Monica Lewinsky, con perspectiva de género

Mercedes Funes
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24 de agosto de 2019  • 00:15

Monica Gorda Perra Acosadora Esa Mujer Lewinsky. Ese fue el nombre completo que usó Monica Lewinsky en su cuenta de Twitter hace un año, como parte de una campaña contra el bullying. Así fue como se refirió a ella la opinión pública mundial durante todo el juicio político al ex presidente de los Estados Unidos Bill Clinton que el planeta entero siguió en vivo por TV en 1998. Muchos todavía la llaman así. La mayoría sigue asociando el recuerdo de su nombre a un cigarro y una mancha en un vestido azul, y hay una razón bastante simple para eso: la historia de Monica Lewinsky siempre fue contada por varones. Hasta la biografía autorizada de la pasante que contradijo a quien entonces era el hombre más poderoso de la Tierra, al admitir, en el juicio por acoso que le inició Paula Jones, que había mantenido relaciones sexuales con él en el Salón Oval, fue escrita por un hombre: el también biógrafo de Lady Di Andrew Morton.

"La gente ha estado contando mi parte en esta historia durante décadas. De hecho, hasta estos últimos años no he podido recuperar por completo mi narrativa, ¡veinte años después!", escribió Lewinsky a Vanity Fair la semana pasada al anunciar su decisión de coproducir Impeachment, la tercera temporada de American Crime Story, la docuserie que ya revisó los casos de O.J. Simpson y Gianni Versace a la luz de nuestro zeitgeist. Monica era becaria de la Casa Blanca y tenía 22 años, cuando su ex compañera de trabajo Linda Tripp grabó sin su consentimiento las conversaciones telefónicas que mantenía con el presidente Clinton -de 51 y casado-, que revelaban detalles de sus encuentros sexuales. Tripp era una aliada del fiscal Kenneth Starr, al frente de una comisión para destituir al presidente, pero la verdadera víctima del escarnio público y el acoso mediático terminó por ser Lewinsky.

"Yo era una adolescente entonces, pero me daba cuenta de que algo estaba muy mal: no hay una asimetría de poder más obvia que pensar en una becaria frente a un presidente de los Estados Unidos que la doblaba en edad", me dijo hace unos días en Buenos Aires la activista Roza Calderón, representante de la línea progresista del partido Demócrata, con Bernie Sanders y Alexandria Ocassio-Cortez. Calderón vino a Buenos Aires junto a la también activista Cori Bush para dar una charla en la Universidad de Buenos Aires sobre la nueva experiencia de participación política y su compromiso con la voz de las minorías. "Monica estuvo ahí antes de las movilizaciones masivas por los derechos de las mujeres y antes del #MeToo, y estuvo sola -dijo Bush-. Fue atacada por hablar, y de la forma más cruel: ni siquiera juzgaron su moral, sólo importaba su apariencia".

No hace falta mucho más que revisar nuestro propio recuerdo de aquel impeachment televisado -en el que Clinton resultó finalmente absuelto- para encontrar esa mirada en la que las víctimas eran culpabilizadas y usadas para disciplinar a otras mujeres, para que supieran que ese era el costo de no callar los abusos. Lewinsky es una sobreviviente de una época, un símbolo del cambio cultural que hoy agradece: "Personas como yo, históricamente silenciadas, logramos que nuestra voz participe de la conversación". Pero, frente a este nuevo relato social en el que mujeres como Roza Calderón y Cori Bush construyen perspectiva, ¿por qué el machismo caricaturesco de Donald Trump todavía gobierna el mundo? Más que hablar de la venganza del patriarcado, quizá también sea hora de repensar nuestras propias prácticas; volver a ver esta historia con los ojos de Lewinsky, puede ser un buen ejercicio.

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