambio, es más constante y reflexivo.
Juliana Puede ser.
Juliana se tranquiliza y todos respiramos aliviados. Además de un exitoso dúo de artistas, el más renovador e iconoclasta de la escena local, los Mondongo son un matrimonio con una hija, Francisca, y sería una gran pérdida si el malentendido de una entrevista socavase su productiva alianza.
Sus obras –retratos, paisajes, escenas pornográficas bajadas de internet, escenas amorosas sacadas de su vida diaria– están hechas con la materia prima de la cotidianidad. El chino y la mercería son sus proveedores de materiales. Donde otros pintan con óleos, ellos usan galletitas, carne, espejos de colores, plumas y, en los últimos años, plastilina e hilos. Estos elementos son los que sostienen la muestra que acaban de exponer en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires ( MAMBA ), con gran éxito de público. Convocantes y muy bien pagos en las galerías de arte donde se mueve el dinero de verdad (en el momento de la entrevista, estaban terminando una calavera plagada de iconografía argenta, ícono de Clarín festejando la caída de un gobierno incluido, que se embarcó rumbo a los Emiratos Árabes), hace cinco años que no exponían en Buenos Aires. El éxito de la muestra los puso felices. Los Mondongo son de acá, hablan de cosas de acá y crean acá, en un estudio de dos pisos pequeños y atiborrados de cuadros y materiales.
Por la puerta que da a la calle circulan señores de traje con el saco abultado a la altura de la cintura. Son los policías de la comisaría de la esquina, que queda a la vuelta de Plaza Italia. Al fondo, luego de recorrer un largo pasillo que funciona como el hoyo en el que cae Alicia en el País de las Maravillas, está el búnker de los Mondongo, el espacio donde crean imágenes como la de ese Fogwill manso y de mirada penetrante, hecho de hilos y con la boca entreabierta, anunciando las dificultades de respiración que precipitarían su muerte. El retrato mide un metro y medio e impone su desconsuelo en la sala de la planta alta donde conversamos. Abajo, amontonada como si fueran las mesas plegables que se alquilan para casamientos, descansa la última gran obra de los Mondongo, el pasaje a la adultez de los que alguna vez fueron los chicos cancheros del arte. Los quince paneles se expusieron en una sala circular del museo y muestran un paisaje onírico de selva y bañado, donde la oscuridad y la podredumbre van cediendo a la luz, hasta terminar en un cielo y un agua limpios de vegetación, claros, esperanzadores. La obra está hecha con plastilina y es monumental –cada panel tiene tres metros de largo y dos de ancho, suman 45 metros en total– y difícil de exhibir. Les ofrecieron fraccionarla y vender paneles individuales, pero los Mondongo no quieren. Si se va, se va entera.

Brando: ¿Por qué hacen arte?
Manuel Creo que los dos tenemos un motor que nos pone a trabajar. A surfear los límites de la realidad. Con el arte, tenés una vía de escape y reflexión sobre la realidad que te circunda, es una grieta en el mundo. Hacés algo que no ves en ningún orden preestablecido. Reflexionás sobre el mundo para pensarlo distinto, para que la gente lo pueda ver desde otro lugar.
Juliana, en cambio, prefiere no pensar sobre la razón de su oficio.
Juliana El otro día lo escuché a León Ferrari en una entrevista vieja. Decía algo con respecto a eso que me pareció fabuloso: si vos tenés una explicación de por qué hacés lo que hacés, te estás cerrando. El porqué del arte es algo misterioso.
Si el imaginario romántico de novela adolescente entiende el amor y la pareja como un estado de equilibrio, Mondongo demuestra que, por el contrario, el suyo se construye sobre tensiones, pequeños desacuerdos que los dos parecen exagerar en un intercambio ensayado, de años de convivencia creativa y doméstica. Juliana juega de mujer impulsiva y enojadiza, lista para subir la apuesta. Manuel esquiva los embates y la envuelve con palabras mientras esconde la sonrisa cómplice y encantada. No hay que pasar más de diez minutos en la misma sala con los Mondongo para entender que lo que los une es un vínculo potente. Como esas parejas darkies que sellan su amor con sangre, el de los Mondongo está hecho de plastilina e hilos.
Juliana Lo que nos unió fue la admiración mutua y aún hoy nuestra unión está basada en el amor a la pintura y al arte.
Manuel Nos gustamos como pintores y esa es la base de nuestra relación.
Se conocieron mientras cursaban el último año de la escuela de Bellas Artes. Parece que fue en el bar, aunque hay diferentes versiones.
Juliana Él medio como que gustaba de mí de antes.
Manuel Sí, sí… gustaba de vos (risas).
Juliana ¡Ey!
Manuel Te estoy diciendo que sí.
Juliana El encuentro se dio en un recreo. Yo estaba comprando café con medialunas.
Manuel A ella le gustaba lo que yo había pintado.
Juliana ¿Dónde?
Manuel El retrato vivo de una modelo, una viejita.
Juliana Eso fue después. Igual, el asunto es que él estaba en una mesa en el bar y yo me guardé las medialunas en el bolsillo del saco porque tenía que esperar el café. Ahí me senté en la mesa donde estaba él y no sé... lo podrías contar vos.
Manuel Yo no me acuerdo nada de esa escena.
Juliana ¿No te acordás de la medialuna en el saco?
Manuel Sí, eso sí, pero ni idea de qué hablamos.
Juliana El punto fue que a él le pareció raro que guardara las medialunas en el bolsillo del saco.

La extrañez fue, y en algún lugar sigue siendo, un punto central de la atracción. Juliana y Manuel vienen de mundos opuestos, mundos que jamás se hubiesen cruzado si la vocación artística combinada con el destino no los hubiera depositado a ambos en el bar de la escuela de Bellas Artes. Manuel es el hijo de dos arquitectos de Núñez, peronistas de izquierda, que lo alentaron en su vocación artística con cursos y talleres –participó de uno con
Carlos Gorriarena
cuando tenía apenas trece años– y lo inscribieron para que cursase el secundario en la alma máter del progresismo porteño: el Colegio Nacional Buenos Aires. Juliana, en cambio, nació en San Nicolás, en el seno de una familia humilde y evangelista. Su padre era empleado de Somisa y cuando la principal industria de la ciudad pasó del acero a la adoración de una virgen milagrosa, los Laffitte se mudaron primero a Villa Ballester y después a José León Suárez. Allí, en el conurbano bonaerense profundo, el padre de Juliana, Marcelo Laffitte, se ganaba la vida como periodista evangelista y ella predicaba la buena nueva de esa religión que no adora imágenes, toda una contradicción con la vocación artística que comenzaba a asomar en Juliana. Ella escribía y dibujaba, pero en su casa no había incentivos ni educación artística. Lo más cercano a la creación que encontraba en su familia eran los pulóveres que tejía su abuela.
Esa chica atravesada por los cuestionamientos a su educación, pero aún presa del temor de Dios y con un largo viaje en tren desde la casa paterna en la que aún vivía hasta la escuela de Bellas Artes, es la que se cruzó con Manuel. Fascinada con el universo de conocimiento e información qué él le acercaba, ella también puso lo suyo: la segunda salida de la pareja fue a un encuentro evangelista en el estadio de Vélez. Viaje antropológico para uno, vuelta a los orígenes para la otra. Dos mundos opuestos empezaban a atraerse, a orbitarse. La historia siguió en el taller que él tenía en Saavedra, que empezaron a compartir. Al año y medio, ella le dijo que quería casarse. Tenían 22 y 24 años, y lo que para Juliana era algo así como un mandato (seguía siendo la chica evangelista), a Manuel le pareció una aventura. Hubo ceremonia con un pastor amigo y asado en una quinta de Ituzaingó, donde las dos familias se cruzaron por primera vez.
Aquello fue todo muy divertido hasta que dejó de serlo. Vivían en un departamento de un ambiente en Paternal, Manuel trabajaba de cadete y Juliana diseñando el diario evangelista de su padre. Contaban las monedas. Todo había sido muy repentino.
Juliana Estábamos en una crisis sórdida.
Tenían una plata que estaban guardando para comprarse una casa, pero jamás iba a alcanzar. Así que tomaron una decisión desesperada para ver si salvaban ese matrimonio insólito: gastarla en unas vacaciones en Nueva York. Estaban jugados, tanto que aceptaron la propuesta de esa chica que apenas conocían, pero que también pintaba. Agustina Picasso les preguntó si podía ir con ellos. Dijeron que sí, cosas de artistas. El trío se paseó por la ciudad con una pequeña carpetita que habían armado. Era un muestrario de sus pinturas que a nadie le interesó demasiado, pero que llevaba impreso un curioso nombre. La identidad conjunta era apenas una excusa del catálogo y fue una idea de Manuel, que recordó la fantasía de armar un grupo artístico, con la que perdía horas en el secundario. Se llamaba Mondongo y quedó.
La pareja volvió renovada y como parte de algo mayor: un trío que pronto comenzó a sonar en el circuito porteño.
Brando: ¿El viaje salvó el matrimonio?
Juliana Sí.
Manuel Nuestra vida adquirió un sentido práctico. Empezamos a laburar en algo, casi por una cuestión de fe, sin saber bien por qué. Durante el día, laburábamos de lo que fuese para juntar plata. A la noche, pintábamos.
Jóvenes, bellos, irreverentes, Mondongo era arte que podía salir en la revista Rolling Stone. O en Página/12. "Huele a espíritu de Mondongo", tituló el diario que alguna vez fue contestatario en una de las primeras notas que les hicieron. El chiste era efectivo. Eran un trío que se nutría de actitud punk y aprendía al mismo tiempo que experimentaba. La rabia suicida de Nirvana en su caso eran ganas de experimentación y fiesta, como las que se armaban en su taller las noches en que hicieron pasar a amigos y desconocidos para copiar las 150 máscaras que exhibieron en una exposición.
Aquella irreverencia llamó la atención de un funcionario español, que los llamó para encargarles el más inesperado de los trabajos: retratos de la familia real. Los Mondongo accedieron y usaron espejitos de colores. "Simbolizan al pueblo que se refleja en sus reyes", fue la explicación oficial. "Son la venganza de los espejitos con los que los conquistadores engañaron a los indios", se rieron en privado. El chiste funcionó y los Mondongo se hicieron famosos, tanto que se sentaron en el living de nuestra realeza sudaca: los programas de televisión de Susana Giménez y Diego Armando Maradona. Si el mundo del arte murmuró, ellos no escucharon. Tenían plata, trabajo y entusiasmo, pero un día les llegó su Let it Be y Agustina se fue. Hoy vive en Los Ángeles y tuvo un hijo con Matt Groening. El anterior es de Eduardo Costantini (h). Una mujer selectiva.
Los Mondongo, que desde entonces son dos, podrían pasearse por el mundo, ir a fiestas, producir en serie y vender muy caro. Pero no lo hacen. Apenas salen y casi no se toman vacaciones. La felicidad para ellos es el trance místico en el que entran cuando se conectan trabajando y son dos seres en un solo cuerpo, como Walter White y Jesse Pinkman en sus buenas épocas cocinando metanfetamina. En esos momentos, Juliana prepara los hilos y Manuel los aplica sobre el lienzo y de a poco, sin pedir permiso, por entre las capas de horas y horas de esfuerzo y trabajo manual, el rostro de algo nuevo comienza a emerger. Entonces, son felices.






